Y llegaste tú

Cuando Lizbeth es despedida de su trabajo de medio tiempo a causa de un mal entendido, se ve en la obliga-ción de buscar un nuevo empleo para poder sustentar sus gastos. Es así como llega a la elegante oficina de Gabriel Wells, un guapo y joven arquitecto que tiene una mala concepción de las mujeres.
Ambos tienen una personalidad que sorprende al otro, poniendo en duda todo lo que creían saber o sentir acerca del sexo opuesto y demostándose entre sí, que las perso-nas no siempre son lo que muestran.
Cada uno tenía sus propios problemas, sus propias vidas y en ninguno de los dos estaba interesarse por el otro, mien-tras que a su vez cada uno deberá hacer frente a sorpre-sas que les tiene deparado el destino y que pondrá a prueba sus sentimientos.

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1. CAPITULO 1. “DESAGRADABLE PRIMER ENCUENTRO”

La nerviosa joven se estudió frente al espejo por tercera vez consecutiva en busca de alguna falla en su atuendo. Recorrió su verde mirada de pies a cabeza pero su reflejo no le dio indicios de algún desperfecto en como lucia, todo parecía estar en orden.

La muchacha vestía un traje formal, de oficina, el cual estaba compuesto por una falda de tubo, una blusa blanca y un blazer de color negro.  La joven posó nuevamente la mirada en su reflejo pero lo que no la terminaba de convencer, era aquel largo y liso cabello negro que poseía.

— ¿Suelto o amarrado?— le susurro a su reflejo, pero al darse cuenta de que este no le respondería, sonrió. Aún tenía esa mala costumbre de hablar con ella misma cuando estaba ansiosa.

Liz negó con la cabeza para quitarse cualquier distracción de su mente y volvió la mirada a su pequeño reflejo, haciendo que su atención recaiga otra vez en lo que estaba haciendo. De nuevo la pelinegra tomo su lacio cabello entre sus manos, lo alzo en una coleta alta y lo ató con un moño, pero el resultado no le convenció. Tenía que verse bien, esta vez ella debía conservar aquel empleo a como diera lugar, después de todo solo tenía que estar ahí un par de semanas antes de volver a clases, y nuevamente, ponerse en busca de un nuevo trabajo de medio tiempo que pudiera combinar con sus estudios. Mientras tanto, debía juntar todo el dinero que le fuera posible.

Debes hacerlo bien le susurró a su reflejo con la mirada seria y negó con la cabeza. Tienes que hacerlo bien se corrigió.

Liz tenía veintiún años y vivía sola en una pequeña casa que pagaba con su empleo de medio tiempo, del cual la habían despedido hace solo dos semanas. ¿Motivo? por voltear el café caliente a un cliente pervertido que se había  atrevido a levantar su falda para mirar su ropa interior sin ninguna pisca de vergüenza.

"no fue a propósito, fue un accidente" fue el argumento que uso el cliente para defenderse, pero Liz sabía que no era cierto.

El sujeto había estado yendo al local donde ella trabajaba bastante seguido y se le quedaba viendo sin quitarle los ojos de encima, a donde ella iba sus ojos la seguían, y lo peor de todo era que se quedaba en el local hasta que su turno finalizaba  sin siquiera pedir algo más que una taza de café. Ella podía ser ingenua pero definitivamente no era tonta, aunque, sus argumentos no sirvieron de nada ya que su jefe la despidió sin siquiera darle una segunda oportunidad.

Pero ahora gracias a Maggie, su mejor y única amiga, había logrado conseguir un empleo de tiempo completo por dos meses en una importante compañía de arquitectura. Ella, sería la secretaria personal del director de dicha empresa. Sin duda a la joven no le importaba tener que vestir cada día esa incomoda ropa de oficina y aquellos zapatos de tacón con los cuales le era difícil caminar, porque definitivamente valía la pena por aquel generoso sueldo que le iban a pagar.

— ¿Lista?— preguntó una voz dulce proveniente del umbral de su cuarto.

Liz observó la esbelta y bien formada figura de su amiga a través del espejo y le sonrió.

—Totalmente lista— contestó un poco nerviosa.

