El ladrón de estrellas

Es imposible que no me conozcas, porque soy el contrabandista espacial más famoso de los ocho rincones del universo.

Me apodan Lance, aunque también soy conocido como el ladrón de estrellas. ¿Crees que no me he ganado mi fama? Entra en mi historia y comprueba por ti mismo qué hay de verdad y mentira en las leyendas que cuentan sobre mí en las tabernas de las estaciones espaciales.

Esta historia, mi historia, versa sobre una predicción del futuro y su relación con el destino, una tripulación haciendo frente al poder que regía el universo y, sobre todo, el intento de recuperar aquello que más amaba.

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3. La Onuwu de Narth III

El silencio que dominaba el ambiente cesó cuando aparecieron los guardias por el pasillo del módulo presidiario en el que nos encontrábamos. 
Abrí los ojos y di un salto para bajarme de la litera en la que dormía. Como el resto de presos, me acerqué a los barrotes de la celda para observar a los Xenox.
Aquellos seres vestían una capucha que sólo dejaba ver su par de ojos brillantes color amarillo y una lengua de treinta centímetros que les colgaba casi hasta el pecho.
Yo sabía que debían de haber salido de alguno de los sistemas solares del sur, pero no estaba totalmente seguro de su procedencia. Sí que tenía claro que habían sabido venderse para ser los custodios de la mayoría de las cárceles de todas las galaxias, en parte por su capacidad de adormilar a sus víctimas con la saliva que segregaban.
—Aléjate de ahí que te vas a electrocutar —me aconsejó Vortis.
—Sabes que necesito ver cómo es la cuadrilla.
Aquellos seres eran como manadas interconectadas que compartían la información entre sus mentes, lo que les dotaba de gran capacidad de reacción. Además, todos sus miembros poseían características similares, por lo que si estudiaba de qué tipo eran los que custodiaban aquella prisión podría saber qué posibilidades tendríamos de escapar.
El grupo de Xenox fue jaleado por la multitud conforme avanzaron delante de las celdas del módulo. Algunos presos se arrojaron a los barrotes en un vano intento de agarrar los cuerpos de los guardias.
—Estamos en el módulo de los idiotas —me quejé en voz alta.
—Puede ser, pero has tenido la suerte de que no descubrieran quién eres. Estoy seguro de que Agra recibiría una buena suma de dinero si te entregara al rey Shun. —replicó Vortis.
Me acerqué a él y lo tomé del brazo.
—Calla. Ni menciones siquiera esa posibilidad.
Permanecí durante varios segundos callado y pensativo. No me gustó imaginarme siquiera la posibilidad de caer en las manos de aquel tirano.
Vortis se estiró y se echó a reír a mi costa.
—He visto a los Xenox igual que tú. Suerte tendremos de que nos dejen en este módulo rodeado de idiotas, porque esta vez no va a ser tan fácil escapar…
Me giré hendido en mi orgullo.
—Amigo, conservas ya poca fe en mi. Hemos escapado juntos de infinidad de sitios peores que este.
Él me echó una mirada contrariada, pero no me replicó.
No pasó mucho tiempo hasta que una alarma sonó, señal de que las puertas se iban a abrir y nos dejaban salir de las celdas. Todos los presos del módulo nos dirigimos hacia el comedor formando una masa de seres apretados los unos contra los otros cuyo olor podría dejar inconsciente a una prostituta recién entrada al oficio
Formamos una fila para agarrar el desayuno. La mitad de los seres de aquel lugar poseían una mirada que parecía matar a su destinatario, pero por fortuna nadie se fijó en nosotros.
—Esta comida basura no se serviría en el módulo de máxima seguridad, allí no dejarían morir de hambre a nadie. —Tiré la cuchara dentro del intento de sopa que había en el plato frente a mí—. Se me acaba de ir el hambre.
Vortis cogió mi plato y hundió su cuchara en él. Pocas veces le había visto rechazar comida, y la mitad habían ocurrido en intentos de envenenamiento.
