Danse Macabre

La música a veces puede llegar a convertirse en algo más que eso, en algo erótico y místico, capaz de impulsar a las personas a cometer locuras. ¿Qué sucedería si la misma sangre tuviera su propia melodía?

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1. Bailaré sobre tu tumba

I

Con los ojos cerrados percibía todo doblemente, cuando se privaba de un sentido tan importante como lo era la vista, se sensibilizaba y todo se multiplicaba. Su corazón latía a toda velocidad, sentía cada uno de sus vellos electrificados. En ese momento no importaba nada más. No tenía el control de su cuerpo, tan sólo era una espectadora de lo que sucedía consigo misma, en ese instante se llevaba a cabo una magnífica obra destinada a su propio placer.

A ella no le molestaba aquello en absoluto, por supuesto; más bien se sentía extasiada. Adoraba vivir esa experiencia, sentir su piel electrificada, que cada una de sus terminaciones nerviosas vibrara y cobrara vida propia. Una sonrisa maravillada se dibujó en su rostro, mientras el aire se le escapaba por entre los dientes. Sentía la brisa en el rostro, inhalaba ese aire que para ella era tan puro, que tanto bien le hacía. Sus brazos se alargaron poco a poco, sus músculos se volvieron rígidos desde su espalda hasta la punta de sus dedos. Sus piernas llenas de vida se movían al compás de la melodía de la que solamente ella podía percatarse.

Las cálidas gotas se resbalaban por su piel, produciendo un cosquilleo que la hacía temblar de pies a cabeza. Rió para su adentros, mas su garganta no produjo sonido alguno. Se balanceaba y se dejaba caer hacia un lado o hacia el otro. Daba vueltas y vueltas, no podía detenerse, no quería detenerse. Sus rodillas tensas se doblaban con cada nota que tocaba aquel fantástico instrumento que solamente ella conocía, apoyando todo su peso en los dedos de sus pies.

Así como todo lo demás, el dolor se intensificaba; los callos en las plantas de sus pies, las ampollas en sus manos, la curvatura hundida y antinatural que habían adquirido sus piernas después de tantos años haciendo lo mismo, su columna vertebral al arquearse. Aquello era lo que más éxtasis le producía, el intenso dolor que era capaz de activar todos sus sentidos. Sintió miles de pinchazos en su piel y su sonrisa se ensanchó, faltaba poco para el final y ella lo sabía. Poco a poco su cabeza se fue echando hacia atrás, dejando su estilizado cuello al alcance perfecto de aquel que deseara rasgarlo. Pero no había nadie más, tan solo estaba ella, con su dolor mezclado con éxtasis. Mordió su labio inferior al sentir cómo todo se intensificaba, cómo su cuerpo se batía desesperado, pidiendo por más.

Comenzó a temblar a medida que se aproximaba al clímax, sus pechos se irguieron y sintió un cosquilleo deslizándose hacia abajo, recorriendo su vientre. Rió en silencio, mordiendo con fuerza su labio inferior y rasgando su maltratada piel como tanto le gustaba, sintiendo el sabor de la sangre en su boca. Arqueó su espalda y sintió sus músculos forzarse al máximo, su abdomen estirarse hasta que parecía que se desgarraba. Un gemido sordo intentó escapar de su garganta, pero el único sonido que cualquiera hubiera podido escuchar era el de las gotas golpeteando el suelo.

Su cuerpo se desplomó, ella ni siquiera sintió el golpe; ya estaba acostumbrada. No tenía idea de cuanto tiempo había transcurrido desde que había terminado, para ella habían parecido años, pero sabía que probablemente se tratara de algunos minutos.  El tiempo se volvía lento, elástico, cada vez que entraba en ese estado, haciendo que pudiera disfrutar cada segundo con una precisión mucho mayor. Se relamió y lentamente abrió sus ojos, dejando que poco a poco se habituaran a la oscuridad casi absoluta que reinaba en aquel inhóspito lugar. Se incorporó arqueando su espalda e irguiéndose como si ella misma fuera algún chupasangre de las tinieblas que reinan en los cuentos, como si un hilo invisible atado a su pecho la pudiera controlar.

Miró el rostro neutro de la hermosa criatura y le prestó especial atención a sus ojos, intentando percibir emoción alguna, sin lograrlo realmente. Ella solamente le devolvió la mirada, tan inexpresiva como solía serlo. Entreabrió sus labios para comunicarse en ese idioma que sólo conocían ellas dos, de esa manera en la que solamente ellas se entendían.