Esta era la primera vez que trabajaba para alguien importante ¿Y si cometía algún error? los nervios se estaban apoderando de ella y la hacían pensar lo peor. 

Maggie notó como su amiga se estaba mordiendo el labio inferior, el cual era un notorio signo de su nerviosismo.

—todo va a estar bien, pitufa

Liz  al escuchar aquel apodo no dudo en darle su letal mirada asesina, odiaba que le sacara en cara lo bajita que era.          La joven pelinegra media poco más de metro y medio mientras que Maggie estaba por encima del metro setenta, motivo por el cual casi siempre era molestada.                                                                                              

 —vámonos o llegaras atrasada— advirtió Maggie cambiando de tema, al menos Había logrado desviar los pensamientos negativos de su amiga con éxito.

Liz tomo su bolso, el cual hacía juego perfectamente con su traje, se repasó una última vez frente al espejo y ambas salieron de la habitación.

 

Las dos chicas pasaron por la cocina y Maggie se percató de que todo estaba exactamente igual que la noche anterior. Eso la molestó un poco.

—No tomaste desayuno— manifestó Maggie en tono molesto.

Liz se encogió de hombros, restándole importancia mientras acariciaba el lomo de Mila, su peluda y mañosa gata. —Sabes que no me da hambre por las mañanas—refunfuño la pelinegra.

Maggie la fulminó con la mirada mientras Liz fingía no darse cuenta. Esta era una costumbre de la joven que le preocupaba bastante, Liz era de contextura delgada aunque se alimentara bien, pero lo que le alarmaba la mayoría de las veces era que su primera comida solía ser a la hora de almuerzo, pocas veces desayunaba. Maggie incluso sospechaba que a veces solo comía una vez al día y eso de verdad le angustiaba ¿y si se enfermaba y ella no estaba cerca? Liz era descuidada con su salud y Maggie siempre tenía que estar atenta a que comiera mínimo dos veces al día.

—Sabes que el desayuno, — Maggie no alcanzó a terminar la frase porque fue interrumpida—es la comida más importante del día— Liz terminó la frase imitando con tono gracioso la voz de su amiga.

Maggie colocó los ojos en blanco—entonces deberías alimentarte como es debido—gruño. Ella podía ser  difícil cuando quería. Aunque muy dentro de ella se sentía un poco aliviada. Había logrado centrar su atención en algo más, y solo por hoy no la regañaría sobre sus malos hábitos alimenticios.

Luego de que Liz dejara alimento para Mila y revisara que no olvidara nada, dejaron la casa. Ya estando las dos en el auto de Maggie, Lizbeth comenzó a sentir de nuevo sus manos sudadas. Respiró hondo y se obligó a mirar por la ventana.  Las calles no estaban muy transitadas a esa hora de la mañana y el sol recién estaba asomando en lo alto, por lo que el cielo se veía de un tono rojizo.

— ¿crees que lo hare bien?—pensó Liz en voz alta.

 Maggie detuvo el coche cuando el semáforo dio en rojo y se giró hasta quedar frente a Liz.

—lo harás fenomenal, pitufa. Ya deja de preocuparte—la voz de Maggie era tranquilizadora y comprensiva.

Liz sonrió, a ella le gustaba ver la preocupación de su amiga, ella hasta el momento había sido la única persona que había mostrado un cariño especial e incondicional hacia ella desde hacía ya mucho tiempo, y solo por eso no se molestaría con ella por haber sido llamada “pitufita”.

—Eres como una madre diciéndole a su hija que todo irá bien en su primer día de clases—bromeo Liz. —das miedo.

—Alguien debe comportarse como una adulta en estos momentos—contraataco Maggie con una sonrisa.

El nervioso y pesado ambiente que se había formado entre ellas se esfumo con sus risas inundando el auto.

—Mi hermana te estará esperando en la entrada de la empresa— dijo Maggie cambiando de tema mientras arrancaba nuevamente el auto ante la luz verde del semáforo.