Otra sirena volvió a sonar indicándonos que abrían las puertas de la prisión a los servicios externos. Varios segundos después un tropel de prostitutas, vendedores ambulantes, sanadores y un sinfín de oficios invadieron cada rincón de la cárcel mientras anunciaban sus productos.
—No puede ser —dijo Vortis llamando mi atención y señalando hacia la pared que teníamos enfrente.
Allí, entre varios mercaderes, la Onuwu con la que nos habíamos cruzado en Narth ofrecía sus servicios.
—Ya sabéis del Don de mi pueblo. Soy capaz de vaticinar vuestra salida de este antro. Sé que vuestra esperanza lo necesita —proclamaba.
Me levanté de un salto y me dirigí hacia ella a toda prisa. Por el camino tuve que apartar a varios presos que deambulaban entre los puestos y me impedían el paso.
—Oye tú, estafadora, el libro que me diste la última vez que nos vimos es ilegible. He consultado a decenas de traductores pero ninguno reconoce el idioma —solté lleno de furia.
Hacía demasiado tiempo que me guardaba aquella frustración en mi interior.
Ella despachó al cliente que le pedía sus servicios en aquel momento y se dirigió hacia mí. En dos largas zancadas me había llevado hacia el interior de las telas que formaban su puesto, en el que una pequeña mesa y dos sillas, junto con luces de distintos colores, ayudaban a crear la atmósfera perfecta para la adivinación.
—Podrías haber comenzado con un hola, cuanto tiempo, ha pasado mucho tiempo desde nuestro último encuentro —dijo.
—No pienso saludar a la persona que me tomó por un paleto y me regaló un libro que no contenía información alguna —refunfuñé.
Nos sentamos en las sillas de su consultorio, uno enfrente del otro.
—¿Qué tal por aquí? Te veo bastante bien.
Intenté no hacer caso de su provocación, pero la sangre me ardía contra aquel ser por el engaño.
—Oh pitonisa, no sé cómo has podido acabar ofreciendo tus servicios en este «antro». —Intenté imitar cómo había pronunciado aquella palabra—. Tú, que has leído la mano del mismísimo mariscal… 
La cabeza de Vortis apareció entre las telas.
—Perdónale, como podrás observar no pasamos por el mejor momento. Me alegro de verte.
El duro rostro de la Onuwu se dulcificó.
—Yo también me alegro de volver a veros —confesó, luego se giró hacia mí—. ¿De verdad crees que un objeto tan importante estaría en algún idioma conocido?. 
—Debería —respondí con un poco de resentimiento.
—Así no vamos por buen camino… —añadió ella.
Intenté dejar mi furia a un lado para mostrar más amabilidad por aquel ser.
—Perdona. Tú no tienes la culpa de lo que nos ha pasado.
Aquella respuesta pareció gustarle más.
-—Está bien, te lo diré: el mapa está escrito en código. Debes de buscar a un decodificador en vez de buscar a traductores.
Di un profundo suspiro tras aquella respuesta, pero no tardó en apoderarse de mí la decepción por todo el tiempo perdido.
«Debería de haber caído en ello antes de embarcarlos a todos en esta aventura», pensé.
—No pienses eso, no lo sabías —puntualizó la Onuwu.
Le dirigí una mirada de incertidumbre.
—¿También lees la mente?
—Si, aunque solo a aquellos que les he leído el futuro.
En aquel momento el rostro de Vortis se desencajó por completo. Ella le envió un guiño y dio una carcajada.
—El decodificador debe esperar, primero debo de salir de aquí. —Resaltar aquella obviedad no me acercaba a mi objetivo, pero necesitaba soltarl la tensión acumulada por la revelación.
La Onuwu asintió y me tomó por el hombro con fuerza.
—Y rápido, como el rey Shun se entere de que estás preso aquí mandará que te lleven a su presencia y te torturará delante suya hasta que mueras.
A pesar de que era la misma advertencia que la de Vortis, escucharla de labios de la Onuwu hizo que mi preocupación alcanzara nuevos niveles.
