El ladrón de estrellas

Es imposible que no me conozcas, porque soy el contrabandista espacial más famoso de los ocho rincones del universo.

Me apodan Lance, aunque también soy conocido como el ladrón de estrellas. ¿Crees que no me he ganado mi fama? Entra en mi historia y comprueba por ti mismo qué hay de verdad y mentira en las leyendas que cuentan sobre mí en las tabernas de las estaciones espaciales.

Esta historia, mi historia, versa sobre una predicción del futuro y su relación con el destino, una tripulación haciendo frente al poder que regía el universo y, sobre todo, el intento de recuperar aquello que más amaba.

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5. La Onuwu de Narth V

—Ahí delante la tienes —le señaló Alfa a Dothre a través de las ventanas de la nave—. Tortuga, el pequeño planeta que acoge a los mejores piratas.
—¿Por qué cada vez que venimos le pones tanto misterio? Este lugar es casi el único al que podríamos considerar hogar —dijo Yenna burlándose del piloto.
Él la miró con aires ofendidos.
—Un hogar en el que Lance y su tripulación son más que conocidos a lo largo y ancho de su superficie —añadió Ramco con orgullo.
Los motores de la nave disminuyeron su potencia preparándose para la entrada en la atmósfera de Tortuga.
—Al final el recuperar la muñeca no te sirvió. Seis meses escondidos en la sombra del universo para nada… —dijo Vortis con un tono de reproche en la voz.
—El código es casi imposible de descifrar. Creía que podía con él, pero necesito pedirle ayuda al maestro que me enseñó mi arte —admitió Dothre.
Ramco le cogió por el hombro desde su asiento.
—¿Seguro que está aquí?
El Denwer realizó un gesto afirmativo.
—Sí, mis fuentes no me fallan.
La nave se adentró en la atmósfera con una fuerte turbulencia. A una orden de Alfa, nos abrochamos los cinturones y nos preparamos para lo que venía. 
Las ventanas nos mostraron el paisaje del planeta al que nos dirigíamos. Un extenso mar de color verde cubría toda su superficie, salpicada por islas que iban desde un tamaño gigante hasta atolones despoblados.
«Es el único lugar al que puedo llamar hogar, aunque eso a veces me repugne», pensé con nostalgia.
—Necesito las coordenadas —dijo Venvel frente a la pantalla del monitor en el que se introducía el rumbo que ayudaba a Alfa a llevarnos hacia nuestro destino.
—Mi contacto ha sido muy explícito: las coordenadas son secretas. Así que dejadme los mandos de la nave y os conduciré hasta el palacio.
Ante aquellas palabras no pudimos otra cosa más que echarnos a reír a carcajadas; aquel enano estaba loco. Lo peor era que lo decía con seriedad.
—Tú desvarías. —Alfa giró la cabeza y miró al Denwer a los ojos—. Las coordenadas a Venvel. Ya.
Dothre se acercó a Venvel y le susurró las coordenadas al oído. 
Ciertamente, toda la tripulación pensábamos igual: a pesar de los seis meses que llevábamos conviviendo con él, era un sujeto bastante raro.
Varias horas después llegamos a nuestro destino. La isla que nos aguardaba no era como nos la habíamos imaginado, pues toda su superficie era roca dura con entrantes hasta sus entrañas, unos acantilados de varios metros y ni una sola señal de que en aquel lugar habitase ser alguno.
La nave aterrizó y todos salimos al exterior. El Denwer acercó la cara al suelo y gritó:
—¡Yo, Dothre, solicito audiencia!
El silencio nos rodeó varios segundos, hasta que una voz tronó como si proviniera de la piedra:
—No eres bienvenido.
Lo siguiente que escuchamos fue una serie de insultos pronunciados en su dialecto.
—¡Tengo que ver al rey, es de extrema urgencia! —Dothre golpeó la roca con sus puños de modo intermitente.
