El ladrón de estrellas

Es imposible que no me conozcas, porque soy el contrabandista espacial más famoso de los ocho rincones del universo.

Me apodan Lance, aunque también soy conocido como el ladrón de estrellas. ¿Crees que no me he ganado mi fama? Entra en mi historia y comprueba por ti mismo qué hay de verdad y mentira en las leyendas que cuentan sobre mí en las tabernas de las estaciones espaciales.

Esta historia, mi historia, versa sobre una predicción del futuro y su relación con el destino, una tripulación haciendo frente al poder que regía el universo y, sobre todo, el intento de recuperar aquello que más amaba.

0Me gustan
0Comentarios
78Vistas
AA

2. La Onuwu de Narth II

La SpaceX atravesó la atmósfera de Agra a toda velocidad.
—Ten cuidado —le dije a Alfa, el piloto a los mandos de la nave. 
El resto de la tripulación, yo incluido, nos aferramos a nuestros asientos en un intento de convencernos a nosotros mismos de que todo saldría bien. 
Descendimos hasta que el altímetro indicó los diez mil pies de altura; no podíamos arriesgarnos a bajar más con la tormenta de arena que nos envolvía, obligando a Alfa a dejarse guiar por los sensores de la nave.
El radar nos indicó el punto en el que habíamos concertado la entrega y a partir de aquel momento el control automático tomó los mandos de la SpaceX. 
Una hora más tarde tomamos tierra.
—Vortis y yo haremos la entrega —indiqué al resto de la tripulación—. Os mandaremos un mensaje si tenemos algún problema para que vengáis a recogernos.
Cargamos las botellas contenedoras en un carro y descendimos hasta la superficie del planeta.
Vortis dio un largo suspiro cuando vislumbró el panorama que nos rodeaba: nos encontrábamos en una especie de zona pantanosa llena de barro que imposibilitaba el avance de nuestro carro.
—Es por allí. —Vortis señaló hacia una arboleda cercana guiado por la señal del radar. Esta señal se la indicaba el dispositivo inteligente que llevaba en la muñeca: el Hansel.
Los cinco minutos que duró el camino hacia nuestro destino no paró de quejarse del lugar en el que nos encontrábamos.
—Voy a matar a esas criaturas. ¿No podían habernos citado en alguna taberna mugrienta? —soltó, cerrando un puño sobre el otro.
—Deja ya de farfullar y tira también del carro —dije en tono serio mientras intentaba aguantarme la risa por su cara de asco—. En este planeta la ley impera en todos los rincones.
—Sí, salvo en vertederos como este.
Al fin los vimos. Cinco Cerpksas nos aguardaban impacientes en la orilla de una de las charcas del pantano. Su apariencia era una mezcla entre humanos y pulpos. Tenían unos grandes ojos negros justo encima de los dos agujeros por los que respiraban el oxígeno, las branquias las tenían en algún punto escondido, y una decena de pequeños tentáculos les caían desde el mentón hasta la mitad del pecho dándoles la apariencia de una larga barba. Además, de su ancho cuerpo salían cuatro grandes tentáculos que usaban de brazos y piernas como si fueran humanos.
—A saber cuál de los inmundos científicos de la galaxia los creó —susurró Vortis a mi lado.
Arrastramos el carro hasta situarnos a cuatro metros de distancia.
—Así que por fin tenemos ante nosotros al famoso Jarvis Nightrain —dijo uno de aquellos seres, dando un paso hacia delante.
—Parece ser que tu fama te precede —rió Vortis entre dientes.
Yo di otro paso para acercarme al Cerpksa.
—Llámame Lance.
El ser realizó una reverencia burlesca.
—Por supuesto, cómo olvidar el grandilocuente nombre por el que os conocen en los ocho rincones del universo.
Otro de los Cerpksas señaló hacia nuestro carro y dijo:
—Cithie, haz que nos las enseñe, queremos ver qué nos ha traído.
—Ya lo has oído —dijo Cithie, el Cerpksa más adelantado.
Volví junto a Vortis y ambos empujamos el carro hasta colocarlo al lado de Cithie. Al instante los otros cuatro seres se nos echaron encima para observar la mercancía.
—Abrid las botellas contenedoras —ordenó Cithie.
Negué con la cabeza.
—Ya sabéis que no puedo abrirlas porque la explosión del Jaconelio de su interior nos haría saltar por los aires. Los materiales altamente explosivos hay que tratarlos con cuidado.
Los Cerpksas tomaron las botellas en sus manos y las agitaron de un modo leve.
—No las mováis mucho más si queréis conservar todos los tentáculos intactos —advirtió Vortis.
—Ya se ha acabado el momento de contemplar la mercancía, ahora os toca enseñar el dinero —dije mientras les quitaba las botellas de los tentáculos.