—¿Eres capaz de ver las distintas variables de mi futuro? —pregunté intrigado.
—Así es.
—Impresionante… —No cabía en mi asombro—. ¿Cómo lo conseguiste?
Ella tardó varios segundos en contestar, hasta que por su mirada supe que acababa de leerme la mente y conocer que me refería al mapa que contenía el portal hasta el castillo de Shun.
—Esa respuesta me la guardo para la próxima vez que nos veamos. Tengo que dejar algo de conversación para el futuro.
Cruzamos las telas que delimitaban su puesto y me guiñó un ojo. Un cliente se acercó para comprar sus servicios y ella lo acompañó al interior. Antes de que entrara, pregunté:
—¿Miento si adivino que has venido porque ya sabías que nos encerrarían aquí?
 La Onuwu se giró sonriente.
—No lo olvidéis, guardia del segundo sótano.
Vortis frunció el entrecejo.
—¿Qué?
—Volveremos a vernos.
Después de aquella conversación, no volveríamos a saber de ella hasta mucho tiempo después.
Lo que no nos imaginábamos es que su aviso se cumpliría tan pronto. A la hora del almuerzo, comenzaron a escucharse gritos en el comedor de la prisión.
—¡Ojalá te murieras, saco de babas! —le gritó a un guardia un preso que había derramado su bandeja de comida encima de otro—. Me has empujado para dejarme sin comer hoy.
Dos presos enfrente nuestra comentaban la escena.
—Es un Blinter, se va a formar…
Al instante llegaron más guardias, lo que provocó el enfado de los demás Blinters que se sentaban en la mesa de aquel al que supuestamente le había empujado el Xenox. 
Cinco segundos después, comenzaron a llover los golpes entre ambas razas, formándose un corro alrededor de los combatientes mientras los Xenox intentaban adormilar a los presos. 
En medio de aquel caos, uno de los guardias se dirigió directamente hacia nosotros. Vortis y yo nos preparamos para hacerle frente.
—Soy yo —dijo la voz de Yenna desde el interior de la capucha del Xenox. 
Suspiré aliviado. Nuestra actriz camaleónica nos había encontrado.
—Alfa y el resto nos están esperando fuera. Desde la SpaceX aguardan la señal para venir a por nosotros.
—Niña, ¿cómo piensas escapar? —dijo Vortis dándole un abrazo.
—No te preocupes, lo tenemos todo controlado.
Sonreí, dándole yo también otro abrazo impulsado por la alegría de que hubiera venido a por nosotros.
—Así me gusta, por eso contraté a los mejores con los que me crucé —admití.
Pude sentir cómo ella me echó una mirada de contrariedad desde el interior.
—Con algunos no te cruzaste, fuiste directamente a por ellos…
Aquella muchacha no desaprovechaba una oportunidad para recordar nuestro primer encuentro.
—Por aquí. —Señaló hacia unas escaleras que ascendimos para después atravesar una serie de pasillos, por fortuna, sin llamar la atención debido a la coartada que nos brindaba su disfraz de Xenox.  
El destino final fue la sala en la que guardaban nuestras pertenencias. 
—Xekh mejl egnjoa —dijo un Xenox en su idioma natal al vernos entrar. A su lado otro asentía sus palabras
Yenna se acercó a ellos y en un rápido movimiento les disparó con su pistola eléctrica, dejándolos en el suelo sin poder moverse.
—Corred, no tenemos mucho tiempo.
Lo más rápido que pudimos buscamos el lugar en el que habían dejado nuestras pertenencias. Me alegré inmensamente de volver a encontrarme con mi pistola de fuego.
—Estos capullos casi rompen mi camisa hológráfica —lamentó Vortis mientras la activaba para esconder debajo sus armas.
Yo apoyé sus palabras.
—A mí me han roto la camisa y la chaqueta, ¡mira cómo han dejado el cuero!
Yenna comenzó a reírse.
—Lance, la camisa y tu chaqueta se encuentran igual de raídas que siempre; es su estado natural.