—Recoge, se hace tarde —susurró con suavidad, sin perder la imponencia que la caracterizaba. Camille miró con atención a aquella a la que siempre había considerado su madre, su protectora.

Se puso de pie, cruzando sus piernas y apoyándose en su rodilla derecha, tan grácil como de costumbre. Bajó su mirada y observó con detenimiento la mandíbula desencajada del hombre que yacía en el suelo, una media sonrisa se vislumbró en su rostro. Caminó casi como si flotara y se acercó a la mesa sobre la que reposaba la mano cercenada del sujeto. Tomó el pañuelo del muerto y limpió con cuidado la madera, haciendo que el sonido de las gotas que se deslizaban por el borde de la mesa hasta el suelo charco que se había formado en el suelo cesara. Comenzó a reunir las partes de su víctima, tambaleándose, aún mareada. Aquella era la parte que menos le gustaba, pero siempre obedecía a su madre sin chistar, sabía que era necesario no dejar rastro alguno.

Cuando terminó de juntar las piezas y limpiar la sangre del lugar, se acercó a ella e hizo una reverencia.

—Llegarás tarde —le dijo entonces a la frágil Camille, que aún intentaba estabilizarse. Alzó su mentón y la miró de reojo, a lo que la joven asintió y cerró sus ojos brevemente; cuando los abrió ella ya se había ido, como siempre lo hacía.

II

Disimuladamente puso sus ojos en blanco después de que volviera a comenzar el Vals del Cascanueces por vigesimoctava vez, estaba harta de él y de todo lo que tenía que ver con esa asquerosa obra. Todos los años sucedía lo mismo, todos los años una de sus mimadas compañeras era elegida para dirigir la presentación de navidad, todos los años elegían la misma obra desgastada para seguir con una supuesta tradición que quién sabía quién había inventado. Estaba harta de que la denigraran, la forzaran a actuar como ratón o algún otro personaje ridículo de esa patética puesta en escena. Había dejado de prestarle atención a las palabras de la instructora justo cuando las había llamado al centro para hablar con ellas, se oponía rotundamente a escuchar el mismo ritual detestable que realizaban constantemente, en el que explicaban la mecánica de la actividad como si no estuvieran ya hartas de escucharla.

—¿Camille? —El acento extranjero con el que la instructora pronunciaba su nombre la sacó de sus pensamientos. Intentaba recordar cuándo había sido la última vez que se había dirigido a ella directamente. Enarcó sus cejas intentando que sus ojos no reflejaran el odio que sentía hacia la mujer y ladeó su cabeza, escuchó risas ahogadas en el fondo y apretó sus puños en un intento de controlar sus impulsos.

La miró curiosa, queriendo responderle, intentando que de su garganta salieran palabras, tratando a duras penas de emitir algún sonido.

—La presentación de Ieva Visų Šventųjų, Camille —me dijo abriendo sus ojos como platos, como si el hecho de que me lo explicara en su lengua natal fuera de ayuda— ¡Halloween!

La última palabra que pronunció comenzó a retumbar en su mente, Halloween, el momento en el que se decía que los muertos podían caminar entre los vivos con libertad total. Miró incrédula a la mujer e intentó decir algo cuando una de sus compañeras, la que había sido elegida para encargarse de la obra del Cascanueces ese año, le habló.

— ¿Qué sucede Camille? —susurró a su oído con malicia— ¿No crees que puedas encargarte de algo tan insignificante como una obra de segunda en una fecha ridícula? —La joven apretó sus labios, mordiéndose la lengua para no reaccionar. La instructora suspiró y, con toda la calma de la que en ese momento podía disponer, explicó de nuevo

—Se hará una exposición de arte el día de Halloween y nuestra compañía fue contratada para hacer una presentación especial en ella y ambientarla hasta que culmine… —La mujer seguía hablando, pero pronto los pensamientos de Camille comenzaron a flotar por encima de su cabeza. Hilaba ideas sin cesar, aún incrédula de que, por primera vez en todo el tiempo que llevaba perteneciendo a esa compañía de ballet, le pidieran que organizara una de las presentaciones—. Tiene que haber un gran comienzo, la apertura de la exposición y de nuestra participación en ella. —La sonrisa de Camille se ensanchaba cada vez más, comenzó a balancearse inconscientemente hacia delante y hacia atrás, casi podía sentir la melodía corriendo por sus venas, por las de las demás— Estaremos actuando y haciendo pequeños números secundarios a medida que transcurra el evento…

—Y un gran final —la cortó ella en su mente, moviendo sus labios para articular cada palabra y hacerle entender a qué se refería, mordiendo luego su labio inferior con fuerza, mientras sonreía. La miraba como un animal de caza mira a su próxima víctima. Ni siquiera se inmutó cuando notó la maldad reluciendo en los ojos de la mujer de avanzada edad, sabía que intentaba ponerla en ridículo, encargándole un proyecto de tal magnitud en tan escaso margen de tiempo, sabía que necesitaba una excusa para por fin poder cumplir con su sueño de expulsarla de la compañía. Pero Camille era muy lista, siempre lo había sido, ni una sola vez le había dado razones para cumplir con su cometido, cada una de sus apariciones y actuaciones habían resultado impecables.

