Tanatofobia - Cuentos cortos de horror

Tanatofobia, es un libro de cuentos cortos de horror. Es e tercero que escribo. En esta ocacion dejo un poco de lado la ciencia ficcion y me aventuro hacia los cuentos de miedo.

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1. EL PACTO

Escribo estas que quizá sean mis últimas letras. Ahora que todo es silencio, ahora que la oscuridad me acecha, ahora que el miedo me abraza y que mi final se aproxima. En esta, mi hora más oscura, escribo mis últimas letras. Él está aquí, no lo veo pero lo puedo sentir. Su oscura aura me rodea, su nefasta energía me asfixia. Ha venido a por mí, ha venido a reclamar lo que es suyo. Nada lo detendrá, nada en este mundo es lo suficientemente fuerte para enfrentársele, ya nada puede salvarme. Las lágrimas inundan mis ojos, son lágrimas de tristeza, por lo que dejo atrás, mi familia, mi amado hijo; también son lágrimas de resignación y de impotencia. Mi destino está claro, ya nada lo puede detener. Él está aquí mismo, está al otro lado de la puerta, su hedor apesta.

Escribo estas mis últimas letras como advertencia para todos ustedes. Hay cosas que no podemos ver pero que están allí, ojos malvados que nos asechan desde la oscuridad, oscuras voluntades que nos odian, espíritus malignos que nos manipulan. ¡Cuidado! Ellos están esperando que nosotros le abramos una puerta, puerta que después de abierta nada la cerrará y será nuestra perdición. Les digo a todos ustedes: El infierno es real, lo he visto. He visto a las almas ser castigadas por demonios horrorosos y ser carcomidas por el fuego mientras que con gritos desesperantes piden piedad y clemencia. Aquel horrible sitio es mi destino, ya nada puede salvarme. Él está aquí, ha venido por mí, ha venido a reclamar lo que es suyo, mi alma.

Ahora les cuento algo sobre mí. El dinero siempre fue un problema en mi familia, durante mi infancia pasé muchas necesidades. Si desayunábamos no había para el almuerzo y si almorzábamos no había para la cena. Mi padre era un humilde albañil, ayudante de obra, por lo cual ganaba muy poco dinero. Siempre lo recuerdo como un hombre violento, misógino y alcohólico. Mi madre era ama de casa, una mujer callada y muy devota. Siempre desde pequeño me llevó junto a mis dos hermanas a la iglesia, según ella le debíamos dar gracias a su Dios por todo lo que nos daba. Siempre me pregunté ¿Por qué mi madre era tan devota y por qué seguía teniendo tanta fe a pesar de la vida que le daba mi padre? El cual, en sus frecuentes borracheras muchas veces llegaba a casa y la emprendía contra mi madre. Yo, junto a mis dos pequeñas hermanas me refugiaba en un viejo armario esperando a que la golpiza acabara y que ese monstruo al que yo llamaba papá se durmiera. Cuando ya el alboroto acababa, salía de aquel viejo armario junto con mis dos pequeñas hermanas y veía como mi madre, con la cara aun ensangrentada le prendía veladoras a una imagen religiosa, se arrodillaba y oraba. Después, al otro día, mi madre aun con las marcas de la golpiza se levantaba temprano y le preparaba el desayuno a mi padre, como si nada hubiera pasado. Aquella actitud de mi madre nunca la entendí. Nunca entendí porque a pesar de la vida tan espantosa y miserable que nos daba mi padre, ella seguía creyendo en un Dios que según ella nos amaba a todos por igual. A medida que fui creciendo mi desamor hacia mi padre y hacia la religión creció a la par conmigo. Sin saber cómo, en mi interior se desarrolló un resentimiento por las cosas religiosas. Si bien seguía yendo a la iglesia acompañando a mi madre y a mis dos hermanas, lo hacía para darle gusto a ella y nada más, en realidad no creía en la existencia de un Dios y si existía creía que aquel ser supremos nos odiaba, a mi madre, a mis hermanas y por supuesto a mí.

Ahora que mi final se aproxima me pregunto ¿Cómo pude ser tan estúpido? La respuesta es fácil, era un chico incrédulo y ambicioso.

Todo comenzó hace exactamente siete años. Yo era un joven de 17 años, apenas había salido del colegio. Mi familia como lo dije antes era muy humilde así que mi padre no contaba con el dinero suficiente para enviarme a la universidad. Por esos días Salí a la calle para buscar un empleo, mi meta era que con el poco dinero que me pagaran, por fin salir de aquel infierno llamado hogar. Pero todos los esfuerzos que hice para conseguir un trabajo fueron un fracaso. En ningún sitio se arriesgaban a darle empleo a un joven sin experiencia como yo. Así que la única opción que me quedaba era aceptar la oferta que me hizo mi padre. Días atrás, aquel monstruo me había dicho que fuera a trabajar a las obras con él, que su jefe estaba necesitando gente para trabajar como albañiles, también me dijo que no iba a tolerar y a  mantener a vagos en su casa, que todo era simple y se resumía en una sola cosa, o trabajaba con él o me iba de su casa. La sola idea de trabajar con él me producía un escalofrío en todo el cuerpo, pero dada la situación y al ver que había fracasado en mi intento de conseguir empleo, la idea estaba rondando mi mente y pese a no querer hacerlo, tarde que temprano tendría que aceptar la oferta de mi padre.

Uno de aquellos días, estando en la casa, mi madre me pidió que la acompañara a la casa del abuelo. A pesar que la idea de visitar a aquel hombre no era muy alentadora, accedí a acompañarla. Así que junto a mi madre y también mis dos hermanas partimos a visitar a ese hombre que se decía llamar mi abuelo. El padre de mi madre, después de la muerte de la abuela había dejado su casa de la ciudad y se había trasteado a una pequeña casa finca en las afueras de la misma. Desde que era pequeño, nunca me gustó visitar al abuelo. Siempre me pareció un hombre raro y extraño, no sé por qué pero siempre me inspiró desconfianza. El abuelo era un  hombre mayor, con algunas canas en su pelo y que se le notaba la edad por supuesto pero siempre estaba bien vestido y era muy pulcro. La curiosidad era que siempre vestía de negro, aquello era muy raro pues jamás recuerdo a ese hombre vestido de un color diferente al negro. Este hombre nunca estuvo involucrado en la vida de mi familia. Jamás estuvo presente en cumpleaños, primeras comuniones y tampoco en mi graduación, de hecho nunca recuerdo que nos visitara en nuestra casa, las pocas veces que lo veía era porque mi madre nos llevaba a su casa a verlo. Cuando llegábamos a su casa siempre lo encontrábamos de la misma manera, sentado en la sala leyendo un libro. Era un hombre frio y lo reflejaba tanto en su saludo como en su forma de mirarnos. Aquella mirada siempre me produjo algún tipo de miedo pues cada vez que me miraba con esos grandes y escrutadores ojos negros, a través de mi cuerpo se reproducían escalofríos que no podía controlar ni tampoco explicar. Esta casa en donde vivía mi abuelo era una casa sencilla, pero siempre limpia y bien arreglada. Era pequeña, contaba con una sala que estaba decorada con muebles viejos y antiguas lámparas, de las paredes colgaban extrañas pinturas, lo que me parecía raro era que en aquella casa no hubiera ninguna imagen religiosa, dado que mi madre era tan creyente supuse que el abuelo lo fuera también. En aquella casa había una sola habitación, la cocina el baño y por supuesto la biblioteca que valga decir era el único sitio de la casa finca que era vedado para todos. Aquella habitación donde se encontraba la biblioteca se encontraba cerrada con llave y el único que podía entrar era el propio abuelo, jamás nos permitió entrar a su biblioteca. Una vez aun pequeño le pregunté porque no podía entrar a su biblioteca y el me respondió de forma parca como siempre, que allí en esa habitación se encontraba su mayor tesoro. Si bien no entendí a lo que se refería, jamás volví a tocar el tema, aunque siempre me produjo curiosidad entrar a esa habitación.

