Príncipe de las Sombras

Han pasado 100 años desde que los seres humanos y la raza vampírica comenzaron a construir una sociedad donde pudiesen convivir de forma amena. Odette Moreau es una agente de policía newyorkina a la que los problemas políticos y sociales entre vampiros y humanos le son indiferentes.
Sin embargo, la vida no le deja permanecer neutral, pues se ve arrastrada a un antiguo conflicto entre clanes vampíricos y los seres humanos que intentan eliminar a la dinastía Gimondi de el puesto poderoso en el que se encuentran.

Él heredero de los Gimondi y Odette Moreau tendrán que vivir un sinfin de desventuras con tal de salvar la mayor cantidad de vidas posibles.

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1. Capítulo 1

La taberna apestaba a alcohol, humedad y sangre; era una combinación desagradable para cualquiera y aún así Illya Gimondi no estaba prestando atención a la suciedad ni al bullicio, la suave piel de la mujer en su regazo y la tibieza de su sangre le distraían por completo, el vampiro no tenía razón alguna para salir de su estupor.

Sin embargo, la felicidad y el placer no eran eternos. Su “mágico” momento se había terminado cuando sintió las miradas de los demás clientes sobre él y la chica a quien apartó mientras clavaba su mirada azulada sobre los hombretones en la barra y la pareja que se encontraba en la esquina del bar; la mujer que le había ofrecido su sangre a cambio de unos dólares suspiró y se alejó de él luego de unos segundos para después tomar su chaqueta y adentrarse en el baño del lugar mientras sostenía su ensangrentada muñeca.

Los clientes lo reconocían, por supuesto que lo hacían.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios, alzó la mano para captar la atención de la mesera quien se apresuró a dirigirse a su mesa, el vampiro ordenó una botella de bourbon para él mismo y pagó por las bebidas del resto de los clientes y lo que desearan ordenar el resto de la noche.

Minutos después Illya casi ríe al ver la sorpresa en el rostro de los comensales. Sí, esto quizá era un poco para comprar el silencio de esos desconocidos que ahora lucían más que contentos con su amable gesto.

Y aunque Illya estuviese acostumbrado al escándalo y escrutinio público, no tenía ganas del drama que despertaría su presencia en un bar como aquél; era tabú para la sociedad tener vampiros aún alimentándose directamente de un ser humano y peor aún si esto ocurría en sitios donde la presencia de seres humanos estaba prohibida a menos que ofreciesen su propia sangre.

Illya lo entendía, de verdad que lo hacía; pero maldición, enterrar sus colmillos en la piel ajena estaba en sus venas, era un depredador por naturaleza y esto era lo más cercano a cazar una presa, por muy culpable que se sintiese, había cosas que el heredero Gimondi temía y simplemente no podía resistir. Aunque lo llenase de vergüenza después.

Horas más tarde, y muchísimas botellas de alcohol después, el vampiro salió de la taberna casi tambaleándose por las sucias y frías calles de Nueva York en invierno; Tarareaba una canción que no podía recordar dónde había escuchado pero realmente no le importaba, pues en esos momentos le hacía bastante feliz.

Nueva York no era su ciudad favorita y sin embargo gustaba de tomar caminatas por las largas y luminosas calles de la ciudad, pero en su estado de ebriedad la cosa se le salió un poco de control pues caminó por tanto tiempo que realmente no había notado el fuerte cambio a su alrededor. Esta parte de la ciudad a la que se había adentrado no tenía ni siquiera la belleza que aportaban las luces de edificios y los árboles adornados por las fiestas navideñas; esta zona estaba repleta de edificios viejos, grafitis por todos lados al igual que basura, había clubes nocturnos de mala muerte y grupitos de gente sentada frente a los edificios residenciales fumando y bebiendo. Pero cuadras más adelante el ambiente cambió, se volvió silencioso e Illya supo que algo estaba mal en cuanto el olor a sangre inundó su olfato y el grito femenil lleno  de terror pocos segundos después le terminó por convencer.

