Lágrimas de Ángel (La elección de los Kronux #1)

Cuenta la leyenda que cada vez que un ángel puro y celestial derrama una lágrima de tristeza, nace un nuevo ángel negro.
Hay ciertos rumores acerca de que así como las lágrimas de tristeza tienen su poder sobrenatural, toda lágrima de felicidad contiene también algo mágico. Por lo cual, las lágrimas de felicidad de un ángel no son solo eso, son también algo poderoso e inusual. No es fácil hacer llorar a un ángel.
Pero lo que todos saben y, muy pocos niegan, es que algún día el ángel negro más poderoso que el mundo haya visto se revelará y solo un ángel puro podrá detenerlo; aunque deba de perecer en el intento.


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<ESTA HISTORIA ES UN BORRADOR>

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1. Prefacio:

El susurro del viento embarga el bosque llenándolo de vida. El sonido es suave y se mantiene en calma mientras que las hojas de los árboles se balancean continuamente, y las agujas de pino que tapizan el suelo se deslizan sobre él, llevadas por las repentinas ráfagas de aire. Los árboles se ciernen sobre mí, imponentes, y los haces de luz del sol se filtran a través de las copiosas hojas, derramándose sobre mi cuerpo.
    Deslizo mi pierna hacia atrás en un arabesque justo cuando la tenue luz me ciega. Luego trazo un arco a mi alrededor con mi otra pierna; efectuando aquella danza que me enseñó mi madre cuando era pequeña.
    Doy una vuelta sobre mi pie derecho y extiendo los brazos. Mis pies desplazándose sobre el suelo frío y fértil, con seguridad y gracia. Mientras que, mi cadera, acompaña a mis extremidades cuando me precipito sobre el suelo, exhausta. Es el final del baile.
    Flexiono las piernas para deshacerme de las cintas de mis zapatillas de danza y cierro los ojos para disfrutar de los sonidos del bosque, de la naturaleza. Mis dedos se mueven ágiles, acostumbrados a desatar nudos aunque no me encuentre mirando lo que hacen.
    —Vamos, dime qué piensas —exclamo con un suspiro.
    —Nada mal para una novata.
    —¡¿Novata?! —espeto despojándome de mis zapatillas y colocándolas junto a mí—. Esta novata ganó el concurso estatal de baile tres años consecutivos. ¡Y voy por el cuarto!
    Me volteo sobre mis piernas para enfrentar a Christopher. Hemos sido amigos durante siete años y él, empecinado en molestar,  aún encuentra motivos para degradarme.
    —Bueno, no sé qué artimañas has utilizado durante los últimos tres años —confiesa él mientras atraviesa la espesura—. Pero... ¡yo podría vencerte!
    —¡Ni en sueños! —mascullo, sonriente—. ¡Tienes menos gracia que una babosa muerta!
    Christopher ríe estruendosamente, pero se trata de una risa agria y sin sentimiento alguno. Sé que intenta parecer molesto, pero en realidad sólo está jugando conmigo. Como siempre, claro.
    Mi amigo pasa una mano por su cabello negro azabache y lo desordena, aunque sin perder el estilo. Bajo la luz del sol su cabello adquiere un extraño brillo azulado que le otorga una apariencia solemne. Lo hace parecer atractivo pero, al mismo tiempo, misterioso. Christopher es alto y bastante fornido aunque sólo tiene 19 años. Porta una bonita sonrisa y unos esplendorosos ojos azules. ¡Es el sueño de toda chica! Claro que se comporta como un patán sin clase y todas desean un príncipe azul..., bueno, es un insignificante detalle.
    Christopher se desliza en el suelo junto a mí y me sonríe, hecho todo un galán. Debo controlarme para no romper en una carcajada porque sé que se enojaría si lo hago y esa no es mi intención. Aunque sea un tonto y me moleste diariamente, es mi único amigo y de verdad lo aprecio.
    —En realidad... creo que podrías ganar —susurra mirando hacia el cielo. Sus ojos brillan bañados por el sol.
    —¡¿De verdad?! 
    —Claro, si te esfuerzas.
