El ladrón de estrellas

Es imposible que no me conozcas, porque soy el contrabandista espacial más famoso de los ocho rincones del universo.

Me apodan Lance, aunque también soy conocido como el ladrón de estrellas. ¿Crees que no me he ganado mi fama? Entra en mi historia y comprueba por ti mismo qué hay de verdad y mentira en las leyendas que cuentan sobre mí en las tabernas de las estaciones espaciales.

Esta historia, mi historia, versa sobre una predicción del futuro y su relación con el destino, una tripulación haciendo frente al poder que regía el universo y, sobre todo, el intento de recuperar aquello que más amaba.

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4. La Onuwu de Narth IV

Alfa hizo aminorar la velocidad de la SpaceX conforme nos acercábamos a la estación espacial en la que se encontraba nuestro objetivo.
El pequeño punto gris que habíamos vislumbrado frente a nosotros a través de los cristales de la nave se había convertido en un puesto espacial de tamaño medio. A cierta distancia ya se podían observar algunos detalles que indicaban el abandono que sufría toda la estructura, como la acumulación de polvo cósmico a lo largo de su superficie.
—Este sitio está tan en el culo del universo que ninguna religión lo reclamaría como creación de sus dioses —dijo Yenna con la cara pegada al cristal de la nave.
La SpaceX cambió a los motores de maniobras y aterrizó en la pista de la estación.
—Ya hemos llegado —anunció Alfa saltando de su asiento y dirigiéndose hacia la cocina—. Qué ganas tenía de comerme ese Makshitoki que me lleva esperando todo el viaje.
Los demás cogimos nuestros cascos espaciales y nos dirigimos a la puerta estanca. Una vez que estuvimos todos dentro, se cerró la compuerta interna y se abrió la externa, permitiéndonos salir al exterior.
Las vistas del lugar que nos rodeaban no mejoraban mucho de aquellas que podíamos ver desde la SpaceX. Me extrañó con especialidad el no encontrarnos con ninguna nave, siquiera destruida, en la pista de aterrizaje.
—Ramco, ¿dónde nos has traído? —pregunté, expresando el sentimiento que nos embargaba a todos.
Ella se encogió de hombros.
—No es un error. Él nos ha citado aquí…¿y si ha ocurrido algo grave?
—Está bien. —Asentí. Me acerqué el Hansel a la boca y le hablé al piloto—: Alfa, espera en la nave. No sabemos lo que nos espera ahí dentro.
—Entendido jefe, estaré en el jacuzzi hasta que me necesitéis. —Su voz a través del Hansel nos hizo reír a todos.
Encaminamos nuestros pasos hacia el interior. Cuando nos quitamos los cascos nos sorprendimos de que todas las cosas allí parecían haber sido abandonadas a toda prisa, por lo que las mesas y los suelos estaban llenas de cientos de objetos abandonados.
—Lo que nos faltaba, un puesto fantasma —se quejó Yenna—. Los lugares como este me producen escalofríos.
Recorrimos varios metros de la amplia sala principal a la que habíamos accedido. Como la mayoría de las estaciones espaciales, estaba conformada en su centro por montones de sillas y mesas y todos los bordes llenos de pequeños puestos de comercios.
—Salid de aquí ahora que conserváis la vida… —Una voz de ultratumba sonó por todas partes—, o seréis los próximos en convertiros en los habitantes fantasmas de esta estación.
Ramco se subió a una mesa de un salto y le gritó al vacío:
—¡Sal de dónde estés, somos tu cita de hoy!
Durante varios segundos la respuesta fue el silencio, pero no tardó en escucharse el sonido de unos pies arrastrándose por el suelo mientras se acercaban desde algún lugar.
—¿Quién se atreve a molestarme? —dijo una voz con el tono chillón de un ratón.
El dueño de la voz salió de las sombras y se encaminó hacia el grupo. Cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos ante un enano de la raza Denwer.
—No podía ser de otra raza… —susurró Vortis para no ser escuchado.
Yo me adelanté varios pasos.
—Por fin, hemos tardado mucho en encontrarte. Casi hace un año terrestre desde que salimos de Agra…
La voz de Ramco sonó a mi espalda.
—Por favor, no recordemos lo que hemos tenido que soportar para llegar aquí.
Los demás se echaron a reír.
