Universo 1881 - El Florecer de los Dos Hermanos Místicos

In an alternative Victorian England, fairies, sylphs, driads, elfs and other magical creatures exist along with humans. Convergence is not easy, but the Mystical Army, and the Youth Mystical Squad, are there to protect that harmony.

And Duncan Gideons is part of that. But in his past, there are more secrets than he can think.

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1. Prologo - La historia de un explorador

LONDRES, BOSQUE, 31 DE ENERO DE 1874

Nada podia detenerse, los sonidos severos del bosque, las poderosas ráfagas de viento eran mas fuertes y hostiles que nunca, aun cons los verdes y tiernos arboles que parecian perder su forma pulcra y hermosa en medio de las exageradas sombras, para las cuales no habia tiempo siquiera de considerar en su mejor forma. Todo para lo que habia tiempo era volver atrás, a un atrás muy triste, a un atrás que se perdio para siempre... en la forma de una cegadora y escalofriante nube de humo que salia de la tierra.

O al menos así lo parecia ver la persona que corria asustada. Que tras sus empañados lentes, observaba como su vida se perdia para siempre, cómo los años en los que creció. Ese hogar querido y precioso, donde descansaban doce años de recuerdos entrañables, de juegos pueriles con los que la memoria se hizo dorada, de caminatas con mamá y papá daban vida a segundos monótonos, y en donde un niño se volvió hombre. Pero que ahora solo evocaban la pérdida, la tristeza y la desolación.

Eso veía nuestro joven muchacho, en cuyo rostro solo estaban las lágrimas y la suciedad de las cenizas. Y el miedo por ese ensordecedor rugido, de la espantosa bestia que le perseguia de manera implacable, una sombre negra, sin rostro, pero con terribles garras que, de ver a donde con lo que creo eran sus ojos, o por lo menos con el poder de su olfato, deseaba masacrar al pequeño muchacho de la misma forma en que lo hizo con su familia. Por eso, asustado y sin un lugar al cual dirigirse, sudó con terror y continuó corriendo, hasta adentrarse de golpe en el espeso bosque. Para cuando la sombra animal atravesó sin piedad los árboles, rompiéndolos con sus garras como si su vida no valiera nada, no parecia haber rastro alguno de las pisadas de su presa. Y caminando como si sus pisadas quebraran la tierra hasta su centro, y con rugidos idénticos a los que un león de dos metros frustrado, miró y hurgó en todas partes de los matorrales, y una velocidad mas rápida que una simple fracción de segundo, volteaba la cabeza para observar a su presa, y para ver a los árboles, saltaba y llegaba con la velocidad de un guepardo, y sus movimientos inhumanos y anormales, junto con esas protuberancias que salían de su rostro, que se alargaban hasta ser más grandes que su cabeza, lograban revisar todo el lugar sin problema.

Con todos esos movimientos, aqui y allá. Y si habia un pájaro que estaba a su lado, éste era despedazado con una velocidad inaudita.

No importa por donde buscaba la sombra monstruosa, o si lo hacía desde las ramas o el suelo, ésta era incapaz de encontrar a esa presa, en medio de esos horribles gemidos y esos sonidos de pulmones que se ahogaban con polvo y pus que podíamos llamar respiración, cuando las garras producían ruido asesino de timpanos al ser rasgados sin consideración por las garras, y lo mismo los troncos.

El monstruo avanzaba, sin notar que sus pasos estaban a solo unos centímetros de matar a su presa con el peso de sus piernas. Si. El muchacho logró camuflarse con el olor de las hojas y el lodo cercanos. Pero el miedo le obligaba a luchar por recuperar el control de su respiración. Y de sus pensamientos. 

Como me va a matar? pensaba ahogándose en el océano de ansiedad Adónde iré si sobrevivo? 

Y las lágrimas finalmente consiguieron escapar de los ojos.

Mami. Papi... Alexis.

De repente sintió como algo le apartaba del piso, sacudiéndole con demasiada fuerza. El muchacho trataba en lo posible de no lanzar alaridos... Todo en vano. Con sus gritos, la sombra movía los brazos y la cabeza de manera frenetica. Y luego arrojó a su presa lejos para hacerlo chocar con un árbol. 

La sombra avanzó lentamente contra su presa, mientras que esta se arrastraba hacia el lago, con la sangre saliendo de su cabeza. no tuvo tiempo para mirar que las garras de la sombra monstruosa estaba por llegar a su craneo.

O al menos eso pensó.

Porque, de la nada, dos llamaradas, una de color azul, y otra de color rojo, chocaron contra la sombra. cubierta en llamas, la sombra monstruosa luchaba y gemía de dolor.

Pero sin pensarlo, el muchacho se lanzo al lago, siendo arrastrado con violencia por el agua, abandonando poco a poco la enorme llama que poco a poco fue atacando otros árboles en el bosque.

 

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Sin poder reconocer nada de sus alrededores, ni mucho menos al Sol, el muchacho quedó en las costas, luchando para mover la cabeza a causa de las heridas y la sangre que casi alcanzaba sus ojos. Su vista quedó nublada por dos siluetas, una grande, la otra muy pequeña. 

-Duncan Gideons -dijo una voz, que perteneció a un hombre de mediana edad.

Tenia el pelo largo café, y sus ojos eran púrpura genuinos. La otra era una niña con los mismos rasgos que aquel adulto. Esta le sonrió.

-Te encuentras bien?

Luego el joven Duncan Gideons dijo con la fuerza que aún tenia.

-Si.

Ese hombre fue con la niña.

-Tina, ve por la manta.

-De inmediato papá!

La jovencita obedeció y se fue corriendo hacia una zona llena de árboles.

 

 

LONDRES, Enero de 1881

 

Duncan salió del cuarto emocionado, llegando por un pasillo completamente lleno de ventanas, donde aprovecho para sacar la cabeza por una de ellas, inhalando y exhalando con gran emoción y fuerza ante el impresionante cielo azul y el sol que bañaba a Londres, a pesar de las gruesas nubes nimbus.

-¡Se siente muy bien!

Sacó la cabeza y corrió hacia el pasillo, pasando por otro corredor muy parecido al primero.

-¡Estoy cerca de las escaleras!

Pero antes de pensar en llegar a ellas, Duncan se estrelló contra algo que no pudo ver en el pasillo, y ello provoco que cayese al suelo, adolorido y algo mareado. Abrió los ojos, y lo que vio fue a esa hermosa chica de pelo blanco brillante, y de piel un poco pálida, pero que, cuando separó los parpados, Duncan quedó ante dos hermosos ojos de color rosa de un resplandor pueril.

La joven vestía el mismo uniforme que él.

-¡Perséfone! Lo siento. ¿Estás bien?

Como todo un caballero, Duncan no dudó en ayudarle a parar.

-Duncan… ¡Tienes que tener más cuidado! ¡Eso realmente me dolió!