Liz se acomodó en el asiento del copiloto, mirando hacia el paisaje que le ofrecía la solitaria autopista mientras sus recuerdos se remontaban hace cinco días atrás, cuando la rubia apareció en su casa con el anuncio de aquel empleo, el cual desde un principio había sido ofrecido a Maggie.

—Es obvio que tú tomaras ese empleo— le había dicho Maggie a Liz mientras le contaba la noticia.

— ¿Estás segura?— inquirió Liz al no estar completamente convencida del anuncio de su mejor amiga. Ella no lograba hacerse una idea de lo fácil que había resultado convencer a Lucia de que ella tomara el empleo en vez de su rubia amiga.

Lucia era la hermana mayor de Maggie y trabajaba en una importante y reconocida compañía de arquitectura. Había sido ella quien le había llevado la noticia del empleo a Maggie, pero esta lo rechazo sin pensárselo dos veces y se lo ofreció a la pelinegra que, era obvio lo necesitaba más que ella.

 Aunque convencer a su hermana no fue del todo sencillo. Después de discutir muy severamente con ella esta aceptó a que sea Liz quien hiciera la entrevista de trabajo.

—No es como si me faltara el dinero— había respondido Maggie.

—Tienes que adquirir experiencia— objetó Lucia.

—Estudio fisioterapia, no me viene para nada ese estúpido empleo—Maggie odiaba que tomaran decisiones sin consultarle.

La familia de Maggie era bien acomodada y poseían muchas empresas a lo largo de todo el mundo, y al igual que Lucia, la familia esperaba que ella trabajara en una de las compañías familiares o que mínimo se terminara por desempeñar en el campo laboral al igual que cada miembro de la familia.  Pero los intereses de la rubia eran otros y le importaba lo más mínimo si su familia la apoyaba.

—Liz necesita el empleo más que yo, ella se mantiene sola, dáselo a ella— Había replicado Maggie a lo cual Lucia no le quedó más remedio que aceptar, después de todo Maggie tenía razón.

—Está bien, dile que se presente el viernes para la entrevista. Que sea puntual y que valla presentable—  término accediendo Lucia con un suspiro de derrota.

Ese mismo día Maggie llego totalmente eufórica a contar la noticia que le tenía a su amiga, la cual estuvo totalmente agradecida.

Luego de que las amigas celebraran el golpe de suerte, llegaron a la conclusión de que Liz no tenía absolutamente nada formal que vestir. Ambas  sabían que el estilo de la pelinegra era bastante simple. “prefiero sentirme cómoda que verme linda” era el lema preferido de Liz y por eso, sin esperar una respuesta por parte de su amiga, Maggie la arrastro toda una tarde por cada centro comercial habido y por haber, en busca de ropa y zapatos.

Al principio Liz se había resistido rotundamente a recibir aquellos costosos regalos, pero bastó con que Maggie la reprendiera por orgullosa, y si a eso le sumabas esos grises ojos suplicantes dio como resultado a una nueva Liz con tres trajes de oficina y tres pares de zapatos para ir a trabajar.

La joven pelinegra no se sentía bien cuando su amiga le hacia ese tipo de regalos, pero como era de esperar de la rubia, siempre tenía un argumento que Liz nunca podía contradecir. "—tómalo como una inversión. La secretaria es la viva imagen del jefe y si la secretaria esta desarreglada dará una imagen fea de su jefe y ni tu ni yo queremos eso—" lo que no le dejó más remedio que aceptarlo sin refunfuñar.

 

— ¿Cómo te imaginas a tu jefe?

La pregunta de Maggie rompió el silencio que se había instalado entre ellas, desde luego no era un silencio incómodo pero de todas formas a la rubia no le gustaba estar callada.

Liz se encogió de hombros—No lo sé, quien me entrevisto fue su secretaria.

— ¿eso es posible? Se supone que tú serás su secretaria.

Liz se encogió de hombros. —yo seré su remplazo. Ella está embarazada.

Ahora todo tenía más sentido para la rubia. Pero eso no saciaba la curiosidad de Maggie, ella quería saber cómo sería aquel importante y estricto hombre del que su hermana siempre habla. Lucia siempre decía que Gabriel Wells era alguien severo y estricto, mas no sabía si era joven o mayor. De cualquier forma su mente se quedó con la imagen de alguien ya mayor ¿a qué joven le gustan las empresas aburridas? Desde luego a ella no.

