El mundo de Ashkran

El día que la luna se detuvo todo es Ashkran cambió. Qué significará esto en las vidas de kirió e iker?

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2. Capítulo 1

Kirió sintió el peso sobre su cama de paja y un brazo sacudiendo con prisa su cuerpo, cerró los ojos con fuerza y gruñó. Azande se levantó con un suspiro y se limitó a tirar la ropa sobre su hermana.

-Levántate, es hora de ir al rio. Papá ya ha salido, te espero abajo.- Con eso dicho salió de la habitación dejando a Kirió con la ropa sobre el rostro y el sueño en la almohada.

Se levantó con pesar y lentamente se cambió de ropa; el chaleco de lana, las botas largas y un pequeño cinturón de cuero se ceñían ahora a su cuerpo. Al contrario del resto de las jóvenes del pueblo Kirió no solía usar faldas largas o vestidos apretados, ya que no trabajaba en las panaderías o los almacenes del centro. Su familia en cambio vivía en las afueras del pueblo, más cerca del rio y los árboles que de algún vecino, lo que había llevado a un montón de trabajo y esfuerzo físico que le obligaba a vestir más como un varón que otra cosa.

Mientras se vestía otó que la oscuridad aun la rodeaba con ese extraño color purpura que la luna desprendía, preguntándose por qué su hermana la habría despertado tan temprano en la madrugada tomó su chaqueta raída y salió por la puerta. Bajando las escaleras con rapidez, trotó a la cocina y tomó un pedazo de pan para el camino. Pronto habría que ir al pueblo por algunas cosas básicas que ellos mismos no se podían suministrar e hizo nota mental de hacerse un tiempo para pasar por allá. El pueblo era un lugar que fascinaba a Kirió más de lo que a cualquier otra persona de su familia; la feria, los almacenes de antigüedades, las tiendas de especias y velas, los bares a los que había entrado a hurtadillas de su padre solo para comprobar lo que le estaba prohibido. Por el rabillo del ojo observó a Azande abrochando sus botas y llamó su atención.

-¿Por qué salimos tan temprano? Está más oscuro de lo habitual.- Azande se encogió de hombros.

-Es la hora de siempre, quizás es el clima que hace ver todo más oscuro, a fin de cuentas es invierno. Vamos.- Y dicho eso salieron rápidamente por la puerta camino al rio.

Kirió se mantuvo en silencio lo que fue del camino, sin embargo no dejaba de llamarle la atención que Otris, la luna sobre sus cabezas, se mantenía tan impasible como a mitad de la noche pasada. Las hojas y ramas se rompían bajo su paso manteniendo durante todo el camino un agradable sonido para las hermanas. Observó también con curiosidad que ninguno de los animales habituales habían cruzadu su camino corriendo en frenesí tras haberlas escuchado. Ni un conejo, liebre o zorro se había escabullido entre los arbustos.

Kirió volvió su atención a Azande que, con su cuerpo fornido cargaba dos jarros de greda para llevar el agua de vuelta a su hogar, mientras ella cargaba solo una entre los brazos y algunas otras petacas que colgaban de su cinturón. Ella al contrario de su hermana tenía un cuerpo pequeño, muy parecido al de su madre, comentaba de vez en cuando su padre cuando la observaba, razón por la que sospechaba la molestia de Azande cuando soltaba un bufido entre dientes. En realidad era una muchacha bastante bonita para una simple campesina, sobre todo sin las comodidades del pueblo. Su cara solía estar manchada por el barro y sus ropas por el trigo o la comida de los animales que mantenían en su pequeño terreno, ya que la vida alejada de todo si bien era más tranquila, solía ser más exigente para con su familia.

Aún en silencio cuando llegaron al río se acuclillaron a llenar de agua sus jarros, sin embargo Kirió frunció el ceño y sumergió su mano en lo que debía ser una suave corriente.

-El agua.- susurró.- se ha estancado.- Volvió el rostro a su hermana que poco a poco había comenzado a palidecer. Volvió la vista hacia el agua y notó un extraño color verde que se impregnaba en todo el río. Junto con el purpura del cielo Kirió sintió como si los cables en su cabeza estuvieran siendo conectados y desconectados en perfecto desorden.

-No tengo idea de lo que está ocurriendo, pero será mejor volver a casa.

-¿Crees que algo ocurre?- preguntó con inquietud.

-Otris sigue en el cielo- Se limitó a contestar.