Aquella tarde como siempre encontramos al viejo sentado en su sala leyendo uno de sus libros, como era usual estaba vestido con un pantalón negro bien planchado, sus zapatos también eran negros por supuesto, bien embetunados y tenía un suéter del mismo color del pantalón, negro. Aquella tarde mi madre insistió en prepararle algo al abuelo en su cocina, a lo que el viejo después de mucho insistirle accedió no sin antes advertirle a mi madre que no habían muchos alimentos disponibles en la casa, mi madre finalmente convenció al abuelo  a salir a comprar lo que faltaba para preparar la cena. Así de este modo el abuelo y mi madre salieron dejándonos solos en la casa a mis dos hermanas y a mí.

En aquella casa no había mucho que hacer así que me senté en el sofá de la sala a ver televisión junto a mis dos hermanas, pero por alguna extraña razón que aún no puedo explicar no podía dejar de dirigir la mirada hacia la puerta de la biblioteca del abuelo. Un magnetismo extraño hacia que cada cinco segundos mi mirada se dirigiese hacia la puerta de aquella habitación que hacía las veces de biblioteca. Estando sentado en ese sillón viendo la televisión una lucha interior surgió en mí. Una oleada de curiosidad me invadió, fue como si alguien o algo me hablara al oído diciéndome que me parara de aquel sillón y fuera a aquella biblioteca, aquella sensación de ansiedad aun en estos días no la puedo explicar. Por otro lado algo en mi interior me prevenía diciéndome que me quedara sentado, que si mi abuelo no me dejaba entrar a su biblioteca era por algo. Después de mucho pensarlo decidí que lo más correcto era seguir sentado en aquel viejo sillón viendo la tele en aquel televisor también viejo. Pasaron alrededor de quince minutos cuando lo juro por mi vida que escuché clarito que alguien llamaba a mi nombre en un susurro <<Luuuuiiiiissssssssssss>> aquel susurro no provenía de ningún lugar si no de la biblioteca. Sorprendido y a la vez excitado me paré de mi sillón, miré a mis hermanas y al parecer ellas no escucharon lo que yo, porque seguían viendo la tele. Con precaución dirigí mis pasos hacia la biblioteca y cuando estuve en la puerta misma sentí una extraña sensación, un escalofrío de miedo recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Seguido mandé la mano a la manilla de la puerta cuando otra vez aquella voz que me decía que aquello no estaba bien retumbó de nuevo en mi mente, me di media vuelta y caminé de nuevo hacia la sala, cuando de nuevo escuché <<Luuuuiiiiissssssss>>. Esta vez aquel susurro fue más claro que el anterior y me di cuenta que con seguridad había venido del otro lado de la puerta de la biblioteca. Con el pulso acelerado de nuevo me paré cerca a aquella puerta de madera y esta vez pegué el oído a la misma para escuchar. <<Luuuuuuiiiiiiiissssssssss>>. Esta vez el sonido fue nítido y contundente, definitivamente había algo del otro lado de la puerta y me estaba llamando. No sé cómo pude controlar el miedo, traté de tranquilizarme, tomé un respiro profundo y jalé el manillar de la puerta y para sorpresa mía esta cedió al primer intento, lo cual me sorprendió mucho pues yo tenía la seguridad que mi abuelo siempre cerraba aquella puerta bajo llave. Con cuidado di un pequeño empujón a la puerta y esta se abrió lentamente dando un pequeño chirrido. <<Cuidado, no entres>> me pareció escuchar en aquel chirrido de la puerta, pero desestimé esta advertencia pues era más grande mi curiosidad.

Aquella era una pequeña habitación mal iluminada. Tenía una ventana pero esta estaba cubierta por una cortina negra. A tientas busqué en la pared el encendedor de la luz y lo encontré. Cuando la lámpara del techo iluminó aquella habitación me di cuenta que allí no había nadie, el lugar estaba vacío. Pero algo extraño pasaba en esa habitación que a diferencia del resto de la casa, esta habitación en especial era más fría. Miré hacia atrás y vi a mis dos hermanas entretenidas viendo la tele, no se habían dado cuenta que había abierto la puerta y estaba dentro de la biblioteca, que hasta entonces estaba vedada para nosotros. Con cuidado cerré la puerta a mis espaldas quedando solo y en silencio en aquella extraña y fría habitación. Aquella biblioteca era pequeña, las paredes eran blancas y de ellas colgaban otros cuadros con extraños dibujos que no pude identificar. En el centro de aquella habitación estaba una mesa y su respectivo asiento y sobre la mesa una lámpara antigua, claramente era allí donde el abuelo se sentaba a leer en las noches bajo la luz de aquella vieja lámpara. Recostado sobre una de las paredes estaba ubicado un estante que abarcaba toda la pared. Aquel estante estaba repleto de libros, pero no estaban apelmazados uno sobre otro, no, estaban cuidadosamente puestos y organizados. Me acerqué para ver más de cerca estos libros, a ver si conocía alguno de ellos pero me sorprendió que estos libros tenían títulos extraños, títulos que jamás en la vida había escuchado. Recorrí todo el estante y saqué varios libros para darles una ojeada. Me sorprendió que estos libros aunque viejos estaban perfectamente cuidados, estaban libres de polvo y sus letras eran legibles.  A muchos de estos libros los saqué y les di unas ojeadas, pero lo temas que allí se trataban eran extraños y desconocidos para mí, además de los títulos de los mismos, también los dibujos y graficas que en ellos estaban eran extraños, además que la gran mayoría estaban escritos en otro idioma, en latín. Ahora después de mucho tiempo entiendo que esos libros eran de ocultismo, paganismo y satanismo. Entendiendo que ya había pasado mucho tiempo en aquella biblioteca y que quizá el abuelo y madre estaban por regresar me dispuse a salir de aquella fría habitación. Traté de organizar los libros para dejarlos tal y como estaban al principio para que así el abuelo no sospechase que alguien había entrado a su biblioteca personal, cuando de pronto algo llamó la atención de mis ojos. Oculto entre aquellos libros estaba un pequeño libro que a diferencia de los demás que estaban bien cuidados, este estaba en muy mal estado. Lo saqué y me di cuenta que era antiguo, muy antiguo. La pasta estaba desgastada y casi no se leía su título, tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo para leer la letra casi ilegible. El título de aquel viejo y maltratado libro era “TENEBRARUM”. Desestimando el peligro que representaba el seguir dentro de aquella habitación, me senté en el asiento y puse el libro sobre la mesa, encendí la lámpara y me dispuse a ojearlo, lo que encontré allí me sorprendió. Aquel libro, como dije antes era muy antiguo, no solo la pasta estaba desgastada, también sus páginas que ya tomaban un color amarillento, muchas de las letras allí escritas se habían perdido, otras eran prácticamente ilegibles. Para sorpresa mía, a diferencia de los demás libros que había ojeado, este libro estaba escrito en nuestro idioma. Si bien muchas páginas habían sido arrancadas y otras estaban en tan mal estado que eran ilegibles, había títulos extraños, títulos que hablaban de ritos antiguos, de magia negra y de hechicería. Otra cosa que me causó gran impacto fueron los dibujos. Demonios, pentagramas, calaveras y actos sexuales entre hombres y mujeres, todos pobremente dibujados. Al ver aquellos dibujos de esos demonios espantosos me entró un miedo genuino, así que cerré aquel libro extraño, me paré del asiento y me dirigí hacia el estante para devolverlo a su sitio original. Estaba por colocarlo de nuevo en su sitio cuando una fuerza extraña se apoderó de mí, una fuerza que impedía que devolviera el libro a su lugar en el estante, una fuerza que doblegaba mi voluntad. Sin saber cómo ni porqué, escondí aquel libro en mi ropa, revisé que todo estuviera en su sitio y salí de la habitación, dejando aquella biblioteca a mis espaldas. En la sala mis hermanas seguían viendo la tele, al parecer no habían notado mi ausencia.  Mi madre y el abuelo llegaron minutos después. Las cosas siguieron normales durante el resto de aquel día. Mi madre preparó la cena que todos comimos con gusto, aunque a mí, una fatiga me inundaba el estómago, sentía como aquel libro me quemaba, pero traté de disimular para que el abuelo ni los otros se dieran cuenta. Al finalizar la tarde nos despedimos del abuelo y partimos rumbo a nuestra casa. Apenas crucé esa puerta y salí a la calle, la fatiga desapareció de forma instantánea, fue realmente algo extraño.