Cithie sacó de un bolsillo una cartera virtual y sus tentáculos la dejaron en la palma de mi mano.
—Cien mil créditos del sistema Covint. Una buena suma de dinero que no puede ser rastreado.
Comencé a enfurecerme. Aquellos pulpos no iban a jugármela.
—Esta no es la cantidad que acordamos.
—Lo siento, el precio ha bajado desde nuestra última conversación. —Cithie agarró un par de botellas con sus tentáculos.
—¿Tú sabes lo que me ha constado conseguirlas? He tenido que recorrer media galaxia para encontrar tu mierda de Jaconelio —Rápidamente alargué mi mano hasta las botellas para impedir que se las llevara.
—Siempre están igual… —murmuró Vortis dando un suspiro.
En dos grandes zancadas se colocó entre Cithie y yo, cogió las botellas de los tentáculos del Cerpksa y las dejó de nuevo en el carro.
—Hermanos, más os vale pagar el precio acordado o más de uno va a acabar hoy comprándose tentáculos nuevos.
Los seres se alejaron un par de metros y comenzaron a hablar entre ellos en un pequeño círculo. Después de dos minutos se dieron la vuelta y se dirigieron con furia hacia nosotros.
—¡Ladrones! ¡Sabandijas! Dijimos 50 litros. Las botellas están llenas hasta la mitad —gritó Cithie.
«Joder, cómo se nos pudo haber olvidado que tenían rayos x en los ojos», lamenté para mí.
En aquel instante los cincos Cerpksas sacaron sus pistolas de plasma y nos apuntaron al pecho, pero no contaron con la rapidez de mi desenfunde.
Yo saqué de su cartuchera a mis dos pistolas: una de plasma y otra antigua que funcionaba todavía con balas; me gustaba llevar aquella arma regalada por mi padre.
Los pulpos se rieron de nuestra inferioridad hasta que Vortis, en un veloz movimiento, desactivó su camisa holográfica y sacó una escopeta recortada de tres cañones.
—Habéis colmado mi paciencia, cabrones —escupió.
Él fue el primero en disparar, acabando con la vida de dos cerpksas al instante.
Ellos comenzaron a dispararnos también y nos movimos a toda prisa hacia unos matorrales cercanos en los que varias rocas podrían protegernos de sus disparos de energía.
Asomamos la cabeza varias veces para comprobar la situación y observamos a los tres que quedaban vivos intentar llevarse el carro con las botellas de Jaconelio. Uno de ellos intentaba además colocar los cuerpos de los dos caídos encima del carro.
—¡Déjalos aquí, son solo un lastre! —bramó Cithie, que los tiró al suelo de un fuerte empujón.
Realicé varios disparos hacia ellos hasta que acerté en una de las botellas y se produjo una explosión que lanzó a los seres varios metros a la redonda.
—Vamos, es hora de regresar a la nave —le indiqué a Vortis dándole un tirón del brazo.
—Aquí Vortis a la SpaceX, necesitamos extracción inmediata. Os envío nuestras coordenadas —dijo hablándole al Hansel.
Yo no dejaba de darle vueltas al final tan catastrófico que habían tomado los acontecimientos.
—Esta operación supondrá graves pérdidas económicas y de tiempo para encontrar otro traductor —musité.
Vortis me pasó la mano por encima del hombro.
—Venga, hombre, no te pongas así. Pronto encontraremos a alguien capaz de leerlo.
—Estamos llegando —escuchamos desde el Hansel.
Salimos del escondite aunque todavía el sonido de la nave no llegaba a nuestros oídos.
De forma sorpresiva para nosotros, un ejército de gruesos tentáculos nos cogieron por los tobillos y nos lanzaron contra sus dueños. Cithie y otro Cerpksa nos dejaron colgando a dos metros del suelo frente a su rostro.
—¿Creíais que después de hacernos saltar por los aires ibais a escapar?
Ambos seres ordenaron a sus tentáculos estrujar nuestros cuerpos hasta provocarnos la muerte por asfixia. Medio minuto después mi visión comenzó a ser borrosa.
El sonido de una nave tronó en el aire. Suspiré aliviado; habían llegado a tiempo.
Sentí que los tentáculos alrededor de mi cuerpo aflojaron la presión hasta dejarme caer al suelo. Levanté la mirada hacia los Cerpksas y los vi de rodillas siendo esposados por varios individuos.
«Las fuerzas especiales de Agra», reconocí al instante sus insignias. Maldije para mis adentros la mala suerte que habíamos tenido.
Vortis, tumbado a mi lado, consiguió enviar un mensaje a la nave para que huyeran antes de que las fuerzas especiales colocaran sus manos a la espalda y las inmovilizaran con unas esposas.
Fuimos introducidos en una nave a toda prisa y nos encerraron en celdas individuales. Agaché la cabeza, conocedor de nuestro próximo destino: la cárcel de Dol Agra.

Join MovellasFind out what all the buzz is about. Join now to start sharing your creativity and passion
Loading ...