La marioneta monocroma

Hay un demonio. Ese demonio tiene el aspecto de un gato. Ese gato necesita una llave. Esa llave sirve para abrir el infierno. Un niño es esa llave. Esa llave es una marioneta. Un chico ama a esa marioneta. Un ángel quiere proteger al chico y a la marioneta. Y “ella” quiere destruirlos a todos.

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2. Sospechas y decisiones

Cuando Jack se despertó a la mañana siguiente, Charlie seguía ahí, a su lado, dentro de la bolsa de dormir. —¿Pero qué diablos...? —murmuró al ver al niño— ¡¿Qué hace un niño durmiendo conmigo?! Sacudió la cabeza aún bastante adormilado. No lograba recordar nada. —¡Miau! —maulló un gato negro acercándosele desde la sombras del refugio. —¡Lárgate, gata estúpida! —gritó Jack recogiendo una piedra del suelo y tirándosela al animal. La señorita Madeleine esquivó la piedra hábilmente y le lanzó un bufido. Charlie se estremeció en sueños. —Ah, ya lo recuerdo —pensó Jack arrugando la nariz—, al final, acabamos durmiendo juntos... No puedo creer que me he compadecido de ese niño —miró el rostro de Charlie y sonrió—, ¡pero tiene un rostro tan bonito!... ¡Maldita sea! Me siento un poco extraño... Sonrió con dulzura mirando al niño y se inclinó para depositar un beso en su frente. La señorita Madeleine saltó al rostro de Jack. —¡Largo de aquí, gata de porquería! —chilló Jack cogiendo a la gata del cuello. —¡Oh, no! —sollozó Charlie despertándose con los gritos y viendo los maltratos de Jack hacia su mascota— ¡No le hagas daño a la señorita Madeleine! ¡Jack, eres muy malo! —¡Ella empezó! —dijo Jack a la defensiva y soltándola. La gata le arañó una mano y saltó a los brazos de Charlie. Charlie besó a su gata, pero ella le bufó. Estuvieron unos segundos en silencio y de pronto Charlie levantó la mirada y dijo: —La señorita Madeleine dice que no debes besarme. —¿Eh? ¡¿Cómo sabes que yo...?! ¡Te estabas haciendo el dormido! Charlie meneó la cabeza de un lado a otro y abrazó a su gata. —Yo nunca finjo. La señorita Madeleine dice que tú me ibas a dar un beso. Yo no debo recibir besos de nadie... ¿Por qué ibas a besarme? —¡Y... yo no!... ¡Maldita sea! Yo no quería besarte. Jack se puso de pie y salió del refugio. Había hecho ese refugio cuando empezó a frecuentar la feria hace cinco años, en esos tiempos todavía era un adolescente. Ya que se ganaba dinero como estibador, la feria había sido una gran oportunidad de trabajo y mucha gente solicitaba sus servicios para que les ayudase a llevar sus pesados sacos llenos de patatas y cereales. Pero la escasez de alimentos de los últimos años, y en especial de aquel invierno, había disminuido considerablemente la cantidad de alimentos que se vendían en la feria y por consecuencia las ofertas de trabajo para Jack. Sin embargo, aún solía ir todos los fines de semana desde su pueblo hasta aquel pueblo donde se realizaba la feria. Ya que muchas veces la noche lo sorprendía mientras cruzaba el bosque de ida o de venida, le había sido necesario construir aquel refugio para pasar la noche. Hasta el día anterior había creído que nadie lo descubriría y se aprovecharía de él, pero Charlie le había demostrado que quizás no estaba tan oculto como Jack creía. Afuera el sol de invierno caía por entre las hojas de los jóvenes árboles del bosque. Entre las ramas, un ave cantaba y la nieve bajo los pies de Jack era escaza. Pronto sería primavera, quizás por eso aquel día se veía prometedor. Sin embargo, Jack no se sentía para nada tranquilo. Le molestaba aquella gata... demasiado. Él sabía a la perfección que Charlie había estado dormido cuando estuvo a punto de besarle, de hecho, de no estar totalmente seguro de aquello, jamás se hubiera atrevido a besar al niño. Sin embargo, Charlie sabía lo que Jack había estado a punto de hacer y decía que era la gata quien se lo había dicho. —Es absurdo —pensó Jack—, esas cosas no ocurren o quizás... —¿Qué haces Jack? —preguntó Charlie saliendo de la cueva envuelto en su sábana. —Haré el desayuno —respondió Jack mirándole por encima del hombro— ¿Quieres ayudarme? —¡Sí!   *** —¿No crees que Lilith está tardando más de lo normal? —preguntó Lucifer. —Mucho más de lo normal, jiji —respondió Aullador—. Yo diría, jiji, que está en problemas, jiji. El Gato Blanco soltó un pequeño gruñido semejante a un ronroneo. —¿Cuánto tiempo nos queda? —Solo un par de semanas, jiji. —Entonces, debemos hacerlo cuanto antes. Si no abrimos la puerta antes de que se cumpla el plazo, entonces... —No podremos, jiji, recuperar nuestros cuerpos hasta el día del Juicio final, jiji. Nos quedaremos así por mucho, mucho tiempo, jiji. —¡Eso ya lo sé, pedazo de idiota! —rugió Lucifer saltando hacia él y hundiendo sus garras en el rostro del mono. Todos los demás gatos y monos congregados en el salón saltaron aullando y chillando en todas direcciones. Algunos se subieron en los libreros del salón, otros en las repisas y los demás optaron por ocultarse entre las sombras. Estaban aterrados. Sabían que cuando Lucifer actuaba de ese modo, siempre llevaba sus acciones hasta las últimas consecuencias. —Lo... siento —gimió el mono limpiándose el líquido vítreo que caía por su cuenca ahora vacía. Sentándose sobre sus cuartos traseros se puso a gemir—: ¡Lo sisisiento, jiji! —y gritó cosas sin sentido como solía hacerlo—: ¡Ula, ula! El Gato blanco lo miró sin inmutarse y volvió a su asiento: un enorme felpudo escarlata. Lucifer amaba ver sufrir a sus subordinados. Amalec sonrió desde el lugar que ocupaba en una de las repisas. Al igual que el resto de los demonios felinos, odiaba a los demonios simios, en especial a Aullador. Se dispuso a disfrutar de la vista, pero, en ese momento, Lucifer le llamó. Amalec tragó saliva. —¿Qué se le ofrece, su Malevolosidad? —preguntó acercándose con precaución. —¡Encárgate de buscar a Lilith y traerme a la llave! —Pero, no sé dónde... –Lucifer entrecerró los ojos– ¡Sus deseos son órdenes, mi señor! Amalec retrocedió con el rabo entre las patas y las orejas caídas hacia atrás. Se dispuso a reunir al resto de gatos para partir en la misión cuando Lucifer llamó a Aullador. —¡Tú, no te quedes ahí llorando! —¿En qué puedo servirle? —respondió el mono aún gimiendo. —Tú también, reúne a tu gente y trae a Lilith. Si ella o la llave resultan dañadas, les juro que lo lamentarán... —No le fallaremos, su perversidad —dijeron Amalec y Aullador al mismo tiempo, tratando de mantener la poca compostura que aún tenían —Maldita sea —gritó Amalec para sus adentros— Ahora tendré que trabajar junto al mono apestoso y sus secuaces. Jé, pero esta también podría ser una buena oportunidad para deshacerme de él. —Y —continuó Lucifer— si no encuentran a Lilith pueden darse por muertos. Aullador y Amalec tragaron saliva.   *** —¿ Y ahora qué hacemos con la señorita Madeleine? —preguntó Jack después del desayuno—. Ayer me sobró un poco de cecina y se lo di, pero ya no me queda nada que pueda comer un gato. Charlie se inclinó frente a su gata como para escucharle y asintió con la cabeza, luego, volviéndose hacia Jack, dijo:     —Ella dice que ayer mientras dormíamos se cogió un ratón bien gordo. Jack sonrió enternecido, pero se arrepintió inmediatamente: aquello le hacía sentirse débil. Él una vez también había sido un pequeño niño de seis años, y había tenido un viejo perro en vez de una gata antipática, una vez había sido inocente, Jack también había estado solo y desamparado. Pero Jack lo había superado solo y por eso Charlie también debía salir adelante por su propia cuenta. O quizás, quizás Jack solo estaba buscando un pretexto para no involucrarse más con él. —Debo continuar mi camino, Charlie —dijo tratando de que su voz sonara lo más severa posible. El