—Es gracioso que eso lo diga un ser de mente prodigiosa que jamás olvida un segundo de su pasado —puntualizó Yenna mientras recibía la mirada de enfado de Ramco.
—Chicos, gracias. De verdad —dije, girándome hacia ellos. Luego me volteé para estrecharle la mano al Denwer, pero él me la apartó de un manotazo.
—No me fío de ti. —Acto seguido corrió a encontrarse con Ramco—. Me encantó la historia que me hiciste llegar, aunque me gustaría escucharla de tus labios directamente.
Perplejo ante la situación, me senté en una de las mesas junto a Venvel.
—¿A qué historia se refiere? —le pregunté en voz baja.
—A lo de Agra, por supuesto, ¿no lo sabías? —Ante mi negativa, Venvel suspiró—. El Denwer nos concedió una reunión a cambio de conocer más detalles del escape.
Me giré hacia los demás. El ser había agarrado la mano de Ramco y se la había llevado a su sucia boca para besarla. Por la cara de asco que ella puso supe al instante que no le había parecido tan gracioso como a mí.
—No imagináis cómo habéis acrecentado la leyenda de Lance, la ladrona de estrellas. Hasta yo, que paso mis días solo en este puesto espacial he llegado a conocer vuestra huida de Dol Agra. Me la contó un comerciante que me estafó, por cierto —añadió con enfado.
Lo miré lleno de extrañeza. Venvel iba a explicármelo cuando lo comprendí. No pude evitar que se me escapara una carcajada.
—No te creas ni la mitad de lo que cuentan por ahí —puntualicé.
—¿Entonces no debo creerme que Shun tiene algo de importancia para ti? —El enano agarró con fuerza a Ramco de las muñecas.
Qué equivocado estaba, pero no podía dejar que mencionara aquello tan a la ligera. Me acerqué al Denwer y le obligué a soltarla.
—Ni se te ocurra volver a mencionarlo —le advertí muy seriamente.
Él me miró extrañado pero lo comprendió al instante.
—Siento la confusión, mi dama. —Le realizó una reverencia a Ramco y me analizó de arriba abajo con sus grandes ojos—. Así que tú eres Lance, el que buscan en media galaxia porque el rey te quitó algo importante y no quiere que vuelvas a recuperarlo.
Lo agarré de los hombros y preparé el puño. Nadie hacía caso omiso a mis advertencias. Vortis fue rápido y nos separó.
—Yo que tú no volvería a sacar el tema o seré yo el que te meta la primera carga de plasma por el culo.
El enano tragó saliva y asintió. Yo me sentí orgulloso del apoyo de mi camarada.
—¿Dónde lo tienes? —El Denwer me rodeó y comenzó a cachearme con curiosidad.
Di un paso atrás porque no me fiaba de aquel ser. Ramco dio un fuerte resoplido y se acercó a los dos.
—Todavía no nos has dicho cómo te llamas, no pretendas que Lance te lo enseñe sin esa pequeña muestra de confianza.
—Dothre —respondió al instante—. Ahora quiero verlo.
Ramco inclinó la cabeza y apretó los puños, pero no golpeó al Denwer como deseaba. Me miró directamente y alzó las cejas mientras me señalaba al enano.
Me negué. Ella me aniquiló con la mirada. Y cinco segundos después estaba sacando el libro rojo de mi propio bolsillo.
—Espero que no seas igual de ratero que los demás de tu raza —le advertí antes de entregárselo.
Dothre hizo un penoso intento de guiñarnos el ojo.
—Puedes confiar en mí. De todas formas no te queda otra…
Por mucho que me doliera, sus palabras no estaban faltas de razón. No debíamos desaprovechar aquella oportunidad a la que tanto esfuerzo nos había costado llegar.
Dothre abrió el libro y comenzó a examinarlo. Le mirábamos con atención cuando dio un sonoro grito que nos asustó.
—¿Qué ocurre? —Todos nos acercamos al enano de un salto.
—El papel de este mapa está hecho con finas capas de excremento de Preha. ¡Son lo suficientemente raras como para verlas solo una vez en la vida!
—Serás malnacido. El susto que nos acabas de dar por semejante tontería…
Me acerqué a él en dos pasos y fui a cogerlo por el pescuezo, pero Vortis me sujetó. 