III

Esa noche, la joven bailarina regresó a su casa sin saber muy bien cómo. Siempre sucedía lo mismo, cada vez que entraba en un estado de euforia como el de ese momento, todo lo que hacía parecía estar ocurriendo bajo el agua, a un ritmo lento y confuso. Los colores se fundían unos con otros, sus movimientos se volvían lentos y pesados y no podía dejar de sonreír; esa clase de felicidad era su droga particular. Subió los escalones de la entrada dando pequeños saltos, tambaleándose, hasta llegar a la puerta. Después de algunos intentos logró introducir la llave en el cerrojo y al entrar encendió la tenue luz que iluminaba la estancia.

Caminó hasta la cocina, dispuesta a encontrar alguna bebida energizante que pudiera ayudarla a mantenerse despierta durante toda la noche. Tenía trabajo por hacer y no podía darse el lujo de perder el tiempo en algo tan inútil como era dormir. Saludó a su madre biológica, al mismo tiempo que acomodaba su cadáver para poder desocupar la silla en la que ésta reposaba, más tarde tendría que limpiarla, no podía dejar que los vecinos sospecharan algo gracias al olor a descomposición. Por suerte tenía a su madre, su verdadera madre, la criatura silente que siempre estaba allí, a su lado, ayudándola a que nadie descubriera lo que hacía, a que no la atraparan y la encerraran.

Tomó hojas de papel y lápices afilados, desmontó las fotografías y recortes que tenía colocados en el pizarrón de corcho que ocupada casi una pared completa de su habitación y comenzó a escribir. Tenía que idear una historia para la presentación, no quería utilizar algo más, ella sabía que podía hacerlo, era su oportunidad para lucirse. Poco a poco las ideas comenzaron a fluir, de vez en cuando su madre aparecía y la veía trabajar, la juzgaba en silencio, pero ella sabía que lo hacía por su bien, para ayudarla por si llegaba a equivocarse.

Era el plan perfecto, todo coincidía. La fecha, el lugar, la ocasión, las personas, todo encajaba de manera óptima con lo que se proponía. La canción, la emoción, no iba a tener que esconderse nunca más, Había llegado el momento, el momento en el que haría su acto final. El momento en el que le demostraría al mundo quién era en verdad, cómo se sentía, lo que se proponía. Les abriría los ojos a todos, lograría hacerles ver el maravilloso mundo que se escondía detrás de los prejuicios que tantos sostenían, detrás de las reglas autoimpuestas que todos seguían sin saberlo.

Pasó toda la noche en un estado similar al que tenía cuando había caminado hasta su casa. Los papeles volaban y las ideas fluían sin cesar. Cada cierto tiempo sentía escalofríos y tenía que contenerse para no desconcentrarse demasiado. Una única pista musical corría una y otra vez hasta el cansancio, la única canción que le hacía sentir lo que solamente lograba el sonido de las gotas de sangre cayendo. Se mecía de un lado al otro, se acostaba sobre el costado de una de sus piernas, completamente estirada, en una posición bastante incómoda para quien no estuviera acostumbrado a ello.  Se mecía hacia atrás y hacia delante, haciendo que el delicado roce de la tela en la parte baja de su cuerpo le hiciera sentir cosas que nunca antes había sentido.

Se sentía eufórica con tan sólo pensar en el resultado, con tan sólo maquinar su macabro plan. A veces la criatura se acercaba y la golpeaba con fuerza en la espalda o en el pecho, a veces incluso en el cuello, con el fin de que se concentrara en su tarea, de que aún no se dejara llevar, que no llegara al éxtasis todavía. Camille sufría, contenerse era cada vez más y más difícil, tan sólo podía consolarse con el hecho de que, cuando llegara el momento, se sentiría como nunca antes se había sentido en su vida; ni siquiera cuando asesinó a su madre biológica y llenó la bañera con su sangre caliente, ni siquiera cuando había bailado sobre los cadáveres de aquella pareja que tanto placer le había producido matar.