-Perdóname. No era mi intención.

Perséfone se levantó y se arregló el uniforme.

-¿Vas para la graduación?

Duncan se dejó ver con su uniforme.

-¿No lo parece?

Persefone también sonrió.

-Entonces sígueme. Sé dónde es.

Los dos fueron.

 

 

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El 14 de enero de 1863, el doctor Alistair Gideons-Whiteley estaba esperando a que su esposa diera a su luz a su hijo; nueve meses con gran expectación habían pasado, su corazón no dejaba de brincar, y mientras se movía de un lado para el otro, empezó a sentir como sus piernas eran poseídas, ni siquiera mirar el cielo de la noche bastaba para calmar al atribulado hombre.

A los pocos minutos, una de las enfermeras salió de la alcoba.

-Profesor.

Gideons-Whiteley fue con la enfermera.

-El bebé está sano.

Por primera vez, en toda la difícil noche, Gideons-Whiteley puede sonreír. Y luego fue al cuarto, donde estaba Jennifer Gideons, con un aspecto algo pálido, pero con la suficiente fuerza como para cargar al bebé, lo que le ayudaba a estar contenta y olvidar el difícil proceso del parto.

-Alistair. Nuestro bebé.

Con una gran alegría, Gideons-Whiteley cargó al pequeño.

-Y ya le puse un nombre…

La respiración de Jennifer Gideons se aceleró.

-Duncan.

Gideons-Whiteley le dio un beso en la frente a su esposa.

-Mi niño. ¡Te ves muy bien! ¡Nuestro gran logro!

Sin embargo, Jennifer Gideons apretó los párpados, y se llevó la mano a su vientre. Una de las enfermeras se acercó a ella, agarrando su muñeca.

-¡Doctor Gideons! El pulso de la señora Gideons está muy débil.

De la angustia, Gideons-Whiteley fue con su mujer.

-Duncan… ¡Mi Duncan! –pidió ésta.

-Mi amor.

Whiteley tomó de la mano a su mujer.

-Cariño –dijo Jennifer Gideons-. No creo que pu…

-¡Estarás bien! ¡Estarás bien! –exclamó el doctor Gideons-Whiteley.

-Por favor… cuida muy bien… de Duncan…

Los ojos de Jennifer Gideons se estaban cerrando lentamente, y su voz también se apagaba.

-Denme… al bebe… -pidió Jennifer Gideons- Mi niño…

Una de las enfermeras le acercó al bebé, quien saludó emocionado a su madre.

-Mi niño… Sé un gran hombre… Cuida bien de tu papá.

Cerró los ojos.

-Cuídense mucho.

 

Fueron las últimas palabras de Jennifer Gideons. Ella había muerto. Al ver que la mano de Jennifer Gideons no reaccionaba, Whiteley sólo pudo llorar a su esposa muerta, y lo mismo el bebé.

 

 

Una de las graduadas se llamaba Rashmi Patel. era una chica de piel oscura, igual que como lucia Karfkol, y tenía un punto rojo en su frente, y un bellísimo velo de color azul índigo brillante, alrededor de su cabeza, que tenía unas guarniciones doradas a los lados y unos botones que caían a los lados. Media más o menos uno cincuenta, y aunque el velo tapaba su cabeza, se veían mechones de color negro.

-¡Rashmi! –exclamó Karfkol.

La joven sonrió y fue con Karfkol.

-¡Felicitaciones querida! –los dos se dieron un gran abrazo.

-A ti también.

Luego Karfkol le miró de la cabeza a los pies con su mirada.

-Toda una graduada de la Academia, y ahora miembro de la Juventud.

-¿De qué te sorprendes? –así como Karfkol, ella tenía un notorio acento indio-. Los dos venimos de la misma ciudad, y también somos Migas.

-¡Pero lograste superar a la estatura! –bromeo Karfkol.

Con una expresión visiblemente molesta, Rashmi le pegó en el hombro a Karfkol.

-¡Cierra la boca! Vete acostumbrando porque no soy una niña. Ya no.

-Lo sé Rashmi. Creo que jamás podré quitarme de la cabeza aquella niña con la que practique mis poderes.

Rashmi rio

-¡Es en serio Rashmi!

-Lo siento. Es que hablas como todo un papá. Tú tampoco has cambiado.

Luego Karfkol le abrió el paso a Rashmi.

-¡Qué todos piensen eso para bien! ¿Qué te parece? –sugirió Karfkol.

-Por mi está bien –afirmó Rashmi.

-¡Después de ti!

Los dos se dirigieron a la sala de fiestas.

 

Todos los recién graduados habían llegado al comedor principal, con toda la comida, incluyendo vegetariana, y también toda la bebida; todos los muchachos estaban festejando, Duncan, Persefone, Tina, Karfkol, Rick, Endora.

Todos se encontraban muy contentos en cuanto a la ocasión.

-¡La Reina Victoria se veía increíblemente radiante! –comentó Tina.

-Lo se Tina –agregó Perséfone- ¡Verla en persona es una sensación como ninguna otra! ¡Que gran dama!

-¡En momentos así, me alegro de haber llegado a tiempo! –exclamó Duncan.

Todos chocaron las copas y continuaron celebrando, bromeando y riendo, una gran euforia sin igual, como si la hubieran robado de otro universo.

 

-¡Con qué aquí estás!

Dijo una voz que, aunque casi nadie reconoció, en Duncan provocó que todos sus nervios estuvieran catatónicos, sus labios congelados, y su mirada volteando casi en forma de un maniquí, y con eso, jalando a su cuerpo consigo. Detrás de Duncan había un hombre con una abundante barba café y una larga frente; y en el caso de Duncan, una presencia muy familiar.

-¡Duncan! ¡Duncan! ¡Mi querido muchacho! No. ¡Todo un hombre! –se acercó a Duncan con un gran entusiasmo- Orgulloso caballero de nuestra reina.

Y de forma casi callada, Duncan reveló el nombre de aquel sujeto.

-Profesor Rolfe.

Además, su tono de voz fue el mejor símbolo de perplejidad humana. Mientras tanto, Perséfone se le quedó mirando a Rolfe con una sutil expresión de angustia.

-Espero no estarte avergonzando ante tus nuevos compañeros –continuó Rolfe palmeando el hombro de Duncan-, si te parece, podemos hablar en privado.

Duncan volteó a mirar al capitán Colt.

-Ve Duncan. Si te demoras, te guardaré comida y bebida –reveló.

-Pueden hablar en mi oficina si lo desean –aclaró el comandante Ellios.

-Gracias maestro, y gracias también comandante.

Duncan y el profesor Rolfe abandonaron la sala de fiestas, para dirigirse al despacho del comandante Ellios. Una oficina pequeña, pero muy limpia, que destacaba por tener la pintura de una mujer de largo cabello blanco y un rostro que Afrodita era capaz de envidiar.