Hace no tanto tiempo, cuando Kirió aún jugaba en el barro con las gallinas y trepaba árboles en busca de hojas que le parecían graciosas, ella y su hermana habían sido buenas amigas. Tras la desaparición de su madre, Azande no había vuelto a expresar la alegría en su rostro, se encerró en si misma con llave sin permitir a nadie acercarse a su dolor. Una vez que los meses pasaron su padre intentó hacer volver todo a la normalidad con algunas bromas y sonrisas, incluso aligerando el peso del trabajo en ellas. Al no haber resultado cambió de táctica e intentó presionarlas tanto para que hablaran con él como que buscaran distracción en el trabajo, sin embargo la tragedia ya había acaecido y su familia sufrió un golpe del que nunca parecía que serían capaz de recuperarse.

-Deberíamos ir al pueblo, ver si algo ha sucedido allá. Quizás Pigot sabe algo.- Pigot era el hijo del panadero y uno de los mejores amigos de Kirió. Su hermana Lun por otro lado había conseguido con mucho tiempo y perseverancia la confidencialidad de su hermana, razón por lo que la familia Strag se había convertido en una de las más cercanas del pueblo incluso antes de que todo cambiara.

-Sí, supongo que tienes razón. Espero que papá haya vuelto.- Dijo subiendo los ojos a la luna que se cernía aún sobre ellas.

Una vez en casa se encontraron con su padre sentado en la pequeña mesa de la cocina, una taza de té se encontraba entre sus manos y las observó con sorpresa una vez que entraron en la habitación.

-Han sido rápidas.- Dijo con sorpresa hasta que sus ojos se detuvieron sobre las jarras vacías en sus manos.

-El rio se ha detenido, no hay corriente.- Explicó Azande. De inmediato su padre se levantó de su asiento y pasó la mano por su escaso cabello y suspiró.

-Otris no ha descendido tampoco.- Dijo con resignación.

-Iremos al pueblo, quizás los Strag saben algo.- Dijo Azande.

-Las acompaño.- Dijo enseguida su padre, se inclinó con rapidez sobre el pequeño sofá verde a pocos pasos de ellos y sacó una pequeña manta de colores que tenía tantos años como Kirió podía recordar. A la vuelta del camino haría frío, a pesar de ser invierno, los días pasados habían sido templados, sin embargo con la luna aún en el cielo la temperatura se mantenía aún más baja de lo normal.

Al salir, Kirió se fijó en el extraño color purpura que aún teñía todo el paisaje, desde las montañas de Enür a su derecha hasta la larga extensión de maleza y pasto que llegaba al pueblo a su izquierda y que más allá de lo que nunca se había aventurado, estaba Alís, el corazón de su reino. El color no se debía solo a la noche; ya que Otris solo era aquella luna que se altercaba con Hubín. La primera tenía un cálido color purpura que caía sobre el reino durante otoño e invierno, mientras un suave naranjo bañaba las noches tanto en primavera como en verano. Caminaron rápido y en silencio nuevamente, la tensión se sentía en el aire y a pesar del natural silencio de su padre a Kirió le pesó la incertidumbre que se había apoderado del día, o mejor dicho, de la noche.

Llegando al pueblo la familia observó como varios campesinos se encontraban en las calles con sus cabezas alzadas al cielo, apuntando aún con sus manos y susurrando entre ellos especulaciones sobre la indiscreción de Otris. Algunos niños corrían entre las casas riendo y observando con amplios ojos lo que ocurría a su alrededor, sin entender con demasiada exactitud qué era lo que ocurría.

Una vez que llegaron a la casa del panadero, fueron invitados por el calor de la chimenea, el olor del pan recién horneado y vino caliente con especias. Pigot y Lun se asomaron con una sonrisa discreta desde el marco de una de las puertas que daban al estar, ya que era rara la ocasión en que la familia se presentaba en su morada. Sus padres los acomodaron lo mejor que pudieron en la cocina y les dieron de comer mientras platicaban de trivialidades y rumores sobre los pueblerinos.

Una vez que la conversación se detuvo papá carraspeó incómodo mientras la familia del panadero se ponía tensa. Todos sabían por qué estaban ahí.

-¿Qué está ocurriendo?- Preguntó finalmente.

-No lo sabemos, aún esperamos que Otris baje, la gente está inquieta y los animales se han vuelto locos en sus jaulas.

-Tampoco hemos encontrado animales en el bosque, ningún conejo o zorro se ha cruzado asustado.-Interrumpió Kirió. Los adultos intercambiaron una mirada tensa.