 No perdimos más tiempo y nos hicimos con las túnicas de los Xenox inmovilizados. Yenna nos dio bombillas pequeñas que simulaban sus ojos y unas lenguas motorizadas de pega. 
—Vamos, saldremos por la puerta —dijo, tomando la delantera para llevarnos a salvo.
—Si no es mucha molestia… ¿cómo piensas hacerlo? —preguntó Vortis, que se encontraba agobiado en el interior de su disfraz.
—Tengo una autorización electrónica del alcaide. Venvel se ha encargado de piratearla, no tendremos problemas.
Después de subir varios pisos, estábamos avanzando por uno de los últimos pasillos antes de acceder a la salida de la prisión cuando nos encontramos frente a dos filas de Xenox que parecía que llevaban tiempo aguardándonos.
Uno de ellos dio un paso adelante y comenzó a hablar en el idioma intergalaxial, aunque con evidente acento de este lado del mundo.
—Alto, no deis un paso más.
Decenas de armas de plasma apuntaban directamente a nuestros cuerpos.
Se hizo el silencio. Nosotros no nos movimos un palmo para no acabar la huida en aquel mismo instante. Este Xenox se acercó a nuestro lado junto con otros dos guardias.
—Quitaos esos disfraces —ordenó. 
Yenna se bajó la capucha contrariada.
—¿Cómo nos habéis reconocido?
El Xenox hinchó el pecho con aires de superioridad.
—Habéis subestimado nuestro olfato. Jamás un Xenox olería como vosotros.
Los tres nos quitamos los disfraces y se los entregamos a los guardias.
—No puede ser… —dijo el Xenox con asombro. En aquel instante, por su mirada, supe que me había reconocido—. Tenemos ante nosotros al mismísimo Jarvis Nightrain. El alcaide se pondrá contento cuando lo sepa.
—No si antes puedo impedirlo. —Yenna lanzó una granada de humo que en un segundo creó una densa niebla.
Los disparos comenzaron a llover por el aire, pero conseguimos esquivar de milagro el plasma dirigido a nuestros cuerpos.
A la carrera en nuestra huida, fui capaz de ver cómo a la vez Yenna toqueteaba la pantalla de su Hansel. Varios segundos más tarde una señal indicó que todas las celdas quedaban abiertas. 
—Dadle las gracias a Venvel por esto también —dijo casi sin aliento.
Los presos que habían salido de sus celdas no tardaron en salir de su asombro y empezar a tomar el control de la prisión.
Yenna usó su Hansel para proyectar una pequeña imagen holográfica de la prisión.
—Nos toca tomar el plan B. 
—¿Cuál es tu plan B? —inquirí. No me gustaban sus planes B.
Ella me dirigió una mirada furiosa.
—No nos queda otra, saldremos por los desagües.
—Ni hablar —le cortó Vortis—. La prisión está sumergida en un lago gigante infestado de medusas mortales. 
—No nos queda otra.. —repuso ella en un tono desesperado. 
—Si —contradije. Acababa de recordar una frase—. Vortis recuerda lo que dijo la Onuwu: el guardia del segundo sótano. Vamos allá.
Vortis asintió con la cabeza.
—¿Qué? —El rostro extrañado de Yenna era suficiente para saber que no tenía ni idea de lo que habíamos decidido.
—Ya te explicaremos —dije, tomando la decisión.
Nos dirigimos lo más veloces que pudimos hacia el segundo sótano. Por el camino, tuvimos que realizar algún esfuerzo titánico por sortear las luchas que se producían entre presos y guardias.
Ya en el lugar indicado, vimos a un numeroso grupo de presos acercarse a cuatro guardias. Uno de los Xenox parecía dirigir a los otros tres en un intento desesperado de escapar. En vano, pues acabaron maniatados con la espalda pegada a la pared. 
—Necesito hacerles unas preguntas —grité, abriéndome paso entre la turba.
Un preso, que parecía dirigir al grupo, tomó la palabra:
—Lo siento amigo, son nuestros.
