La Ventana Roja

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  • Publicado: 26 ene 2015
  • Actualizado: 25 ene 2015
  • Estado: In Progress
La historia gira en torno a Lía, una joven que vive con sus padres y que ocasionalmente tiene algunos sueños extraños. Sueños sobre su pasado, un pasado que ella no puede recordar; sólo recuerda una casa, una casa con ventanas rojas.

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1. Pensamiento I

Despierta hija –ha dicho mi mamá- Hemos llegado.

Abrí los ojos, estábamos en una especie de campo rodeados de plantas, flores, árboles y aves.

¿Dónde estamos? -pregunté. En el campo, aquí viviremos desde ahora- No podía creer lo que veía, no había otra casa por ninguna parte– ¿No te gusta?, podrás salir a jugar todo lo que quieras. Quiero volver –seguí- quiero volver a nuestra verdadera casa, con el vecino de las ventanas rojas.

*Años atrás

Todo ha sido un sueño…

De vez en cuando los tengo, todos acerca de mi infancia. Cuando era una niña, y siempre tienen que ver con aquel niño, quien me veía a través de una ventana roja. Eso fue hace ocho años, por alguna extraña razón no recuerdo mucho de esa etapa.

Los edificios van cesando poco a poco, van disminuyendo en número y estos son remplazados por árboles; hasta que por fin, al final de los edificios, sólo veo la ciudad muy lejos de mis ojos y comienzo a remplazarlos con altas planicies, ríos, árboles y plantas. Esto sucede cada vez que mi madre me recoge de la escuela; nuestra casa sigue en el campo a 30 minutos de la ciudad.

La ciudad; aquella jungla de altas montañas echas de piedra solida, un río negro, y en él, criaturas que van en cuatro patas de un lado a otro, a veces chocando entre si; enormes árboles que conducen la energía de la jungla y animales con voluntad, pensamientos, sentimientos y carácter. Actuando no sólo por instinto, si no, por ver quién sobrevivirá en una guerra en la cual las armas no son las garras o el tamaño, más bien el nivel de sabiduría e inteligencia que posee cada uno de ellos. Aquellos que no logran triunfar en una jungla parten a otra en busca del éxito…

Como toda adolescente, si es que puedo ser llamada así, tengo amigos, juego, salgo al cine, me divierto, estudio, me esfuerzo y me preocupo; pero quizá, tengo algo que los demás no. O sólo será algo que me digo a mi misma para sentirme diferente y especial, no lo sé.

Aquellos a quienes llamo amigos, jamás lo entenderían; y también a  quienes me dirijo como padres, no lo harían. Pero aquel niño, siempre sentado en la ventana, lo haría; esta es la primera pregunta que no hago, ante todo, estoy más que segura que él lo haría por alguna extraña razón.

¡Lía! -grita mi mamá– ¡Baja por favor!

Hice lo que pidió y abandoné mi cuarto. ¿Qué sucede mamá? -me miró y luego dejo apreciar una sonrisa– ¿Qué acurre? -cuestioné nuevamente. Ven acá –siguió. Me acerqué a ella algo extrañada por su reacción anterior. ¿Qué ocurre?- interrogué. Mira esto -era una foto mía, dormida en la ventana a la que tanto veía cuando tenía entre seis y siete años. La tome entre mis manos; ¿Cuándo la tomaron? -dije. Cierto día no dejabas de mirar a la ventana, salí durante un momento y al regresar te encontré así, fue cuando decidí tomarla.

La examiné cuidadosamente y en el fondo estaba aquel niño, era tal y como lo recordaba, pero, en dicha foto pude ver la silueta de… alguien o algo, una persona ya mayor. Forcé mi vista intentando distinguirla pero fue en vano.

Gracias mamá, ¿Puedo conservarla? -pregunté

Claro que si- contestó

Regresé a mi cuarto y la coloqué sobre un escritorio que mi padre me había regalado hace tres años. Miré al niño durante 10 minutos y luego me recosté a pensar…

***

Lía –la voz era de mi mamá– Princesa, ven a comer.

Me levanté de la ventana, miré al vecino de enfrente y él no hizo nada, le sonreí y fui a comer.

Mamá, ¿Por qué el niño de enfrente siempre está solo?

No es que este solo Lía -contestó– Sino, que no le permiten salir debido a sus condiciones. ¿Qué le pasa? –seguí. Digamos que es diferente.

 

***

¡Lía!- gritó mi padre

Desperté de golpe y me senté en la cama; un sueño otra vez. Miré mi tocador, todo se veía algo borroso y mi cabeza dolía un poco.

¡Ya bajo! –respondí de la misma manera mientras colocaba mi mano sobre mi frente.