-No pensarán que…- Dijo la madre de Pigot y Lun. Su esposo negó con la cabeza mientras su padre miraba con ojos preocupados al vacío.

-¿Que qué?- Dijo finalmente Azande.

-Nada.- Contestó su padre con brusquedad.- ¿por qué no van por unas mantas?

Kirió sabía que solo se trataba de una excusa para que no los escucharan discutir ya que la chimenea a solo unos pocos pasos de ellos calentaba el lugar sin problemas. Aún así los cuatro jóvenes se levantaron y arrastraron los pies hasta el segundo piso.

-¿De qué se ha tratado todo eso?- Preguntó Lun en un susurró mientras recorrían el pasillo.

-Probablemente supersticiones de viejos.- Contestó su hermana en tono desdeñoso.- Sin embargo es extraño, ¿qué está ocurriendo? ¿Ocurrirá algo en Alís?

Se quedaron en silencio, no había explicación aparente para que la luna hubiera detenido su curso y mientras más vueltas le daban mayor temor parecía apoderarse de sus mentes. El segundo piso era un lugar oscuro a pesar de las velas que habían encendido en la habitación, pigot tomó su mano con disimulo y la llevó hasta un baúl en que pudieron sentarse mientras sus hermanas se acomodaban en la pequeña cama de paja de una de las habitaciones. Ahí, entre susurros y el olor a pan recién horneado Kirió se sintió casi tan acogida como otras tantas veces, sin embargo, en la parte posterior de su mente se encontraba el frío sudor de que algo más podía estar ocurriendo.

-¿Qué pasa si no es natural?- La pregunta resbaló de sus labios antes de que pudiera detenerla. Los tres se volvieron atentos hacia ella, con la espalda recta y sus troncos de manera casi imperceptiblemente inclinados hacia adelante. Azande frunció el ceño.

-¿A qué te refieres? Claro que es natural. Quizás solo es un ciclo lunar del que somos aún muy jóvenes para conocer aún o algún rito extraño que se ha llevado acabo. Ya sabes cómo son los ghurli.

Kirió sabía de ellos. El poco tiempo que había asistido a la escuela, las clases de historia habían sido sus favoritas. Los ghurli eran un pueblo extraño, alejado de cualquier humano o mago, sin embargo, parte de estos últimos tras la unión éntrelos pueblos se habían negado a proteger o trabajar en conjunto con lo que consideraban una raza vulnerable y por ende, una carga. Volviéndose a sí mismos se alejaron de sus hermanos y fueron relegados a las montañas más allá de los pueblos, en la frontera con los orcos. Nunca había tenido oportunidad de ir mucho más lejos del pueblo siguiente a hacer algunos encargos para su padre, pero la noción de seres fantásticos y aterradores, como eran magos y orcos le fascinaba en la misma medida que le aterraba.

-¿Crees que sus poderes son tan grandes? Esto es algo horrible az.- dijo Lun en un susurro.

Habían escuchado antes de algunos de sus rituales de algunos viajeros ambulantes, circos que cruzaban el reino y algunas leyendas que contaban como eran capaces de manipular la naturaleza a su voluntad. Sin embargo, a Kirió le pareció especular demasiado, al fin y al cabo, solo habían escuchado nada más que rumore, sin que nada le probara la existencia u alcance que la magia podía tener. Como si escuchara sus pensamientos Pigot suspiro y dijo:

-No sirve de nada pensar en lo que podría ser o no. Solo hay que esperar a que todo vuelva a la normalidad y seguir con nuestras vidas.- Dicho esto dirigió una pequeña sonrisa a Kirió que se la devolvió con la misma timidez y se giró a observar el manto púrpura que continuaba cubriendo el paisaje.

Poco después bajaron con mantas en las manos para encontrarse con sus padres inclinados sobre la mesa susurrando unos a otros. Justo cuando Kirió iba a entrar a la habitación, su hermana la tomó por el codo y le negó con la cabeza, sus labios hechos una final línea. Asombrada, Kirió volvió la vista hacia su padre y en silencio retrocedió unos pasos. Sentía el aliento de Pigot en su nuca y sin poder evitarlo el rubor subió a sus mejillas.

-¿Crees que los orcos tengan algo que ver?- escuchó al panadero preguntar y sintió como el resto de los jóvenes, al igual que ella se ponían tensos. Su hermana y ella intercambiaron una mirada.