Un fuerte chirrido sonó y a varios metros del lugar en el que nos encontrábamos se abrió una compuerta hacia el interior de la roca.
—Nuestro misericordioso monarca acepta concederte audiencia, pero no olvides que te advirtió que te ejecutaría la próxima vez que te viera en su presencia —anunció la voz enlatada.
Nos dirigimos hacia el interior de la roca. No pude evitar pensar en que aquellos seres no podían quejarse de que los conocieran como las ratas del universo si vivían en el subsuelo.
Una larga escalera nos llevó hacia la ciudad subterránea de los Denwer en Tortuga. Tengo que admitir que nos sorprendió la forma en la que habían construido en aquel lugar, que parecía una especie de cueva que se iluminaba con las brechas existentes en la roca.
Atravesamos la calle principal escoltados por varios soldados Denwer. Recibimos muchas miradas extrañas de sus habitantes. También me reconocieron algunos.
«Eso no ocurre en lugares tan profundos, pero de qué me extraño, estamos en Tortuga», pensé sin dejar de avanzar.
Terminamos nuestro paseo accediendo a lo que debía de ser el palacio del rey de aquella raza. Toda la tripulación se tapó la nariz con disimulo ante el terrible olor que se respiraba allí. 
La sala de audiencias era oscura y lóbrega, además de sucia y grasienta. Al fondo se encontraba el rey, que hizo un ademán con la mano para que nos acercáramos.
—Esto es vomitivo —susurró Yenna—. Nos quejábamos de nuestro Denwer, y parece que encontramos al más limpio…
Dothre se arrodilló ante su rey, los demás solo inclinamos la cabeza.
El rey carraspeó durante varios segundos mientras daba golpes en el suelo con una vara de oro, hasta que por fin su voz retumbó en la sala:
—¿Qué haces aquí? ¿No te quedó claro la última vez que nos vimos?
—Venerable Cermor, es un orgullo estar en su presencia de nuevo. —Dothre realizó cuatro reverencias a la vez que pronunciaba aquellas palabras—. Le pido perdón. He acudido a expiar mis pecados y traerle un presente a mi rey.
El rostro del monarca cambió a intriga, pero se desvaneció nada más que observó a la tripulación.
—¿Me has traido a Lance? ¿Ese es tu regalo? —El bastón golpeaba el suelo de manera incesante—. ¿Acaso te crees que soy el rey Shun? A mí este culopelón no me sirve para nada.
A mi lado, toda la tripulación se contuvo una risa. Dothre alzó las manos.
—Oh, no quiero discutir su sabiduría, pero estoy seguro que sí le sirve. Aunque debe hablar con el maestro codificador.
El rey se levantó de su trono con ímpetu.
—¿Por qué?
—Eso es mejor hablarlo en privado —dije dando un paso hacia delante.
—Exijo saberlo en este momento.
Dothre se acercó a su rey y ambos mantuvieron una charla en la que el monarca hacía grandes aspavientos con las manos. Para nuestra fortuna, no sé que le dijo pero le convenció.
Dothre volvió a nuestro lado. El rey alzó las manos.
—Ese cagarruta está encerrado en una celda de las mazmorras por haber prestado servicios para el rey Shun. Guardias, acompañadnos.
Los guardias nos rodearon a una seña de Cermor, y con él a la cabeza, iniciamos el descenso hacia las mazmorras.
Cruzamos infinidad de pasillos y escaleras hacia lo más profundo de aquel lugar. Cuanto más descendíamos más nos costaba soportar la putrefacción que embargaba la atmósfera que nos envolvía. En varias ocasiones las chicas tuvieron que aguantar las arcadas para no ofender al monarca.
Al fin llegamos a las mazmorras. Después de cruzar varios pasillos en los que las celdas nos devolvían gritos de sus habitantes, una gruesa puerta de hierro nos aguardaba. Allí se encontraba el maestro decodificador.