En la noche, de nuevo en mi casa y a solas en mi habitación, una lucha interna se apoderó de mí. Por un lado algo me decía que no leyera aquel libro, que era peligroso, pero por otro lado una voz me invitaba a abrir el libro y leerlo. Al final me ganó la curiosidad y me dispuse a leer aquel antiguo y desgastado libro.

 Ahora después de tanto tiempo me arrepiento de haberlo hecho. Si tan solo no lo hubiera leído, si le hubiera confesado a mi abuelo que lo había tomado, muchas cosas malas y tristes se habrían evitado, mucho sufrimiento y muchas lágrimas me hubiera ahorrado.

Como dije antes aquel libro estaba escrito en nuestro idioma así que empecé a leerlo desde el principio. Una a una fui devorando las paginas, todas ellas hablaban de extraños ritos. Algunas hablaban de hechizos para convocar espíritus y atarlos a alguien para hacerle mal, otras daban recetas para realizar magia negra, y otras páginas describían perfectamente antiguos rituales para convocar demonios del mismísimo infierno y hacer con ellos tratos que nos beneficiaran. El tiempo pasó y yo seguía sumido en las extrañas lecturas de aquel libro. No sé porque pero aquel libro me resultaba adictivo, no podía parar de leerlo. Cuando la vista se me cansaba y quería cerrarlo e irme a dormir, una fuerza extraña me empujaba otra vez a seguir leyendo. Así pasaron las horas, hasta que de pronto una página en particular me llamó la atención. En aquella página amarillenta estaba dibujado un lagarto al lado de unas cascaras de huevo y atrás se veía una figura humanoide entre llamas de fuego. El título de aquella página rezaba “el pacto”. Me dispuse a seguir leyendo cuando de pronto sentí la presencia de algo al lado de mío, en mi habitación. Se los juro por mi vida misma que si bien no podía ver a nadie, había alguien o algo allí mismo conmigo, podía sentirlo, una energía maligna que me produjo un miedo que nunca antes había experimentado. Comprendí entonces que no debía seguir leyendo aquel antiguo libro. Llevado por el miedo lo cerré y luego lo escondí entre mi ropa con el firme propósito de no volverlo a leer y que la próxima vez que fuera  la casa del abuelo, lo devolvería a su sitio. Esa noche no pude conciliar el sueño, el miedo me lo impedía, sentía que aquella presencia que había sentido antes, seguía conmigo, la podía sentir allí mismo al pie de mi cama. Ya al llegar la madrugada por fin me dormí pero tuve extraños sueños. Sueños en los cuales yo me encontraba en un túnel oscuro, tan oscuro que no podía ni verme las manos. De pronto una voz llamaba mi nombre, no podía identificar de donde venía la voz ni de quien era, solo que llamaba mi nombre entre sollozos que me resultaban desesperantes. De pronto una luz me mostraba la salida de aquel túnel, era una luz rojiza. Entonces yo comenzaba a caminar hacia aquella luz, pero por más que caminara parecía que no me acercaba, mientras lo hacía seguía escuchando la misma voz llamando mi nombre. Después de mucho caminar por fin parecía que iba a alcanzar la salida, esta vez escuchaba aquella voz más cerca que nunca. Cuando de pronto en la salida del túnel noté que había una persona, la luz rojiza me cegaba así que no pude identificar de quien se trataba, solo supe que era una mujer. Pero lo que si supe es que esta persona era la que decía mi nombre. Caminé más y más para acercarme a esta persona, hasta que por fin pude identificar de quien se trataba. La persona que decía mi nombre ¡era mi abuela! Si bien ella había muerto mucho tiempo antes de yo nacer a causa de un extraño accidente de auto, la reconocí por las fotografías que mi madre me mostraba de ella. Ella estaba parada en la salida de aquel túnel, la luz rojiza la cubría. La abuela estaba llorando y mientras seguía diciendo mi nombre, hacia ademanes desesperados para que me le acercara.

Cuando estuve muy próximo a ella me dijo entre su llanto y desesperación –No debes estar aquí. Aléjate ya, vete-.

La abuela estaba muy nerviosa, cada tanto miraba para todos los lados sin lograr calmarse. Luego me dijo de nuevo –Debes tener cuidado. Él nunca se detendrá, su hambre de maldad nunca termina. Él sigue buscando más almas para atormentar, debes tener cuidado-. Luego hizo una pausa y siguió mientras yo seguía petrificado por el miedo –Debo irme, si se entera que estoy aquí y he hablado contigo, me lastimará, me hará cosas malas, cosas horribles-. Por último la abuela me dijo –Debes tener cuidado……-.

Aquello fue lo último que pudo decirme porque de pronto en el acto hizo presencia un ser. Este ser era más grande que cualquier persona normal.  A simple vista parecía humano pero no lo era, su piel era de un color rojizo y su cuerpo desnudo estaba en muchas partes cubierto de grueso bello. Sus manos eran largas y musculosas y tenía garras en vez de dedos, sus piernas por su parte terminaban en pesuñas. No se aun bien porque pero su rostro no lo recuerdo, solo recuerdo sus dos ojos que brillaban con un rojo intenso. Al mismo tiempo que este ser hizo su presencia, un olor a azufre inundó el lugar, era un olor insoportable. Instintivamente retrocedí dejando a mi abuela al lado de aquel ser. Aquella bestia agarró a mi abuela por el cuello elevándola del piso mientras ella luchaba en vano por librarse de sus garras. Seguido atravesó el débil y viejo cuerpo de mi abuela con una de sus garras, luego lanzó su cuerpo lejos, al caer una horda de demonios rodearon el cuerpo de la abuela y en un santiamén la desmembraron. Aquel espectáculo tan repugnante y doloroso lo miré inmóvil pues el miedo me paralizaba el cuerpo. Miré con horror como estos demonios desgarraban las entrañas del cuerpo inmóvil de la abuela, saciándose con su carne y su sangre en un festín horripilante. Aquel espectáculo fue demasiado para mí, caí de rodillas al suelo y vomité como jamás recuero haberlo hecho. Sin saber en qué momento aquella bestia estaba parada al lado mío y al igual que a  mi abuela, me agarró por el cuello y me elevó. Aún recuerdo como sus garras me quemaban el cuello. Cuando estaba a la altura de su rostro, me escrutó con aquellos ojos rojos. Con la respiración agitada y empapado de sudor me desperté. Ya debía de ser tarde en la mañana porque los rayos del sol se colaban por mi ventana. Confundido y agobiado me paré de la cama. Aquel sueño había sido tan real que por un momento puse en duda mi estado mental. Traté de tranquilizarme diciéndome que todo había sido un sueño, sueño inspirado por aquel libro. Ese día más que nunca prometí no volver a leerlo de nuevo y devolverlo a la mayor brevedad. Pueden imaginarse mi sorpresa cuando a la hora de mirarme al espejo, además de mi rostro demacrado note unas pequeñas manchas de quemaduras en mi cuello, manchas con formas de garras.