    Me regocijo por dentro gracias a sus palabras. ¡Volver a ganar! Sería un sueño, y por supuesto, haría que mi mamá se enorgulleciera de mí, sin importar en donde esté. Sé que ella lo sabrá y estará tan feliz como yo.
    Me acuesto entre las agujas de pino y observo el cielo, imitando el acto de Chris. Sólo hay unas cuentas nubes, por lo demás, el día está espléndido. Ni siquiera me agobia la humedad de siempre, todo se encuentra... diferente. El efecto de la luz del sol sobre la espesura me hace sentir bien y le confiere cierto aspecto mágico al bosque. Es fabuloso presenciarlo. En algún lugar ulula un búho y me estremezco.
    Nos quedamos así, echados uno junto al otro. Al pasar el tiempo cierro los ojos y me quedo dormida sin darme cuenta. Cuando los abro, el sol se ha ocultado y la penumbra me envuelve. El brillo de la luz de la luna ilumina algunas plantas y entonces comprendo que de verdad ha pasado mucho tiempo. ¿Cuántas horas he dormido? Y lo más importante, ¿en dónde está Christopher? Me vuelvo para mirarlo, suponiendo que se encuentra echado junto a mí, pero al parecer él ya se ha ido. No obstante... ¿hace cuanto tiempo? ¿Por qué me dejó aquí? No es divertido.
    Me levanto, lentamente debido a que no puedo divisar con exactitud el piso bajo mis pies, y luego recorro el lugar con la mirada, intentando observar más allá de todas las capas de hojas y ramas. ¡¿En dónde diablos se metió Chris?!
    Comienzo a caminar aceleradamente hacia el lado por el que ingresé al bosque, con la esperanza de regresar a mi hogar y hallar a mi amigo, sin embargo, transcurren algunos minutos y no veo el comienzo del pueblo. Me desespero. ¿He tomado el camino correcto?, inquiero a mi subconsciente. No obstante, es imposible distinguir el sendero, si es que es este. Mis pies se mueven hacia delante y atrás sin rumbo alguno,  luchan con las agujas que se adhieren a ellos debido al barro, e intentan pisar zonas llanas y carentes de piedras. Abrazo mis zapatillas de danza con fuerza para mantenerme calmada.
    Sólo unos minutos más, me digo, sólo avanzas y ya. Ya casi llegamos.
    Mas nunca llego a mi destino. Oigo una rama quebrarse a mi espalda y me imagino a un temible y gigantesco oso pardo que ha venido para devorarme. Pero no, cuando me vuelvo, dos manos se envuelven alrededor de mi cuello y me asfixian. Lucho para zafarme pero es inútil, me tienen presa. 
   Reparo en que tengo las zapatillas aferradas con fuerza, y con una mano, la entierro en el estómago de mi agresor. La presión en mi cuello disminuye y me echo hacia adelante, sobre el suelo. Me estoy arrastrando, clavando mis uñas en el lodo para poder avanzar. Una mano se aferra a mi tobillo pero me deshago de su agarre con una patada que es acompañada por un chillido. 
    Quiero escapar. Necesito escapar. Y no puedo hacerlo, no tengo fuerzas. Entonces, es cuando sucede y me odio por ello: despliego mis alas.
    Mis omóplatos se tensan y los músculos que los rodean se contraen, justo cuando las blancas y enormes alas surgen de mi espalda, rasgando mi camiseta. Escucho un jadeo y soy consciente de que el hombre que me sigue me ha visto. Tonta, me recrimino, eres una tonta. Pero ya estoy corriendo y tomando velocidad para poder escapar, y  cuando lo hago, vuelo entre las ramas de los árboles. Esquivo arbustos y espanto a algunos animales al hacerlo.
    Finalmente llego al inicio del pueblo y me pregunto si tengo nuevas magulladuras. La pantorrilla derecha me produce un dolor lacerante cada vez que camino pero no me interesa, lo único que necesito es refugiarme. Mi cuerpo vuelve a la normalidad y no hay rastro de mis alas, sólo las dos rajaduras en mi ropa. Estoy sudando y la melena caoba se adhiere a mi piel debido a la transpiración que me recubre.
    —Al fin...    —comienzo pero no soy capaz de terminar la frase.
