ABAJO LOS HOMBRES

Victoria Harris, es una soñadora y una romántica empedernida, ha buscado el amor desde que comenzó a gustarle el género opuesto, pero lo que la vida le ha dado es todo lo contrario. Desde su primera confesión todo fue de mal en peor, conociendo pasteles y recibiendo plantones, por esto termina desechando el amor y odiando a morir a los hombres…o al menos eso pretende.
Jared Merill-Brown no tiene nada de romántico y mucho menos de soñador, de hecho con lo que nunca ha soñado—ni piensa hacerlo en un futuro— es verse babeando por una mujer para que lo dome y lo tenga como un perro tras sus faldas. Un hombre exitoso, siempre consigue lo que quiere, con cuerpazo de dios griego y sonrisa perfecta dan el resultado de un mujeriego en potencia. Hasta que literalmente se cae y con él su mundo.
La vida da muchas vueltas y encontramos el amor en el momento y de la manera más inesperada, pero ¿podrán dos tercos que no dan su brazo a torcer aceptar el amor que los golpea?

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1. Capitulo 1

Y aquí estoy de nuevo…sola, sentada tomándome el quinto cappuccino, con el azúcar por el cielo, arruinando mi manicure por morderme las uñas y observando como las demás parejas o grupos de personas se lo pasan bien, ¿por qué? porque me han dejado plantada. Y esta es la historia de mi vida, que yo, Victoria Harris, a mis veintisiete años he tenido más plantones que espinillas en la cara. Sí, que loser, por tener tan mala suerte y creer que existen las hadas o, mejor dicho, por creer en los hombres. Con toda la miserable experiencia que he tenido puedo decir que valen un real hongo, son mentirosos, te buscan cuando quieren—que por lo general es cuando quieren sexo— y aunque intentemos engañarnos a nosotras mismas diciendo “no podemos meter a todos los hombres en el mismo saco” es pura mierda, al final todos son cortados por la misma tijera.

Como había quedado con el “tipo” en juntarnos en las mesas de afuera de la cafetería “Coffee Express” — que original— y de ahí “lo que salga” pues estaba ahí, en la segunda mesa a la izquierda, media tiritona porque empezaba a correr una brisa fría y yo la linda me había puesto un vestido veraniego muy chic que recientemente  había comprado y un tapado ligero— una tela de cebolla que me costó un ojo de la cara. Mi cabello largo y negro que en vez de extenderse hacia atrás ondeando para hacerme lucir más sexy, me tapaba toda la cara metiéndose hasta por las narices ¡Suficiente! llame al mesero para pagar los cinco cappuccino y largarme para acabar con esta humillación. Tome un taxi y mientras me dirigía a mi  departamento pensaba en lo desgraciados que podían ser los hombres, y que en este preciso momento me gustaría matar específicamente a uno de una manera muy lenta, muuuuy lenta, me sentía casi como Hannibal Lecter y sonreí tan maliciosamente que el taxista me miro por el retrovisor con cara de asustado. Llegando ya al edificio, le pregunte al taxista cuanto era la tarifa y busque en mi billetera el dinero, se lo entregue y salí rápido para que el pobre tipo siguiera su camino y no se pasara mas rollos de que lo mataría.

Camino por las blancas escaleras sintiendo mis pies pesados, en realidad me siento demasiada cansada, aburrida de la situación, harta de los hombres, solo quiero llegar a mi cama y olvidarme de toda esta estupidez. Cuando abro la puerta lo primero que escucho es el grito de mi amiga Ivette.

 

—¡ TOOORIIIII! —apenas grito abrí los ojos, sabía lo que se avecinaba, una entrevista a lo Larry King. Ivette corrió desde el pequeño living que teníamos pasando por el pasillo hacia la puerta.

— Ya cuenta ¿Cómo te fue con Brentt?— pregunto con una gran sonrisa— ¿quedaron de salir otra vez? No te guardes nada, ya sabes que soy una tumba— decía mientras tomaba mi mano y me arrastraba hacia al sillón.

—Ivette…—no sabía cómo comenzar.