 

Por otra parte Liz pensaba igual que su amiga. El nombre de su  futuro jefe era Gabriel Wells y la imagen que proyectaba su loca imaginación era la de alguien ya entrado en edad, quizás también en kilos. El nombre detonaba autoridad y por alguna razón eso la hacía sentir aún más nerviosa.

—Solo sé su nombre y literalmente me lo imagino como el rey de la película cenicienta, ya sabes, ese viejito gordo y canoso que insistía en casar al príncipe— Maggie comenzó a reír al darse cuenta de lo loca que podía ser la imaginación de su mejor amiga—, creo que así deben de ser los directores de empresas, la mayoría de los que suelen aparecer en televisión son bastante mayores, con aires de superioridad, además casi todos están rechonchos y canosos. No creo que el señor Gabriel sea la excepción. —al menos para Liz eso sonaba lógico y muy coherente.

—Tienes una loca imaginación—dijo Maggie e tono de burla.

—Mira quien me lo dice, reina del drama—contraataco Liz dejando a la rubia sin palabras.

Maggie a pesar de su apariencia seria y calmada y pese a la cantidad de novios que ha tenido, era una eterna enamorada del romance, que aun soñaba con conocer a su príncipe azul.

—Mejor cambiemos de tema—pidió la rubia ante la derrota que había sufrido.

— ¿En serio creer que tu jefe será uno de esos viejos mandones?—pregunto Maggie ante la idea de que su mejor amiga seria mangoneada por un hombre sin sentimientos.

Ambas tenían claro que puesto de director no era algo que se conseguía de la noche a la mañana, debía tomar años alcanzar ese estatus y era obvio que alguien joven no lograría llegar hasta ahí, ni siquiera en sus más locos sueños.

—realmente no lo sé, solo espero poder salir con vida de mi primer día sin meter la pata—suspiro la pelinegra

—Tienes razón— apoyó Maggie. —Solo espero que no sea capaz de intente algo indecente contigo, o yo lo mato— bromeo Maggie.  Liz esbozó una sonrisa al escuchar aquellas palabras, pero dentro de ella sabía que su amiga era capaz de saltar en su defensa como toda una madre sobreprotectora si era necesario.

—Llegamos— anunció Maggie sacando a Liz de su loca imaginación.

Liz desabrochó su cinturón de seguridad y tomó su bolso. Respiró hondo y sintió como los nervios la estaban invadiendo nuevamente.

 

Cálmate se dijo a sí misma.

—Vendré a recogerte a lo que salgas—le informo Maggie a su amiga, que de momento estaba siendo comida por sus nervios.

El corazón de Liz latía fuerte y rápido, esta era una buena oportunidad y temía estropearlo. ¿Y si su jefe pensaba que era muy joven? ella solo tenía veintiún años y aún faltaba otro año para cumplir veintidós, además, ella no tenía ni una pisca de experiencia siendo secretaria. Cuando vino a la entrevista de trabajo, aquella mujer le había asegurado que la edad y la experiencia no eran inconvenientes ya que solo iban a ser dos meses, pero eso ahora ya no lo creía tan seguro.

—respira, Liz— la voz de su amiga la devolvió a la realidad y dejo escapar el aire que no se había dado cuenta estaba reteniendo.

Con un leve sonrojo de mejillas Liz tomo sus cosas. —Te veo en la tarde, te quiero. — se despidió la chica de pelo oscuro saliendo del auto, pero no sin antes escuchar un –suerte— por parte de la rubia al cerrar la puerta del vehículo.

 

Liz había imaginado la empresa como un típico edificio de dos o tres pisos de alto pero lo que vio al bajarse fue una obra de arte de casi veinte pisos ¿en serio era una empresa de arquitectura? se preguntó la joven, sin duda  había quedado asombrada ante tan grande estructura.      

 

¿Qué esperabas? es una empresa de arquitectura, la imagen vende, cariño. dijo su yo interior a modo de regaño.

