Lágrimas de Ángel (La elección de los Kronux #1)

Cuenta la leyenda que cada vez que un ángel puro y celestial derrama una lágrima de tristeza, nace un nuevo ángel negro.
Hay ciertos rumores acerca de que así como las lágrimas de tristeza tienen su poder sobrenatural, toda lágrima de felicidad contiene también algo mágico. Por lo cual, las lágrimas de felicidad de un ángel no son solo eso, son también algo poderoso e inusual. No es fácil hacer llorar a un ángel.
Pero lo que todos saben y, muy pocos niegan, es que algún día el ángel negro más poderoso que el mundo haya visto se revelará y solo un ángel puro podrá detenerlo; aunque deba de perecer en el intento.


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2. Capítulo 1:

 —¡Desayuno! —chilla alguien justo cuando en mi sueño comienzo a caer y caer.

    Abro los ojos y miro el reloj a mi lado. Este marca las 06:41 am, es temprano. Me levanto y visto ágilmente con mis jeans negros y una musculosa azul. Ignoro el hecho de que mis jeans están agujereados y gastados porque así es como me gustan.

    —Allí voy —grito en respuesta y arrojo mi bolso sobre mi hombro.

    Mis pies desnudos sobre el piso de madera producen algunos gemidos cuando piso una que otra tabla vieja, por lo que procuro ser lo más silenciosa posible. Aunque yo me desperecé, Alice sigue echada en su litera y pretendo que se quede allí por mucho tiempo. Odio que me moleste los días de entrenamiento.

    Bajo los peldaños de dos en dos evitando los lugares en los que –sé por experiencia– se producen chirridos al colocar un pie sobre ellos. Cuando llego al final, Andy, un chico con el que comparto habitación, me recibe con una sonrisa y continúa con su camino. No es como si esperara que alguien se ocupara de mí o que me dedicara tiempo extra; todos tienen trabajo que hacer. Aquí, los Nitarks deben atender diversas tareas, no soy su prioridad.

    —Buen día, Odalis —murmuro deslizándome en mi lugar de siempre, junto a la pared.

    —Buen día, Jen —responde ella con una sonrisa. Odalis tiene sólo veinticuatro años, pero es como una madre para mí—. ¿Cómo has dormido?

    —¿De verdad quieres saberlo? —replico haciendo un mohín. Odalis ríe, mas yo no me permito imitar su acción. Hoy es domingo, nada bueno me acapara.

    Observo la comida frente a mí con pocas ganas; siento que si como algo, por mínimo que sea, lo vomitaré inmediatamente. Mi estómago no tolera esto. Los nervios florecen en mi interior y noto que el vello de la nuca se me eriza poco a poco.

    —Come.

    —No puedo, es domingo —digo como única explicación.

    —Jenny, sólo faltan dos lunas para tu nombramiento —me consuela ella con una cálida sonrisa—. Lo soportas unas veces más y luego te libras de todo esto, ¿entiendes? Vamos, que vale la pena.

    Sonrío y me obligo a ingerir algo de jugo de naranja. Mordisqueo un durazno pero, cuando voy a comerme un panecillo, mi estómago ruge en respuesta y lo dejo en mi plato, completamente intacto.

    Al medio día me tiemblan las manos y tengo los pelos de punta. Algunas personas pasan delante de mí y me felicitan o me dicen palabras de ánimo. Si intentan calmarme, fallan, porque lo único que logran es ponerme todavía más nerviosa. Todos saben que yo soy la única que no ha superado totalmente sus etapas hasta el día de la fecha; los demás lo lograron hace meses y han tenido su propio nombramiento delante de todo el consejo.

    Las cosas suceden a mí alrededor como si se tratara de una cámara lenta, soy ajena al mundo que me rodea. Alice se despierta pasadas las 14:00 pm y se une a mí comentando cosas como vas a estar bien no lo notarás pero yo sé que solo está mintiendo. En el día de su nombramiento, hace un año y tres meses, Alice rompió en sollozos y, aunque no lloró, el lugar se transformó en un caos y el consejo amenazó con amordazarla si no se tranquilizaba. Fue muy humillante, pero supongo que yo, que ni siquiera he podido pasar el nivel uno, puedo ser peor.