Duncan se quedó mirando al retrato de la mujer.

-¿Cómo puedo continuar expresando mi satisfacción? –afirmó Rolfe muy emocionado- ¡No cabe duda que es la mejor sensación de toda mi vida! Me has hecho muy feliz Duncan, y tú también deberías estar muy orgulloso por tus logros.

Se puso al lado de Duncan, quien permaneció frio cada vez que Rolfe hablaba.

-Tus padres estarían muy orgullosos de ti –continuó el profesor-. Y lo mejor es que esto es solo el inicio; te espera una vida de grandes proezas, poderosas amistades, increíbles recuerdos entre otras cosas. ¡Y lo hiciste todo tú solo! No me canso de repetirlo querido, parece que fue ayer cuando eras un niño inquieto, y ahora… ¡Perdona! Las palabras no son suficientes querido.

-¿Qué está haciendo aquí? –Duncan finalmente dijo.

-¿Qué dices? Vengo aquí para verte en tu gran día –afirmó Rolfe-. Necesitas a alguien con quien compartir esta gran ocasión. ¡Lo que me recuerda!

Rolfe se dirigió a su portafolios, de donde sacó una botella de vino.

-El Cabernet Sauvignon –reveló Rolfe-, traído directamente de la Toscana, aun cuando es una variedad nueva de vino, es una de las mejores. No todos la disfrutan.

Rolfe tomó una copa y sirvió el vino en ella.

-¡Toma Duncan!

-Profesor… Usted sabe que mi cuerpo no responde bien ante el alcohol.

-Puedes hacer una excepción Duncan. Es tu gran día.

Rolfe bebió el vino, y luego sirvió otra copa. Entonces Duncan miró esa otra copa.

-Disfruta estos momentos Duncan, te mereces todo lo bueno de la vida. ¡Salud!

Los dos brindaron y bebieron el vino. Pero Duncan hizo un gesto gracioso.

-Profesor… -dijo.

-Si Duncan.

-Usted no es el hombre de persona que viaja largas distancias solo para decir palabras bonitas y brindar con vino, en especial conmigo –señaló Duncan-. Usted me conoce como un hijo, pero yo le conozco como un padre. Sé que tiene algo para mí.

Con esas palabras, el profesor Rolfe adoptó un tono más serio.

-¡Qué pena que aciertes con este punto! –lamentó-. Es sobre ella.

Duncan mostró nuevos signos de lamento, y sacó esa foto en que estabas él y aquella niña de gafas con vestido elegante.

-Sé que han pasado muchos años, pero necesito que me escuches –afirmó Rolfe-. Duncan, tengo buenas y malas noticias –Duncan estuvo a punto de petrificarse- Y antes que reacciones… ¡No! ¡Ella está con vida!

-¡¿En verdad?!

-Si. Pero me temo que ya no se encuentra en Suiza.

Los ojos de Duncan se llenaron de horror.

-¡No puede ser!

-Esa es la mala noticia, pero la buena es que ella está aquí… en alguna parte de Londres.

La sorpresa de Duncan se hizo mayor, tanto que soltó la copa y la tiró al suelo, rompiéndose ésta y regando el vino en el tapiz.

Luego Duncan tocó a Rolfe en los hombros.

-¿En dónde? ¿Dónde profesor? –preguntó muy impaciente.

-No lo sé Duncan.

-Tiene que decirme. ¡Se lo suplico profesor! –Duncan estaba levantando su tono de voz.

-Tranquilo Duncan. Yo… Yo sé cómo te sientes.

Duncan bajó la cabeza y negó con ella.

-No del todo profesor.

-Pero entiendo tu ansiedad. Por eso estoy aquí. ¿Por qué crees que llegué de tan lejos para verte? Ahora eres un policía, tienes autoridad, y una ventaja; si alguien dice que no ante ti, tendrá problemas. Mírame.

Duncan no obedeció.

-Duncan… mírame –dijo con tono más serio; y Duncan levantó la cabeza-. La razón de por qué regresé a Londres es para ayudarte a encontrar a Alexis…. Y esta vez en serio. Sospecho de un antiguo colega mío, él puede que haya ordenado la transferencia de Alexis, de Lausana a Londres, pero necesito saber si sigue en la ciudad. Su apellido es Constantine.

-¿Constantine?

Rolfe asintió.

Pero luego alguien abrió la puerta, era Perséfone Lovecraft.

-Duncan, te necesitamos.

-Y su nombre es Warren.

Perséfone miró con algo de vergüenza.

-Lo siento mucho Duncan. Yo pensé que habían terminado.

-Warren Constantine. Warren Constantine –y entonces Duncan sonrió, al punto de casi reír-. No Perséfone –su rostro se hizo más amigable y entusiasta-. Terminamos por el momento. ¡Profesor Rolfe! ¿Se acuerda de Perséfone?

Con una expresión jovial, Rolfe fue con Perséfone.

-¡Teniente Lovecraft! Claro que me acuerdo de ella. ¡Me alegra verle!

Se quitó el sombrero a ella y le hizo reverencia.

-Se convirtió en una gran mujer. Una hermosa y maravillosa mujer.

-¡Por favor profesor! ¡Me halaga! –Perséfone rió apenada- ¿Y ese vino?

-No. No. Fue error mío Perséfone –dijo Duncan-. Me deje llevar por la sorpresa.

-Ya veo. Haré que lo limpien –afirmó Perséfone-. Y disculpa Duncan, pero el capitán Colt nos dice que harán la asignación.

-Entiendo.

-Ve con ella Duncan. En esta ocasión, el deber llama. Tú déjame el resto a mí –señaló Rolfe-.

Luego Duncan se acercó a Rolfe.

-No tengo palabras para agradecerle profesor…

-¡No! ¡No! Duncan, no me agradezca nada, esto apenas ha comenzado. Estaremos en contacto.

-Si señor. Vamos Perséfone.

Los dos, Duncan y Perséfone salieron de la oficina.

 

Continuaron caminando por el Pabellón de los Héroes Místicos, ese mismo en donde esa misma mañana se estrellaron.

-Era ese el Flannagan Rolfe que mencionaste. ¿Verdad Duncan?

-Si. ¡Así es Perséfone! –comentó Duncan con un gran entusiasmo.

-¿Y qué quería?

-Me dijo que Alexis está en Londres.

-¡Tu hermana!

-Si.

Perséfone se detuvo incrédula.

-¿En serio Duncan?

-Incluso me dio un nombre que Endora puede investigar. Warren Constantine –compartió Duncan-. Creo que esta vez hay posibilidad de que encontremos a Alexis.

-¿Estás seguro de eso Duncan?

-Si Perséfone.

A juzgar por su tono de voz, era obvio que Duncan se encontraba optimista y emocionado, como si le poseyera de inmediato su niño interno. No podía decirse lo mismo de Perséfone. La hija del comandante, en cambio, miró a Duncan con una mirada decaída y con los labios tiesos.