Ella estaba enferma, eso era lo que decían todos los que se enteraban de su afición, y eso era algo que no podía soportar escuchar. Le dolía, la atormentaba, ellos eran los del problema, ellos eran los que tenían una enfermedad mortal. Eran sordos y ciegos, sólo podían hablar sin pensar, ni siquiera podían sentir lo que los rodeaba, las vibraciones de la música en sus venas. El psiquiatra había intentado internarla, había intentado hacerle creer la idea absurda de que la sangre no simbolizaba la melodía interna de cada persona; le había dado la misma explicación obtusa había escuchado en su colegio en clases de biología, algo referente a glóbulos blancos y rojos, cosas que ella nunca había llegado a entender.

Por eso lo mató junto con su esposa, una noche mientras dormían. El sentimiento había sido maravilloso, al ver brotar la sangre de su cuello y comenzar a escuchar la melodía particular de cada uno fundiéndose con la del otro. Había intentado gritar con todas sus fuerzas, pero su voz permanecía atrapada dentro de su pecho, como lo había estado desde que tenía memoria. Había querido preguntarle si la escuchaba, si podía escuchar la maravillosa música que brotaba de sus venas abiertas, el ritmo que llevaba su sangre. De todos modos no importó, la sensación de saber que no iba a tener que escucharlo decir tales atrocidades nunca más bastó para contentarla, eso. Simplemente se dejó llevar, al final ordenó la habitación y limpió todo, tal como su verdadera madre había ordenado, lamentándose de que hubiera durado tan poco.

Cuando había asesinado a su madre biológica había sucedido algo parecido, se había reído en silencio mientras escuchaba cómo poco a poco la música brotaba de su gordo estómago cortado, vaciándose en la bañera que había en el baño del piso superior, aquella que era tan grande y ella nunca le había permitido utilizar. Estar rodeada de melodía líquida y caliente, poder sumergirse en ella, había sido una de las mejores experiencias que había tenido en su vida. Muchas noches siguientes había pensado en esa ocasión y había terminado por llegar al clímax bajo las finas sábanas de su cama. A veces la criatura aparecía, pero el grado de excitación que tenía en ese momento le impedía parar. Todas esas veces, terminaba a conciencia de que sería castigada. ¿O tal vez sería que comenzaba a gustarle aquel castigo? Para alguien como ella, quien nunca había sido tomada en cuenta; las reprimendas de su madre verdadera equivalían a preocupación por su bienestar, al cariño que jamás recibió.

Cerca de la madrugada tuvo lista la idea que tenía para la presentación, había logrado idear toda la historia en una noche, además de los actos secundarios y el gran comienzo. Lo único que había dejado para después había sido el final, tal vez porque tenía miedo, o quizás porque estaba demasiado segura de qué era lo que iba a hacer. La noche había transcurrido como un sueño, y quizás fue por eso que al día siguiente no tenía idea de cuándo se quedó dormida en el suelo. Cada vez la transición entre la realidad y el mundo onírico se hacía más y más suave e imperceptible, comenzaba a confundir ambas cosas y comúnmente las mezclaba, sobre todo cuando se hallaba en estados como el que estaba en esa noche.

Soñó con máscaras y ríos rojos, con el rostro de la pálida criatura que parecía pertenecer a una realeza de ultratumba,  con sensaciones que sólo ésta podía producirle, con placer y dicha. En sus sueños aparecían rostros conocidos que poco a poco se desdibujaban y le daban paso a la esencia de su ser, a la melodía que estaba encerrada dentro de sus cuerpos. Danzaba entre las personas a las que odiaba, todas parecían vacías y carentes de vida, y la visión de ello le produjo un enorme bienestar a Camille.

En algún momento se dio cuenta de que estaba soñando y decidió sacarle provecho, comenzó a decapitar a diestra y siniestra, a beber sangre, a rozar sus cuerpos con el suyo, a dejarse llevar por la belleza que escondía cada uno de los cadáveres. Deseó que llegara el día, que pronto se hiciera realidad, con el solo pensarlo sintió cómo su pecho se endurecía de excitación, un cosquilleo recorrió su cuello y bajó por su columna vertebral. Faltaba muy poco para la noche de Halloween, la noche en la que por fin todos sus sueños se harían realidad, su noche.

IV

Llevaban máscaras. Había sido difícil convencerlas, sin el recurso de la voz era casi imposible que Camille lograra hacer entender algo a alguien; por suerte su verdadera madre estaba allí, como siempre, y pudo influir en la mente de las chiquillas necias y la áspera instructora. Ella misma se había encargado de idear rutinas específicas para varias de las secciones de la actuación de la noche, las cuales serían imprescindibles para que su plan tuviera éxito. Los efectos especiales también tendrían vital importancia, por suerte la compañía disponía de maquilladores especializados que le ayudarían a simular cortes y rasgaduras en la piel y ropaje de las bailarinas.