 

 Liz ignoro aquella voz interna y centró su atención en aquellos hombres y mujeres con trajes formales que entraban y salían del edificio. La muchacha por pura curiosidad se comprometió a buscar más sobre aquella compañía, pero de momento se limitó a buscar entre la multitud a la hermana de su mejor amiga.

 

No fue difícil encontrarla, después de todo, Lucia era casi idéntica a Maggie, puede que con unos diez años más, pero al fin y al cabo eran como dos gotas de agua. Ambas poseían las mismas curvas, la misma rubia cabellera y los mismos hermosos ojos grises, ambas eran igual de hermosas. Liz la divisó a la entrada de la empresa, mirando en todas direcciones hasta que sus ojos se encontraron con los de Liz.

—Llegas justo a tiempo— dijo Lucia mientras envolvía a Liz en un repentino abrazo fugaz. La pelinegra se sorprendió mucho ante aquel gesto, de tal modo que no supo cómo reaccionar ante aquella muestra de afecto tan impropio de la rubia. Lucia se dio cuenta de lo rígida que se había puesto Liz y sonrió internamente. Ella, aunque no lo admitiese en voz alta, le tenía mucho aprecio a Liz y el motivo no era solo por ser amiga de su hermana, ella, al igual que toda la familia de Maggie, estaba al tanto de su situación económica y familiar y en cierto modo la admiraba un poco. No cualquier joven en su situación lograba llegar hasta donde Liz estaba, pero claro, ella nunca lo diría en voz alta.

—Solo estoy aquí para darte las indicaciones de cómo llegar, yo tengo una reunión fuera del país y debo irme enseguida.

Esas palabras la dejaron helada y con más pánico que antes ¿no la acompañaría? las manos le sudaban cada vez mas ¿y si se perdía? lo cual era muy probable en aquel edificio que tenía apariencia de hotel cinco estrellas. Aun así opto por no decir nada, tampoco era obligación de Lucia escoltarla hacia la oficina del director, ya bastante había hecho con darle la oportunidad de trabajar ahí.

 

Lucia, sin tiempo que perder guio a Liz hacia el interior de la compañía. Mientras la pelinegra seguía como podía a la esbelta figura de la rubia por un pulcro pasillo blanco, no pudo evitar quedar cada vez más asombrada con lo que veía, la recepción era igual que en las películas, grande y con mujeres hermosas que sonreían como si les pagaran por ello o como si no pudieran hacer nada más que sonreír, hasta la baldosa del suelo se veía costosa a los ojos de la joven.

Después de doblar dos veces a la izquierda y una a la derecha ambas llegaron a los elevadores. Había tres elevadores en total, pero la rubia apretó el botón del elevador más cercano a ellas, y los números comenzaron a descender.

—Escúchame, —dijo Lucia con la mirada seria. — vas a ir a último piso, el cual es uso exclusivo del director. Cuando las puertas se abran vas a ver un pequeño pasillo frente a ti, este posee solo sentido por lo que no te perderás. Síguelo y te llevara a una sala de recepción la cual será tu lugar de trabajo. Solo hay dos puertas, una de ella es su oficina y está ubicada justo al lado del cual será tu escritorio. La otra es la sala de juntas. Toca, él ya te debe de estar esperando— Eso no se escuchaba difícil, ella podía hacer esto.

—que tengas un buen día, Liz— Lucia se despidió de ella con un beso en la mejilla. Esta vez Liz no se sorprendió tanto ante la muestra de afecto, por lo que pudo corresponder el gesto de la misma manera. La rubia luego de dedicarle una perfecta sonrisa de despedida, se giró con una gracia que solo ella podría poseer y comenzó a caminar en la misma dirección por la cual habían venido, y luego de unos segundos el sonido de sus tacones dejó de escucharse. Liz aún se preguntaba cómo podía usar tacones de diez centímetro y aun así caminar de una forma elegante, mientras que ella lo único que deseaba era quitarse esos incomodos zapatos de tacón que la estaban matando.