Ivette tiene la misma edad que yo, nos conocimos en un trabajo de medio tiempo cuando éramos adolescentes, congeniamos al instante, tenemos casi los mismos gustos a excepción de los hombres—por suerte—si no hubiera sido un problema. A diferencia de mi Ivette no tiene problemas con los hombres, es una morena de cabellera castaña lisa que le cae un poco más abajo del los hombros con una cara ovalada y pequeña donde resaltaban sus ojos almendrados ¿qué hombre no estaría babeando por ella?, tiene cada curva donde debe y aun teniendo un metro sesenta y tres cuando la cabreaban puede hacerte caer de poto dejándote clavada al piso… o clavado, no se amilanaba con nadie. Es decidida, segura de sí misma y fuerte. Yo por otro lado, bueno es difícil ver los puntos fuertes de uno misma, pero tengo pelo largo y castaño, mis ojos son oscuros y grandes —mi familia solía decir que tenia ojos de pulpo—, solo soy dos centímetros más alta que Ivette con un color de piel que bordea entre café y ¿manjar? ¡Rayos! no se qué clase de piel tengo. Soy soñadora, perseverante y …no se me ocurre otra cosa, ya dije que es difícil ver las cualidades de uno.

Mire a Ivette —…oye…— la sonrisa de mi amiga desapareció.

—Ya, no paso nada— sentencio moviendo la cabeza negativamente— no me digas que te quedaste hasta esta hora esperando— me miro tanto con los ojos como con la boca abierta. Una cara digna de hacer meme.

Hice una mueca. Me había quedado casi dos horas con la esperanza de que aparecería corriendo y disculpándose, luego comeríamos y más tarde veríamos las estrellas.

—¡Pero que desgraciado! ¿Ni siquiera te llamo?...no, ni te molestes—dijo acallando mis palabras con un gesto de mano— pensé que esta vez si te resultaría.

Pues yo igual lo pensaba, pero no, de nuevo me vieron la cara de idiota.

—Cabrón, pues ojala no lo vea porque si no le achuñasco sus bolas y su guaranga se lo dejo del tamaño de mi meñique—dice mostrándome su meñique.

Rio antes las ocurrencia que me dice, Ivette era muy directa— ¿Guaranga?

—Otra forma de decir pene— explica como si nada— ¿Es que no te afecta Tori?

Claro que sí me afectaba, me sentía estúpida, enojada conmigo misma, odiaba a los hombres…odiaba mi mala suerte, y habían sido tantas las situaciones, pero esto fue la gota que rebalsó el vaso.

Recuerdo la primera vez que me rechazaron. El chico era una monada, en ese entonces tenía doce años y era bastante tímida, pero me hice de fuerzas y le confesé que me gustaba, ¿su respuesta? Eres fea. Luego cuando tenía dieciséis años salí con el chico que me gustaba, alucinaba, era el mejor día de mi vida, peeeeeeeeeero el desgraciado había salido conmigo para que le hiciera gancho con una de las amigas que tenia. Y así, si no le gustaban  a alguna de mis amigas les gustaban sus vecinas, eran gays, no les gustaban las relaciones a distancia, no les gustaba yo, eran doble cara, eran casados y la lista sigue y sigue, pegándome plantón tras otro.

—¡Obvio Ivette!, y ¿sabes qué? esta es la última vez que me ven la cara de idiota. Ya no quiero saber nada de los hombres.

—hmmmm, no des por sentada las cosas, puede que haya alguien para ti…en algún lugar—añade.

—supongo que sí…a años luz. Mira Ivette ya tuve suficiente— contesto a la vez que me paro para zanjar esta conversación e irme hacer cualquier cosa— no necesito de un hombre, tengo trabajo, una casa, mi familia…disfuncional, a ti—le indico—está bien ¿sabes?...quizá no estoy hecha para esas babosadas del amor. Creo que hasta seguiré los pasos de Samantha Jones.

— ¿tú? ¿Lanzándote al sexo libre?...pues para seguir sus pasos hace falta un corazón de león y mucha seguridad— me miro enarcando una de sus cejas perfectas—dos cosas que te faltan, así que ni lo pienses porque terminaras peor de lo que estas ahora.