Los días siguientes pasaron dentro de la normalidad. Día a día las marcas de mi cuello fueron desapareciendo, aquello me puso un poco más tranquilo y aunque cumplí mi promesa de no leer de nuevo el libro, aun me costaba trabajo dormir. Casi a diario tenia horribles sueños en los cuales aquella temible bestia de pesuñas y garras siempre estaba presente.

Pasó el tiempo y tuve que ir a trabajar con mi padre a las obras de construcción y les digo que trabajar con él era peor que vivir con él en la misma casa. Pero a pesar de las dificultades que tenía, me alentaba la idea de ganar algo de dinero. Y así fue, con lo poco que me pagaban además de ayudar en los gastos de la casa, me sobraba algo para darme algunos gustos, como comprar ropa, zapatos y ahorrar algo para el futuro, futuro que por primera vez en mucho tiempo me ilusionaba. Pero todo aquello era un espejismo, aquello solo era la calma antes de la tormenta, tormenta que empezó el día en que tomé aquel libro de la casa del abuelo. Pasaron varios meses en los cuales mi vida se fue normalizando, ya prácticamente no me acordaba de aquel libro y en las noches quizá por lo cansado que llegaba del trabajo, dormía plácidamente. Pero mi destino estaba escrito y ligado a aquel libro y nada de lo que hiciera podía librarme de él. Un día, mi padre en una de sus habituales visitas a la cantina, llegó a la casa muy ebrio y como era su costumbre la emprendió contra mi madre. Yo en ese momento no estaba en casa, había invitado a mis dos hermanas a ver una película, también invité a mi madre pero ella se negó diciéndome que prefería quedarse a esperar a mi padre para servirle la comida. En fin, junto a mis dos hermanas salí al cine dejando en casa sola a mi madre. Aquel nefasto día la tragedia tocó las puertas de mi casa. No sé muy bien porque, pero ese día en particular mi padre en medio de su borrachera llegó muy agresivo, más de lo normal.

Después de ver la película junto con mis dos hermanas, llegué a casa. Lo que encontré me partió el alma y me cambió la vida para siempre. Encontré a mi madre, tirada en el suelo en medio de su propio charco de sangre. Al parecer esta vez la golpiza que le había dado mi padre fue demasiado para su frágil cuerpo. Podrán imaginarse la desesperación, los gritos y el llanto de mis hermanas al ver aquella horripilante escena. Con rabia busqué a mi padre por toda la casa y con gran ironía lo encontré durmiendo plácidamente en su cama.

En ese día mi vida cambió para siempre. Mi pobre madre murió, según me dijeron, un golpe que le dio mi padre en la cabeza fue el culpable. Mi padre por otro lado fue apresado. Con lo poco que había ahorrado del trabajo, unos pocos ahorros que dejo mi madre y la ayuda de algunos amigos, me alcanzó para el velorio y el entierro de mi pobre y amada madre. Mi padre fue condenado por el asesinato de mi madre y fue enviado a la cárcel. Ahora yo estaba solo y a cargo de mis dos hermanas adolecentes. Mi perspectiva del futuro no era buena. No tenía mucho dinero pues casi todo lo había gastado en los servicios funerarios y mi padre no tenía más que deudas. Aparte de eso, me despidieron de mi trabajo en las obras de construcción pues según el jefe no podía seguir contratando a un hijo de un asesino y con mi abuelo no se contaba. No podía creer que durante esos momentos difíciles, aquel hombre no apoyara a mis hermanas y a mí. Aquel hombre que decía ser mi abuelo no estuvo ni siquiera en  el entierro de su propia hija.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      Huérfano de madre y con mi padre en la cárcel, ahora yo era el responsable de nuestra humilde casa. Al principio creí que lo podía lograr. Así que Salí de nuevo a buscar trabajo pero otra vez me cerraron todas las puertas en la cara. Día tras día la situación empeoraba, los gastos aumentaban, el poco dinero disminuía y una tras otra las facturas se acumulaban. La situación llegó a ser tan caótica que me tocó vender las pocas cosas de valor de la casa, como el televisor viejo, algo  de mi ropa y otras cosas. Pero aquello fue un placebo. El dinero duró pocos días y de nuevo tenía los bolsillos vacíos. Sin dinero, sin amigos, sin familia, la desesperación me agobiaba, por más que pensaba y pensaba no encontraba salida a esa situación.

Una noche me disponía a dormir de nuevo con el estómago vacío cuando de pronto dirigí la mirada hacia el closet. Durante largo rato estuve con la mirada fija en el armario. De nuevo, como hace largo tiempo no experimentaba, sentí unos deseos tremendos de ojear aquel viejo libro que tomé de la biblioteca del abuelo. En la soledad de mi habitación, influenciado por oscuras energías que doblegaban mi voluntad, de nuevo leí aquel libro.

No sé cómo, pudo ser por la desesperación que me agobiaba o porque mi mente estaba nublada por tantos problemas, que creí encontrar una salida en aquellas páginas desgastadas. Allí en aquellos rituales, voces malignas me hablaban de riquezas, de dinero incontable y de prosperidad inigualable. Me hablaban de un pacto.

Sin medir las consecuencias que aquello acarreaba, me dispuse a realizar aquel ritual llamado “El Pacto”. Ritual que me brindaba una salida rápida a mis problemas, justo lo que necesitaba en ese momento. Aquel ritual era simple y quizá eso fue lo que me llamó la atención. Tan solo se necesitaba un huevo de gallina, una aguja y cinco velas negras, nada más que eso.