Se paró en medio de la acera, escuchando atentamente el griterío y la sirenas que poco a poco se acercaban al lugar. Humanos y vampiros corrían hacia el callejón a unos metros de él, donde la muchacha había soltado aquél alarido y ahora se encontraba de rodillas en la acera mientras otras personas intentaban calmarla pero a pesar de ello no podían evitar mirar hacia la grotesca escena en ese callejón.

Illya frunció el ceño y se llevó una mano hacia la nariz intentando, de alguna forma, alejar el intenso olor a sangre y podredumbre; a su mente volvió el rostro de la muchacha de la que se había alimentado en la taberna, el olor se su deliciosa sangre se mezcló con el de la sangre en el callejón.

La vergüenza le inundó y con lentitud caminó hacia la entrada del callejón mientras escuchaba, gracias a sus agudizados sentidos, gotas de sangre golpear el piso.

Y cuando por fin pudo ver la escena no pudo moverse ni apartar la mirada.

El vampiro nunca había matado a un ser humano y el único cuerpo que había visto era el de su madre cuando él sólo era un niño, pero no era ni de cerca lo mismo, pues el cuerpo de su madre había sido limpiado y completamente “arreglado” para el funeral, para lucir como si sólo estuviese dormida y que no mostrase con tanta obviedad la rigidez anormal de un cuerpo sin vida.

Pero en esta escena no hay forma de ocultar la muerte destilando de cada parte aquél callejón sin salida; la sangre mancha cada rincón de ese lugar y hace que Illya se sienta hastiado, además de que el vistazo que tiene de piernas, brazos y torsos regados por el lugar no es nada agradable.

Sus ojos accidentalmente se posan en la mirada muerta de una de las víctimas. La cabeza de la muchacha está sólo a unos centímetros de los pies del vampiro y parece mirar directamente hacia él; sus ojos carentes de brillo están abiertos con sorpresa e Illya puede sentir el terror plasmado en la paliducha y ensangrentada expresión de la víctima. 

Tiene que forzarse a apartar la mirada cuando los policías por fin llegan y comienza a acordonar el lugar.

El vampiro por fin puede alejarse un poco de ahí pero no logra avanzar mucho, sólo se aparta un par de metros y coloca ambas manos sobre la pared frente a él. Está visiblemente agitado, con el olor y sabor a sangre impregnando sus sentidos; el alcohol aún le hacía sentirse mareado y sabía que para las autoridades eso no luciría para nada bien, sin embargo se encontró con que no podía moverse, estaba paralizado y aturdido.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó una voz femenina, Illya miró por sobre su hombro a la mujer castaña quien le sonrió amablemente, luciendo genuinamente preocupada. — ¿Quieres que llame a alguno de los paramédicos para que te revise?

Illya negó con la cabeza rápidamente y apretó la quijada, respiró profundo y puso todo de su parte para alejar de su mente la mirada carente de vida de la chica. Y cuando por fin lo hizo, en lo único que podía pensar era en alejarse de ese lugar e intentar olvidar lo ocurrido.

El hombre pretendiendo ser carismático y amable, sonrió forzadamente y dijo de la forma más galante y tranquila del mundo:

—No será necesario, señorita—comenzó— sólo estoy un poco atónito. Si me disculpa, tengo algunos asuntos que atender, así que…

La mujer asintió y justo cuando Illya se disponía a irse captó un vistazo a la placa policiaca en el cinturón de la castaña, quien mientras asentía sujetaba su cinturón y desprendía la placa para después extenderla hacia el vampiro.

—Me temó que eso no será posible. —espeta la chica, la preocupada muchacha de hacia unos minutos había desaparecido. — Tendrá que acompañarme a la estación, Sr. Gimondi. Tengo unas cuantas preguntas que hacerle.

La comisaría número cuarenta y cuatro del Bronx Sur estaba repleta aquella madrugada.

Aquellos que habían sido llevados al lugar desde la grotesca escena se encontraban sentados en un largo pasillo con poca iluminación donde de vez en cuando el intendente se paseaba con escoba en mano y se compraba un snack de la máquina expendedora mientras Illya y los demás le miraban detenidamente con tal de entretenerse un rato.