Ella sería la protagonista, por supuesto,  no iba a dejar que una oportunidad así pasara por alto. Faltaban apenas un par de horas para la apertura de la exposición, estaban todas en los camerinos, ansiosas de que algo saliera mal y pusiera en ridículo a la niña muda a la que siempre habían odiado. Aun así, era notorio que estaban también entusiasmadas por hacer algo nuevo, algo diferente. Camille las miraba una a una, ella había sido la que había estado lista primero debido a la sencillez de su vestuario. Solamente había necesitado un vestido blanco y el cabello amarrado en un delicado moño, sus zapatillas de ballet color piel la hacían parecer descalza.

Encarnaría a un alma en pena que rondaba el mundo de los vivos solamente en la noche del Halloween, acechando a aquellos que la rodearan y buscando cobrar venganza de un crimen cometido hacía ya demasiado tiempo como para recordarlo. Ella no estaría llena de sangre al principio, eso lo dejaba para el transcurso de la obra. Mordió su labio inferior nerviosa, ansiosa, su corazón latía desbocado y parecía que se saldría de su pecho. Comenzaban a llegar los invitados, escuchaba sus pasos y sus voces, riendo, todavía no había visto cómo había quedado la ambientación del lugar, pero confiaba en que las indicaciones escritas que había dado habían sido suficientes para que no hubiera nada que saliera mal.

El artista entró tras bastidores, lo vio hablando con la instructora estoniana, con esa mujer que tan mal la había hecho sentir, siempre con su mirada. Pensó en cómo sería la exposición, sabía que habrían esculturas y pinturas, se deleitó imaginándose que utilizaba algunas de ellas para darle un toque de originalidad a la presentación, a su obra maestra. Quiso hablar con él, a veces se sentía impotente al no poseer voz, casi ninguna persona en su entorno conocía el lenguaje de señas y eso solamente dificultaba la ya de por sí casi imposible tarea de comunicarse.

Decidió probar suerte y dejar que la inspiración la guiara, realmente no le importaba si molestaba al artista o no, esa era su noche y nada en el mundo impediría que hiciera lo que ella deseaba. Lo saludó de lejos y corrió a ponerse en posición, entrarían por una puerta cubierta por una cortina y se dispondrían en el medio de la sala de exposiciones. Sintió cómo poco a poco su cuerpo comenzaba a hundirse en excitación, cerró sus ojos y cuando los abrió pudo ver a su hermosa  madre verdadera dirigiéndole una severa mirada. Debía concentrarse hasta que fuera el momento, no podía darse el lujo de dejarse llevar antes de tiempo; suspiró mientras un escalofrío recorría su espalda y se obligaba a calmarse, a ignorar la sensación caliente que comenzaba a formarse entre sus muslos. El momento de anticipación siempre era el más tenso de todos, a duras penas podía soportarlo.

Miró cómo el humo se colaba por debajo de la puerta y sonrió para sus adentros, resultaba que sí habían acatado sus órdenes de abarrotar la sala de hielo seco, esa neblina artificial era justo lo que necesitaba para envolverlos a todos en el aura de ensueño en la que le sería fácil jugar con sus víctimas sin que éstos se dieran cuenta. Probablemente pensarían que se trataba de una actuación excelente, no tendrían manera de detallar las heridas si una densa capa de humo las cubría; no habría manera de diferenciar la sangre real del maquillaje, al menos antes de que la presentación hubiera finalizado.

Abrieron la puerta desde el otro lado y Camille sintió cómo poco a poco se iba saliendo de su cuerpo y se posicionaba flotando en algún lugar sobre él. Veía las cosas como  si fuera alguien más, sentía que su alma se había separado y ahora solamente quedaba la vacía carcasa que se movía con tanta destreza y delicadeza que no podía más que dejar al público completamente anonadado. Volvió a su cuerpo de nuevo y detalló los rostros de los presentes, todos boquiabiertos admirando cómo las bailarinas se posicionaban en el centro de la sala. Pudo ver desde lejos a su instructora, intentando evitar que una sonrisa de orgullo se asomara en su rostro, ella nunca había sido de esas que expresaban su felicidad ante una buena presentación, sólo reparaba en los errores, para ella lo que importaba eran los errores, no los aciertos. La chica la miró con odio, nunca se había permitido felicitarla, a ella que era la que más empeño ponía en cada una de los recitales, por mucho que detestara la obra.