Su interior me sorprendió. Las paredes y los techos estaban llenos de miles de frases, dibujos, planos y mapas. Lo más grandes y reconocibles tenían todos una carga de odio hacia la existencia en general.
—¿Quién me molesta? —dijo una voz desde el fondo de la sala.
Una figura dio un salto desde el escritorio en el que estaba y se plantó en mitad de la sala. Sus ojos cansados pasaron por todos los integrantes de aquella visita sin mucho interés, hasta que me vio.
—Tú… —Alzó el brazo y me señaló.
—Parece ser que hoy todo el mundo te conoce —dijo Vortis dándome una palmada en la espalda.
El Denwer se acercó varios pasos.
—Cómo no hacerlo. Ojalá te tuviera para mí, porque el rey Shun ofrece una buena suma de dinero por ti. 
La insinuación para que Cermor me traicionara había sido bastante explícita.
Vortis se acercó al codificador y le cogió por el hombro. Los ojos saltones del Denwer giraron en todas direcciones buscando una salida.
—Jamás vuelvas siquiera a insinuar tal cosa o tendrás que ir buscándote una lápida.
Vortis lo soltó y el codificador respiró aliviado.
—¿Qué queréis de mí?
Dothre dio un paso adelante y le explicó el problema que tenía para descifrar el mapa. Cada vez que respondía las preguntas curiosas de su maestro pude percibir cómo se le iluminaba el rostro a Cermor.
—Quiero verlo. —Exigió el codificador.
Dothre sacó el mapa de uno de sus bolsillos y se lo enseñó.
—Lo siento, no me interesa —dijo con desgana después de haberlo visto por encima.
El monarca se acercó a él y le quitó el libro de las manos.
—Eres un cenutrio, Bolger, así que cállate. Tú harás lo que yo quiera. No olvides que me debes una desde que te salvé la vida de la ira de Shun. Como mínimo podrías estarme agradecido.
El codificador bajó el rostro, visiblemente turbado.
—Ella estaría orgullosa si nos ayudaras.
Ante aquellas palabras, Bolger se volvió loco y saltó contra su rey.
—Ni se te ocurra mencionarla.
 Cermor lo empujó hacia un lado con un fuerte golpe.
—Sí, lo voy a hacer. Porque soy tu rey y porque se lo debes.
—¡Que no la mientes! —Bolger volvió a intentar golpear a Cermor.
El monarca lo cogió en el aire y, agarrándolo con fuerza, lo inmovilizó contra una pared. El codificador se echó a llorar.
—Fui el primero en intentar salvaros a los dos cuando me enteré de que Shun os había condenado —admitió Cermor con pesar—. Ni se te ocurra hacer como que no me importa.
El monarca soltó a Bolger, que cayó al suelo de rodillas.
—Está bien, os ayudaré —dijo poniendo las manos en el suelo y levantándose.
Vortis se acercó a él y le ayudó a levantarse. Después se dirigió al rey:
—¿Por qué estarías dispuesto a ayudarnos?
Cermor lo miró con curiosidad durante varios segundos.
—Ese cabronazo de Shun tiene algo que es mío y pienso recuperarlo. Me quitó lo que más me importaba…
—¿El qué? ¿Tu reina? —preguntó Yenna desde la otra punta de la celda.
Bolger se echó a reír ante nuestra ignorancia, tomó aire y dijo:
—Su mascota.
Nos miramos los unos a los otros llenos de sorpresa.
Miré al rey y confirmó con un gesto de cabeza. No pude evitar verme reflejado en su gesto serio y rabioso consecuencia de haber perdido algo importante, aunque en mi caso la importancia de la pérdida no se pudiera comparar.
—Él también tiene lo que más me importa… —confesé.
—Hay una gran diferencia. —El rey me miró con gesto serio—. Tú no puedes tomar lo que quieres.
A sus palabras, toda la tripulación prestó atención a la conversación.
—¿Por qué? —le inquirí.
—¿No lo sabes?
Asentí de hombros.
—Ella está en el castillo por voluntad propia —sentenció Cermor.