—Por favor, es urgente…—supliqué en el tono más amable que mi orgullo me permitió.
—Te he dicho que no —respondió el preso.
Le miré contrariado. Yenna se interpuso entre ambos.
—Venga, solo un par de preguntas. Estoy segura que podremos arreglar este asunto de forma rápida. —Se acercó al preso y le pasó la mano por los labios.
—Parece ser que vuestra sordera no os deja escuchar mi voz: ¡no! —Acto seguido indicó a los demás presos que se nos echaran encima.
Estaban a punto de agarrarnos cuando Vortis sacó su arma.
—Compañeros presidiarios, no quería llegar a esta incómoda situación, pero no me habéis dejado más remedio. Soltad al Xenox para que le interroguemos y nadie saldrá herido.
El arma cambió la actitud del resto de presos, que no tardaron en cumplir sus deseos. Me acerqué al guardia mientras Vortis me cubría las espaldas.
A pesar de tener las manos atadas a la espada, el Xenox se impulsó con las piernas y extendió su lengua para intentar chuparme con su baba somnífera.
Yenna fue más rápida que él y le agarró la lengua; suerte tuvo de llevar un guante en la mano que le imitaba la piel de aquellos seres.
—Te la cortaré como no me digas ahora mismo cómo podemos salir de aquí. Quiero saber dónde tenéis el conducto.
—¿El conducto? —interrumpí.
Ella me lanzó una mirada condescendiente.
—Si... —Dio un suspiro—. Todavía me pregunto cómo has escapado de tantas cárceles sin hacer uso del conducto de los guardias. Es la puerta trasera que usan para entrar y salir sin que los presos vean una forma de escape asegurada.
El Xenox no tenía ganas de hablar. Sus ojos giraban hacia todos lados en un vano intento de escapar a la vez que no cejaba en el empeño de chupar con su lengua el rostro de Yenna.
—No te queda mucho tiempo. —Yenna sacó un cuchillo de su cinto y comenzó a rajarle la lengua babosa.
—¡Ezpera! Ze lo diré.
Ella le soltó la lengua para dejarle hablar, aunque con el corte de un centímetro que ya le había producido no se le entendía demasiado bien.
—Zeneiz que ir al zivel infezioz. Zentro ze uno ze loz bañoz. Zizar ze la cazena zres veces y lamerla luego.
—¿Lamer la cadena?
El Xenox disfrutó nuestra reacción de sorpresa.
—Zolo zeconoce nueztro ADN. No lo conzeguiréiz.
—En ese caso me la quedo. —Yenna le cortó la lengua y la tomó en sus manos.
El ser comenzó a gritar de dolor mientras la sangre le caía por la túnica.
—Es todo vuestro —dijo Yenna haciéndole una reverencia a la turba de presos. Luego se sucedieron los golpes contra los guardias.
Nos dirigimos hacia los baños del nivel inferior como había indicado el Xenox. Cuál fue nuestra sorpresa al encontrarnos con una masa de presos intentando acceder a la vez al interior.
—Parece que no somos los únicos que sabíamos del conducto… —musitó Yenna con desánimo.
Vortis nos puso una mano en el hombro a cada uno.
—Dejádmelo a mí.
Un instante después, el sonido de tres disparos al techo retumbó en el pasillo.
—Amigos, por favor, abran paso. —Vortis abría camino con el arma por delante. Los presos nos echaron miradas llenas de extrañeza.
Un preso que mediría dos metros se interpuso en nuestro camino.
—Estábamos aquí antes.
Vortis alzó la mano de Yenna.
—Traemos la llave. Pasaremos primero y podréis seguirnos. ¿Alguien se opone?
Nadie pronunció palabra alguna.
Tiramos de la cadena tres veces y le pegamos la lengua. Tal y como el Xenox había indicado, se abrió un conducto que comunicaba a través de una escalera todo el complejo presidiario. 
A partir de aquel momentos el caos se adueñó del lugar. Corrimos a empujones hacia arriba para no quedar aplastados por los demás. 