-Duncan… Tómalo con calma por favor.

Duncan se detuvo y le volteo a mirar.

-¿Cómo dices?

-Digo que tengas cuidado con tus expectativas, sobre todo con ese hombre Flannagan Rolfe.

-Espera. ¿De qué estás hablando?

-¡Como si no lo supieras! No es la primera vez que Flannagan Rolfe te dice que te ayudará a encontrar a Alexis. Y siempre que lo hace… ¡Resulta ser mentira y te abandona!

Los grandes océanos de recuerdos de la mente de Duncan volvieron a la vida. Esta vez con aquellos en los que, cuando siendo Duncan niño, oía las palabras de Rolfe – buscaremos juntos a Alexis – y luego se iba, dejando a Duncan triste, llorando, y con Perséfone consolándole. Mientras que, vuelta en el presente, el rostro del joven se arrugó en los ojos, tapándoselos parcialmente con su mano.

-¿Qué quieres que haga Perséfone? ¡Rolfe es el único que sabe dónde está! ¿Qué puedo hacer? –comento impaciente.

-Que tengas un poco de paciencia.

A pesar de esas palabras, Duncan se veía aún molesto. Y Perséfone se levantó la cara y sonrió.

-Pero no pongas esa cara. ¡Arriba ese ánimo! –dijo- Duncan. Sé que esto ha sido difícil, y me refiero a todo lo que te ha pasado, con tu familia y tu hermana. Pero no estás solo, yo estoy aquí, Tina también, papá y el capitán Colt. Todos sabemos lo que te pasa, y me refiero a la Juventud Mística, y ahora que eres miembro, podemos ayudarte con más facilidad.

-Ya no sé Perséfone… Pienso que jamás encontraré a Alexis.

-¡No! ¡Eso no es cierto! –dijo con tono más severo- La encontraremos, y pase lo que pase… Deja que la Juventud te ayude también. Y… si te hice sentir mal, te pido perdón. No era mi intención.

Duncan sonrió.

-Lo sé. Y muchas gracias Perséfone. Ya me siento mejor.

-Me alegro. Le avisaré a Endora del nombre Warren Constantine, pero ahora debemos volver.

Duncan asintió, sin darse cuenta que estaba tomando de las manos a Perséfone. Al final, los dos quedaron apenados y se alejaron con las caras rojas de la vergüenza.

-¿Vamos? –preguntó Perséfone.

Duncan aceptó y caminaron por el pasillo.

 

Era como Duncan había dicho. Hace ya varios años. Era el año 1863, uno desde el nacimiento del pequeño Duncan; a pesar de ello, el doctor Alistair Gideons-Whiteley jamás abrió la puerta en donde el bebé se encontraba, y cuando lloraba, se las arreglaba para cerrar la suya. Todo el trabajo se lo había dejado a sus doncellas, cada cambio de pañales, cada comida, cada vez que el bebé lloraba. Lo más cercanos que les vio a ambos fueron, según recuerdan todos, los momentos de miradas muy frías que Alistair le lanzaba a la alcoba donde descansaba su hijo.

Y un día, Alistair Gideons-Whiteley estuvo paseando por las praderas de Oxford, trabajando en sus libros, justo cuando una mujer de increíbles rizos de color avellana, en los que podías sentir una sensación de seda al tocarlos, y una única, pero a la vez dulce mirada con sus tiernos y pueriles ojos purpura combinado con índigo, todo eso bañando y decorando una hermosa cara que evocaba a las ninfas, y una piel de pétalos de jazmín.

Cuando Gideons-Whiteley podía, la espiaba dando clases en la universidad cerca de los jardines, y también con esos muchos tipos de flores. No sólo él, sino también los otros alumnos apostaban sus miradas en ella, como si todo hubiera sido el trabajo de una sirena.

Una calurosa mañana de febrero de 1864, esta misma mujer se topó con Gideons-Whiteley en el Puente Donnington, mientras veían a los equipos de remo. Su largo hermoso vestido de corpiño y sombrero largo hicieron que Gideons-Whiteley fuera con ella. Ella le volteo a mirar a medio camino.

-Profesor Gideons-Whiteley –dijo por fin.

-Discúlpeme –dijo el padre de Duncan-. No sabía que trabajaba en Oxford.

-Profesora de Botánica. Valeria Salmfelds.

Los dos se quedaron mirando.

-¿También le gusta ver a los equipos de remo? –preguntó Salmfelds.

-Me fascinan. Yo siempre les apoyo, y siempre voy con ellos.

Gideons-Whiteley se les quedó mirando.

-La verdad es que jamás me tomé el tiempo para verlos –confeso el padre de Duncan.

-Entonces no ha notado que ese equipo. Tiene duendes, hadas y humanos.

-¿En serio?

-Si. La verdad yo les doy clases a ellos para ayudarles a tener un gran futuro. Muchos vinieron de Britornum, y desean aprovechar todos sus poderes.

-¡Es maravilloso! Yo he trabajado con ellos por bastante tiempo. Siempre me ha interesado saber qué pueden hacer todos. Los Migas, los humanos místicos, los seres de la Mistia.

Valeria sonrió.

-¿En serio? Cuéntame más.

Ese día fue el comienzo.

Durante mucho tiempo, Alistair Gideons-Whiteley y Valeria Salmfelds pasaron juntos, yendo por las calles de Londres. Y pronto se tomaron de las manos. Yendo a Oxford y a pasear por el rio Támesis.

Y el día en que Valeria Salmfelds fue invitada a la mansión, lo primero que escuchó fue los llantos del bebé Duncan. A pesar de las objeciones de Alistair, Valeria le vio, era pequeño, pero él le sonrió a Valeria, luego ella le hizo cosquillas, y con una canción, le calmó en sus llantos.

 

Pero ella no tardó en ver a Alistair molesto.

 

-¿Por qué no me dijiste que tenías un hijo Alistair?

-Yo… Yo… No he superado la perdida de mi primera esposa. Ella murió cuando Duncan nació. Y me dejé llevar por la ira. ¡No puedo… No puedo

-Pero es tu hijo.

-No creo que pueda.

-Si. Si puedes. Te puedo ayudar.

Alistair le miró nervioso.

-¿No me odias?

Valeria negó.

Y sin pensarlo, sus labios entraron en contacto con los de Valeria. Después se besaron una vez más.

 

Y había llegado el momento. Alistair y Valeria se casaron en julio de ese año, y esa misma noche, finalmente se acostaron, con Alistair amando y besando a Valeria como con su primera esposa.

 

Nueve meses después, en marzo, los dos tuvieron una hija…

-Mira Duncan –dijo Valeria-, te presento a tu hermana. Alexis.

Ambos bebes rieron y se emocionaron mutuamente al entrar en contacto.

 

 

 

 

 

Una vez más, Alexis golpeó a Duncan en la cara.