—Eso no puede ser, mientes —repliqué con resentimiento.
Vortis se acercó a tomarme por el hombro.
—De ser así se resolverían algunas incógnitas —susurró Ramco.
—No, eso no puede ser —dijo Yenna contrariando a la anterior.
Bajé la cabeza, en un vano intento de que no vieran el esfuerzo que realizaba en retener las lágrimas que luchaban por salir de mis ojos.
—No me lo voy a creer hasta que ella me lo diga —solté, zanjando el asunto.
Una potente voz que no esperaba escuchar en aquella situación retumbó en toda la celda:
—Con un poco de suerte tendrás la oportunidad de preguntárselo tú mismo.
En la puerta, exactamente como la había conocido en Narth, se encontraba la Onuwu. No me lo podía creer.
—¿Qué haces aquí? —En dos pasos me puse a su lado.
—Tenía cita con el rey y me han dicho que estaba en las mazmorras —contestó. Yo sabía que había más de lo que decían sus palabras.
Los demás habían quedado mudos por el asombro.
—¿Es ella? —preguntó Yenna mientras la señalaba con el dedo.
Vortis asintió, confirmando su pregunta. La actriz de la tripulación se acercó a la Onuwu y la tomó por el brazo.
—¿Qué has visto de mí en el futuro?
—Sabes que no puedo responderte a eso —respondió dando un fuerte resoplido—. A ninguno de vosotros, de hecho.
Su mirada terminó posándose en el rey.
—¿Entonces a qué has venido? —preguntó Vortis.
—He venido a juntar nuestro destino. Os acompañaré en el viaje.
La sorpresa estalló en nuestro interior, que se encontraba extrañado ante sus palabras.
—¿Qué? —gritamos todos.
—Lo he visto en las señales —dijo con lágrimas en los ojos—. Ayudaros es la única manera de encontrar una pista suya antes de que lo escondan para siempre.
Yenna se fundió con ella en un abrazo en un intento de reconfortarla.
—¿A qué te refieres?
La Onuwu se enjugó las lágrimas y sacó un cartel holográfico de una bolsa. En él se veía el anuncio de una pareja de Onuwus adivinadores que ofrecían sus servicios.
«Ven a conocer tu futuro de la mano del adivinador Raiwer y su ayudante Drawyn», leí.
—El rey Shun se encaprichó con él… era el mejor adivinador de nuestra raza y se lo llevó sin más. Lo tiene encerrado. Llevo años buscándole; sois mi única esperanza.
Vortis y yo nos acercamos a ella en un intento de animarla.
—Lo sabías todo desde el principio, ¿verdad? —dije.
Ella asintió.
—Es decir, que no estabas aquel día en Narth de casualidad… —sugirió Vortis.
Ella volvió a confirmar sus palabras con un movimiento de cabeza.
—¿De dónde sacaste el mapa? —Le pedí a Dothre que me lo devolviera y lo puse en sus manos.
—Lo conseguí en un puesto espacial del sistema Hulf. Después de leer muchos futuros las señales me indicaron dónde se encontraba y también que sería la única manera de continuar su búsqueda.
—Es impresionante —dijo Venvel con asombro.
Yenna, Ramco y Vortis se habían echado a llorar.
Drawyn me tomó de la mano y me puso la palma mirando hacia arriba. Sus ojos parecían que se iban a salir de su órbita y la voz se le cambió a un tono grave.
—Tu destino no está escrito, Jarvis Nightrain. Tienes el poder de escribir nuestras vidas, pero deberás tomar sabiamente tus decisiones. —Dirigió su mirada hacia los demás—. Todos deberéis hacerlo. Llegado el momento,  no dudéis o será nuestra perdición.
Acto seguido se desmayó. Vortis y yo la cogimos en el aire antes de que se estrellara contra el suelo.
—¿Qué ha sido eso? —Yenna la contemplaba llena de miedo.
—Parece que ha sido una adivinación en voz alta… —contestó Vortis.
Yo lo miré a él, luego a los demás y alcé la voz para que todos me escucharan.
—Creo que ha sido algo más.

 

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