Dothre dio un silbido y en respuesta a su llamada acudieron un escritorio y una silla propulsadas por pequeños cohetes. Se sentó en ellas y sacó una pequeña lupa que probablemente usaba para observar diamantes, colocándosela cerca del ojo.
—Mmm… interesante.
—¿Qué dice? —Vortis se acercó al Denwer sumido por la curiosidad, pero pronto retrocedió un par de pasos ante el nauseabundo olor que desprendía.
—¿De verdad crees que puedo descifrar algo en cinco minutos con todos vosotros ahí mirándome? —Dothre se quitó la lupa—. Mi arte requiere de soledad, tranquilidad y tiempo, mucho tiempo.
—Justo lo que no tenemos —puntualicé, llevándome una mirada de odio de su parte.
—Estas son mis condiciones: me dejáis el mapa un mes y os lo devuelvo decodificado. A cambio, cuando realicemos la entrega quiero dos millones de créditos Covints.
Vortis y yo nos miramos. Él casi se atragantó con aquella respuesta. Yenna dio un paso adelante y, respirando lo menos posible, se le acercó.
—Estoy segura de que algo podríamos hacer. —Movió su cuerpo para realzar el escote a la vez que le rizó uno de los bigotes que le salían de los mofletes.
—Queh… ascoh… —Venvel disimuló aquellas palabras haciendo como que tosía.
Dothre se echó a reír.
—Muchacha, eres realmente bonita, pero es una pena que no sepas que mi raza no siente ninguna atracción por ese rito sexual vuestro. Nosotros nos apareamos una vez al año y casi por obligación, aunque yo llevo muchos años sin acudir al acto reproductorio.
—No me extraña, así habéis salido… —murmuró Vortis para que yo le escuchara. Ambos dibujamos una sonrisa en el rostro.
Alguien debía reconducir la situación, así que liberé a Yenna del sufrimiento de olerle y me acerqué a él.
—Está bien. Mientras haces tu trabajo con el mapa, ¿podríamos quedarnos aquí? No tenemos dónde ir ahora mismo.
—¡No, no necesito compañía! ¡Necesito soledad! ¿Lo tomas o lo dejas? —Su voz chillona se clavó en mi cerebro como si de una aguja se tratase.
Realmente no sabía qué responderle. Fui mirando a cada uno de los tripulantes, que me fueron expresando su opinión con sus movimientos de cabeza. Me dirigí a Ramco la última ya que era su contacto el que nos había llevado hasta el Denwer.
Ella negó con la cabeza. «No nos podemos fiar de él», leí en sus labios.
—Efectivamente, no deberíais de haberlo hecho —dijo una voz desde la otra punta de la sala.
Acto seguido, un grupo de soldados del rey nos rodeó y una figura salió de las sombras con Alfa encadenado. Pude ver en los ojos del piloto el sentimiento de culpa por haberse dejado capturar.
—¿Es que en este puto universo todo el mundo es telépata? —prorrumpió Vortis con cansancio.
Los soldados nos apuntaron al pecho con sus armas. Intenté calmarme, pero me costaba mucho esfuerzo tener en mi pecho varios puntos rojos que indicaban mi posible final y ser incapaz de resolver la situación.
—Entregad las armas —ordenó el que traía a Alfa a su lado.
Lo reconocí al instante y se me cayó el mundo encima: se trataba de Gergen, el capitán de la guardia del rey Shun. 
A pesar de no contar con la memoria de Ramco, para mí era imposible olvidar la voz del que había sido el espía más importante del mariscal, por su gran capacidad telepática, que en aquel momento había sido ascendido a aquel puesto gracias a haberse ganado la confianza de su alteza. Según contaban, él era uno de los últimos de su raza: los Rinael.
—El rey debe estar muy desesperado por capturarme si se ha dignado a mandarte al vertedero del universo solamente a buscar a un contrabandista —comenté con ironía.
—No lo sabes tú bien —replicó con risas—. Y lo mejor sería cumplir sus designios, pero no me ha mandado él. De hecho, no sabe ni que estoy aquí.
Aquellas palabras no me gustaron. Pude observar el mismo disgusto en el rostro de los demás: estábamos en un serio problema.
—Quitadles las armas —ordenó a los soldados, que se acercaron con cautelas a por ellas—. Ni un solo movimiento u os vuelo la cabeza.
