Fevers of Gea #1

Ella los observaba, analizaba sus movimientos, hacía cálculos y predicciones. Elisa lo cambiaría todo, sería la llama de la esperanza, la espada de la traición, la luz reconciliadora, el amor dulce y cálido que conmovería distintos mundos.

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1. Prólogo

Era una noche fría y húmeda, pero aún así quiso adentrarse en el bosque con el dulce olor del Mediterráneo entorno a él. No había ningún tipo de sonido, solo el de sus pasos rozando el tomillo que yacía bajo los pinares, de anchos troncos y largas ramas que cubrían el cielo. El olor del mar le hacía cosquillas en la nariz. Dany solía salir a altas horas de la madrugada, cuando las estrellas se veían reflejadas en las aguas y parecía que se adentrase en el espacio. Aquella noche sintió la necesidad de ver aquel hermoso espectáculo.

Como muchas veces, volvió la vista hacia Viento y vio que los ojos de la niña se clavaban en él. Estaba sentada en el tejado de su casa, y la luna hacía brillar sus ojos verdes. Se decía de ella que había arrancado con sus propias manos los ojos de un perro. Él sabia que no era verdad, aquella niña era lo que era, una niña. Tímida y hosca a su vez. Pero en aquél momento, cuando sus ojos se cruzaron, quiso preguntarle por qué estaba allí aquella noche.

<< Ella me preguntaría por qué salgo a pasear a las cuatro de la madrugada>> Pensó. Estaba acurrucada, como un ovillo. No había hablado con ella, pero si le había visto por el pueblo. Su cuerpo era menudo y delgado, sin atisbo de algún rasgo de mujer en ella, pese a sus quince años. Solía llevar el pelo castaño oscuro suelto entorno su rostro, y de el, destacaban esos ojos grandes y sus mejillas sonrosadas.

Dany tenía sesenta años y la había visto crecer. Era honrada como su padre, un sargento militar de alto rango que casi nunca estaba en casa, y silenciosa como su difunta madre. Su inocencia era evidente con solo mirar sus ojos. Aquél feo rumor que la perseguía no era más que una simple mentira. Él había estado aquél día en la playa, cuando la niña encontró al perro moribundo sobre la arena caliente. Ella se había ido hacia él casi corriendo y lo había acariciado con dulzura. Le dio de beber de su pequeña botella de agua y lo baño con el agua del mar para que su piel se hidratara un poco. Cuando volvió a dejarlo sobre la arena mojada, el perro, jadeaba y podía mover sus patas, antes inertes. Ella se dirigió hacia el fresco refugio de unas rocas, donde había puesto su mochila, y sacó un paquete de galletas. Dany quiso gritarle, decirle que unas águilas sobrevolaban el perro con evidentes ansias de comer. Pero su voz era muy floja y no habría servido de nada. Tampoco podía correr para socorrerlo. Cuando ella volvió, el perro estaba muerto, sin ojos, y echó a patadas a las águilas con un rencor que llegó a sorprenderle. Su cara reflejaba una rabieta de una niña de diez años, justo lo que su cuerpo daba a entender. Les gritó todos los insultos que él había conocido y otros de nuevos que lo indignaron. Aún así, la comprendió, y hasta se sintió culpable por no haber echo nada.

Miró hacia delante y siguió con su paseo. Recordaba la de veces que había corrido por aquellos bosques cuando era un chiquillo. Era el más veloz de la clase. Jugaba con Josué y su hermano Kiko al escondite, y nunca lo encontraban. Él trepaba por las gruesas ramas de los pinos y se cobijaba bajo sus hojas. Se reía por debajo de la nariz cuando oscurecía y aún lo buscaban.

Suspiró y deseó volver a tener esa edad, volver a esa época, volver a ver el rostro lleno de pecas de su madre, y volver a ver su hermano gemelo, que murió de viruela a los cuatro años. << Pronto los veré>> Pensó.

Dany padecía de Leucemia y los médicos ya no le daban esperanzas. Primero, escribió su testamento, dejando grandes legados a sus hijos y a sus nietos. Después, había escrito una carta para cada uno de ellos. A sus hijos les contó como se sintió cuando su esposa le dijo que su semilla había dado fruto en su vientre, como los amó dentro y fuera de ella. A sus nietos, les dijo que él formaba parte de ellos, que eran su legado en el mundo y se sentía orgulloso de cada uno de ellos. A su única nieta, al final de la carta, le puso el detalle de que le diera muchos bisnietos.

Respiró hondo mientras se alejaba de Viento. El bosque crujía con una fina brisa que le penetraba hasta los huesos. Divisó un par de conejos escondidos entre matorrales, y estos salieron corriendo al ver su presencia.

<<Con viente años menos, los habría matado a los dos de un solo tiro, estoy seguro>>.

Tenia una increíble puntería con una escopeta, pero las leyes se la habían quitado cuando cumplió los cincuenta-y-cinco.

Pronto estuvo en el corazón del bosque. Acarició un viejo pino vivo y a la vez muerto. Lo había partido un relámpago, pero el medio tronco que estaba erguido aún resplandecía de vida. Allí se besó por primera vez con su mujer y también fue donde la tomó. Le hizo daño, recordaba su gemido y su ceño fruncido una vez estuvo dentro de ella. Se arrepintió de inmediato.

-No Dany, no pasa nada - Le dijo con la voz quebrada. Su pelo dorado estaba enredado entre las miles de flores silvestres que los envolvían - Solo te he entregado mi virginidad.

-No quiero hacerte daño, mi amor - Susurró él, a la vez que intentaba separarse de ella.

-Pero María no lo permitió, lo agarró por los brazos y hundió sus labios en los de él. Dany le correspondió, deseoso de su pequeña boca.