-No, ¿Cómo podrían? Desde nuestros ancestros que no sabemos nada de ellos. Además, no poseen magia para realizar algo así, podría ser quizás obra de alguna otra raza.

-Sea como sea, debemos mantener la calma. Lo más seguro será continuar con nuestras vidas y pretender que nada de esto ha ocurrido, menos preguntas significarán menos riesgos. Alís se pronunciará en caso que algo ocurra.

A esto le siguió un largo silencio, en lo que Kirió aguantó la respiración esperando que no descubrieran su pequeña travesura. ¿Sería realmente nada? La sola mención de orcos o guhrlai le erizaba el vello y la ponía de puntas. Volvió la vista hacia su hermana que con un breve asentimiento le permitió entrar en escena.

-Hemos traído las mantas.- Dijo Kirió apuradamente mientras las arrastraba en sus brazos. Nadie mencionó el hecho de la larga demora de los muchachos pues era un secreto a voces que ambos grupos se habían dedicado a encontrar una explicación razonable para lo que estaba sucediendo.

Luego de eso se dedicaron a preparar la cena y prender algunas otras velas a lo largo de la casa para combatir el sentimiento de desprotección que acompañaba la luna. Todo transcurrió sin más incidentes más allá de los constantes sonidos de los animales nerviosos; algunos relinchos y ladridos se escuchaban a momentos que intentaban tapar con algunas bromas o comentarios innecesarios. Al finalizar la cena Lun y Azande se dedicaron a lavar y limpiar los restos, mientras los adultos subían a acostarse, permitiendo a Kirió y Pigot tomar un descanso en la sala de estar. Ya que se había hecho más tarde de lo presupuestado la pequeña familia se quedó a dormir con los Strag, aunque algo incómodos por el poco espacio de la morada.

Ya en el sofá oscuro y menos destartalado que el suyo, Kirió suspiró y cerró los ojos. Pigot la observó con curiosidad y admiró la curva de su cuello, su nariz redonda y su pelo castaño que recorría gran parte de su espalda hasta terminar un poco más arriba del cinturón que decoraba su cadera. Cuando abrió los ojos y se encontró con su mirada un intenso rubor le recorrió el cuerpo contagiándolo, de manera que se mantuvieron en silencio mientras él se atrevía a juguetear con los dedos de ella. Llevaban más años siendo amigos de lo que Kirió podía recordar, desde su etapa escolar en que se debían defender mutuamente de los hijos del herrero y las muchachas del titiritero con sus múltiples vestidos y telas de colores, pasando por la desaparición de su madre (que parecía ya más una muerte) hasta una adolescencia marcada por el trabajo. Pigot era un buen panadero, y al contario de su padre era alto y fornido, su pelo también castaño necesitaba ya un corte y una nariz aguileña contrastaba con el resto de sus rasgos gentiles. La única razón que le evitaba ser flaco y desgarbado como el resto de su familia era la constante carga de sacos y mercadería que llevaba por el pueblo, cosa que había sido de gran ayuda para evitar las burlas del resto de los jóvenes con demasiado tiempo libre.

-No te preocupes, todo saldrá bien.

- ¿Qué pasa si esto no acaba? El agua del río se ha detenido, no me fio de tomarla.

-No pienses eso. Debe ser algún tipo de fenómeno, todo volverá a la normalidad.- Kirió asintió suavemente y se concentró en sus manos unidas.

-¿Cómo has estado?

-Bien, todo ha estado tranquilo, el invierno siempre es algo más pesado que el resto del año por lo que pronto deberemos volver para comprar algunas de las cosas que nos faltan.

-Podría ayudarte, es un trecho largo hasta tu casa, déjame cargar algunas de las cosas.- Kirió sonrió.

-Sería bueno, lamento no habernos visto tanto el último tiempo. He estado algo ocupada.

-No hay problema.

Sus hermanas interrumpieron de súbito en la habitación y ambos se volvieron hacia ellas. Se veían más tranquilas que hace algunos momentos, su amistad solía tener ese efecto. Hizo nota mental de invitar a su hermana a su próxima visita al pueblo para distraerla lo más que pudiera. Recordó entonces el pan y se prometió comprar un poco por la mañana.

Se acomodaron lo mejor que pudieron en el pequeño espacio, Pigot cedió su cama a Kirió y con un asentimiento de cabeza le dio un casto beso en la comisura de los labios. Esa noche Kirió cayó rendida y soñó con magia, orcos y guerra.

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