Todos las entregamos sin rechistar. En poco tiempo teníamos las manos atadas con grilletes. Observé la escena y, para mi sorpresa, me di cuenta que no habían descubierto la camiseta holográfica de Vortis. Él me devolvió la mirada con decepción.
—Vortis, desactiva tu camiseta holográfica, por favor —añadió Gergen como si le estuviera hablando a unos niños—. ¿A qué jugáis? ¿Tan rápido olvidáis que sé lo que vais a hacer antes que vosotros mismos?
Vortis le hizo caso y le entregó su arma oculta. Gergen le lanzó una tarjeta con créditos Covint al Denwer.
—Tengo que admitir que lo has hecho muy bien…
Dothre tomó la tarjeta en sus manos y las frotó con frenesí. Sin que nadie lo viese intentó esconder el mapa en uno de sus bolsillos.
—El mapa, por favor —rogó el capitán extendiendo su mano hacia el enano—. ¿Es que no sois capaces de recordar que no me podéis ocultar nada?
El Denwer no movió un músculo, por lo que los soldados del rey comenzaron a apuntarle al pecho. Aquello sí pareció otorgarle motivos suficientes y se acercó al capitán con la cabeza baja, como si de su mascota se tratase.
—Sin mí no os servirá de nada. Está codificado —musitó mientras soltaba el mapa.
—Por eso tenía el contrabandista tanto interés… —reflexionó Gergen en voz alta—. En ese caso nos lo llevamos a él también.
A su señal, sus hombres agarraron a Dothre y lo inmovilizaron.
—¿Qué? —gritó. Se revolvía y resistía como un animal escapando de una trampa—. ¡Quedamos en que dejarías que me lo quedara a cambio de entregarte al contrabandista!
—¿De verdad? ¿Ese fue nuestro pacto? Creía que habíamos acordado que pasarías a mi servicio. Es un gran honor darte la bienvenida a mi batallón personal. —El capitán realizó una reverencia para burlarse del enano—. Ponedle los grilletes.
A partir de aquel momento el Denwer no dejó de llorar y berrear como si fuera un niño pequeño. Era realmente molesto para los oídos el tener que escuchar aquel estruendo.
—Odio que estas ratas traidoras sean emocionalmente inestables  —suspiró Yenna, harta de los berridos.
—Venga, todo el mundo conmigo. —Gergen se dio la vuelta y sus soldados nos empujaron hacia la salida de la estación.
Dothre le dio un bocado al soldado que lo custodiaba y en un rápido movimiento le robó el mapa al capitán.
—Que te has creído tú eso —clamó.
Echó una carrera hacia una de las paredes mientras esquivaba los disparos de plasma que se dirigían contra su menudo cuerpo. Pulsó un botón y de repente una alarma comenzó a sonar. No me había dado tiempo a pestañear cuando una voz femenina anunció lo que iba a ocurrir:
—Gravedad desactivada.
A partir de aquel momento reinó el caos.
Lo primero que ocurrió fue que todos empezamos a flotar. Vortis usó el imán de su camisa holográfica para atraer nuestras armas de las manos de los soldados y distribuirlas entre la tripulación.
—¡Vámonos de aquí! —indiqué, señalando hacia una sala contigua por la que había huido el Denwer. Los soldados habían sacado sus armas de corta distancia y nos disparaban a matar.
Realizando un tremendo esfuerzo, nos propulsamos hacia una puerta a la vez que esquivábamos los disparos y los respondíamos con nuestras armas.
Conseguimos llegar vivos a la sala de al lado, pero los soldados nos seguían los talones.
—¡Haz algo! —le gritó Yenna a Venvel.
Ella no hizo caso de su impertinencia y comenzó a trastear su Hansel, con tanta efectividad que la puerta de acceso a la sala principal se cerró en pocos segundos.
—Esa es mi chica. —Yenna le abrazó con fuerza.
Vortis se pasó la mano por la frente perlada de sudor.
—¿Por qué siempre tenemos que terminar a tiros? —se lamentó con frustración.
Aquella estancia tenía solo una salida, así que la tomamos y comenzamos a recorrer las distintas salas de la estación guiados por el Hansel de Venvel, que había conseguido el mapa del lugar.