-¡No me dijiste que estabas con ese cerdo de Rolfe!

 

-Alexis, por favor. Dime qué fue lo que te hicieron en Sharps-Corll –pidió Duncan.

Pero Alexis, con tono altanero, afirmó:

-¡Pregúntaselo a tu amiguito Rolfe!

A lo que Duncan respondió

-¡No puedo confiar en él! Me doy cuenta que ha mentido. Pero si tú me dices lo que te hizo… Lo que te hicieron… Estaré más seguro.

Pero esas palabras no parecieron dejar contenta a Alexis.

-Por favor Alexis.

Alexis volvió a mirar a Duncan con mucha ira, tanto que sus puños temblaron. Pero de inmediato, su mirada se hizo más calmada, más compasiva, mientras que, en su mente, recreaba ese fatídico día… 30 de enero de 1874, y las flamas que consumieron su hogar, y la forma en que Duncan trató a los niños. Luego, con esa misma piadosa, asintió con la cabeza.

-De acuerdo Duncan. Te lo diré.

De inmediato se empezó a remangar el brazo derecho.

-Acércate.

Duncan obedeció.

-Siéntate –dijo Alexis.

Duncan se sentó al lado de Alexis, y cuando su brazo quedó al descubierto, habían marcas de jeringas en toda su piel. En el antebrazo, en el brazo, todo ello acompañado por varias cicatrices y pequeños, pero casi invisibles hematomas.

Duncan miró con horror esas imágenes.

-Por siete años… Yo y otros niños fuimos sujetos a terribles experimentos –la respiración de Alexis se agitó mucho-. Casi todos los días, nos inyectaban con químicos, y se quedaron viendo para ver la reacción de nuestros cuerpos. Al principio, el dolor fue terrible, sentí que millones de volteos calientes pasaban por mis brazos y mis piernas. Se quedaban en nosotros, por horas… Incluso días. Éramos en total treinta, de distintas edades. Hombres, mujeres… Ancianos… Cuando nos inyectaban las cosas, a veces nos vendaban los ojos. Pasaba que querían ver si podíamos tener poderes psíquicos o cosas asi. Yo fui uno de ellos.

 

Posiblemente a fines de 1874… Alexis estaba en una celda oscura, con una pequeña ventana… Y reconoció a su padre… Alistair Gideons-Whiteley. Mirándoles de manera fría, y solo tomando notas.

-¡Papá! ¡Papá! ¡Por favor sácame de aquí!

Pero Gideons-Whiteley se alejó de ella, como si no le hubiera reconocido.

 

Era el año 1875. Septiembre para ser más exacto. Alexis estaba en Sharps-Corll. Solo vestía una pijama de color blanco, y estaba conectada a tubos, por los que pasaba un químico de color verde en el brazo derecho, y otro purpura en el izquierdo. Muchos otros niños, incluida una de pelo negro, fueron llevados por el mismo proceso. Después de unos minutos, Alexis y los niños empezaron a gritar de manera punzante, mi piel tiembla y mi corazón llora de pensar en ellos. Tan pequeños, tan inocentes… Obligados a sufrir un dolor tan terrible que nadie merece.

-¡Papí! ¡Papí! ¡Ayúdame por favor!

Rolfe, Constantine, y otros tres doctores estaban ahí, mirando y tomando notas. A pesar del dolor, Alexis pudo escuchar con claridad.

 

Duncan quedó tan asqueado que sus ojos se dilataron de forma inhumana.

-¿Papá?

-Si.

 

-La resistencia física sigue siendo mínima –era la voz de Constantine.

-Pero aún nos queda el recurso de la stamina –esa fue la voz de Rolfe.

 

Alexis se abrazó y se encogió.

 

También hubo momentos.

1876 - en donde me conectaron a una cama y me dieron choques eléctricos. Cuando comenzaron, el dolor fue espantoso. Todos lo sufrimos. Los niños, y yo… Así es… Hubo un tiempo en el que solo usaron a niños para sus experimentos. Y siempre… bajo la mirada atenta de Constantine y del personal de Sharps-Corll.

 

Pronto… Y mientras veía a los demás niños morir… Ya no me dolía tanto.

 

-¿Y Rolfe fue parte de esto?

Alexis asintió en silencio.

 

Pronto perdí la noción de los días. Pero Rolfe siempre era el primero en entrar a mi celda y saludarme. Yo estaba aterrada. Pero él solo decía…

-Tranquila, estás haciendo… Terminando el trabajo de tu padre. ¡Incluso superaremos por montón a la teoría del profesor Darwin!

 

Yo solo pude gritar. Y cada día… Solo podía pronunciar tu nombre Duncan. Cada día… el que tú vendrías a salvarme fue lo que me dio esperanza.

……………………………………………………………………………………………………..

 

Duncan siguió con la misma mirada insana.

-Un hombre como Rolfe encaja en ese tipo de actividades. ¿Pero papá? ¡¿Y contigo?!

Golpeó dos veces con rabia la pared.

-¿¡El realmente estuvo involucrado?!

El golpe fue tan duro que Alexis se asustó. Entonces Duncan inhaló y exhaló, y se arregló de inmediato el pelo.

 

-Ahora veo por qué Constantine está haciendo todo esto –afirmo con voz tranquila-. Si el público se llega a enterar, lo destruirá por completo. Literalmente. No tendrá escondite alguno. ¿Pero qué hay del profesor Rolfe?

Alexis se quedó mirando a Duncan.

-Es decir… Se expuso con decirme lo que me dijo –continuó Duncan-, más de lo que debía. ¿Por qué? ¡Esto también le destruirá! ¿Y papá? 

Se tomó otro segundo para respirar.

-Muchas cosas comienzan a tener sentido. Pero quedan otras en el aire.

Duncan fue con Alexis.

-Me cuesta creer que Constantine y Rolfe llegarían tan lejos. ¿Por qué? ¿Para qué? –tomó la mano de Alexis-. Tenemos que ir con la Juventud Mística.

-¿Cómo dices?

-Si les dices lo que te pasó, hundiremos a Constantine y hundiremos todo su horrible experimento. ¡Tenemos que hacer! ¡Es nuestro trabajo!

Pero Alexis empujó de manera brusca a Duncan.

-¿Y qué te hace pensar que eso es lo que quiero? ¡Tú eres tan culpable como ellos Duncan!

-Yo no sabía lo que te estaba haciendo.

-¡Y no hiciste nada! Peor aún… ¡Me reemplazaste por tu novia de los rizos de vainilla!

-¡Ya te dije que eso no fue lo que pasó! De hecho, Perséfone me estaba ayudando a buscarte.

 

Poco a poco, lo que decían las frases se hizo más entendible. Y de inmediato Alexis los teletransportó a ambos hacia un túnel cercano.

-Muévete.

-¿Cuál es la prisa? Nadie nos va a encontrar aquí.