    —¡Suerte! —chilla Alice envolviéndome en un abrazo cuando el reloj indica la hora del almuerzo.

    Me vuelvo hacia ella sonriendo, desganada. Me obligo a devolverle el abrazo con fuerza.

    Tengo miedo.                                                                                            

    A los diez años mi madre me confesó que era un ángel. Nos mudamos aquí, al complejo Nitark. La primera semana fue un cambio brusco y radical para mí ya que casi no veía a mi madre y todos estaban empeñados en enseñarme a cómo actuar delante de cada situación que enfrentaba. Tuve que volverme precavida incluso con mis sentimientos.

    —No llorarás —me aclararon—. Nunca. No amarás ni odiarás. No te enojarás jamás. Serás totalmente ajena a eso que te carcome por dentro.

    En aquel momento me resultó totalmente ilógico, ¿no amar? ¿No llorar ni enojarse? Claro que tenía diez años y no comprendía lo que sucedía, todo era de lo más extraño para mí. Pero... ¿cómo iba a cambiar mis sentimientos? Cuando les pregunté sólo me respondieron:

    —Dolor.

    Y así ha sido. Cada domingo me enfrento a lo que siento mediante el dolor, sin embargo, no puedo soportarlo. Soy débil.

    Al comienzo la sensación fue como un virus adueñándose de mi cuerpo, perforando mis órganos, dejándome inválida. Cuando dormía, el dolor persistía y amanecía entre gritos y jadeos, obligada a trabajar y entrenarme para olvidar aquello que me agobiaba.

    Dos meses después logré superar esa etapa. No obstante, mi cuerpo no reacciona bien ante el dolor. Pasé tiempo en el que sufría convulsiones y tener fiebre era algo común, totalmente normal.

    —Un ángel débil no es un ángel —me dijeron.

    Claro que yo nunca escogí ser un ángel. Nací así y no se puede cambiar.

    Luego del almuerzo me despido de Odalis y me dirijo hacia el jardín trasero, que es donde me espera Loán con su mochila a su lado. Me sonríe y sus ojos violetas despiden un extraño brillo, como el de una amatista que ha sido pulida perfectamente durante mucho tiempo. Me deleito observándolos.

    —Es domingo —exclama y lo odio por recordármelo.

    —Lo sé —susurro—, ¿qué haremos hoy?

    La sonrisa de Loán desaparece y en su semblante se dibuja la determinación.

    —Dejarte exhausta —replica tomando su mochila—. Tal vez, cuando terminemos, no tengas fuerzas para gritar —dice y vuelve a sonreír. Quiero decirle que voy a gritar igual, como siempre lo hago, pero me quedo callada. Inmutable—. Son dos kilómetros hacia el rio, a ver si me ganas en una carrera.

    —Con mucho gusto —canturreo en voz baja. ¡Correr! Esto es lo mío.

    —En sus marcas, listos...

    —¡Fuera! —Chillo tomando la delantera—. ¡A que no me alcanzas!

    Luego, sólo sucede. Mis pies se mueven sin necesidad de que me tome el tiempo para planear el camino que recorreré. Se mueven sintiendo el abundante césped debajo de ellos, se mueven libres.

    ¡Estoy corriendo! Loán desaparece de mi campo de visión pero no me interesa. ¡Soy libre! Por un momento imagino que no soy diferente, sino que soy únicamente una adolescente normal que corre por diversión y no por obligación. Olvido el maldito entrenamiento y a los viejos del consejo. ¡No los necesito a ellos tampoco!

    Mi respiración se torna acelerada y apresuro el paso, permitiendo que las piedras del suelo se incrusten bajo las plantas de mis pies.