 

El ascensor abrió sus puertas con su particular sonido, haciendo que Liz se sobresalte. Ella se giró con temor y vergüenza, pero al darse cuenta de que el ascensor estaba vacío el alivio la invadió y su vergüenza se transformó en un pequeño sentimiento de auto odio por asustarse con aquel minúsculo sonido, y sobre todo por estar tan nerviosa.  Subió al elevador y apretó el botón del último piso; el veintiuno. Las puertas se cerraron comenzando el ascenso de la gigante caja metálica, al mismo tiempo que en su estómago comenzaba una sensación de hormigueo. Liz podía oír el latido de su corazón, su respiración era acelerada e inconscientemente se comenzó a morder su labio inferior. Realmente no quería que algo saliera mal, quería trabajar, necesitaba juntar suficiente dinero en caso de que no pudiera encontrar empleo después de entrar a clases, así ya tendría una pequeña cantidad extra para pagar su alquiler y estar más tranquila. Otro agudo sonido se escuchó y las puertas se abrieron.  Liz dejo el ascensor y en frente suyo se presentó el pasillo que había descrito Lucia. Este estaba pintado de dos diferentes colores; la parte superior era de un tono verde jade, mientras que la parte inferior era de color blanco, además, tenía unos pocos cuadros pintados a oleo como decoración, haciendo que todo se viera más vivo.

La pelinegra caminó con paso lento e inseguro o más bien al paso que aquellos zapatos le permitían y  avanzo hasta el final del pasillo y dobló a su izquierda, llegando así a la recepción, pero quedo atónita al ver aquella inmensa sala. Esta, era grande y espaciosa, no obstante, lo que atrajo aún más su atención fue que se podía contemplar la ciudad en todo su esplendor gracias a los transparentes ventanales que cubrían todo el lado izquierdo de la habitación. Liz se giró y diviso el escritorio, este se veía solitario y vacío en medio de semejante sala. Dubitativa, la pelinegra se acercó a la puerta que le había indicado Lucia. La puerta era de madera oscura, se veía delicada y poseía unos acabados hermosos y delicados, en ella había una placa dorada y con letra cursiva que decía: Gabriel Wells.

Aquí vamos. Pensó con nerviosismo.

 

Liz trago saliva y tocó la puerta. Nadie respondió. Volvió a tocar, esta vez un poco más fuerte pero nuevamente nadie respondió.

Quizás se encontraba en el baño, imaginó Liz. Estaba a punto de tocar una tercera vez, sin embargo, fue interrumpida por la voz masculina.

—Si nadie te responde es porque obviamente no hay nadie dentro—la voz detonaba una evidente molestia.

Liz coloco los ojos en blanco y se giró para enfrentar a aquel sujeto tan grosero.

—Creo que fui perfectamente capaz de darme cuenta por mí misma. —los ojos de Liz quedaron a la altura una corbata color azul, indicándole, que debía levantar un poco más la vista para poder encarar a aquel tipo tan irritado, pero no conto con quedar muda ante la imagen que estaba viendo, falto muy poco para que literalmente su cerebro hiciera corto circuito.

Unos profundos ojos azules la miraban con curiosidad. Liz tragó saliva. Su verde mirada lo escaneo de pies a cabeza en una pequeña fracción de segundo, dejándola sin palabras.

Frente a ella había un hombre de tal vez veintiséis años o quizás vez más mayor, este vestía un traje gris que realmente le quedaba bien.  Su rostro era perfecto, según los pensamientos de Liz, nunca había visto a un hombre tan guapo en su vida, al menos no en persona. Su cabello era negro como el suyo, probablemente más oscuro y tenía unos ojos azules que eran muy atrayentes. Jamás había visto ese tono de azul. Si pensaba que los ojos de Maggie eran hermosos, ahora definitivamente había encontrado unos más hermosos.

— ¿Se puede saber qué hace una niña aquí?—inquirió el con voz grave, devolviéndola a la realidad.

— ¿Perdón?— demandó Liz, frunciendo el ceño indignada. Realmente no podía creer que la acabara de llamar niña.

—Resulta que ahora estas sorda—manifestó de forma sarcástica aquel hombre de ojos azules.

Liz comenzó a molestarse.

Se notaba que el joven estaba enojado, quizás irritado pero ¿tenía ella la culpa de sus problemas? lo dudaba mucho.