-Ahora estoy completa - Le susurró cuando sus labios se separaron - Siempre he sentido que me faltaba una pieza. Pero ya la encontré. Me he unido a ella.

- María... - Murmuró, conmocionado.

- Hazme el amor, ámame bajo este árbol, entre estas flores. Y prometeme que nunca olvidarás este día.

- Te lo prometo - La besó dulcemente - Te lo prometo, mi vida.

<< Y hasta ahora lo he cumplido>> Pensó. Sus dedos arrugados se separaron del árbol. María murió dando a luz a su hijo pequeño, y no podía reprimir ese sentimiento de culpabilidad. Amaba a su hijo, pero siempre tuvo cierta preferencia hacia los otros. En la carta se había disculpado y le dijo lo que nunca le había dicho antes.

Se había sufocado. Ahora que le quedaba poco tiempo, se arrepentía de todas las cosas que no hizo bien, y se lamentaba por todas las cosas que pudo hacer y no las hizo.

Cuando miró el árbol antes de irse, vio lo mucho que significaba para él y su mujer. Hasta comprendió que los representaba. María le había dicho que él era la pieza que la completaba, juntos eran uno. El pino le hizo ver lo que quedaba de aquello. Él ya no era uno, el medio tronco muerto y podrido yacía en el suelo, y el otro medio tronco estaba vivo.

Se apresuró en alejarse de aquél lugar. Había querido salir de la cama para adentrarse en el universo que le proporcionaba el mar. Aún recordaba cuanto había deseado ser astronauta. Tenía quince años cuando vio como él hombre ponía los pies sobre la Luna de plata que le iluminaba el rostro en aquél momento. << Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad>>. Aquellas palabras lo hechizaron de alguna manera. Pero era un sueño imposible, sus padres eran unos simples campesinos y él apenas iba a la escuela en tiempos de cosecha. No tenían dinero para proporcionarle a su hijo una carrera, aún que si hubiera podido estudiar, habría sido en vano. El universo no estaba al alcance de cualquiera, y menos de un pobre.

Bajó la colina muy poco a poco, pues sus piernas ya estaban fatigadas. Cuando oyó las dulces olas del mar, quiso correr, desnudarse, y sumergirse en lo más profundo del océano. << Eres un viejo idiota, Dany>>, se reprochó.

Se sentó en la arena de aquella bella cala, observando el mar plano y tranquilo que producía un susurro dulce. Aquél lugar era precioso, había altas colinas de rocas que lo envolvían junto con el agua, donde había pinos y flores silvestres hasta donde le alcanzaba la vista; tomillo, dientes de león, amapolas, romero. Una delicia que solo se podía degustar en la noche, cuando el bosque respiraba.

Se quitó los zapatos y metió sus pies hinchados en el agua fresca. Suspiró, relajado. Se le terminaba la vida y para él aquello era lo más placentero que podía hacer. Movía los pies para enterrarlos bajo las piedras, las conchas y la arena. Estaba adentrándose en el firmamento, y por un momento llego apensar que si se tiraba en el mar, volaría libre por el espacio. Alzó la mirada al cielo y la paz lo invadió. De pronto, se sintió casi desnudo ante los ojos de Dios. Para él, que hubiera tantos ojillos mirándolo era un honor. Hasta aquella noche no se dio cuenta del hambre de la vida que tenia. Por un momento se imaginó que las estrellas más brillantes eran los ojos de María. Estaban rodeadas por finas partículas de color purpura, el mismo color de sus ojos.

El olor del bosque lo dejó en éxtasis mientras miraba el firmamento. Sus pulmones sucios por el tabaco parecían agradecerlo. Solo el sonido discontinuo del agua le hizo bajar la mirada de repente. Vio como el agua ondeaba como cuando tiraba piedras cuando era niño. Su pulso se aceleró. Bajo aquellas ondas que iban desapareciendo, había dos destellos de luz muy débiles. Primero pensó que eran unas estrellas que se reflejaban y no se había fijado antes, pero cuando volvió la vista al cielo, pudo ver que no era así. Miró otra vez el mar, y aquellas luces mortecinas habían desaparecido. Hacía tiempo que no sentía la adrenalina en su sangre enferma. Se intentó convencer de que debía de ser algún pez. En aquellos mares había peces de mil colores y la luna podía haber echo brillar sus escamas. Pero erró. Algo lo cogió de los pies y Dany hizo un grito casi mudo. Pataleó y luchó contra aquél ser que lo estaba arrastrando hacia dentro del agua. Su corazón latía tan rápido que le hacia daño en el pecho y se ahogaba al respirar. Jadeaba mientras agarraba la arena con las manos, pero eso no evitó que se sumergiera rápidamente en el agua. Todo era oscuro y le escocían los ojos por el agua salada. Observó que lo habían llevado a lo más profundo del mar. Desesperado, intento salir a la superficie en busca de oxigeno. En aquél momento estaba dentro de una pesadilla, pero el agua era tan helada y la sensación del ahogo tan profundo que supo enseguida que no estaba soñando. Braceaba hacia arriba, hacia abajo, estaba desorientado, no sabia donde estaba la superficie. Sus pulmones echaron el poco aire que quedaba en ellos cuando vio una sombra con unos ojos espantosos. Él engendro estaba riendo, vio sus dientes blancos bajo las profundidades, entre las algas y los corales. Dany murió rápidamente, sin dolor alguno. El ser lo degolló con las manos, le abrió las entrañas y le arrancó las vísceras. La sangre manchó el universo líquido y sus entrañas flotaron como pequeños meteoros sin rumbo. Ya estaba muerto cuando le había cortado el cuello, pero aún así, la ultima imagen que vio, fue un cuerpo esbelto cubierto de sangre que se erguía con ferocidad sobre las aguas.

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