El heredero Gimondi había notado que no era el único vampiro entre todos los “sospechosos” y que, de hecho, sólo uno de ellos era un ser humano. Intentó preguntarles a los otros sobre lo ocurrido pero ninguno estaba dispuesto a hablar de ello, lucían asustados y nerviosos e Illya no quería presionarles más.

La oficial de la escena del crimen por fin apareció. Café en mano, una sonrisa triunfal en los labios y su largo cabello castaño ondulando con cada paso seguro que daba hacia el final del pasillo; la muchacha abrió la puerta de lo que Illya suponía era la sala de interrogaciones e hizo un leve ademán hacia el vampiro, quien alzó una ceja confundido.

—Es tu turno. —informó la mujer esperando pacientemente a que Gimondi se levantara y entrara a la sala, lo cual hizo lentamente para intentar sacar de quicio a la chica, cosa que al parecer no sirvió de nada.

La habitación era gris e iluminada y, tal como en las películas y series de TV, una mesa y dos sillas de metal se encontraban en medio de la sala. La mujer fue la primera en sentarse, debajo de la mesa había un archivero y ella se dedicó a rebuscar uno de los cajones metálicos mientras el vampiro se sentaba frente a ella y miraba con detenimiento a la muchacha.

— ¿Cuál es su nombre? —cuestionó el vampiro y la muchacha alzó por unos segundos la mirada hacia él.— usted y la mayoría de las personas en esta comisaría saben quién soy, creo que es justo saber su nombre, señorita.

—Odette Moreau, detective de homicidios —respondió secamente, reanudando su tarea para segundos después colocar un par de folders beige sobre la mesa. La chica suspiró y jaló su silla más cerca de la mesa mientras colocaba dos mechones de cabello detrás de sus orejas. — Estas serán sólo preguntas estándar ¿está bien?

— ¿Por qué no las hizo en el lugar del siniestro? —preguntó el vampiro, colocando sus codos sobre la mesa e inclinándose hacia la detective. — Si solo son preguntas estándar…

Los dos se miraron por unos segundos con sonrisas desafiantes y con la tensión en el lugar en aumento hasta que la detective bufó divertida y se recargó en el respaldo de su silla, colocando sus manos en los bolsillos de su cazadora negra.

—Es una noche fría, Sr.Gimondi. —Menciona— Una noche fría y en compañía de cuerpos descuartizados a unos cuantos metros de nosotros ¿cree que hubiese sido un buen lugar para estas preguntas?

Illya tiene que admitirlo, ella tiene razón. El vampiro asiente y sacude un poco los hombros para luego ponerse un poco más cómodo y sostener su mentón en su mano derecha observando a la detective presionar el botón de su pluma y abrir el folder frente a ella.

—Comencemos, Sr.Gimondi.

 

 

 

Cuando Illya volvió a la mansión Gimondi agradeció a todos los Dioses por concederle un poco de paz. Pues su padre y su hermano mayor, Luca, se encontraban en alguna importante reunión en Washington D.C y no regresarían hasta varias horas más tarde; tener la mansión para sí mismo era suerte y planeaba disfrutar del lugar el tiempo que le fuese posible antes de volver a su Pent-house en Manhattan.

La habitación que solía ser suya cuando era un niño—y cada vez que visitaban Nueva York— está a oscuras, huele a polvo y madera vieja; la gran ventana que da hacia el jardín trasero está abierta de par en par y las cortinas de terciopelo rojo se ondulan con el viento gélido que entra en la habitación. Ya está amaneciendo e Illya tiene que cubrirse el rostro mientras camina hacia el ventanal y se dispone a cerrar las cortinas, sintiendo el escozor que ese débil rayo de sol provoca en su empalidecida piel.

El vampiro enciende la luz, observa la habitación con detenimiento y sonríe un poco para sí al rememorar tantas cosas vividas en ese rincón de la mansión.