Hmmm, siendo honesta, pues sí tiene razón. No tengo corazón de león, de hecho es mas como un algodón de azúcar, bueno no tan dulce, pero se entiende. Soy yo la que queda mal, porque me creo expectativas, soy yo la que se queda esperando llamadas y luego nada. A mí me afecta, a ellos…no, ninguno me ha llamado para pedirme disculpas.  En cuanto a mi seguridad, trabajo en ello. Veo que Ivette cambia su expresión dura a una mucho más suave, sabe que fue un poco ruda y para aligerar la situación cambia de tema—Por cierto Steve nos invito al nuevo pub …, ese que está cerca de la playa.

—Ve tu, hoy dan el ultimo capitulo de The Walking Dead y no me lo pienso perder, es lo único bueno de este MUGROSO día—digo recalcando el “mugroso”. Me voy a mi habitación y de reojo veo como Ivette entrecierra sus ojos y me pega una mirada de esas que dicen “¿en serio prefieres encerrarte a salir?”.

— Como quieras, sabes que siempre puedes venir—dijo yéndose a su cuarto, conociéndola bien a buscar que “vestido”— yo los llamo taparrabos— podría usar en la noche.

 

*****

Ya en la noche, después de que Ivette se fue, me voy a la cocina a hacer un poco de palomitas, no me toma más de diez minutos, me sirvo un vaso de bebida y lo pongo todo en una bandeja, para llevarlo al sillón y así esperar comodamente el último capítulo de la cuarta temporada de la serie que me hace dar arcadas, por ende me la pasó bien. Mientras espero que comience hago  zapping y en cada condenado canal se muestran parejas, amores juveniles, reconciliaciones, el estúpido comercial de Coca-Cola stevia donde aparece gente besándose… ¡rayos! yo también quiero que me besuqueen. Al final me doy la vuelta por todos los canales hasta que se hace la hora y puedo ver por fin la serie.

Para cuando termina y otras cuantas películas mas ya era como las dos y algo de la madrugada y  yo estoy dispuesta a irme acostar ¿Qué más puedo hacer? Sí, sí, ir a la fiesta, pero no estoy de humor para ello. Apenas mi trasero toca las suaves sabanas de mi cama, mi celular suena. Veo quien es por la pantalla y ruedo los ojos.

—Ivette ¿Qué pasa?

— ¡Ay, Tori necesito que me vengas a buscar!—grita. Escucho música, gente hablando bastante alto y… ¿sirenas?

— ¿Por qué? ¿Qué paso?

—Pues hubo una pelea en el pub y uno de los amigos de Steve está metido en ello, llamaron a la policía y ahora Steve tiene que acompañarlo a la comisaria para hacer unos papeleos y bla bla… y también estoy media entonadita…

—Hmmm—hago un ruidito muy a lo Marge Simpson—bien dame la dirección

—Es….no me acuerdo. ¡Maldición tori! ni siquiera me acuerdo como se llama el condenado pub, sabes que tengo pésima memoria y un maldito sentido de la desorientación

—Pues ve google maps y mandame una imagen

Espero unos segundos y aparece la imagen— Okay espérame, cuando llegue te llamo.

 

AAAARRGGG!!!! Desgracia de Ivette que siempre sale con algo. Me saco el pijama, me pongo unos leggings, un sweater de hombros caídos y una ballerinas. No paso por el baño, pues ya sabía que parecería loca con el pelo enmarañado y mis ojeras grandes era un plus para el aspecto. Tomo las llaves del departamento y bajo, ahora tendría que esperar por un taxi, ojala no tarde tanto.

 

*****

Llegando al pub veo algunas luces rojas y mucha gente afuera, unos hablando con los policías, otras bebiendo. Me bajo cerca de la entrada, claro no sin antes decirle al conductor si me puede esperar y asegurándole que le pagare por toda la carrera. Un tumulto de gente sale del pub, ¡Ugh! esta cosa esta llena, tendré que llamar a Ivette y preguntarle en donde mierda esta, pienso. Busco el contacto y apretó “llamar”, mientras busco con la mirada.

—Ivette ¿donde estas?— entre empujones voy entrado como puedo al pub.

—¿Ves la barra? Estoy en una de las mesas al costado izquierdo.

—Bien.