Por un segundo quiso dejarse llevar y acabar con ella primero, pero sintió la mirada punzante de la criatura a la que consideraba su auténtica madre y volvió en sí. Sabía que tenía que atenerse al plan, todo tenía que salir a la perfección, no podía darse el lujo de equivocarse y arruinar su noche perfecta. Danzó hasta su posición y contempló cómo sus compañeras bailaban junto con ella, ninguna la podía ver, todas estaban concentradas en las cuentas, en la música y en los movimientos que tendrían que hacer a continuación. Por fin llegaron al momento en el que rodeaban a Camille en una formación semi-circular, la joven sonrió y le dio la espalda al público, tomando el pequeño puñal que llevaba escondido dentro de su corpiño, ese que siempre utilizaba, y respiró profundo. El acto por fin comenzaría.

El alma en pena se acercó sigilosa a una de las jóvenes que yacían de pie, danzando a su alrededor; ésta la miró nerviosa e intentó alejarse sin éxito. Una línea carmesí se dibujó en su hombro y un gritito ahogado surgió de los labios de la chica. El público aplaudió, impresionado por el realismo de la escena, sin imaginarse que lo que sucedía era mucho más real de lo que podrían pensar. La criatura de la noche daba vueltas consecutivas sobre las puntas de sus pies, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios y más líneas color carmesí aparecían en la piel de la primera víctima, fundiéndose con el maquillaje y el vestuario de la misma. La víctima no corrió, sentía una fuerza superior obligándola a quedarse donde estaba, a aceptar su destino; Camille sonrió y miró a su verdadera madre con gusto, agradeciéndole en silencio.

El pacto de apertura se terminó y las bailarinas se dispersaron, la función estaba diseñada para que ninguna pudiera establecer contacto directo hasta que culminara la exposición, así que la joven que ya estaba notablemente cortada no tendría oportunidad de avisarle a las demás. La sonrisa de Camille se ensanchó y cerró sus ojos, por fin había llegado el momento de dejarse llevar. Se mezcló entre el público mientras éste la miraba entusiasmado, poco a poco se perdió entre ellos, sus movimientos comenzaron a ser más suaves y orgánicos. Se escuchó cómo era descorchada una botella y supo que la exposición había iniciado oficialmente. Las personas se dispersaron y comenzaron a admirar el arte que los rodeaba, las bailarinas se mantenían estáticas o danzando con una suavidad casi imperceptible, no podía notarse su expresión a causa de las máscaras, ni siquiera cuando una a una eran rasguñadas por el puñal de Camille.

¿Cómo era posible que ninguna reaccionara? La niebla producida por el hielo seco, la música hipnotizante y la influencia de la criatura que las rondaba ayudaban a mantenerlas en un estado en el que parecían drogadas, no estaban muy seguras de qué estaba sucediendo ni de qué sentían, solamente les importaba seguir las instrucciones que se habían planteado para que la actuación saliera a la perfección. Mientras tanto, la protagonista se había relegado a las sombras, se acercaba sigilosa a sus compañeras dispersadas por la sala y comenzaba a juguetear con ellas, a rasgar sus pechos con su delicada arma, a rasguñar sus cuellos con sus uñas.

Se le hacía agua la boca al escuchar cómo poco a poco la sangre brotaba de los pequeños cortes, la melodía de todos los cuerpos en conjunto opacaba enormemente la de la música del reproductor de sonido. A veces se acercaba a algún espectador y rozaba la punta de sus dedos con su piel, incitándolos a que contemplaran lo que haría próximamente, los hipnotizaba para que se distrajeran de lo que habían ido a hacer y se fijaran en ella, en sus propias obras de arte.

Mordió su labio inferior mientras se acercó a una de sus compañeras, una que estaba convenientemente ubicada cerca de una escultura hecha aparentemente con trozos de metal desgastado. Camille tomó su mano y la condujo hasta la figura, obligándola a que rozara su brazo con uno de los salientes de la misma. La sangre comenzó a brotar y quienes estaban alrededor miraban embelesados cómo el metal comenzaba a adquirir un tono carmesí. La chica chilló de dolor, adormilada a causa de la atmósfera del lugar; el público aplaudió embelesado, admirando lo que suponían que era una actuación estupenda. Al mirar aquello, la joven con el vestido blanco soltó la mano de su más reciente víctima y deslizó sus propios dedos por su cuello, sintiendo a flor de piel cómo la música que manaba de sus venas hacía que se sintiera viva.