Una de las paredes es, casi por completo, una estantería repleta de libros y algunas cajas que ni si quiera él sabe qué contienen. Y en medio de aquella pared se encuentra una vieja chimenea muy al estilo victoriano, con pequeños detalles plateados por los que Illya ha pasado sus manos desde que era un bebé; según lo que ha escuchado, su propia madre fue quien diseñó por su cuenta la mayor parte de esa habitación, esperando que su familia viviera en la mansión durante un largo tiempo.

Pero a Illya no le pesa haberse largado de ese lugar.

Los fuertes golpes en la puerta le sacan de sus pensamientos de inmediato y, aunque sabe de quién se trata, no siente deseos de abrirle la puerta ni concederle el permiso de entrar. Sin embargo a esa persona le importa poco la privacidad de otros y el tocar a la puerta más bien fue un aviso de su presencia.

Viktor Yurovsky entra a la habitación como si le perteneciera e Illya pone los ojos en blanco para luego caminar hasta la gran cama y sentarse en la orilla de esta mientras saca su teléfono celular de su bolsillo y lo enciende; Viktor se queda parado en medio de la habitación, observando al joven vampiro con desaprobación.

— ¿Serías tan amable de contarme en dónde carajos te has metido? —Espetó, mirando con disgusto la ropa desalineada de su ahijado pero Illya no se inmutó, dejó su teléfono sobre la mesita de noche a su lado y se recostó, su brazo derecho cubriendo sus ojos. — ¡He estado buscándote por horas! ¡Aún hay tanto por hacer y yo…!

—Y tú puedes encargarte de ello —sentenció Illya, haciendo que el otro vampiro callara y frunciera el ceño.

La cara de Yurovsky se puso roja por la furia, pero Illya podía ver que se estaba conteniendo, eso le sacó una sonrisa a pesar de todo. Desde que era un niño gustaba de molestar al pobre vampiro, era la mano derecha de su padre y, para Marco Gimondi, era casi un hermano; Marco era bueno en muchísimas cosas pero definitivamente, siendo padre apestaba, por lo que Viktor de alguna manera trataba de ser una figura paternal para Luca, Illya y Charlotte.

Pero cuando Illya estaba de mal humor, la tendencia de Viktor a ordenarle cosas se volvía insoportable y el vampiro decidía ponerle en su lugar.

—Marco y Luca estarán aquí en un par de horas, Charlotte quizá llegué mañana por la mañana. —le informó Viktor, ajustándose su corbata y aclarándose la garganta. — ¿Llevarás a alguien al evento de esta noche?

—No planeo llevar a nadie, gracias por tu preocupación. —respondió tajante, creyó que Viktor diría algo más pero segundos después el hombre ya había cerrado la puerta con fuerza. — Idiota.

Bronx Sur, Nueva York— Sedgwick Avenue.

 

Las bolsas oscuras bajo sus ojos y la resequedad de su piel eran algunos de los signos que mostraban el cansancio que la muchacha sentía desde hacía semanas ya. Odette Moreau de verdad que necesitaba tomarse unas buenas vacaciones y olvidarse por unos días de la sangre y la desgracia que asechaban la ciudad donde había crecido.

Tembló un poco cuando el frío viento de inverno neoyorquino chocó contra su piel. Miró hacia la ventana de su sala y suspiró al verla abierta, caminó hasta ella con el objetivo de cerrarla e irse por fin a dormir y, sin embargo, la belleza de las luces de la ciudad la sedujeron de nueva cuenta.

“La ciudad que nunca duerme” era realmente diferente ahora, pues por lo que los más ancianos decían, estaba mucho más poblada que años anteriores; ahora era uno de los puntos más fuertes en cuanto a población vampírica y los humanos eran cada vez menos, pues decidían mudarse a pueblos pequeños donde los vampiros no abundasen como en las grandes ciudades.

Unos doscientos años antes, muy pocos creían en la existencia de los chupa sangre, eran solo monstruos de cuentos y películas, los villanos y las criaturas a las que todos le temían. Esa mismísima noche, la dinastía Gimondi celebraría una gran fiesta donde se conmemorarían los cien años de una unión “exitosa”.

