Broken Pieces

"Las personas rotas caen en pedazos a veces. Eso es lo que hacen."

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1. Parte 1. "Boda"

Ella entró descalza a la habitación. Sus pálidos pies chocaban con el suelo de madera antigua el cual resonaba al caminar haciendo un eco interminable para sus oídos. Las yemas de sus dedos se deslizaban lentamente por los adornos y por los filos de los cuadros que habían en el antiguo pasadizo del segundo piso, así, recordando las tantas veces que los dos pasaron corriendo por aquí, persiguiéndose y jugando como dos chiquillos de diez años.

De pronto se sintió completamente perdida, confundida, desesperada, celosa; ella estaba enamorada y aún no lo tenía claro. No entendía por qué ahora, por qué hoy, ¿es que el destino estaba jugándole una mala jugarreta? ¿O acaso la estaba poniendo a prueba? Había un huracán de emociones y pensamientos dentro de ella, parecía que en poco tiempo explotaría.

Cuando sus dedos chocaron con la manija de una puerta, subió la mirada y se encontró de pronto con el póster que ella misma había comprado y puesto en la puerta cuando su banda favorita llegó a Sídney: Mayday Parade. Sonrió con algo de temblor en sus labios, casi al borde del llanto y entró a su habitación.

Detrás de ella cerró la puerta sin seguro pensando que nadie entraría. Caminó hasta el principio de su cama y con cuidado se dejó caer al suelo, justo en el mismo lugar en donde él se sentaba para darles clases de guitarra. Ella cerró los ojos, queriendo volver al pasado, queriendo enmendar sus errores y dejar de sentir aquel hueco que se posicionaba en su pecho haciéndola sentir vacía y desdicha. Era el dolor que ella había estado evitando toda su vida pero como le había dicho su mejor amigo Calum, no podía correr del amor para siempre, algún día llegaría el amor y tendría que aceptarlo. Pero no lo hizo y fue peor.

De pronto recordó que él nunca sacó la guitarra del escondite que sólo ellos dos sabían, así que metió su pequeño brazo debajo de la cama que estaba limpiamente tendida y la movió de derecha a izquierda para que su mano tocase lo que buscaba.

Sus dedos no tardaron en chocar con un clavijero y ella sonrió internamente al saber que lo había encontrado. Se estiró un poco más y logró sacarla con el máximo cuidado para que luego el instrumento de seis cuerdas descansara encima de su vestido completamente blanco.

Su mano izquierda tomó el mástil y con la derecha sacudió el polvo que se había posicionado entre las cuerdas y cejilla. En ése momento no le importó el caro manicure que su madre había gastado en ella, tampoco le importó la limpieza del vestido; simplemente se quedó allí sentada, con sus dedos chocando contra las cuerdas y apretando el traste para crear melodías... Melodías que él le había enseñado tiempo atrás y que cada una de ellas tenían su propia historia para contar.

A la vez que la melodía se volvía una canción conocida, las gotas saladas conocidas como lágrimas corrieron desde sus ojos hasta el final de su mentón. A ella no le importó el maquillaje y siguió llorando, tocando y llorando. Sus dedos temblaban pero no podía dejar de moverlos, sus ojos ardían pero no podía dejar de llorar.

La puerta de su habitación se abrió de pronto haciendo que dejase de tocar y mirara con odio a aquella persona que se había osado a interrumpirla e invadir su privacidad... Pero sólo era su mejor amiga, así que el odio se esfumó tan rápido pero a la vez lento como el humo de un cigarrillo.

—Literalmente llevo buscándote por más de una hora, y ni Calum ni Michael dejan de llamarme cada dos minutos para preguntar si ya te encontré.

—La casa no es tan grande Sabrina, hubieras empezado por mi habitación-responde y ve cómo su amiga aguanta las ganas de seguir peleando.

—No pensé que estarías aquí por los tantos recuerdos que él te dejó la última vez que hablaron-habló con su tono de superioridad y a Mica le dolió su comentario-. La boda ya va a empezar, no te la puedes perder.

—No puedo, pero quisiera...

—Es tú hermana—recrimina y Mica la mira completamente molesta.