Con mi mente nublada, esperanzado en salir de aquel atolladero en el que me encontraba y con los requisitos listos, me dispuse a realizar aquel ritual. Abrí el libro y busqué aquella página amarillenta en cuyo título rezaba “El pacto”. Empecé a leer las primeras líneas de aquel ritual. Lo primero que sugería aquel ritual era que debía dibujar en el piso de mi habitación una estrella de cinco puntas. Luego debía prender las cinco velas negras y ponerlas en cada una de las puntas. Después de esto debía ingresar al pentagrama y sentarme en la mitad del mismo. A continuación, con la aguja debía abrirle un pequeño hueco al huevo, luego con la misma aguja debía pincharme el dedo corazón de la mano izquierda. Cuando brotara mi sangre debía introducirla al huevo por el hoyo que previamente le había hecho. Por extraño que me parecía todo eso, lo hice al pie de la letra tal y como lo indicaba aquel libro. Luego cuando mi sangre estuviera dentro del huevo debía recitar una especie de plegaria que estaba allí escrita. Aquella plegaria rezaba así:

“Ante ti poderoso señor de la verdad y la luz me presento.
Nada poseo salvo mi propio ser y mi humana naturaleza.
Señor guerrero por excelencia, tus armas truncaron los sables de dios.
Protector de los hombres, ante ti acudo, buscando protección.
Luz del alba, esperanza de la humanidad, señor de la libertad.
Como hombre reclamo el vínculo sagrado que nos une ahora y por siempre.
Tu belleza es envidiada por los astros y tu fuerza quiebra la roca.
Permite que mi espíritu se funda con el tuyo, ahora y por siempre.
Juez sabio que a nadie temes, hablas la verdad sin vacilar por nadie
Permíteme disfrutar de tu sabiduría y desvélame tus grandes secretos.
Lucifer escucha estas palabras como ofrenda de unión y agradecimiento.
Complace mis deseos y mis palabras sellarán este pacto de unión eterna
Lucifer por ti renuncio complacer a dios”.

Lo anterior lo tuve que repetir 7 veces sin dejar de sostener el huevo. Por ese día no tuve que decir ni hacer nada más, lo último que me tocó hacer fue escribir mi nombre en una hoja de papel y luego quemarlo en el fuego de las velas. La ultima instrucción de aquel pacto decía que tenía que incubar el huevo por 3 meses, debía que cuidarlo día y noche teniendo cuidado que no se rompiese. Y así lo hice por tres meses que se me hicieron eternos. Hubo días en que todo eso me parecía ridículo, pero la esperanza de una recompensa final me obligaba a seguir en aquella tarea de incubar el huevo. Lo extraño era que al pasar de los días el huevo iba tomando un color negro, lo cual me sorprendió mucho.

A los tres meses algo sorprendente sucedió, algo que mis ojos no creían y que mi lógica no podía explicar. Fue en la mañana, cuando me dispuse a darle un vistazo al huevo, cuando me di cuenta que el dicho huevo, ahora por completo de color negro, se movía. Algo estaba por nacer de aquel huevo, algo luchaba desde adentro por romper el cascaron negro. Lo que vieron mis ojos ese día aun no lo puedo explicar. Lo que salió del huevo no fue un pollo, no, de aquel huevo en el que hacía tres meses le había introducido una gota de mi sangre, nació una especie de lagarto, un lagarto negro. No lo podía creer. Al ver aquel lagarto y al estar consternado busqué alguna explicación en aquel viejo libro, pero lo que encontré allí me confundió más. Aquellas líneas decían que debía de cuidar el lagarto, cuidar que nada le pasara, mantenerlo con vida, al menos por siete años. A los siete años el lagarto moriría y ese sería el momento en el que se cobraría mi deuda. En ese momento entendí que no podía retractarme, que ya no había marcha atrás, así que decidí seguir para adelante, tomé aquel lagarto negro y lo cuidé, lo cuidé desde aquel primer día.

Los meses pasaron y aquellas promesas de dinero y riquezas se cumplieron, pero no mágicamente, el dinero no lo encontraba debajo del colchón ni mucho menos. No, simplemente encontré un trabajo. Trabajo que me había sido negado meses atrás. Era en una compañía multinacional y el trabajo fue de mensajero. Lo increíble fue que mi ascenso en la compañía fue de manera exponencial y rápida. Sin entenderlo aún, mi trabajo era valorado y por lo tanto al año de estar trabajando ya había ascendido tantos puestos como ninguno de mis otros compañeros que llevaban muchísimo más tiempo trabajando que yo. Con un mejor puesto en el trabajo, el dinero comenzó a llegar por cantidades abrumadoras.  Era tanto que por fin cumplí el sueño de salir de aquella humilde, pobre y triste casa que me traía malos recuerdos. Así que compré una casa más grande a donde por supuesto llevé a vivir a mis dos hermanas menores, a las que les di todos los gustos que durante años la vida les había negado. Pero no solo era privilegiado por el dinero, sino también por la salud. Que yo recuerde en ese tiempo jamás me enfermé. Lo único que me contrariaba era que aún no llegaba era el amor, pero eso en poco tiempo iba a cambiar porque en el trabajo conocí a una persona, justo como siempre la soñé. Lina era en pocas palabras, perfecta. Era bellísima y en extremo inteligente. Desde el primer momento en que la vi, la quise y ella a mí de igual manera. Nos enamoramos muy rápido y al poco tiempo ya estábamos comprometidos en matrimonio. Un par de meses después nos casamos en una boda de ensueño tal como la sueñan siempre las mujeres pues no escatimé en gastos, ahora a diferencia del pasado, el dinero no era un problema. Al año después de casarnos nació nuestro hijo al que le pusimos el nombre de Andrés. Era un bebé hermosísimo y saludable y lo amamos desde el primer día que nació. Mis dos hermanas se graduaron de secundaria y gracias al dinero pude matricularlas en sendas universidades. Y así pasó el tiempo, las horas se tornaron en días, los días en meses y los meses en años. Ahora tenía la vida soñada. Tenía mucho dinero, salud, una esposa que amaba y me amaba y un hijo hermoso. En cuanto al lagarto que había nacido del huevo, crecía muy rápido así que no podía ya tenerlo en casa por lo tanto me vi obligado a llevarlo a una granja para que viviera al aire libre, con las recomendaciones que lo cuidaran mucho. Al poco tiempo y llevado por mi vida perfecta, me olvide de él y de paso también de aquel pacto.

No sé con exactitud cómo, pero llegué al cargo de gerente de aquella compañía multinacional con todos los beneficios que aquello implicaba. Como dije antes mi vida era perfecta, pero eso en poco tiempo iba a cambiar pues tenía una deuda que estaba por ser cobrada.

Cierto día me encontraba en mi oficina tratando asuntos importantes de mi trabajo, cuando alguien se hizo presente, una persona que jamás había visto en mi vida preguntaba por mí.

-Alguien lo necesita señor-. Decía mi secretaria a través del teléfono

-Ahora no puedo atender a nadie, estoy muy ocupado-. Respondí.

-Esta persona insiste en verlo, señor. Dice que es muy importante-. Replicó mi secretaria.

-¿Quién es?-.  Pregunté.

-No me dice su nombre, lo único que dice es que quiere hablar con usted, dice que es urgente hablar con usted-.

De mala gana respondí –Hágalo pasar-.

La persona que entró por la puerta de mi oficina era un hombre blanco, bastante alto. De rasgos finos en su cara y su pelo perfectamente peinado con gomina. Estaba vestido con un traje negro de corbata y zapatos también negros bien lustrados. Este hombre al que jamás vi en la vida, entró a mi oficina y se sentó en la silla. Aquel hombre me miraba fijamente con unos enormes ojos negros. Había algo en aquella mirada que me parecía intimidante.

-¿Quién es usted y que es lo que quiere?-. Pregunté genuinamente interesado.

El hombre se tomó su tiempo para responder, al final habló –Mi nombre no importa-. Su voz al igual que su mirada era fría –Lo verdaderamente importante es porqué estoy aquí-.

El hombre estiró la mano y tomó una de las fotografías que tenía en mi escritorio en la cual se veía a mi hermosa esposa con mi amado hijo. –Tiene una bonita familia-. Dijo el hombre mirando la foto y pasando su dedo por el rostro de mi esposa.

