Memories

Melina desde muy pequeña ha sido acosada por su peso y color de piel chocolate. A causa de ello nunca tuvo amigos y era marginada por los demás. Su único escape terminó por ser las historias que aún escribe y pública en amazon. Hasta que conoció Alexandrithiel, un elfo milenario que no le saca el ojo de encima.

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1. Prólogo

Era un lugar hermoso donde el sol se perdía entre las tinieblas. Con árboles estrechos, separados a gran distancia los unos de los otros, y el suelo compuesto de una gruesa arena negra con piedras y grava. El cielo era casi imposible de verse y el camino marcado en el suelo tampoco, la niebla lo cubría todo además de las copas de los árboles oscureciendo el ya de por si lúgubre día.

A causa de las constantes lluvias veraniegas se formaron pozas de agua por doquier, mas, la belleza tétrica del bosque seguía intacta. La decadencia y frialdad lo hacía incluso más hermoso a la vista, morboso dirían muchos.

Parece sacado de una película, Milena de Souza pensó para sí misma. El guía no se preocupó demasiado en explicar con detalle las facetas del bosque a ella, pero Milena tampoco le dio mucha importancia. No era alguien muy comunicativa para una joven de apenas veinte años de edad, el arte del habla era algo que Milena no dominaba, por eso mismo se dedicaba a escribir.

- Si sigues por este camino saldrás de Alborel.- El guía apuntó hacía otro caminito secundario advirtiéndola.- No recomiendo que vayas por allí sin alguien que te acompañe,¿Vale?

- Sí, no lo haré. - Milena sonrió amigablemente hacía el guía intentando no olvidarse por segunda vez el nombre del bosque. Se llama Alborel...se llama Alborel... Ella repitió consigo misma como nota mental. No se acordaba el nombre del señor que la acompañaba tampoco, pero no se olvidaría fácilmente de su cara. Era un hombre de mediana edad, seguramente de unos treinta y siete años como mucho, con barba de tres días y pelo liso de color castaño claro, casi grisáceo que le llegaba hasta la barbilla. El rostro no era hermoso, pero tenía su atractivo, al menos para una mujer de su misma edad. No era un hombre muy lleno pero tampoco canijo, y la ropa que llevaba encima no parecía muy confortable, Milena pudo observar con detalle mientras le seguía el paso. 

Los dos siguieron caminando algo más de un cuarto de hora, antes que se detuviesen frente a una pequeña cabaña de madera que seguro había conocido días mejores. Si no fuese por el guía Milena jamás la habría encontrado por si sola.

Las sombras, troncos y propia niebla escondían el pequeño inmueble de forma protectora, como sí tratase de un tesoro. Además, la cabaña era un tanto especial. Su forma era triangular, con el techo pegado al suelo de arena negra y grava, sin paredes rectas como una cabaña normal. El color era verdoso, quizá a causa del musgo de los alrededores. En resumen, el lugar era todo menos acogedor. ¿Cómo podría alguien vivir ahí? Milena se preguntó de forma casi alarmante. Y por un momento, llegó a pensar que había sido timada. Había alquilado el lugar online, el precio era asequible para alguien como a ella, que aún seguía estudiando y viviendo con sus padres. El dinero que utilizó para pagar el seguro salió completamente de su bolsillo, gracias a la venta de sus escritos en amazon. 

Milena había aprendido con rapidez que todo en la vida tenía un precio, incluso sus propias ideas. Era de lejos la mejor escritora, pero sus libros, si se podrían decir así vendían bien, y con el dinerillo extra se pagó sus primeras vacaciones sin la ayuda de nadie.

Pero ahora, empezaba a dudar si de verdad lo había hecho bien.

- Ya hemos llegado.- El guía dijo con energía recargada mientras agarraba el par de llaves en el bolsillo de su tejano. Su bota de plástico marrón hizo "Clac"cuando dejó de pisar tierra a suelo de madera, mientras se acercaba a la puerta de entrada. La pudo abrir luego de forcejear un poco con el codo, dejando espacio para que Milena pudiese pasar. - Hogar dulce hogar ¿Eh? - musitó luego de toquetear las paredes en busca del interruptor de la luz. Milena siguió callada.

De golpe, la oscuridad dio paso a la luz del fluorescente pegado al techo, haciendo Milena parpadear unas cuántas veces antes de enfocarse con detalle en el lugar donde pasaría dos semanas enteras sola. 

A diferencia del exterior, por dentro la cabaña era bastante aceptable. Había un sofá color café de tamaño mediano en el centro del recinto. Parece confortable, pensó Milena para sus adentros. También había unas cuantas estanterías con cacharros encima, tales como; Perritos de porcelana, tazas de té que nadie utilizaría para absolutamente nada, y platos con fondos florales de decoración. No mucho más adelante se encontraba una especie de cocina improvisada en el mismo comedor. Con una nevera minúscula acompañaba de una siesta de frutas frescas al lado. Cosa que Milena no pondría las manos encima. 

El techo era bastante bajo, pero eso se debía a que la habitación se encontraba más arriba. El guía con práctica alzó los brazos para abrir la escotilla y estirar la frágil escalerita que daba hacía el segundo piso, pero no sin antes mirar Milena de los pies a la cabeza. Ella comprendió de inmediato aquella mirada, todos la miraban de la misma forma.