-Tú sabes que las ratas pueden ser realmente traicioneras.

-¡Cómo no!

-Recuerda a Stealthy Jack.

Duncan y Alexis se esforzaron por no hacer movimiento alguno. Pero sus ojos relajaron sus parpados un poco, en especial, después de reconocer una voz que parecía pueril. Duncan se asomó un poco, y vio a dos niños, uno de ellos era un duende, a juzgar por sus orejas puntiagudas y por su notoria falta de alas en la espalda; el otro era un humano. Los dos llevaban abrigos largos y pantalones, ambas prendas bastante sucias, pero lo más llamativo de ello fueron los largos delantales de tela, con bolsillos muy grandes. Estos dos niños estaban avanzando de manera cuidadosa por los alcantarillados.

De inmediato Alexis se asomó, y vio a los dos niños hurgando entre las alcantarillas.

-¿Y esto? –preguntó bastante sorprendida.

-Son saqueadores de alcantarillados –aclaro Duncan-. Toshers.

-¿Cómo que saqueadores de alcantarillados?

-Una de las profesiones que no esperarías encontrar en Londres. Debido a los problemas de la ciudad, hombres, niños… y hasta mujeres, se aventuran en los alcantarillados.

-¿Pero por qué? ¿Qué esperan encontrar?

-Aunque no lo creas, muchas personas hacen este tipo de cosas en el Londres actual –continuó Duncan-. La situación siempre ha sido muy triste; los seres de la Mistia y los Migas al servicio de la Reina Victoria, sin embargo, usan sus poderes para hacer el bien, con nuestra guía. Pero no es suficiente.

Los dos se volvieron a esconder.

-Para ello también estamos aquí. En la Juventud Mística. Y siempre necesitamos ayuda.

Alexis miró conmovida, pero luego pasó de nuevo a su mirada irascible.

-No intentes poner excusas Duncan.

Pero luego la luz se dirigió hacia ellos. Los dos toshers iluminaron a Duncan y a Alexis.

-¿Quién son ustedes? –preguntó el niño duende.

El otro niño sacó un cuchillo.

-Vagabundos –repitió.

-¡Espera Johnny! Esa es la chica que la Policía está buscando. Alexis Salmfelds.

Entonces Duncan se puso de pie, y se dirigió hacia los niños, quienes le vieron con algo de suspicacia.

-Dime… ¿De dónde vienes? –le preguntó Duncan a Johnny- ¿Eres de Britornum?

-No –negó Johnny con la cabeza-. Mis padres sí. Yo nací en Londres pero… Los mataron miembros de la Primera Línea. Y yo no tuve más opción que escapar.

-¿Hace cuánto?

-Hace cuatro meses. En Rainham.

Johnny se esforzó por no lanzar las lágrimas.

-Lo lamento Johnny. ¿Pero no tienes otros parientes?

Volvió a negar con la cabeza. Alexis también quedo entristecida. Por ello, Duncan sacó un pedazo de papel y su pluma estilográfica.

-Alúmbrame por favor –pidió al otro niño-. Por cierto. ¿Y tú cómo te llamas?

-Shakey Ben.

Duncan le da el papel a los niños.

-Yo soy miembro de la Juventud Mística…

-¿En serio? –Johnny se emocionó.

-Si. Tengo una gran amiga llamada Endora Nicehill, y otra, la capitana Riley Peyton. Ellos ayudan a niños como ustedes. Vayan con ella, y les ayudará. Siempre lo ha hecho. ¿Y sabes? Endora es de Britornum, ella es un hada –luego sacó dos chocolates de su bolsillo, y un poco de pan-. Tengan. Tienen que comer, aunque la próxima, traeré pan –los niños y Alexis se contentaron-. Pero les voy a dar una condición a ambos. No digan nada sobre nosotros. Es complicado, pero si hacen eso, salvarán una vida muy especial.

Los dos dijeron en coro.

-¡No lo haremos!

-Una cosa más –Duncan escribió en su papel-. Cuando vayan a la Juventud Mística, pregunten por Duncan Gideons. Por si acaso.

Los dos sonrieron, mientras Duncan se quitó su chaqueta, para romperla por la mitad. Una fue para Ben y la otra para Johnny. Todo el tiempo, Alexis vio la escena con una sonrisa, recordando luego el año 1872, en los días en que Valeria Salmfelds trabaja en su escritorio, y Duncan volvía para servirle el té.

“Muchas gracias hijito” dijo “Pero recuerda que te he dicho que no debes hacer esto por mí. Las doncellas hacen este trabajo.”

“Sí mami, pero esto lo hago porque quería hacerlo. Porque me hace feliz.”

Como recompensa, Duncan recibió un beso de ella.

 

Y lo mismo una fatídica tarde de Belgrave Squares, en 1871, cuando Duncan, preparando té para su padre…

 

Con su padre mirándole con desprecio, le tiró a Duncan el té en la cara, por lo caliente que estaba, Duncan gritó y se tapó la cara, mientras que Alistair Gideons-Whiteley le cerró la puerta. A pesar del dolor, Duncan se resistió al dolor, pero Alexis vio con horror y fue con su hermano.

“Tranquilo Duncan. Ven conmigo”

Alexis llevó a Duncan a su alcoba, y pidió rápido un tazón de agua fría. Primero limpió las zonas rojas, y después puso partes de trapo húmedo en la cara de Duncan. Entonces Alexis fue a la biblioteca, y tomó un libro – Cinco semanas en globo, de Jules Verne.

“Descansa Duncan. Esto te puede ayudar”.

Alexis empezó a leer el libro.

 

Capítulo I – El final de un discurso muy aplaudido…

 

De inmediato Duncan regresó con Alexis, apoyando el brazo de la joven en su nuca. Los dos se levantaron con cuidado, mientras Alexis aguantando el dolor.

-¿Se siente señorita Salmfelds? –preguntó Johnny.

-Si. Me produce un esguince.

En ese momento, Johnny y Ben tomaron uno de los trapos de Duncan, mojándolo con agua negra, y lo envolvieron en el tobillo de Alexis.

-Lo siento, tuvimos que improvisar –comento Ben.

-Esta agua está fría, por lo que nos ayudará –reveló Johnny.

-Muchas gracias a ambos.

 

 

 

NO OLVIDEN ESCUCHAR “WHAT A WONDERFUL WORLD” DE LOUIS ARMSTRONG MIENTRAS LEEN ESTE LIBRO.

 

Todos bajaron del carruaje en Buckingham Gate, y vieron una mansión considerablemente grande,

 

-Ya nos hemos comunicado con el inspector Fiennes –comentó Newt Peyton-, así como con nuestros superiores. Pronto eliminaremos la orden de arresto contra Alexis, y en su lugar, Scotland Yard expedirá una contra Warren Constantine, y tambien se dará la alerta general ante la posible presencia de Milo Scrabram y los miembros de la Primera Línea de Sangre.