Pero a pesar de que muchos ya estaban acostumbrados a estos seres, aún había mucha resistencia por parte de grupos que se negaban a “sucumbir” al reinado Gimondi, para esas personas los vampiros seguían siendo los malos del cuento.Para Odette, la situación siempre le había parecido un tanto aburrida y ¿la verdad? tenía suficiente preocupándose con su trabajo como para estresarse con la política y otras situaciones sociales de esa índole.

Odette era una simple detective de homicidios, acababa de ser ascendida a ese puesto que siempre había deseado; ¡No más patrullajes nocturnos! ¡No más pasar horas tratando de capturar vagabundos drogadictos o grafiteros que aún vivían en casa de sus padres!

Desafortunadamente, los Gimondi habían solicitado toda la seguridad posible para el evento; así que ella tenía que asistir a la gala junto con sus compañeros para proteger a los invitados y a la familia real.

Moreau no le tenía mucho aprecio a la familia Gimondi. No los odiaba pero tampoco le gustaba verles muy seguido en su televisor o, prácticamente, en todos lados; era irritante y nunca vería en ellos lo mismo que muchos ciudadanos amaban de esa familia de privilegiados: humildad y carisma.

Su padre solía ser el guardaespaldas de Viktor Yurovski; el papá de Odette era una de las personas más leales y de buen corazón que la detective conocía, era alguien que le había enseñado que el perdón traía paz.

Sin embargo, la forma en la que la mano derecha del regente había tratado a John Moreau no tenía perdón, al menos no a los ojos de Odette. Cuando John había muerto por proteger a la familia Gimondi y al imbécil de Viktor, lo único que la familia de Odette había recibido como consolación fue una carta supuestamente escrita por el mismísimo Viktor y un millón de dólares. Dinero que su madre no había tardado en gastar casi en su totalidad.

Una mísera carta, dinero por la persona que le había salvado la vida innumerables veces y que le fue leal por más de veinticinco años. Decir que le enfurecía de tan sólo recordarlo era poco.

El terrible viento invernal sopló de nuevo y la detective por fin cierra la ventana y  las cortinas. Suspirando y negando levemente con la cabeza se dijo a sí misma que debía dejar de pensar en ello.

Son casi las diez de la noche y su plan de dormir al menos una hora ya no será viable; debe prepararse porque será una larga y aburrida noche. Por lo menos, aquella noche no tendría que usar un vestido gracias a su trabajo, ya que sería mejor esconder su revólver en un traje sastre que en un vestido. ¿Qué podía decir? Odette siempre se esforzaba a ver el lado positivo de las cosas.

 

Cipriani Wall Street

 

Mientras lllya observaba la gran cúpula del techo una sonrisa se dibujó en sus labios. Debía admitir que quizá esta noche no sería tan mala como él pensaba pues todo lo que había organizado semanas antes estaba en su lugar y  el recinto lucia bastante bien. Las luces blancas que rodeaban cada pilar del salón principal ofrecían una bella vista que destilaba  vivacidad y elegancia; el blanco y dorado eran los colores predominantes que ayudaban a contrastar todo lo demás en el lugar.

La música de la orquesta mantuvo a la gente en calma mientras comían, bebían y socializaban; y aunque el ambiente era ameno, la división que se presentaba ente especies era bastante clara para Illya. Vampiros y humanos no estaba relacionándose con normalidad, había grupos por aquí y por allá en los que nunca se presentaba una “mezcla de razas”.

El vampiro suspiró y dirigió su mirada hacia su padre al otro extremo del salón. Marco y Luca charlaban animadamente con Viktor y su hijo único, Mihai; Illya se pregunatab si su padre se daba cuenta de la farsa que era eso de la paz entre humanos y vampiros que, según Marco, su gobierno había logrado.

Illya no está ni un poquito interesado en la política y los problemas sociales le son indiferentes, el desconocimiento y su forma antipática de ser son, en su opinión, las “cualidades” que le han mantenido cuerdo durante tanto tiempo. Y realmente así es como quiere pasar la eternidad, esto es una forma de salvaguardar su tranquilidad y hacer de su vida lo que se le antoje.