—Por ésa misma razón es más horrible.

La castaña se propuso a guardar la guitarra acústica debajo de la cama y sacudió sus manos para sacar el polvo gris que había aparecido en las yemas de sus dedos.

Cuando se levanta del suelo, ve que su mejor amiga la mira con odio, se da cuenta que desde lo que sucedió ella y Sabrina no serían las mismas nunca más y que seguir como amigas no tenía mucho sentido que digamos. Deseó que Sabrina desapareciera, siempre la hacía sentir miserable y le hacía notar que todo esto... Era su culpa, y sí, lo era, pero si ya se sentía mal sin que se lo digan, se sentía peor cuando se lo recordaban.

—¿C-cómo está él?—la voz de Mica estaba apagada, ronca y rasposa. En su garganta descansaban las palabras que deseaba gritar, pero que tal vez nunca diría.

—¿Para qué quieres saber eso?—Sabrina se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.

—Responde, Sabrina.—Pidió, casi rogó con aún las lágrimas cayendo de sus ojos.

—Está feliz, muy feliz. ¿Eso querías escuchar, Mica?—ella había entonado más fuerza de voz en el nombre español de la castaña, mientras que sonreía con los dientes apretados—. Tú te buscaste esto, ahora camina y afrenta tus errores. Los problemas no se resuelven huyendo.

Mica suspiró, ignoró lo rápido que iba su corazón y la tremenda jaqueca que se había hecho presente por haber llorado, sólo para que no pensaran que ella fuese débil.

Sus pies descalzos caminaron temblorosamente llevándola más y más cerca de la rubia, y tal vez de su perdición. Cuando llega al frente de ella, Sabrina frunce los labios con disgusto y suspira luego de haber pensado algo en silencio.

—Tienes suerte que el maquillaje es aprueba de agua—murmuró sacando un pañuelo de su pequeño bolso de mano de Prada y caminando hacia la castaña, acortando la poca distancia se dispone a limpiar aquellas lágrimas secas de sus rojizas mejillas.

—En estos momento... Ya ni sé qué es la suerte—se dijo más a sí misma que para la rubia que limpiaba el desastre de su rostro.

Los ojos verdes de Sabrina estaban concentrados en no dañar el maquillaje y sus delgadas cejas rubias estaban fruncidas entre sí en signo de concentración. Mica se quedó mirándola mientras que la arreglaba y no dejaba de pensar que quisiera que todo vuelva a ser como antes y que su amistad nunca hubiera cambiado.

Cuando su amiga terminó con ella se quedó mirando a Mica como si fuese su hija, y luego de un suspiro y una sacudida de cabeza, preguntó:

—¿Lista?

—Creo que vomitaré.

Y no, no era broma.

 

(...)

 

El lugar se veía realmente precioso, Mica debía admitir que su hermana había hecho un gran trabajo para que el patio trasero de su casa luciera como un gran casamiento de princesas como siempre habían soñado las dos. Además del buen clima que había, todo estaba completamente bien planificado; decorado con flores blancas, del único árbol en el patio colgaban telas transparentes que caían hacía abajo y se sostenían hasta el techo de la casa como si estuvieran protegiendo el lugar, una pequeña mesa de vidrio al principio de la gran alfombra blanca donde estaba la biblia del padre y atrás de ella había una gran tela bordada con pájaros de color plata y en ella habían hecho un pequeño collage con todas las fotos de la pareja feliz.

Cuando Mica se acercó para ver las fotografías, sintió morirse cuando descubrió que habían puesto las fotos que ella misma había tomado, más algunas que salía ella con... él.

Los familiares del hombre estaban de lado derecho y los de la mujer estaban en la izquierda, y es allí donde después de recorrer el lugar, se encontraba Mica, sentada en la primera fila, al lado de su madre quien no paraba de soltar lágrimas de cocodrilos y decirles a todos que estaba orgullosa de Jenny, su hija menor.

Y sí, era algo patético que la hija menor se casara antes que la mayor, para Mica esto le recordaba aquella la película que vio con Sabrina: 27 bodas.