Newt fue con Alexis.

-Y vamos a contactar a un periodista Alexis –aclaró.

-¿Para qué?

-A él le dirás todo lo que sufriste en Sharps-Corll –comentó Riley-, por lo pronto, Scotland Yard se ha prestado para cerrar el lugar, y por supuesto, interrogar a Flannagan Rolfe sobre su participación en los acontecimientos de los huérfanos fantasma.

Duncan miró emocionado.

-Entonces… ¿Todo terminó? ¿Ya no pueden lastimar a Alexis?

-Nos aseguraremos de eso Duncan. Te doy mi palabra –comentó Newt.

Duncan y Alexis sonrieron y se juntaron en un poderoso abrazo… al punto de estar a punto de soltar las lágrimas, sin darse cuenta, los dos seguían apretándose uno contra el otro, como si quisiera estar cada vez más cerca del otro., y en sus mentes, solo estaban las palabras del otro. Pero Duncan se secó las suyas, y entonces regresó con Newt y Riley, paso a paso.

-Yo… Riley… Newt…

Todos podíamos notar que el nudo que tenía en la garganta era muy tieso, y a pesar de los primeros segundos, éste se fue aflojando poco a poco.

-Lo siento chicos. ¡En realidad éste es un momento que ni yo puedo creer que esté pasando! –confesó al fin- Y todos… fueron los que lo hicieron realidad. Falta mucho. Lo sé, pero creo que lo peor ha terminado.

Perséfone sonrió

-Y… realmente…

De manera impulsiva, Duncan hizo reverencia.

-No sé cómo agradecerles a todos.

Y entonces, con una gran cordialidad, Perséfone, ofreciéndole la mano, respondió:

-Ya lo has hecho Duncan.

En ese momento, Riley, con la nariz tapada con un pañuelo, recriminó:

-No del todo. Lo siento Duncan, pero hay algo que debes hacer primero.

-Desde luego. ¿Qué cosa Riley? ¿Y por qué tienes la nariz tapada? ¿Newt?

Con cierta vergüenza, Newt señaló por detrás de Duncan y Alexis. Los dos miraron, y notaron que todos los miembros de las legiones Alicia y Titania, con excepción de Cindercraft, Haruto, Emily, Endora y Rashmi tenían las narices tapadas y evidentes expresiones de asco, de solo mirar a Duncan y a Alexis, muy para la pena de la legión Puck.

-Oh no –Duncan se olió y se esforzó por no vomitar-. ¡Olvidé que estuvimos en las alcantarillas!

-Al menos tengo un poco de Sol –afirmó Alexis.

Rick Gregory se echó a reir.

-Tu lado apestoso finalmente se presenta Duncan –bromeo.

-¡Ahora no Rick! –reprendió Newt.

-¡Si señor! ¡Lo lamento señor!

-En fin, por eso los trajimos a nuestra casa –dijo Newt-. Tú y Alexis tienen que bañarse y cambiarse.

-Además se está haciendo tarde. Y no tenemos que ir todos –agregó Riley-. Nuestras legiones pueden buscar a la pandilla de Scrabram y a la Primera Línea. Y la legión Puck puede estar aquí, atendiendo a Duncan y a Alexis.

Pero Tina dijo:

-Yo necesito hablar con nuestro comandante y con el inspector Fiennes primero –reveló Tina-. Debo informarles en persona sobre el testimonio de la hermana Thomas y de Cybil. Karfkol. Necesito que tú me acompañes.

-Por supuesto Tina –sonrió Karfkol.

-Perséfone, tú quédate con Duncan y Alexis.

-Entendido Tina.

-Yo puedo ayudar a Duncan y a Alexis –sugirió Emily.

-¿Estás segura Emily? –preguntó Tina-. No queremos interferir con tus deberes con la baronesa.

-No pasa nada. Ella sabe lo que estoy haciendo. De hecho… Ella me ordenó acompañarlos.

Por alguna razón, Perséfone miró a Emily de manera sospechosa.

-¡Entonces decidido!

Karfkol, Tina, los capitanes Peyton y las dos legiones subieron a los caballos.  

-Ya les di instrucciones a las doncellas –comentó Riley-. Estarán bien.

-Contamos contigo Perséfone –afirmó Tina-. Cuida bien de Duncan y Alexis.

-Asi lo haré Tina.

-Buena suerte a todos.

Cada lado fue por su cuenta. Y de inmediato, la expresión de Duncan se hizo más inconforme, en especial tras mirar la luna que, aunque casi invisible, aún compartía mucho de su ternura. 

Solo cuando Emily le dio una palmada en la espalda, recuperó el sentido del presente.

-¿No es lindo Duncan? ¡Finalmente podré cuidar de ti!

-Gracias Emily.

Y entonces, la joven doncella tomó la mano de Duncan, entrelazando sus dedos con los del joven.

-Como lo quiere la señora Baronesa… –le dijo con una extraña voz coqueta.

-¡De acuerdo! ¡De acuerdo! –los dos fueron interrumpidos por Perséfone-. Tenemos cosas que hacer. Vamos adentro.

Todos fueron a la mansión de los esposos Peyton, siendo saludados por cuatro doncellas en una hermosa escalera donde era posible las puertas del segundo piso y el comedor del primero.

 

Duncan fue llevado a un baño, y Alexis al otro. El de Alexis era uno con muros pintados de blanco, cada uno con una ventana y persianas, con el espejo más limpio y decorado que Alexis había visto, y el mejor lavamanos, hecho de la más hermosa cerámica amarilla, y lo tenía todo, cepillo de dientes, vaso y jabón. A la joven le atendieron las cuatro doncellas, una de ellas le lavó el cabello y la espalda, otra le empezó a lavar los brazos y una más los pies.

Tras recoger sus ropas y poner otras, de muselina blanca, le empezaron a lavar el cuerpo.

-Si algo le molesta señorita Salmfelds, háganoslo saber –dijo una de las doncellas.

Pero Alexis no dijo nada. Era como si la presencia de las doncellas le hubiera robado su voz. Y no solo eso. La tierna agua en su piel, el rejuvenecedor champú en su cuero cabelludo, la bella luz blanca del baño, y la dura, pero sencilla, sensación de la misma cerámica en la bañera daban una sensación mixta a Alexis, placentera para su cuerpo, pero inquietante para su mente.  Y las doncellas, a pesar de las cicatrices de Alexis, permanecieron inmutadas, pero cuando una de ellas volteó el brazo de Alexis para verlas, ella se retorció del miedo.

-Señorita Salmfelds. ¿Se encuentra bien? –preguntó una de las doncellas.

-Sí… sí… Sí… perdonen –afirmó-. Es que no estoy… acostumbrada a estos cuidados. Excepto la vez en que me atendieron un convento de monjas cerca de Sharps-Corll. Pero… muchísimas gracias… por esto… Soy tan maravillosas.