Se es más feliz en la ignorancia que en el saber.

Decidió que podía enfocarse en buscar a una chica atractiva para pasar el rato, no había razón para no disfrutar de la fiesta. Después de todo, la bebida y la comida él mismo los había solicitado para esa noche.

Comenzó a inspeccionar a cada chica que parecía estar sola aquella noche mientras se servía un poco de vino, debe admitir que tiene muchas opciones lo que le da esperanza de que está noche sea una buena distracción.Justo cuando planea dirigir toda su atención hacia una pequeña pelirroja a pocos metros de él, alguien se coloca justo frente a él e Illya se siente verdaderamente extrañado con su presencia y un poco irritado.

— ¡Detective! —profirió, inclinando la cabeza y sonriéndole lánguidamente. — No me diga que de verdad ha venido a arrestarme.

Illya le mira de arriba abajo. La detective es una mujer de baja estatura, delgada y con un porte soberbio que esa noche resalta bastante gracias al traje sastre azul marino que está usando, sus manos están entrelazadas frente a ella y el vampiro tiene una buena vista de su revólver y su placa.

—Nah, más bien estoy aquí para protegerle. —respondió ella y soltó una risita al ver el leve fastidio en el rostro del vampiro ante su respuesta. — Debo decir que decidí acercarme a usted por qué no le reconocía tan arreglado.

Illya alzó las cejas, sorprendido por el atrevimiento de la mujer. Aunque no podía decir que le disgustaba, de hecho, le intrigaba un poco. Gimondi sonrió mientras cruzaba sus brazos frente a su pecho.

Odette se inclinó un poco hacia adelante e hizo como si estuviese olfateándole.

—Y también es un gran cambio la colonia que está usando —señaló. —, mucho mejor que el olor a bourbon.

Illya soltó una carcajada ante aquello.

— ¿Qué puedo decir? —comenzó. — a veces es la fragancia favorita de las chicas.

Odette río y negó levemente con la cabeza, Illya de inmediato desechó aquél plan que involucraba a la pelirroja desconocida.

Minutos después los músicos dejaron de tocar, las luces se atenuaron y todas las cámaras televisivas apuntaron al escenario. Era hora del discurso que su padre daba cada año y, a decir verdad, Illya no tenía interés en escucharlo en lo absoluto, deseaba irse antes de que Marco comenzara a hablar; sin embargo, los reporteros no perderían de vista a la Familia Real, salir del lugar en definitiva no era una opción.

Illya bufó y miró hacia el escenario a regaña dientes, Odette le miró con curiosidad pero decidió ignorar la actitud de Illya y dirigir su atención hacia el jefe de la familia Gimondi.

Marco era un hombre que aparentaba unos setenta años; alto con apariencia esquelética, una palidez extrema y de penetrantes ojos azulados. Su vestimenta era totalmente negra a excepción de su corbata

 Illya sabía un poco sobre el aspecto que los humanos solían darle a los vampiros como él en sus novelas o películas y podía darse cuenta de que su padre tenía un aspecto muy a lo “Drácula”, lo que le ayudaba a darse a respetar entre algunos seres humanos; muchos le admiraban y respetaban pero, en su mayoría, le temían.

Marco Gimondi parecía viejo y larguirucho sí, pero tenía un porte tan imponente que incluso a Illya intimidaba cuando eran un niño. Y aún así Marco se las arreglaba para lucir y sonar benevolente cuando la situación lo requería; era un gran actor.

Marco, como todos los años, comenzaba su discurso con una pequeña broma donde todos reían y luego hacia una pequeña pausa mientras miraba solemnemente hacia las cámaras de TV para entonces comenzar a alabar a vampiros y seres humanos por su arduo trabajo para lograr que América fuese un lugar digno para residir.

—Todos y cada uno de ustedes hacen de este país un lugar hermoso y pacifico para vivir. —su voz se elevaba lentamente, Illya podía escuchar la emoción que aumentaba entre los invitados. — Gracias a ustedes, esta es la tierra de la libertad… ¡La casa de los valientes!