Yenna miró el mapa del Hansel y confirmó que habíamos llegado arriba. 
—Este edificio ruinoso que veis aquí es en realidad el hogar de los Xenox —dijo señalando el holograma—. Y la salida la haremos… aquí, por el faro.
Cuando llegamos arriba fuimos recibidos a tiros por los guardias. La turba nos sobrepasó y comenzó a hacerles frente, pereciendo integrantes de ambos bandos con una rapidez pasmosa.
—¡A por el poder central! —gritaron.
—Tenemos que llegar lo más arriba posible —indicó Yenna.
Seguimos a la turba por algunos pasillos, siendo testigos de su capacidad destructiva con toda resistencia que se les presentaba. Tras varios minutos no quedó un solo guardia que les hiciera frente.  
Llegamos a la sala de control, pero una enorme puerta negra nos impedía el paso. Yenna colocó sus manos en ella en un tímido intento de hacer que se moviera.
—Tenemos que cruzarla como sea para que Alfa nos pueda recoger…
La esperanza comenzó a desaparecer de nuestro interior al vernos incapaces de acceder a aquel búnker.
—Esperad. —Yenna se acercó el Hansa a la boca—. Alfa, ¿me recibes?… sí, ya estamos… necesito que frías la sala del control.
Esperamos con impaciencia varios minutos, pero el rápido de Alfa no tardó en provocar una ráfaga de explosiones con los disparos de la SpaceX, hasta conseguir que la puerta saltara por los aires. 
—¡Vamos!
Accedimos al interior, que se encontraba lleno de polvo, cascotes y cuerpos esparcidos. Al fondo de la sala pudimos ver a la nave levitando frente a las ventanas de la sala de control.
Corrimos hacia la SpaceX. Por el camino, una mano me agarró el pie y me hizo tropezar. Pertenecía a un cuerpo moribundo que por su apariencia reconocí: el alcaide.
—A la próxima serás propiedad del rey Shun —balbuceó con resignación por haberme tenido entre sus muros y no haberlo sabido hasta aquel momento en el que me reconoció al instante.
—No creo que haya próxima —respondí, soltándome de su mano.
—¡Corred! —apremió Vortis.
Lo hicimos. La turba había llegado al búnker y pretendían acceder a la SpaceX, pero no cabían tantas personas en la nave. 
Nos apresuramos al máximo para dejar a los demás atrás y dimos un salto para acceder al interior de la nave. Nada más entrar, Velven cerró la compuerta y zarpamos a toda velocidad hacia el espacio exterior. 
Miré hacia atrás y comprobé que por el hueco de las ventanas se asomaban decenas de presos maldiciéndonos por haberlos dejado allí abandonados.
—Me alegro de teneros de vuelta —afirmó Alfa con sinceridad.
—Y nosotros de estar aquí… —Vortis le chocó la mano al piloto y se abrazó primero con Velven y luego con Ramco
 —Necesitamos encontrar a un decodificador —le dije a Ramco tomándola del brazo.
—¿Decodificador?
Asentí.
—El mapa está escrito en código, no en otro idioma.
Ella torció el gesto y corrió a coger el volumen rojo de su mesa de estudio.
—¿Cómo lo sabes?
—La Onuwu —aclaró Vortis.
—¿La Onuw…?
—Chicos, apretaos los cinturones que nos esperan curvas —interrumpió Alfa.
 No terminó de hablar cuando nuestro escudo de energía vibró al haber sido alcanzado por algún enemigo. Me abroché el cinturón y pude observar por la ventana cómo la SpaceX era perseguida por decenas de cazas de Agra.
A toda velocidad, y realizando todo tipo de piruetas para no ser alcanzados, recorrimos la atmósfera y conseguimos llegar al espacio.
—Cinco segundos hasta el hiperimpulso —indicó el piloto.
—Creo que te puedo ayudar, pero debo buscar a un contacto —dijo Ramco, poniendo su mano en mi hombro.

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