Dejó el retrato sobre la mesa y se puso de pie, caminó hacia la ventana, dándome la espalda y echó un vistazo a la panorámica del lugar, luego dijo –Parece que te va bastante bien, por lo visto recibiste todo lo que se te prometió. Espero haya disfrutado bien de todos los beneficios que le he dado-. Se dio media vuelta, me miró directamente a los ojos y dijo de nuevo –Ya han pasado siete años, el lagarto ha muerto-.

En ese momento entendí todo. Un escalofrió me recorrió todo el cuerpo, con desánimo me senté en mi silla. Junté valor para poder hablar -¿Qué es lo que quiere?-.

Este hombre hizo una mueca de sonrisa, caminó de nuevo hacia la silla y se sentó, luego dijo –Yo cumplí con la parte del trato, por lo tanto vengo a cobrar mi deuda-.

No podía creer lo que oía. Era como si me despertaran bruscamente de un hermoso sueño. Con resignación pregunté – ¿Y ahora qué sigue?-.

Este hombre de nuevo me escrutó con su mirada fría. Respondió –Un alma, un alma pura-.

-Mi alma- dije. En ese momento entendí la magnitud de mi error. Pensé en mi esposa, en mi hijo y en mis dos hermanas. Pero me equivoqué al creer que aquello era lo peor. No, lo peor estaba por pasar pues aquel hombre de nuevo habló.

-¿Tu alma? No, tu alma ya es mía desde el preciso momento en el que sellaste el pacto poniendo tu sangre dentro del huevo. Ahora lo que busco es un alma pura, un alma inocente-.

<< ¿Un alma pura? ¿Un alma inocente?>> no entendía a lo que se refería aquel hombre. Pero en un momento todo se aclaró pues este hombre tomó de nuevo la fotografía de mi esposa e hijo y le pasó su dedo por el rostro a mi pequeño, luego dijo –No hay un alma más pura e inocente que la de un niño-.

En ese momento lo entendí todo. Aquel hombre quería cobrar su deuda con la vida de mi hijo y no se detendría hasta tener su alma. Rompí en llanto pidiéndole compasión a aquel hombre pero todo fue en vano.

Antes de irse aquel monstruo me dijo –Haz los arreglos, despídete de tus seres queridos, pon todo en orden. En exactamente siete días vendré por tu hijo-. Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta cuando ya estaba por salir, dijo una última cosa –Por favor no hagas nada estúpido. Debes entender que no siempre soy tan amable como lo he sido ahora-. El hombre salió de mi oficina cerrando la puerta a sus espaldas.

Yo me quedé helado. En el resto de aquel día no pude concentrarme en  mi trabajo, no tenía cabeza para nada mas que no fuera mi amado hijo. Me maté la cabeza pensando en posibles salidas a aquella horrible situación en la que me encontraba. De ninguna manera iba a permitir que aquel monstruo le hiciera daño alguno a mi hijo. En la noche cuando llegué a casa, traté de disimular para que mi esposa no se preocupara. En la cena, apenas si toqué la comida. Mi cuerpo estaba sentado en la mesa pero mi mente estaba en otro lado. Solo veía como mi esposa movía los labios pero no escuchaba nada de lo que me decía. Desde ese día no pude dormir mucho, solo daba vueltas y vueltas en la cama y cuando notaba que mi esposa se dormía yo me levantaba e iba hacia el cuarto de mi hijo donde lo veía dormir plácidamente. Aquello me partía el alma. Ahora más que nunca estaba decidido a no permitir que nada malo le ocurriera mi familia.

En medio de mi desesperación traté de buscar ayuda en todos los lados. Consulté en libros, buscando la manera de deshacer aquel pacto pero no encontré nada que me ayudase. Luego fui en busca de consejo a donde un cura, pero no hallé más que reproches, sátiras y palabras condenatorias. Los días pasaron y no hallaba la manera de salvar a mi hijo, hasta que de pronto en medio de mi aturdimiento se me ocurrió algo. Si aquel libro viejo estaba en la biblioteca de mi abuelo, quizá él pudiera ayudarme. Después de todo quizá si había alguna esperanza para mi hijo y de pronto para mí también.

La última vez que vi a mi abuelo había sido días antes de la muerte de mi madre, eso hacía ya más de siete años, después de eso no tuve contacto alguno con él. Con aquel viejo libro en mi mano fui hacia la casa donde vivía aquel hombre. Todas mis esperanzas iban conmigo.

Al abrir la puerta, el abuelo me miró con extrañeza, pese a eso y de mala gana evidente, me invitó a pasar.

-Necesito de tu ayuda-. Le dije. Sentado en un viejo sillón.

El abuelo también sentado al frente mío, respondió con su acostumbrado desprecio -¿Y en que podría ayudarte yo, que soy un viejo abandonado y pobre?-.

En los ojos del viejo pude notar un asomo de resentimiento.

-Según he escuchado, ahora el dinero no es un problema para ti-. Siguió el viejo y en sus palabras de notaba dureza y frialdad. –Ahora gozas de un trabajo importante y bien remunerado, ahora eres alguien importante-. Durante un momento el viejo hizo silencio y luego dijo una última cosa –No sé bien en que podría ayudarte-.

En ese momento no estaba ni mucho menos para reproches ni para indirectas, así que fui al grano. Quisiera o no, el único que me podía ayudar era aquel viejo cascarrabias que me miraba con rencor en sus ojos. –Necesito de tu ayuda con esto-. Saqué aquel viejo libro y lo puse sobre la mesa.

Apenas el viejo vio aquel desgastado y viejo libro sobre aquella humilde mesa casi se va de para atrás del susto. Su reacción fue inmediata, parándose de su asiento y con la voz nerviosa y entrecortada me dijo -¿Cómo….porqué….de dónde…has sacado eso?-.

En ese momento le relaté la historia de aquel día en el que entré a su biblioteca y tomé el libro. Mientras el viejo escuchaba atentamente.

Cuando terminé de hablar el abuelo preguntó -¿Dices que tomaste el libro de mi biblioteca?

-Sí, así es-. Respondí.

-Eso no puede ser posible, tienes que estar equivocado-. Replicó negando con la cabeza.

-Es la verdad, lo tomé de tu biblioteca-.

-Eso no puede ser ¿Cómo podría ser verdad? Eso no puede ser….-. No pudo terminar de hablar. Se agitó y comenzó a respirar con dificultad, se llevó la mano al corazón y su rostro se palideció.

Con dificultad lo ayudé a sentarse de nuevo en su asiento. Me pidió un vaso de agua, así que fui a la cocina y se lo traje. El viejo aun con la mano temblorosa lo tomó y me pidió que en el estante le buscara una pastilla, así lo hice y el viejo ingirió dicha pastilla, pasándola con el agua. Después de casi una hora de esperar en silencio, el abuelo pareció recuperarse, su respiración se estabilizó, sin embargo parecía algo incómodo por la presencia de aquel viejo libro.

-No sé cómo ha llegado el libro a tus manos pero no debemos permitir que nadie más lo lea, es un libro peligroso-. Dijo el abuelo. Se puso de pie con dificultad y me habló de nuevo –Ven conmigo y tráelo-.

Obedecí siguiéndolo con el libro en mi mano. Salimos al patio trasero de la casa y allí el abuelo puso un  balde, echó adentro el libro, lo remojó con alcohol y con un fosforo le prendió fuego.