Otra de las doncellas, la que le estaba lavando el cabello, le dijo a Alexis:

-No debe agradecernos señorita Salmfelds. Queremos hacerlo. La señora Peyton nos dijo lo que pasó y nos dio instrucciones. Estamos felices de ayudarles.

Salmfelds sonrió.

-Por favor, llámenme Alexis. ¿Pero cómo está mi hermano?

-Él está bien. Está tomando el mismo baño que usted.

-Nos pidió que le atendiéramos a usted primero.

Y asi fue.

Por su parte, Duncan se fue desvistiendo en el baño, y poco a poco, entró en la tina de agua caliente. Una vez dentro, se relajó y cerró los ojos, como si se estuviera perdiendo en el hermoso olor y la bella sensación del vapor del agua. No tardó en inhalar y exhalar con calma y goce a pesar de sus tambaleos, como si no hubiera hecho ese ejercicio en mucho tiempo. Escuchó una puerta abrirse, y unos delicados pasos. Pero ni se molestó en mirar atrás, y mucho menos en abrir los ojos.

 

Esta persona, de vestido negro y brazos remangados, le empezó a dar masajes cerca de los hombros

-¡Vaya! Eso se siente muy bien –dijo.

Las manos fueron muy despacio, haciendo presión en la espada con los pulgares, y pronto se movieron alrededor de los hombros.

-No te detengas por favor.

Esas palabras provocaron unas risitas.

Y las manos tocaron y bajaron por el pecho de Duncan.

-Oye. Oye. Por favor vuelve a los hombros. Ahí se siente mejor Persefone.

-Claro que sí querido.

Pero esa no era la voz de Perséfone. Era la de Emily.

-¿Emily?

Duncan volteó a mirar, y se llevó una gran sorpresa al ver a Emily.

-¡Emily!

Ella volvió a reír de forma traviesa.

-¿Pero qué estás haciendo? –Duncan estaba pasmado.

-Quería ayudarte a sentirte mejor. Te dije que te cuidaría. ¿Verdad? 

-¡Pero no puedes estar aquí! Yo soy un hombre. ¿Qué dirían Newt o Riley?

-Soy una doncella. Recuerda que es mi trabajo. Si te parece, cierro los ojos.

Duncan suspiró en vergüenza.

-De acuerdo, no le diré a nadie, pero por favor no hagas ruido.

-¡Vaya! Tu paranoia me ofende. ¿Sabias?

Inmediatamente Emily continuó lavando la espalda de Duncan. No tardó en lavar su cabello, poco a poco, sus manos se movieron lentamente por el pelo de Duncan. Y de manera sutil, los dedos volvieron de inmediato a la espalda de Duncan. Emily mantuvo su mirada en ella, y mantuvo el movimiento de sus dedos en círculo.

-Veo que haces ejercicio –comentó Emily-. Tus músculos están bastante tiesos. Nunca antes había tocado así la espalda…

-Emily –interrumpió Duncan.

La doncella detuvo sus masajes.

-Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Sobre qué?

-Creo que tú sabes muy bien de qué.

Emily negó con la cabeza.

-No Duncan. No tengo idea de lo que hablas.

Y con voz expresiva, pero sutil, Duncan afirmó:

-Sobre la Baronesa Gustafson. El día de la graduación… ella se acercó a mí de forma muy casual, como si fuéramos conocido. Y no tengo que decir que… ¡Nada más alejado de la realidad!

Emily estuvo callada por unos segundos, pero luego, con su rostro juguetón, se tapó los ojos a Duncan y presionó sus senos sobre la espalda del joven.

-¡Oye! ¿Pero que haces? –preguntó sorprendido.

-¿Acaso las prefieres mayores que jovencitas? –rio Emily-. ¿No te gusto?

-¡Hablo en serio! ¡Y por favor no vuelvas a hacer eso!

-Lo siento Duncan. No pude resistir.

Luego Emily se sentó al lado de la bañera de Duncan.

-Ni yo misma lo sé Duncan –respondió-. Tengo que admitir que la baronesa es como una madre para mí. Y a pesar de ser solo una doncella, ella me ve como una hija. No tengo familia, por lo que mi relación con ella siempre ha sido muy estrecha. Aun así, hay cosas que no me… ¡No! Que prefiere no compartir conmigo.

-¿Cómo qué?

-Su infancia, su vida sentimental. Creo que estuvo casada una vez, pero no estoy segura.

Duncan quedo con una mirada de confusión.

-Perdóname por lo que te diré. ¿Pero cómo puedes decir que tú eres como su hija y no abrirse contigo sobre su vida privada?

-Duncan… ¿Quien entiende a las clases más altas?

-¡No me lo vas a creer! Pero yo a veces me pregunto lo mismo por mi padre.

Justo cuando estaban quedando, Emily afirmó.

-Hablando de tu familia… ¿No deberías preocuparte por atrapar a Constantine?

Duncan asintió.

-Tienes razón. Ya tengo deseos de saber de las noticias de Tina y Karfkol. Pero gracias por todo Emily.

-Cuando quieras Duncan. Una vez más, te recuerdo que estoy siguiendo las órdenes de la Baronesa de velar por ti. Pero no significa que no haga esto por gusto.

-Eres muy amable.

-Pero no respondiste mi pregunta. ¿No te gusto?

Duncan se sonrojó.

-No estoy interesada en chicas ahora. Pero me pareces muy bella.

Luego, de manera casi hipnótica, Emily puso sus manos en las mejillas de Duncan.

-¡Pero tú me pareces lindo! ¿Qué edad tienes?

-Recién cumplí diecinueve.

-Yo tengo veinte.

Emily se desabotonó los broches de su vestido, y acercó sus labios a los de Duncan.

-¿¡Qué estás haciendo?!

-Tú me gustas mucho Duncan Gideons –se descubrió los hombros, al punto de mostrar su escote-. Y quiero hacerlo contigo.

Guio las manos de Duncan a sus hombros, y ella se acercó más a su cuerpo, y le llenó de besos. A pesar del calor y los nervios, Duncan alejó a Emily, y cuando sintió la lengua de la joven en su pecho… Duncan agarró las muñecas de Emily.

-¡Detente ahora mismo Emily! ¡Y vístete por favor!

Emily obedeció y se puso el vestido.

-Lo lamento mucho Duncan. Pero fui sincera cuando dije que me gustas mucho.

-Perdón, pero no estoy listo. Ni para una cosa ni la otra. Y creo que será mejor que salgas.

-Si Duncan. Como tú digas. Solo espero que pienses en lo que te dicho.

Emily salió del cuarto. Y Duncan, rojo y lleno de la vergüenza, se metió casi por completo en el agua.

 

“¿Debí pedirle que se quedara un poco más? Pensó con vergüenza.

 

 

 

 

 

 

   

 

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