Tranquilo que la escalera no se partirá en dos cuando yo me suba en ella, Milena amenazó con decir pero al final se detuvo. Con los años había aprendido que lo mejor era reírse de uno mismo y pasar de todo. Dolía menos de esa forma.

El guía, alejando la mirada con indiferencia, empezó a subirse por los escalones con más tranquilidad, seguramente hubiese hecho cálculos mentales para estar seguro que Milena pasase por la abertura de la escotilla sin llevársela consigo.

Fue incómodo, Milena tuvo ganas de darse media vuelta y volver a casa, pero en cambio empezó a subirse paso tras paso hasta llegar a la escotilla, donde encogió el estómago antes de seguír subiendo hasta alcanzar el segundo piso. No había mucho que subir realmente, pero aún así eso fue suficiente para terminar de agotarla del todo. 

El guía abrió la ventana de la habitación, la más grande en toda la cabaña y permitió que el aire puro de Alborel refrescase todos los rincones del lugar. A diferencia de la zona inferior, está era mucho más pequeña, al final de cuentas era un sitio hecho expresamente para descansar, y la cama de soltero para suerte de Milena era bien ancha.

- Creo que eso es todo.- Explicó el guía con normalidad.- ¡Ah! Antes que se me olvide,- se puso serio de repente.- Si acaso deseas irte de paseo por el bosque o irse de compras en el pueblo al lado, sigue siempre el camino de piedra. Es el único además de mí que debes fiarte. Como lo habrás notado, en el bosque no hay señalizaciones ni mapas o algo del estilo. El camino que hemos tomado fueron hechos por la gente del pueblo hace algunos años, probablemente por cazadores pero, por lo demás esta zona es bastante segura. Y vuelvo a repetir, no tomes caminos secundarios a los que hemos tomado, el camino de piedra no cubre el bosque entero y hay zonas peligrosas. - miró a la nada por un largo rato antes de volver a encararla.- No quiero más desapariciones por aquí. ¿Lo has entendido bien señorita?

Milena lo observó por más tiempo de lo necesario. Eso había picado su curiosidad, hasta el punto de querer alzar la voz para preguntar qué desapariciones fueron estás, pero el silencio del guía fue más que suficiente para mantenerla con el pico cerrado, como una buena niña, dirían sus padres.- Sí, lo he entendido.- respondió con amabilidad aunque parte suya no le hacía ninguna gracia. Había pagado para estar allí, y tenía todo el derecho del mundo en irse dónde mejor le plazca. 

- Bien.- El guía dio media vuelta, bajó por la escalerita de la escotilla y se disipó con la misma facilidad que el humo del tabaco. Era muy poco probable que hubiese escuchado el débil "hasta luego" de Milena. "Lo dudo mucho," concluyó ella de repente para sí misma al acordarse de la mirada de desagrado del hombre. "Apuesto mi pellejo que el muy bastardo pasó de mi cara." Dio débiles patadas en el borde de la cama deprimida. "¡Mierda! Que sea gorda no me descalifica como persona." Por puro orgullo contuvo el llanto, no derramaría lágrimas por una tontería como esa. Y sin esperar mucho más se echó sobre el colchón con desamparo. Estaba demasiado cansada para cambiarse o volver a bajarse por los malditos escalones. Dormió casi que de inmediato mientras se hacía un ovillo en el centro de la cama.

Pero lo que ella aún no lo sabía era: Que no sólo trató con la gente menos indicada, sino que también había escogido el sitio equivocado, el momento más inoportuno y la cabaña equivocada. Mas eso ya debía de esperarse de ella, al final de cuentas Melina nunca fue una chica afortunada. ¿Por qué habría serlo ahora? 

Milena siempre había sido la más gorda de clase, sus compañeros de preparatoria incluso habían hecho una encuesta en la que ella se encontraba en el puesto número uno, por encima incluso de la profe de historia. También era la más fea, dicho por todos, y la única de la que siempre mencionaban "Antes me quedo con Melina que hacer tal cosa o escoger a tal chica." Sin duda alguna era el hazmerreír de los demás, la chica que todos tomaban por tonta, aunque lo que de verdad intentaba era ser amable. Y que todos, por muy poco probable que fuese, fueran igual de amables con ella. Pero volviendo lo dicho anteriormente, Milena nunca ha sido una chica afortunada. Su piel, tan negra como una noche sin luna era otra prueba de ello, aunque sus padres, el gran Pilar de apoyo para ella, jamás estarían de acuerdo eso. Ellos dirían que su piel es hermosa, y que ella lo era incluso más, pero, no era nada más lejano que la verdad. Quizá, Intentasen de forma poco convencional hacerla quererse algo más. 

Nunca funcionó.

En resumidas oraciones Milena era: Gorda, fea y negra, en una sociedad donde se aprecian la blancura, belleza y buen físico. Entonces, la única forma que encontró de escaparse del mundo que la rechazaba fue sumergiéndose en el suyo propio, para no mucho después transcribir todo lo que una vez vivió allí en una página vacía del world.

Mal sabía ella de las aventuras que la depararían el futuro. Incluso, hay que decir, más salvajes que las de su propia fantasía.

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