Llegamos a una sala con todas las salidas cerradas. El Denwer se encontraba aporreando una puerta con los puños mientras lloraba en un vano intento de que se abriera.
—Amigo, ¿qué te pasa? Esa no es la salida —preguntó Venvel extrañada.
—Tengo que recoger una cosa. Sin ella sería incapaz de decodificar el mapa.
Velven me miró y asentí. Luego le abrió la puerta. Accedimos a su interior con él y cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos con una habitación llena de montañas de basura. Pocas veces en mi vida había sufrido un olor tan terrible como aquel.
—¿Qué buscas exactamente? —Vortis se paseó con rapidez por las montañas de objetos apiladas en los pocos metros de estancia.
—Esto. —Dothre sostenía en las manos la figurita de una muchacha de la raza Klovens que daba vueltas y cuya falda se levantaba en un bonito vuelo.
En aquel momento todos nos miramos y sé que pensamos lo mismo: queríamos acabar con él.
—¿No decías que no sentías atracción sexual? —dijo Yenna, que se encontraba un poco ofendida.
—Así es, pero esta me divierte. Sin ella no puedo hacer mi trabajo.
El sonido de fuertes golpes llegó a nuestros oídos; debían estar cerca.
—Vamos, tenemos que salir ya —indicó Alfa.
Salimos de aquella pocilga y corrimos hasta la puerta estanca. Nos colocamos las máscaras y salimos al exterior. Recorrimos a toda prisa el exterior de la estación para llegar a la pista de aterrizaje.
—No puede ser… 
Vortis fue el primero en ver al pequeño grupo de soldados del rey que aguardaban junto a su nave la vuelta de los demás.
—Dejádmelo a mí —dijo Alfa separándose del grupo—. Necesito una pequeña distracción.
Nos dirigimos hacia los restos de un contenedor de materiales cercano y abrimos fuego contra ellos.
Alfa aprovechó la oportunidad para acceder a la SpaceX.
—Estoy listo —informó a través de su Hansel.
 Encendió el motor con rapidez y acabó de una pasada con nuestros enemigos mientras corrimos hacia su puerta estanca.
No habíamos tenido tiempo de sentarnos cuando la nave despegó, dirigiéndose hacia el espacio profundo.
—Es imposible. —Alfa me agarró del hombro y me obligó a mirar hacia delante.
—No puede ser….
Frente a nosotros se encontraba una nave capital cuyo casco mediría varios kilómetros.
—El capitán no se ha tomado ninguna molestia en desplazar la Milsen para capturarnos… —musitó Venvel, sumida en su propio asombro.
De la nave capital comenzaron a salir cientos de pequeños cazas para acabar con nosotros.
—Alto, tenemos orden de detenerlos —se escuchó desde la radio de la nave.
—Es nuestro final —dijo Ramco, entrando en pánico.
—¡Iros a la mierda! —aulló Alfa—. ¡Agarraos!
Y empezó la lluvia de disparos. Mentiría si no dijera que en aquel momento yo también me encontraba paralizado del miedo. Únicamente el piloto se encontraba lo suficientemente sereno como para sacarnos de aquel embrollo.
—Forman una barrera —chilló Ramco, señalando hacia delante como si fuera la última vez que iba a poder hacerlo.
Alfa suspiró.
—No queda otra.
—Espero que no vayas a hacer lo que estoy pensando —le amenazó Venvel.
Nos dirigíamos a toda velocidad hacia el muro que formaban las naves del rey.
—Daaaa… laaaaaa… vueltaaaaa… —balbuceó el Denwer desde su asiento.
—¡Cabrones! —Alfa disparó al muro con todas las armas de la nave—. Hiperimpulso en tres, dos, uno…
—Pero no han terminado los cálculos —Venvel tecleaba a toda prisa las coordenadas en el ordenador de la nave.
 —¡Ya!
Cerré los ojos y me agarré el asiento. No quería ser testigo directo de nuestro destino. La nave abrió una pequeña brecha en el muro, lo suficiente para pasar justa por ella, y alcanzó el hiperimpulso.
Atravesamos medio sistema solar sin haber terminado los cálculos.
—¿Hacia dónde, jefe? —Alfa aguardaba impaciente mis órdenes.
—Hacia un lugar tranquilo en el que Dothre pueda decodificar el mapa en paz.

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