Soltó un gemido ahogado antes de alejarse a paso sigiloso de allí, le apetecía algo más; aunque eso no significaba que no podía jugar rozando la parte superior de sus pechos con sus dedos mientras se trasladaba de una habitación a otra. Fue entonces cuando sintió la mirada del artista clavada en ella, aquel hombre estaba viéndola como nadie lo había hecho en su vida. Sus pechos se endurecieron de nuevo y sus labios temblaron al sentir cómo un escalofrío la invadía. Le devolvió la mirada mientras una de sus manos comenzó a subir por la parte interna de sus muslos, éste la contemplaba como si ella misma fuera una obra de arte, pero ella no tenía interés alguno en su cuerpo físico, solamente deseaba su sangre, la sangre de un artista.

Cada vez se soltó más, lo que al principio habían sido tímidos toqueteos en la nuca se convirtieron en sugerentes roces de labios, jugaba cortando el vestuario de las bailarinas, dejando al descubierto partes de su abdomen sangrante, acariciando sus pechos por encima de la tela. Éstas pasaban por alto los roces de Camille, concentradas en el dolor que sentían por los cortes en su piel solo podían gemir de amargura al no comprender en su totalidad qué estaba sucediendo. El público cada vez se encontraba más embelesado y excitado y esto complacía a la joven enormemente, sentía que aquello era la confirmación de su plan, que poco a poco comenzaban a escuchar la música que brotaba de los pequeños charcos de sangre que se iban formando en el suelo.

En el intermedio el artista se colocó en el centro de la sala, Camille detuvo por un segundo su labor de lamer cuidadosamente la sangre de la parte superior de las clavículas de una de las chicas y se acercó a ver qué ocurría. Se perdió entre la multitud y aprovechó la ocasión para colar su mano por entre sus piernas, como tantas otras veces había intentado esa noche. Gemía en silencio mientras lo escuchaba hablar, ese había sido uno de los pocos momentos en los que había agradecido haber nacido sin voz. Sus sospechas de que ese hombre y la instructora se traían algo entre manos se disiparon cuando éste la llamó al centro, presentándola y agradeciéndole la participación de su compañía de una manera tan ejemplar en ese evento, que tan importante era para él.

Para su sorpresa, también la llamó; ella lamió sus dedos con rapidez y danzó hacia él con una mirada curiosa. Sonrió al comprender qué era lo que buscaba el hombre, quería incluir de algún modo a la mujer madura dentro de la obra, se sentía atraído por ella y tenía intenciones de hacerla destacar para intentar llevársela a su casa cuando terminara la noche. Camille aprovechó el momento y se acercó a la mujer, bajo la atenta mirada de un público expectante. Ésta comenzó a danzar con cierta timidez, rígida, como siempre. La joven debía interactuar con ella de algún modo para hacerla parte de la presentación, después de todo, ella la protagonizaba; por lo que decidió comenzar con ella la parte verdaderamente fuerte de su jugada.

Envolvió al artista con sus brazos y le arrebató el cuchillo que tenía en el bolsillo trasero del pantalón, ese que él mismo había explicado en algún momento de la noche que había sido heredado por su abuelo, quien lo había robado de alguna tribu indígena en algún lugar del mundo. Clavó la punta en la tráquea de la mujer, ésta profirió un grito atronador e intentó zafarse de ella, desesperada. Entre el humo y la multitud, tan sólo parecía una actuación maravillosa, incluso para el artista que se encontraba considerablemente cerca. La mujer la arañó, pero ésta ni se inmutó, comenzaba a sentir el dolor que tanto había anhelado, ese que tanto placer le producía, la noche no había hecho más que comenzar. Arrastró a su instructora con cada vez menos fuerzas hasta otra de las esculturas y la recostó sobre ella, la sangre teñía la obra, parecía una muñeca enorme postrada sobre una estructura de acero inoxidable, poco a poco volviéndose carmesí.

El alma en pena comenzó a cobrar venganza de los mortales, se movía con mayor precisión y agilidad, sin importarle ya si se estaba robando la atención de los presentes o no. Comenzó a sentir de nuevo que su esencia se separaba de su cuerpo y esa vez cerró sus ojos, decidió que de ese momento en adelante dejaría que su mente descansara. Terminó varias veces esa noche, cada vez sus movimientos eran más espasmódicos al comienzo y suaves al final. Sentía su entrepierna húmeda e incluso el roce de sus muslos al caminar podía hacerla entrar en estado de éxtasis. Mientras más sangre brotaba, más fuerte podía escuchar la melodía de sus cuerpos, muchos ya sin vida. Cada vez se volvía más y más rápida y ella comenzaba a sentir la tensión en sus músculos al girar cada vez con más velocidad.