    Un cuerpo se cierne sobre el mío y el filo de un cuchillo me muerde. El dolor llega incluso antes de que advierta que un hilillo carmesí recorre mi mejilla, antes de que alguien coloque una mano sobre mi boca, y de que yo lo muerda para deshacerme de ella. La sangre embarga mi boca y llega a mi garganta, embriagándome con su sabor. Hinco mis dientes con mayor fuerza en el dedo índice de mi agresor. No voy a soltarlo.
    Algo no, alguien; me empuja a un lado y me encuentro sobre el pavimento, liberada. Pero sólo pasan unos minutos hasta que me agarran desde atrás y tiran de mi cabello. Un brazo se enrosca alrededor de mi cuello y la otra me toma por la cabeza. No puedo moverme. Intento pelear y patear, pero me asfixio y dejo de intentarlo. Cuando planteo la posibilidad de calmarme advierto que no se trata de un solo hombre, sino que son tres. Uno me ata los brazos y las piernas mientras que el tercero se mantiene impasible, a un costado.
    —Suéltenme —digo. Escupo lo que debería ser saliva, pero en el suelo luce como sangre.
    Intento morder el brazo que me rodea pero no lo logro. Mis dientes se cierran en el aire con un chasquido demasiado sonoro.
    —Creo que el angelito necesita un bozal.
    El segundo tipo se acerca a mí y rasga mi camiseta dejando a la vista mi abdomen. Es ridículo pero me siento cohibida incluso cuando sé, muy dentro de mí, que van a matarme. 
Enrolla la tela y luego la coloca dentro de mi boca. Corre el dedo demasiado rápido como para que pueda morderlo. Por dentro, grito.
    —Angelito, sólo queremos algo de ti.
    Los miro a los tres y reparo que el tercer hombre es quien está hablando. Su voz es áspera y grave; sus ojos son negros como la boca de un lobo. Algo en él logra intimidarme.
    —Si te comportas bien vas a salir viva de esto —comienza él y se me hiela la sangre. De verdad van a matarme—. Si no lo haces, bueno... Creo que ya sabes cómo es esto. 
    Quiero correr, huir, pero lo que más quiero es acabar con ese hombre; hacer que lamente haberse metido conmigo. Claro, no estoy en la mejor situación. 
    —Bien. Lo que necesitamos es fácil: una lágrima —dice en un susurro y el vello de mi nuca se eriza.
    Los ángeles tenemos reglas. Muchas, tantas que las olvido y suelen retarme por ello, sin embargo, nunca olvidaré la regla principal. Nunca llores.
    Todos saben que si un ángel puro llora un nuevo ángel negro nace. Y, lo que es aún más peligroso, es derramar una lágrima de felicidad. Eso puede significar tu fin.
    Nos entrenan estrictamente para que no tengamos sentimientos como las personas normales. Yo siento, pero nunca podría llorar por algo. Los sentimientos forman una fina película que nos envuelve y distorsiona la realidad. 
    Llorar es en vano y significa el fin de nuestra raza. No estoy dispuesta a terminar con los míos por no haber sido lo suficientemente fuerte.
    El hombre ha de ver el pánico en mis ojos, ya que una sonrisa se forma en su rostro cuando dice:
    —Una lágrima. Sólo una. Sé que sabes hacerlo. 
    Niego con la cabeza. 
    —Si no lo haces, mataremos a tu amiguito.
    El corazón me da un vuelco y mi pulso se acelera. ¡¿Ellos tienen a Chris?! ¿Qué le hicieron? ¿Y si lo han herido? Lucho con mis ataduras pero no puedo hacer nada, me tienen indefensa. De pronto, el jirón de tela en mi boca me asfixia y siento asco. Tengo que escapar.
    —No, no podrás marcharte. Tú eliges como acaba esto: mueres y tu amigo igual, o lloras como un angelito aterrado.
    Muy dentro de mí rompo en un llanto sonoro y lágrimas bañan mis mejillas. Pero, en realidad, le pido perdón a Chris y le confieso que siempre lo he amado, sin importar lo idiota que es. Le pido perdón por no ser lo suficientemente valiente para hacer esto, porque debo morir por mi raza.
    Naces ángel y mueres ángel
    —Perdón, Chris —susurro insonoramente debido a la tela en mi boca—. Siempre te amaré. 
    Luego, todo es oscuridad.

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