El lugar vibró con aplausos y vitorees, con risas y gritos apoyando a Marco y a toda la familia Gimondi. El vampiro y la detective tenían que admitir que la emoción que irradiaba la gente podía ser contagiosa, incluso era como si todo el lugar se iluminase un poco más y esto a Odette le recordaba a aquellas películas infantiles donde, al final de todo, los personajes celebraba su victoria con música y baile.

La detective y el heredero aplaudieron con fuerza al igual que los invitados, cuando los fuegos artificiales comenzaron todos alzaron la cabeza para verlos a través del gran domo de cristal que cubría el lugar.

El cielo nocturno de la ciudad se iluminó con los diversos colores de cada fuego artificial, la mñusica en el Cipriani volvió y los ánimos se elevaron aún más. Illya bajó la mirada y pasó la vista por el salón principal notando de inmediato que, al menos por esos momentos, los muros entre dos razas se vinieron abajo, haciéndoles capaces de interactuar entre ellos sin algún tipo de enfrentamiento.

Quizá su padre sí comenzaba a tener éxito, tal ver la paz entre dos razas completamente distintas sí era un objetivo alcanzable. Quizá esto que Marco intentaba hacer no era solo un sueño lejano que comenzó cuando conoció a su madre en Rumania.

Illya se terminó su vino y lo colocó sobre la bandeja de un mesero que iba pasando frente a él.

Metió las manos dentro de los bolsillo de su pantalón y contempló todo con una sonrisa en su rostro y, honestamente, sintiéndose afortunado por primera vez de presenciar algo como ello.  El vampiro dirigió su atención hacia la detective que aún continuaba viendo los fuegos artificiales atreves del gran domo.

Fueron solo unos cuantos segundos, pero el vampiro sintió un gran deseo por saber más sobre la detective de porte arrogante y complexión pequeña frente a él.

El sonido de los fuegos artificiales, las risas y la música hacían casi imposible el hablar con normalidad con alguien más por lo que el vampiro decidió que esperar a que se calmasen un poco las cosas sería lo ideal para poder charlar con ella.

Pero los gritos y risas de alegría pronto se distorsionaron y se convirtieron en la clase de alaridos que Illya había escuchado en aquél callejón del Bronx la noche anterior.

Illya hubiese deseado que el sonido que escuchó segundos después  fuesen fuegos artificiales, pero la cercanía y continuidad del sonido enviaron escalofríos por todo su cuerpo. Cuando su atención se dirigió  hacia el frente lo único que pudo ver fue a su padre desplomarse y caer del escenario, después de ello todo pareció ir en cámara lenta como si de una película se tratase.

El olor a sangre y pólvora inundó su olfato. Illya estaba petrificado, sus ojos azules no podían apartarse del cuerpo inerte de su padre.

La gente pasaba corriendo despavorida frente a él e Illya era levemente consciente de que algunos se desplomaban y no volvían a levantarse, las balas los estaban alcanzando y a los demás no les quedaba más que correr sobre ellos con tal de ponerse a salvo.

Un fuerte agarre sobre su brazo derecho le sacó de su estupor y es entonces que Illya nota lo rápido que todo está pasando; Odette tiene su pequeña mano sujetando con fuerza su brazo mientras con la otra mano desenfunda su revólver y comienza a gritarle para que pueda escucharle entre el sonido de los gritos, disparos y explosiones lejanas que ninguno de los dos puede ver.

Y aún así Illya no podía escucharle, la detective se rindió y comenzó a corre junto con él a la salida del lugar. Los dos se sujetaron con fuerza el uno del otro puesto que esto se estaba convirtiendo en una maldita estampida, si se soltaban terminarían separándose y estarían por su cuenta sin sabe si quiera quienes eran los enemigos.

Miles de cosas pasaron por la mente del heredero Gimondi mientras corría junto con la chica hacia uno de los largos pasillos del Cipriani. Pero dos imágenes se repetían una y otra vez:

La masacre que había presenciado, el olor de la sangre y el cuerpo de su padre cayendo del escenario sin que él pudiese hacer algo para salvarle

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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