Mis padres me esperaban para cenar, mis dos pequeños hermanos ya se encontraban en la mesa jugando con sus cubiertos.

Lía -dijo la pequeña Fernanda– Ven, hoy mamá hizo pasta. Corre -siguió Antonio, el mediano.

Otro día más en mi vida había pasado.

Durante la escuela, como todo el tiempo, me dispuse a esforzarme para lograr vencer en esta ciudad a la que llamo jungla.

Buen día Lía -dijo mi mejor amiga Pamela. ¿Cómo estás? Buenos días -dije, nos dirigimos al salón de clases donde mi amigo, Víctor, nos esperaba sentado en su pupitre.

Buen día -dijo– ¿Cómo han estado?

Bastante bien -respondió Pamela.

Aunque me esfuerzo en la escuela, me es imposible no distraerme y dejar que los pensamientos vaguen por mi mente; al ver a tanta gente pasar y tener una vida diferente a la de todos y sin saber si son felices o no, aunque, para ser sincera eso me importa muy poco. Siempre me divago y cambio de temas demasiado rápido, quizá mi mente quiere poder estar en más de un lugar a la vez.

La escuela ha terminado y en ocasiones tengo trabajos escolares por lo cual mi madre regresa por mí un poco tarde, tomo ese tiempo libre para recorrer las calles de la ciudad. Viendo cada casa del vecindario, cada una tan peculiar y diferente, ¿será acaso que reflejan la personalidad de las personas? Aquellos que la pintan de colores oscuros indicaran que les gusta estar solos, los colores claros y felices reflejan justo eso, que aquellas personas son felices.

Ver que los niños juegan en las calles sin temor, una realidad que al crecer se pierde y se vuelve miedo. Indigentes en las esquinas de los lugares más públicos y visitados; cada uno con una historia. A veces me pregunto ¿cómo fue llegaron hasta ese destino?, que a mi parecer, es tan cruel. Quizá se remota hasta un estudiante que abandonó la escuela por no querer esforzarse o no tener dedicación; quizá una familia que se quedó en la ruina por alguna razón, el abandono de una madre soltera que nunca quiso tener un hijo y decidió dejarlo a su suerte. Algunos dicen que son los olvidados de Dios, no lo creo, es como dice: Los primeros serán los últimos y los últimos los primeros; ellos serán lo benefactores cuando partan de este mundo.

Cuando por fin mi madre llegó es hora de irnos. Nuevamente veo los edificios cesar tras montones de árboles y al ver las nubes sólo pienso lo maravillosas que estas son, su belleza no puede ser captada por completo, ni por una pintura ni en una fotografía; el verlas con tal profundidad que te hace desear poder tocarlas, caminar sobre ellas y sentir por un segundo el agua que habita dentro de estas.

Llegamos -dijo mi mamá– Lía, ¡Lía!

Reaccioné. Lo siento -seguí– Estaba algo distraída.

Bajé del auto y entré a casa, saludé  a Antonio y a Fer. Mi padre llegaba tarde ciertos días, así que no lo vería hasta mañana.

Después de cenar regresé a mi guarida de sueños y personalidad, mi cuarto, puse música e hice la tarea. Dirigí la mirada hacia la foto del niño, intenté nuevamente reconocer la silueta pero sólo logré identificar el rasgo de un vestido.

Lía -dijo mi pequeña hermana entrando a mi cuarto mientras frotaba sus ojos– Dice mamá que ya te duermas -bostezó.

***

Paso, paso, paso -tarareo mientras camino a casa– Paso, paso, paso, pa…

Me detuve frente a la casa del niño, despedía un horrible aroma como si no la hubieran habitado por años y varios animales hubieran muerto ahí.

Giré la cabeza hacia la puerta, el césped de la cochera era enorme y temía que hubiera alimañas en él. La puerta era blanca y  limpia, incliné la cabeza. Caminé directo a la entrada cuidando donde pisar para que no fuera a salir alguna criatura horrenda, a punto de tocar la puerta mi padre me llamó y pidió que me alejara; corrí hasta él y le di un abrazo seguido de un beso.

¿Por qué la casa huele feo papi? -dije– Hay personas viviendo ahí ¿verdad? Si -contestó– Pero son… peculiares.

¿Pecu…? –intente repetir aquella palabra. Peculiares –interrumpió- es decir, distintas, pero no mucho.

Decidí ir sola a la tienda a buscar algunos dulces, iba del lado contrario a la casa del niño, sentí que alguien me veía y voltee, vi como una silueta se ocultaba entre las cortinas, no era el niño ya que esta era mucho más alta que él, después el niño salió y me miró, intentó decirme algo; no lograba entenderle pero luego supe que me dijo…

***

Sonó mi despertador. Lo apagué, fui a ducharme y me cambié.