Mientras veíamos como aquel viejo libro ardía el abuelo dijo -¿Lo leíste, no es verdad?-.

-Hice algo más que leerlo-. Respondí.

Con una mueca de desaprobación en su rostro el abuelo continuo diciendo –Esta no es la primera vez que hago esto ¿sabes?-.

-¿Qué haces que?-. Pregunté inquieto.

-Que destruyo este libro- me dijo mirándome –Hace mucho tiempo destruí este libro de la misma manera que hoy, con la esperanza de no verlo jamás-.

-¿Pero cómo puede ser posible?-. Dije realmente contrariado.

-Volvamos adentro-. Dijo el viejo –Ya está por llover-. Era cierto las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del cielo gris, gotas que apagaron la fogata dentro del pequeño balde.

-Cuéntame todo, no omitas detalle alguno-. Me dijo el abuelo ya estando de nuevo dentro de la casa.

Allí en aquella sala pobremente iluminada por una lámpara vieja, le relaté los hechos al abuelo sin omitir nada. Desde el día en que a escondidas tomé el libro de su biblioteca, pasando por los detalles de cómo realicé el rito, hasta la visita de aquel misterioso hombre días atrás. Hombre que exigía el pago de la deuda con la vida de mi hijo.

Con su rostro inexpresivo y su mirada fría como de costumbre el abuelo escuchó atentamente todo lo que dije. Cuando terminé de hablar, dijo –Lo que has hecho es  muy grave-.

Yo asentí

El abuelo siguió –Te metiste con algo demasiado poderoso y peligroso que no se detendrá hasta tener lo que cree que es suyo, hasta cobrar su deuda. No hay sitio en el que te escondas que no te pueda encontrar, no tienes a donde huir, no hay escapatoria. Aquel con el que hiciste el pacto no es otro demonio común y corriente. Este es quizá el más poderoso de ellos-.

-¿Por qué sabes tanto de él?-. Pregunté.

-Hace mucho tiempo yo cometí también el mismo error que tu-. Respondió el abuelo.

Con sorpresa escuché como el abuelo me relataba la historia de cómo el libro había llegado a sus manos. Según él, en su época de estudiante universitario había encontrado aquel libro en la biblioteca de su universidad. Llevado también por la ambición, había realizo también aquel rito. Su historia era muy parecida a la mía. Había recibido dinero, bienes, posesiones materiales y también una esposa que lo amara, mi abuela.

Después que el abuelo terminó de hablar, le pregunté – ¿Debe haber alguna forma de romper aquel pacto, sino como explicas que aun estés aquí?-.

-De romperlo no. No hay nada que uno pueda hacer-.

Desilusionado me tome la cabeza con las dos manos, al parecer mi pobre hijo no tenía ya salvación.

-Pero hay algo que se puede hacer para salvar a tu hijo-. Dijo el abuelo.

Al escuchar eso, me volvió el alma al cuerpo

-Pero esto requiere de hacer un gran sacrificio, un sacrificio de amor-.

-Hare lo que sea, lo que sea-. Dije.

-El viene por un alma-. Siguió el abuelo –Un alma diferente a la tuya, un alma inocente, un alma de tu propia sangre-.

No entendía a lo que el abuelo se refería. <<Un alma inocente>>.

El viejo estiró la mano y tomó un portarretratos en donde reposaba la foto de la abuela. Durante largo rato se quedó en silencio mirando la foto. De pronto advertí que los ojos se le humedecían, me dijo –Yo la amaba con toda el alma ¿sabes?-. Una lágrima se le escapó y rodó por la arrugada mejilla. –A esta clase de sacrificios me refiero. Ella era un alma inocente y pura-.

Yo seguía sin entender nada. Estaba confundido.

Aun con los ojos húmedos y la voz entrecortado el abuelo habló de nuevo –Lo que hice fue para salvar a tu madre, que aún era pequeña y aquella bestia la quería para él, igual que ahora, ese era el pago por la deuda-. Se secó las lágrimas y siguió hablando –Ella me dijo que debía hacerlo…que debía salvar a nuestra hija……créeme, no me quedó más alternativa…-.

Con incredulidad y confundido por lo que escuchaba pregunté -¿Qué hiciste abuelo?-.

El viejo me dio la espalda, quizá para que no lo viera llorar más. Miró por la ventana y me respondió –Lo hice parecer un accidente, pero no lo fue-. Se dio media vuelta y fue hacia una de las gavetas de un mueble viejo, sacó una tela de lino rojo que estaba envolviendo algo. Lo puso sobre la mesa y lo desenvolvió, cuando terminó, sobre la mesa estaba una daga. –Esta daga la conseguí en el mercado negro, según me dijeron fue utilizada en las épocas de las cruzadas. Fue bendita por el papa católico de la época y con ella se segaron muchas vidas de inocentes. Investigando también conocí que esta daga, se utilizó también en ritos de magia negra y brujería para sellar pactos. La persona que me la vendió y después de escuchar mi triste historia me dijo que aquel que fuera muerto por esta daga era considerado inocente-.

Escuché atentamente pero paralizado y atónito como el abuelo me relató los hechos que habían pasado. Lo creyera o no, aquel hombre que estaba al frente mío, aquel hombre que siempre me causó desconfianza. Aquel hombre había matado a mi abuela, todo para salvar la vida de mi madre. Aquel hombre era un asesino, al igual que mi padre.

-Es hora de probar que es lo que estás dispuesto hacer para salvar la vida de tu hijo-. Dijo el viejo, acercándome la daga.

Yo la tomé en mis manos, era bastante liviana. La hoja era plateada y en ella estaban dibujados extraños símbolos, le pase los dedos y me di cuenta que tenía buen filo. La empuñadura era de madera decorada con un pequeño pero brillante rubí. –No puedo hacerlo-. Dije.

-Es la única manera-. Respondió el abuelo. –El viene por un alma y tú tienes que dársela.

-Pero…no puedo matar a mi esposa…..no puedo-.

-Me pediste que te ayudara y eso es lo que estoy haciendo. Más no puedo hacer. Ahora depende de ti. Por un lado tienes la vida de tu hijo y por el otro lado la vida de tu esposa-. Hizo una pausa y luego dijo –Pensándolo bien, también están tus hermanas-.

Yo seguía negando con la cabeza. Todo aquello me aturdía. Yo no era un asesino, no me imaginaba quitándole la vida a alguien y menos a personas que amaba tanto como mi esposa o mis hermanas. Traté de aclararme un poco la mente y luego dije -¿Y si la uso conmigo mismo?-.

-No funciona así-. Dijo el abuelo –Tú ya estas condenado, lo único que harás será adelantar tu destino e igual, él vendría por la vida de tu hijo-.

Aquella noche llegué destrozado a casa. Tan solo faltaban un par de días para que aquella bestia viniera a cobrar su deuda. Tenía la solución en mis manos, pero no me sentía preparado para actuar.

-Estos días has estado muy callado-. Me dijo con ternura.

-He tenido mucho trabajo en la oficina-. Mentí. Aunque me vi tentado de contarle la verdad, no pude.

Se dirigió hacia el baño. Me quedé sentado en la cama pensativo. De inmediato saqué la daga y fui tras ella. Cuando entré, la vi lavándose los dientes, me miró a través del espejo y me sonrió. <<Es hermosa>>. Pensé. Era ahora o nunca. Aquel era el momento. Me le acerqué por detrás con la daga oculta. La abrasé y le dije –Te amo-.