    El mundo parece difuso y exótico mientras corro. La maleza araña mis tobillos y las hojas de los árboles, que están empapadas por la tormenta de ayer, golpean mi rostro y bañan mis mejillas con gotas de lluvia. Parecen lágrimas, me digo. Aunque en realidad no conozco la sensación de llorar. No recuerdo haber lloriqueado alguna vez cuando era pequeña. Tal vez por eso nuestra preparación no es tan extensa; nacimos fuertes, incluso aunque me sienta débil.

    Una rama rasguña mi mejilla y siento el líquido espeso y cálido discurrir por mi mejilla como un alargado dedo carmesí.

    Respiro con dificultad pero nunca me detengo. El pecho me duele, como si mis pulmones no fueran capaces de conseguir el oxígeno necesario y estuvieran en carne viva, mas nunca me detengo. Es un dolor merecido y que me hace sentir bien.

    Me recuerda que estoy viva. Todos necesitamos algo de dolor, ¿no? Amamos el dolor aunque no somos conscientes de ello.

    Cuando llego al río, mi frente se encuentra perlada por sudor frío y mis senos son una laguna. Ni hablemos sobre mi ropa que, además de bañada en transpiración, está sucia y desgarrada en algunas partes gracias a las prominentes ramas.

    Todo este tiempo he cargado mi bolso conmigo y, como consecuencia del recorrido, yace lleno de hojitas que sacudo con la mano. Me despojo de mis ropas y me arrojo al río. Las corrientes subfluviales me envuelven y el frío penetra en mi interior. Me encuentro en calma aquí dentro, con el agua recorriendo mi cuerpo. Sumerjo la cabeza y limpio la sangre coagulada del corte de mi mejilla.

    —Qué bonita te ves —comenta Loán a mi espalda e instintivamente me cubro con las manos.

    —¿Hace cuánto tiempo estás aquí?

    —Acabo de llegar. Eres rápida.

    Sonrío y estrujo mi cabello para deshacerme del agua, sin mucho éxito. Mi melena caoba es demasiado larga y vuelve a caer sobre mi pecho, mojándose.

    —Dame mi bolso —digo, aún de espaldas. Lo hace y luego se mantiene en su lugar, firme—. Voltéate, por favor.

    —¿Por qué? Luces excelente sin ropa —replica y puedo sentir que sonríe.

    El rubor sube hacia mis mejillas y de pronto las siento arder. Cuando oigo los pasos de mi entrenador, que se aleja, sumerjo la cabeza en el agua una vez más, para olvidar sus palabras.

    Loán es sólo dos años mayor que yo y, aunque es mi entrenador, no se preocupa por evitar esa clase de comentarios. ¡Es imposible tomárselo en serio! He estado enamorada de Loán por cuatro años y creo que él no lo nota.

    Salgo del agua dando saltitos y tomo mi bolso. Extraigo ropa interior limpia, un short diminuto y  un top deportivo demasiado ajustado para mi gusto. Yo insisto en que utilizar esta ropa es... atrevido, pero Loán siempre se encarga de refutar mi teoría y asegura que debo utilizarlos para que el entrenamiento sea más fácil de realizar. Al fin y al cabo, él sabe lo que hace.

    Mi molesto entrenador regresa luego de unos minutos y me sonríe. Sus ojos violetas tienen un brillo iridiscente bajo la luz del sol y no puedo despegar la vista de ellos. Me tienen embelesada.

    Loán tiene algo mágico en su apariencia: es completamente atractivo. Su cabello castaño con betas doradas, el cuerpo viril, los ojos violetas y su sonrisa abrazadora son sólo algunas de las cosas que lo hacen especial. Pero no es sólo lo físico. Cuando él habla, todos hacen silencio para escuchar y deleitarse con su aterciopelada voz. Además, sus palabras son sabias e inteligentes. Por supuesto que él es uno de los líderes y yo aún no he tenido mi nombramiento. Nunca se fijaría en mí.

    —¿Preparada? —inquiere mientras hurga en su mochila. No me mira.

    —Claro que no —mascullo entre dientes al mismo tiempo en que me siento sobre el césped, esperando que diga algo que me aliente.