El chico australiano estaba parado con los nervios comiéndolo vivo, su sonrisa era inevitable y no paraba de jugar con su corbata, que si estaba muy ajustada o aflojada. Mica no dejó de verlo ni un segundo, deseando por un momento, ser la chica que atravesarían aquellas puertas para decir acepto a ése maravilloso hombre.

El amigo del prometido, Ashton; un chico alegre y algo revoltoso, de cabello rubio oscuro y ojos verdes, había estado observando a Mica desde que entró por aquella puerta descalza y con la mirada vacía... Él sabía quién era ella, y sabía qué relación tenía con Luke y rápidamente supo que Luke estaba haciendo un error por casarse con la hermana de la chica a quien en verdad ama, o más bien, amó.

—Hermano—le susurró este al ojiazul—, ¿seguro de todo esto? Luego de aquí, no hay marcha atrás.

—Estoy seguro—habló decidido sin dudar y Ashton se lamentó en silencio, negando con la cabeza y volviéndose a incorporar en su lugar, al lado de Calum y Michael, quien tampoco podían apartar la mirada de Mica.

—Se ve destrozada—murmuró Michael y Ashton vio en sus ojos cómo se rompían de tristeza.

—Lo está—finalizó Cal, y suspiró viendo a su amiga.

—¡Allí viene!—gritó una mujer desconocida, muy emocionada tomando asiento en los asientos de la parte derecha y prendiendo su videocámara.

Y como había dicho aquella mujer, de las puertas traseras de la casa, apareció una chica, con el rostro tapado por un velo blanco, su vestido tan blanco como los copos de nieve y con un escote bien mediado. Sus antebrazos estaban cubiertos por unos suaves guantes que parecían haber sido cosidos de tela de plata y entre sus manos llevaba un ramo de tulipanes recién nacidas. Su cabello castaño oscuro, casi parecido al de su hermana, estaba hecho una alta cola de caballo y dejaba en vista su largo cuello y pómulos definidos.

—¿Verdad que se ve hermosa?—alardeó su madre, mirando a Mica esperando a que ella respondiera positivamente.

—Como un ángel—le murmuró con un nudo en su estómago.

Y luego de eso, todo fue en cámara lenta para Mica.

—Luke Robert Hemmings, ¿Aceptas a Jennifer Lucía James, como tu legitima esposa, para amarla, cuidarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?—preguntó el padre y el corazón de Mica aparte de romperse en dos, paró de latir.

Por favor Luke, di que no, di que no.

—Di que no—susurró Mica con los ojos lagrimeando.

Luke dejó de mirar de pronto a la chica que pronto sería su esposa, para poder mirar a la castaña que pedía a gritos silenciosos que se negara. Pero él sin ninguna expresión en el rostro rápidamente volteó su cabeza algo cabreado y recitó aquellas palabras:

—Sí, acepto.

Mica se rompió en mil pedazos rotos e inútiles.

—Jennifer Lucía James, ¿Aceptas a Luke Robert Hemmings, como tu legítimo esposo, para amarlo, cuidarlo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?

—¡Claro que acepto!

—Si alguien de aquí se opone a este juramente de amor, que hable ahora o calle para siempre.

Silencio.

Di algo Mica. Vamos sé valiente.

Sus puños se cerraron con fuerza hasta que sus nudillos se convirtieron tan blancos como toda la decoración de la boda, mordía su delgado labio inferior hasta sentir el líquido sabor metálico recorrer dentro de su boca y aguantaba el ardor de sus ojos.

No digas nada, no lo arruines, pidió Ashton mentalmente.

¡Di algo, pronto!

Pero ella cerró los ojos y calló con una fuerza sobrehumana a las voces dentro de su cabeza.

—Si nadie se interpone a que está feliz pareja pueda declararse amor eterno, no sé qué podrá. Por el poder que Dios me concedió, yo los declaro, marido y mujer. Puede besar a la novia.

Ella no soportó y salió corriendo del lugar, aún descalza, deseando volver al pasado y enmendar sus errores, como debió hacerlo desde un principio. Pero detrás de ella, él había salido de ahí dispuesto a encontrarla.

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