—No, no estoy sorda— su voz manifestó todo el enfado que sentía.

El joven abrió sus hermosos ojos azules en asombro al escuchar que alguien le respondía con un altanero tono de voz. Su sorpresa fue a tal grado que por unos segundos quedo perplejito. Generalmente en una situación como esta, cualquier persona hubiera agachado la mirada y susurrado algo como "lo siento, Señor" sin siquiera objetar nada, al fin y al cabo todos hacían lo que él decía ¿por qué ella no estaba agachando la mirada? El, observó a Liz con el ceño fruncido y con pensamientos de confusión. Esto era simplemente genial, su mañana no podía ser mejor. Acababa de tener una fuerte discusión con su padre y cuando quería estar a solas en su oficina, viene y encuentra a una muchacha frente a su puerta.

 

Sin que Liz se diera cuenta, aquel guapo hombre la comenzó a estudiar de pies a cabeza. Observo su rostro y después su pequeño, pero bien formado cuerpo, cayendo en la conclusión de que no la conocía, en realidad, nunca la había visto. Eso lo hizo sospechar de la joven. Sin duda se había dado cuenta de que Liz era una persona ajena a su personal, y de eso estaba seguro, ya que, el conocía a cada trabajador de su empresa, y él jamás la había visto, de ser así recordaría su joven y hermoso rostro el cual ahora que lo observaba bien, poseía unos  redondos, hermosos e hipnotizantes ojos verdes que lo fascinaron desde el momento en que poso su azul mirada en ellos, y los cuales ahora se veían molestos. Con una sonrisa oculta pudo deducir que se molestó por ser llamada niña, pero ahora que la observaba mejor ese concepto no pegaba para nada con ella. No obstante, no pudo evitar que aquellas palabras escaparan de sus labios, estaba enfadado y además, aquella muchacha tenía una figura que se veía frágil, casi como el de una niña pequeña, no tenía intención alguna de ofenderla.

— ¿Entonces qué haces en este piso?— preguntó él un poco más calmado.

—Busco a alguien—respondió en tono cortante, no tenían ánimos de hablar con aquel hombre tan grosero.

— ¿Y se puede saber a quién buscas?

Liz colocó los ojos en blanco, ¿era enserio? ¿Acaso no podía leer la brillante placa con el nombre de Gabriel Wells?

Porque ella podía leer muy bien.

— ¿Acaso no sabes leer?—manifestó en voz alta.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿A quién buscas?

Liz dio un suspiro exagerado.

—A Gabriel Wells— dijo finalmente.

El chico de ojos azules levanto ambas cejas en señal de confusión. ¿Había pasado algo por alto? Que el recordara, no tenía ninguna cita agendada para tan temprano.

— ¿Y quién lo busca?

Liz cruzo los brazos bajo su pecho, no quería dar le ningún tipo de información a aquel tipo desagradablemente guapo.

—Liz Tyler— susurro de mala gana—Lizbeth Tyler— se apresuró a corregir.

Ella miro de reojo a su interrogador ¿porque la estaba haciendo tantas preguntas? Ella no estaba haciendo nada malo. Y pensar que por un momento pensó que él era guapo.  Lástima que él mismo se encargara de romper la ilusión en el mismo momento en que abrió la boca, arruinando todo.                                      

Ahora él la miraba con el ceño fruncido.

—Lizbeth—  se dijo para sí mismo, saboreando el nombre en sus labios.

No obstante la confusión solo duro unos segundos al recordar aquel curriculum que Amelia, su anterior secretaria le había entregado en sus manos hace unos días atrás, y al cual solo le leyó el nombre. Él de por sí, había asumido que su nueva secretaria seria alguien de edad, y no alguien tan…joven.

—Señorita Tyler—él carraspeo y adopto aquella personalidad que tanto lo caracterizaba—me presento, soy Gabriel Wells, dueño y director de esta empresa, y quien, será su jefe a partir de hoy.   

 

Liz abrió los ojos y sintió como dejaba de respirar.          

Oh por dios, oficialmente estoy jodida fue todo lo que pudo pensar.

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