Ella respondió –Te amo también-. Se dio la media vuelta y me besó.

Yo respondí al beso. Cuando terminé de besarla mis ojos estaban húmedos.

-¿Qué te pasa?-. Me preguntó cariñosamente mientras con su delicada y suave mano me acariciaba el rostro.

-Me tendrás que perdonar-. Le dije entre sollozos.

--¿Perdonarte qué?-

Rápido y sigiloso saqué la daga y se la clave en el vientre. El arma entró hasta la empuñadura mientras ella dio un pequeño gemido seguido por un  grito de dolor que se ahogó cuando con mi mano le tapé la boca.

-Perdóname… Lo hago para salvar a nuestro hijo-. Seguía repitiéndole mientras con fuerza reiteraba las puñaladas en el estómago.

Mientras la daga entraba y salía de su cuerpo ella no dejaba de mirarme. Jamás podré olvidar aquella expresión de su rostro, de dolor pero también de  confusión y extrañeza. Aquellos ojos y aquella mirada que me ofrecía en sus últimos momentos, nunca los sacaré de mi mente. Al principio luchó por su vida. Sacudía su cuerpo con violencia. Tuve que utilizar toda mi fuerza para controlarla, mi mano seguía en su boca ahogando todos sus gritos. Pero al final dejó de luchar, al final se desvaneció y caímos al suelo entre el charco de su propia sangre.

<< ¿Qué he hecho?>>. Pensé cuando la vi inerte entre mis brazos. Aquella vez lloré como un niño. Me quedé no sé cuánto tiempo junto al cuerpo inerte de mi esposa. Estaba en shock. Cuando al final por fin reaccioné vi  algo que mis ojos jamás antes vieron, algo que desafía la cordura y que la lógica no puede explicar. El piso de aquel baño empezó a agrietarse, empezó a temblar y a expeler un olor mortecino, un olor a azufre, un olor a muerte. Con espanto vi como del suelo, ahora con flamas y humo, salían demonios horrendos, demonios que rodearon el cuerpo de mi esposa. Yo retrocedí muerto de miedo mientras veía como estos demonios arrastraban el cuerpo de mi esposa hacia las profundidades infernales y antes que se perdiera de mí vista, ella de nuevo abrió sus ojos mientras gritaba por ayuda y auxilio. Al final las llamas la devoraron. De un momento a otro mis ojos empezaron a pesarme y se me cerraron. Caí en sueño.

No sé cuánto tiempo estuve dormido, lo cierto es que cuando desperté ya estaba por amanecer. Dentro de mi tristeza y desazón me pregunté si todo lo que había visto había sido un sueño o de verdad había pasado. El cuerpo de mi esposa seguía inerte al lado mío, ahora su rostro lucia pálido y su cuerpo rígido y frio.

La cabeza me pesaba y me dolía monstruosamente pero sabía que debía actuar de inmediato, muy pronto mi hijo se despertaría y no podía permitir que viera a su madre muerta. Tapé el cuerpo de mi esposa con una sábana blanca. Cuando el sol se alzó dándole la bienvenida a la mañana desperté a mi pequeñín. Lo ayude a bañar y lo vestí. Cuando estuvo listo salimos de la casa.

Antes de partir el niño preguntó -¿Papi, donde esta mamá?-.

Ahogando la tristeza que me invadía le respondí –Ella te ama mucho, muy pronto la veras-. El niño me sonrió.

Nos dirigimos hacia la casa de mis hermanas. Mientras conducía, la culpa y el remordimiento no dejaban de acosarme, no pude más y me desaté en llanto.

-¿Por qué lloras papi?-. Me preguntó mi hijo con inocencia.

-Es solo que estoy triste-. Respondí.

-¿Por qué estas triste?-.

-No es nada, no te preocupes, ya vamos a llegar a donde tus tías-. Respondí y me sequé las lágrimas.

A través del espejo retrovisor vi la expresión de alegría en el rostro de mi pequeñín. Él quería mucho a sus tías y ellas a él, siempre le entusiasmaba irlas a visitar.

Al llegar a casa de mis hermanas y después de mandar a jugar a mi hijo a una de las habitaciones, rompí otra vez en llanto. Mis hermanas trataron de consolarme preguntándome que me pasaba, así que allí, en la casa que les había comprado les relaté  todo lo que había pasado. Desde el momento en que hice el pacto, hasta los acontecimientos de las horas pasadas. Cuando escucharon  de mi boca como había matado a mi esposa, vi en sus ojos unas miradas extrañas para mí, estaban petrificadas. Ellas siempre me miraron con amor y con admiración, pero esta vez me miraban con sorpresa, con asco y repulsión. Mas sin embargo no me dijeron ni una sola palabra de reproche, quizá fue porque estaban en shock o porque simplemente no querían dirigirme la palabra.

Después que terminé mi relato, me dirigí a donde mi hijo y lo besé, me despedí de él. Ahora sé que aquel beso y aquel abrazo fueron los últimos que le di en vida. Antes de salir de la casa, les dije una última cosa a mis hermanas –Voy a entregarme a la policía. Cuiden bien de mi hijo, edúquenlo como un hombre de bien para que no cometa los mismos errores que yo he cometido. Díganle que a pesar de todo lo amo, lo amo con toda mi alma, tal como amé a su madre-.

De nuevo conduje a casa. Cuando llegué y abrí la puerta sentí un frio sepulcral, me dirigí hacia el baño para constatar que el cuerpo de mi esposa siguiera allí y en efecto allí estaba, tal como la había dejado, tapada con aquella sábana blanca que ahora estaba marcada en algunas partes de rojo oscuro.

Aun con el remordimiento y el dolor. Prendí el computador y a través de internet transferí todo mi dinero a las cuentas de mis hermanas. Quería asegurarme que a mi hijo no le faltase nada. Quería asegurarle un futuro. Después de todo, fue esa la razón para hacer aquel pacto, para asegurarme un futuro. Mi futuro era oscuro y no claro, pero mi hijo tenía toda la vida por delante. Después de terminar las transacciones, tomé el teléfono y llamé a la policía

-¿Policía?-

-Sí, dígame en que lo puedo ayudar-. Me contestó una voz de una mujer.

-Envíe una patrulla a mi casa, he matado a mi esposa-.

-¿Cómo dice? ¿Señor…..señor….señor?-.

Colgué el teléfono.

De eso ya fue una hora.

Y eso es todo lo que tengo que decir, esa es mi triste historia.  Puedo escuchar el ruido de las sirenas cada vez más cerca. Pero también puedo sentir una maldad que me rodea, que me envuelve. Con tristeza pero con resignación me he dado cuenta que a él nada lo puede detener. Ahora estoy encerrado en mi habitación, afuera escucho el bullicio de los policías. Dentro de poco abrirán la puerta de mi casa. De nuevo el piso tiembla, de nuevo el suelo se agrieta, de nuevo siento como las  llamas y el humo me asfixian, de nuevo veo como mis ojos se nublan y solo veo oscuridad. Él está al otro lado de la puerta, escucho como dice mi nombre, no está dispuesto a ser burlado de nuevo. El calor crece, es un calor sofocante. Ahora mi respiración y mi pulso se aceleraron. Estoy temblando de miedo. Escucho un estruendo. La bestia ha derribado la puerta de mi habitación. Es él…..es la misma bestia de mis sueños….él está aquí…..está aquí……ahhhhhhggggggg

FIN

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