    Esta vez sonríe y suelta una carcajada. Camina hacia mí y, cuando lo hace, puedo apreciar que trae consigo un estuche pequeño. Se sienta a mis espaldas, sus rodillas rosando mi cintura. Me yergo tal como él suele decirme que lo haga. Coloca sus manos sobre mis hombros y remueve el cabello de mi espalda, echándolo a un lado. Luego, sus manos recorren mi espina dorsal irradiando calor.

    —Que tensa estás —murmura sobre mi piel y siento que me derrito.

    —Muy gracioso. —Me las arreglo para decir.

    Dirige sus manos a un lugar determinado de mi espalda: justo arriba de mi omóplato derecho. Me estremezco bajo su tacto y presiono mi mandíbula. No lo ha olvidado.

    Una cicatriz alargada y ancha recorre toda la longitud que son mi hombro y mi omóplato. Me la produjo un cuchillo de plata hace dieciocho lunas. La herida se infectó y pasé acostada, con fiebre, dos meses enteros.

    —Nivel uno —susurra Loán—. Nunca lo superaste.

    Niego con la cabeza. De todas las heridas que obtuve gracias a mi entrenamiento, esa fue la peor.

    Loán rebusca algo en su estuche pero no logro saber de qué se trata.

    —Nivel dos —explica y veo un destello dorado antes de sentir las agujas que se entierran en mi hombro. El dolor punzante es tenue pero lo siento allí, persistente. Aprieto la mandíbula para no jadear. De esto se trata el entrenamiento.

    Cada domingo ponen a prueba mi fortaleza imponiéndome un rango de dolor. El nivel uno es lo más básico: la herida de un cuchillo de plata. No obstante, no puedo con él.

    Los demás niveles son torturas de la misma calaña o aún peores. Pero, en su mayoría, he logrado superarlos.

    Nivel dos: agujas. Suena estúpido, las agujas casi no duelen. Sin embargo, la clase de agujas que los Nitarks poseemos tienen la capacidad de dejarnos inmovilizados por bastante tiempo.

    Nivel tres: una quemadura parcial.

    Nivel cuatro: un disparo.

    Cada nivel está creado para ejercitar o trabajar diversas partes del cuerpo. Creen que, si los soportamos todos sin morir, habremos sufrido como para ser totalmente fuertes e inmunes al dolor.

    El nivel seis, por ejemplo, me traumatizó tanto que aún tengo sueños acerca de lo sucedido.

    Nivel seis: la mordedura de un animal salvaje.

    Hay doce niveles en total. Si pasas cada uno de ellos con éxito, te inicias como un Nitark. Y si no lo haces, debes trabajar en ello algunas lunas más.

    El objetivo de todo esto es volvernos fuertes, así jamás derramaremos una lágrima. Si tenemos nuestro nombramiento, nos encontramos totalmente fuera de peligro y no volvemos a entrenarnos.

    —Nivel tres —susurra y siento las llamas lamer mi piel inmediatamente. El dolor es insoportable pero me mantengo firme, como una escultura.

    Suelto un grito pero Loán no hace ademán de detenerse. Cuando se detiene, el olor a carne quemada embarga mis fosas nasales y siento nauseas.

   —Nivel uno. —Antes de que pueda volverme hacia él, Loán hiende la hoja del arma blanca en mi piel.

    Me debato entre gritos mientras todo se cae en trozos a mí alrededor y las aguas lamen mi cuerpo, reclamándome. Cuando algo impacta contra mi cráneo, un espeso y amargo líquido me ahoga y no me permite respirar.

    Unos dedos gélidos y tenebrosos me envuelven y el fuego en mi interior se incrementa.

    Estoy cayendo o... ¿Me hundo? No lo sé, sólo oigo una voz que me grita. Me llama por mi nombre, pero nada es nítido y cuando quiero hablar bruma negra brota de mis labios y recubre mis pensamientos.

    Todos amamos el dolor de alguna manera, ¿no?

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