Cuando diviso por fin a Ivette la saludo con la mano y voy directo hacia ella, pero con la poca luz que hay en el condenado antro no me doy cuenta de una escalinata que está justo enfrente  de mí. Siento un dolor en los dedos del pie, y así como en las películas veo en cámara lenta como mi boca se va a estampar con el piso. De pronto una mano se interpone, presiona mi estomago y jala hacia atrás me tambaleo y ahora en vez de caer hacia delante caigo hacia atrás. El miedo que tuve fracciones de segundos atrás se va cuando escucho un gemido, volteo y veo la cara del hombre que me salvo de romperme unos cuantos dientes. Tiene la mandíbula cuadrada, una nariz alargada, su cabello es corto, casi incipiente y sus ojos son de un color verde, aunque con la poca luz no estoy del todo segura, sus brazos se sienten fuertes y cálidos, mi mirada baja a su boca, una boca de labios gruesos y duros, me quedo pegada y obviamente se da cuenta porque sus labios se transforman lentamente en una media sonrisa que haría babear hasta a una abuelita. ¿Dios, que me pasaba? hace unas horas dije que no quería nada con los hombres, todos son unos embusteros.

—Oye idiota quítame las manos de encima—protesto, apartándome bruscamente y levantándome.

— ¿Así das las gracias, nena?—pregunto aun con su media sonrisa y levantándose también.

¿Nena? ¡Ugh! por favor díganme que no es verdad.

— ¡Ni soy nena ni te doy las gracias, jote!

—Yo creo que el mínimo de educación es decir gracias después de que he evitado que cayeras y derramaras más sangre que en película de guerra—dice divertido, mirándome desde la cabeza hasta la punta de los pies.

¡ARGH! El desgraciado tiene razón, lo mínimo que puedo decir es “gracias” no puedo ser tan rota.

—Gracias—digo y de tan mala gana que parece más un “púdrete”

—Ahh, la fierecilla puede ser domada—la poca distancia que nos separaba la redujo en un solo paso rodeando mi cintura con un brazo y acercando su boca a mi oído, casi podía lamerlo— ¿por qué no me das las gracias de otra forma? Ya sabes…—deja la frase a medias, en un susurro dulce, cálido y provocador que me hace estremecer.

Típico de playboy dice una vocecilla dentro de mi cabeza. Me aparto por segunda vez y me recuerdo a mi misma lo que significaba la palabra “hombre” en mi propio diccionario. Lo miro y tengo que levantar mi cabeza porque el tipo es alto, tendrá un metro ochenta y cuatro o por ahí, vestido con una camisa gris de líneas finas con tres botones abiertos, dejando entrever unos pocos vellos, las mangas las tiene remangadas sin sobrepasar sus codos, sus jeans son azul oscuro con un dejo de desgaste, todo eso en conjunto a unos zapatos oscuros estilo Derby. Puedo ver como cada prenda se ciñe a su cuerpo duro, que emana pura virilidad, es un hombre de espalda ancha y cintura estrecha con brazos y piernas fuertes y duras que podrían acorralarte y someterte sin mucho esfuerzo, pero…ya saben, así que con toda honestidad le digo—En tus sueños—y le piso uno de sus pies. Fue tan automático que por un momento abro la boca para disculparme, sin embargo me callo, el tipo estaba siendo un real idiota. Avanzo en dirección hacia Ivette para poder salir de allí, en serio los hombres eran tan raros. Miro hacia atrás y veo al tipo que saltaba en una pata, quizá lo hice con mucha fuerza.

Ivette está bastante entonada, no sé como Steve la dejo llegar a ese estado,  quizá después de la fiesta tenía pensado llevársela a su casa y seguir su propia “fiesta”. Camino con Steve y le indico el lugar donde nos espera el taxi, vamos llegando a la puerta cuando alguien me toma por el brazo, Steve sigue su camino sin darse cuenta, y yo soy arrastrada por la fuerza del movimiento. El dueño del brazo es el mismo tipo al que había dejado cojeando. Me miro fijamente, alzo su mano hasta mi cara y rozo su pulgar con mi labio inferior.

—Nena, te veré pronto— fue lo último que dijo con una de sus medias sonrisas de chulo.

Yo me quedo petrificada, lo observo irse hasta que se pierde entre la gente  y lo único que se me cruza por la mente en ese instante es “Me tope con un verdadero psicópata”.

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