Su espalda se arqueaba en posiciones aparentemente imposibles, sus brazos se movían con tanta fuerza y fluidez que físicamente el dolor sería insoportable para muchos, los dedos de sus pies ardían, los callos en los mismos se raspaban y las ampollas se rompían. Ella reía en silencio, cada vez le importaba menos lo que pensarían los demás, cada vez sentía la necesidad de hacer más daño. Comenzó a clavar el cuchillo a diestra y siniestra en los cuerpos de las bailarinas, para luego acomodarlas convenientemente en algún lugar en el que parecieran formar parte de las obras de arte. Cuando hubo acabado con ellas se recostó de una pared mientras su pecho subía y bajaba con brusquedad, a causa del cansancio y la excitación que sentía en ese momento.

Era insaciable, lo sabía, tenía sed de más y más. Buscó con su mirada su último objetivo y lo encontró hablando con un par de personas que lucían importantes; pudo vislumbrar las miradas del público, comenzaban a inquietarse, algunos tecleaban a toda velocidad en sus teléfonos móviles, otros hablaban en voz baja a través de ellos. Muchos se habían ido, los había ahuyentado pero eso no le importaba en lo más mínimo.

— Hazlo, termina con todo —susurró a su oído la criatura que hasta ese momento se había quedado callada, Camille asintió y corrió hasta el artista, rebotando sobre las puntas de sus pies. Enterró el cuchillo en la parte lateral de su pecho y el hombre aulló de dolor, comenzó a bajar el arma, abriendo cada vez más el corte. Lo besó en los labios y los mordió con fuerza, mientras que desocupaba una mano y comenzaba a tocarse de nuevo. Jadeaba desesperada por obtener más, la melodía poco a poco iba brotando y su sonrisa se ensanchaba.

Cayó al suelo con las piernas abiertas y se dejó caer hacia delante, apoyando sus codos en el frío mármol y jugando con el cuchillo. Comenzó a moverse hacia delante y hacia atrás y, sin pensarlo dos veces, empezó a cortar sus propios brazos,  sus piernas, su abdomen. La sangre comenzaba a manar y ella se llenó de dicha, era la primera vez en toda su vida en la que escuchaba su propia melodía y esa era, sin duda alguna, la más hermosa que existía en el mundo. Cuando llegó al clímax que tanto aperaba cayó al suelo en un suspiro, entrando en el estado de adormilamiento que caracterizaba esos momentos después del orgasmo.

La policía no tardó en llegar, ella estaba inconsciente para ese momento, pero si no lo hubiera estado no se hubiera resistido, ya nada más importaba. Aquel Halloween había sido suyo, su noche, aquella que había esperado por tanto tiempo. No le importaba más nada, atesoraría ese momento para siempre en su mente y se negaría a vivir en una realidad que no fuera la sucedida aquella noche. Poco importaba ya en dónde estuviera.

V

La enfermera le colocó el sombrero mientras la joven la veía con la mirada perdida, moviendo sus labios con velocidad, como si tarareara. Camille caminó como se le indicó hasta la sala en la que se solían reunir todos los pacientes para las fechas importantes. Miró a su alrededor, aquellos colores debían significar algo, pero no podía identificar qué. Cada una de las personas que la rodeaban tenían la misma mirada que ella, incluso aquellas que no estaban internas en el sanatorio, pasar tanto tiempo rodeado de enfermos mentales era capaz de volver loco al más cuerdo y se notaba claramente en la expresión de los cuidadores y enfermeros.

Se tumbó en un sillón mientras veía cómo momias, brujas y vampiros desfilaban ante ella, habían intentado imponer el espíritu festivo disfrazando a los pacientes, pero al parecer ninguno se había dado por enterado. Sus brazos comenzaron a picarle de nuevo y volvió a intentar rascarse con frenesí a través de la gruesa tela de las mangas que cubrían por completo sus brazos e incluso encerraban sus manos dentro de ellas. Se preguntó si sus heridas ya se habrían curado, si la sangre había dejado de manar; supuso que al menos eso último había sucedido, porque la melodía se había disipado.

Las calabazas y el olor a velas que reinaba en el lugar no hacían más que resaltar lo lúgubre de la situación. Se relamió y cerró sus ojos, intentando recordar qué significaban todas aquellas cosas. Como un suspiro vino a su mente el recuerdo de la noche que había marcado su vida para siempre, la noche de Halloween de hacía un año, la primera vez que había escuchado la música que producía su sangre y la última que había visto a la criatura espléndida que había considerado su única y auténtica madre hasta ese momento.

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