Mamá -dije, no se escuchaba nada, todo estaba en profundo silencio. Recorrí la casa sin encontrara a nadie; a los lejos, sobre la mesa, estaban unas monedas junto una nota que decía:

Lía, lo lamento pero hoy no podré ir a dejarte a la escuela y, como siempre, tu padre se llevó a tus hermanos sin saber que hoy no podría irte a dejar yo. Toma el autobús 23 y te dejará frente a la escuela, espéralo en la parada que está cerca de la carretera, ADIOS.

Caminé hasta dicha parada y me senté a esperar durante un rato. Estaba a punto de quedarme dormida ahí sentada…

Oye… -escuché– Despierta -movieron mi brazo. Como lo dijo desperté y voltee a ver a esa persona. ¿Estás bien? Era un joven bastante atractivo y alto. Lo siento -dije– No sé porque me dormí.

Se sentó junto a mí y ambos esperamos. El autobús llegó.

Adiós -dije– Mi autobús llegó.

¿Entrarás a preparatoria? –preguntó. Si –contesté.

Está bien –siguió mientras se ponía de pie- ya que me lo dijiste, es justo que yo te diga que estoy en mi 2 semestre de la preparatoria.

Subí e ignore el comentario de aquel joven del cual salía un gran espíritu de humildad y amabilidad.

Al llegar a Pamela me esperaba en la entrada como era su costumbre.

Hola -dijo– ¿Y tú mamá?

Trabajando, supongo -dije– Cuando me desperté ya no había nadie.

Al terminar la escuela esperé a mi mamá en el mismo lugar de siempre, extrañamente llegó 30 minutos tarde.

Lo siento –dijo- Llego tarde

No hablé u opiné acerca de su tardanza. El camino a casa fue más callado e incómodo que de costumbre.

¡Lía! -gritó Antonio– Necesito ayuda con una tarea.

Ahora no puedo, perdón -contesté– Dile a mamá.

Terminé la tarea temprano, subí y leí un libro de Jorge Isaacs, “María”, la historia de un joven que se enamora perdidamente de María y este es enviado a Bogotá para estudiar y a su regresó descubre que esta aun más enamorado de ella que antes. Era hermosa una historia de romance tan fantasiosa y fuera de la realidad que hacía que la gente soñara con un amor así.

Luego de una página me recosté y vi, por sólo un rato, la televisión. Me levanté y fui a cenar, mi madre no estaba, sólo mis dos hermanos junto a mi padre. Papá -dije– ¿Dónde está mamá? Fue a trabajar -respondió. ¿Después de la 6:00 pm? -seguí– nunca había pasado. Lo sé, pero así son las cosas, niños, ¿quieren ordenar pizza?

¡SI!- gritaron con entusiasmados.

Mamá nunca antes había faltado a la cena, ¿qué estaba pasando?- pensé en ese momento -¿Acaso traía algo entre manos?

***

Los niños juegan, se divierten, ríen y nunca dejan de soñar. Imaginan que son astronautas, doctores, policías, animales, aventureros, todo lo que ellos quieran; yo puedo imaginar eso -pensé– no es algo especial, a excepción que no tengo nadie con quien hacerlo.

¡Paso, paso, paso! -canto nuevamente– Muy feliz camino.

Regreso a mi casa después de haber ido a comprar algunas frituras de maíz, paso junto a las casas de los vecinos y algunos de ellos me saludan y les regreso la amabilidad con un saludo igual. Pero, en la casa del aquel niño, desgastada y sucia como siempre él me mira atreves de la ventana roja.

Sonreí y lo saludé con alegría, parecía que él estaba a punto de hacer lo mismo, más sin embargo alguien lo retiró de la ventana bruscamente y se escuchó un fuerte golpe; corrí hacia la puerta y, esta vez sin miedo, la toqué con rapidez gritando:

¡¿Están bien, no te hiciste daño?!

Permaneció en silencio, escuché pasos que se acercaban cada vez más a la puerta y por algún motivo me quedé inmóvil y aterrada; antes de que esta se abriera un niño me empujó fuera de la propiedad y ambos corrimos hasta el parque.

¿Quieres morir? -dijo– Nadie toca en esa casa, es peligroso. ¿Peligroso? -pregunté– ¿Por qué? Mi mamá me lo dijo, que jamás debo de acercarme a esa casa. Hay un niño ahí, debemos ayudarle, él es como yo, nunca ha ido al parque. Pero estamos en el ahora.

Me alegré al saber que por fin había sabido lo que era poder estar en un parque, sentí una alegría tal como al probar tu primer caramelo.

¿Cómo te llamas? -dije

Soy…

 ***

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