pequeño le miró apenado, sacó un saquito del bolsillo de su abrigo y se lo tendió a Jack: —Aquí tienes tu paga. —¿Qué hice para merecer que me pagues? —preguntó Jack extrañado. —Me diste de comer, me dejaste quedarme en tu refugio y compartiste tu bolsita conmigo. La señorita Madeleine dice que eso se amerita una paga. —Pues yo no la pedí. —¡Es extraño! La gente mayor siempre quiere dinero... —Eso no es cierto... ¡Además no soy tan mayor, tengo veintiún años! —¿No se es viejo a esa edad? —¡Claro que no, tonto! Y tampoco necesito que me pagues. Se quedaron en silencio. Jack estaba indeciso. —¿Debería llevar a Charlie conmigo? –pensó– ¿Eso realmente me conviene? Sabía que no podía dejarle solo y que el pueblo estaba a solo un par de horas de camino: llevarle hasta ahí no significaría una pérdida excesiva de tiempo, si bien la marcha se haría más lenta. Una vez en el pueblo no sería muy difícil librarse de él. –¡Oh! –exclamó Charlie de pronto– la señorita Madeleine dice que deberías llevarme contigo. Ella no conoce el camino al pueblo más cercano y cree que tú podrías llevarnos ahí. –Escucha, Charlie... –¡Por favor! –suplicó el niño–, solo hasta el pueblo más cercano. Ella dice que en realidad estamos perdidos desde ayer. –Creo que llevan perdidos más tiempo... –Te pagaré  –Charlie le ofreció de nuevo el saquito. Esta vez Jack no le rechazó. El saquito era entusiasmadoramente pesado. Abrió con cuidado el saco y miró en su interior. –Pero, ¿qué es todo esto? –murmuró decepcionado al ver su contenido: varias moneditas de diez, veinte y treinta centavos, mezcladas con piedritas extrañas y cuentas de collares de fantasía. No alcanzaba ni para comprar patatas, pero el niño mantenía sus ojitos fijos en ellas, como si fueran un tesoro. Jack no pudo evitar sentir un arrebato de ternura. Quizás él mismo no era tan fuerte como creía, quizás aquel par de ojitos negros y brillantes podían minar las barreras que él mismo había puesto en su corazón. –¡Está bien! Recoge tus cosas, nos vamos de aquí.   ***  Cuando llegaron al pueblo solo se encontraron con calles desiertas y no había rastros de la feria. –Qué extraño –dijo Jack bajando a Charlie de sus hombros. El niño no respondió, desde hace un rato estaba silencioso y taciturno. En un día de feria las calles estaban llenas, pero esta vez, no había casi nadie en la calle. —¿Sucede algo? —preguntó Jack extrañado a un grupo de hombres que conversaban preocupados en una esquina. —Si vienes por la feria, entonces será mejor que vuelvas a tu pueblo ahora, muchacho —le respondió uno de ellos. —¿Qué es lo que ha sucedido? —Van a ejecutar a la señora Ham en la plaza—dijo otro. —¡¿La mujer que cuidaba a los niños en el orfanato?! —Sí. Se la acusa de haber sacrificado niños en un rito satánico —dijo bastante alterado el primer hombre—. Verás, hoy en la madrugada se escucharon gritos de provenientes del orfanato. Cuando algunos de nosotros fuimos a ver lo que sucedía, encontramos a la mujer en medio de un charco de sangre con un... —¡No sigas! —le interrumpió Jack—. ¿No ves que traigo a un niño conmigo? No quiero que él escuche todo eso. —Oh... Bueno, de todos modos, será mejor que te regreses, pelirrojo. Las cosas están un poco tensas por aquí. La ejecución está por comenzar y las mujeres y los niños están recluidos en sus casas, pero, ¡quién sabe si eso podrá impedir que les ataquen los malos espíritus! —Dicen incluso —empezó otro hombre— que otra vez podría organizarse en el pueblo una cacería de brujas como aquella cruenta que hubo hace quince años. Aquello  fue como una puñalada para Jack. —N... no —murmuró desolado tratando de no creerlo—, eso no puede ser cierto, ¿verdad? —Cualquier cosa podría pasar. Los obreros desviaron la mirada avergonzados. Ellos conocían a Jack desde que este era un niño y sabían que su madre y su hermana habían sido ejecutadas injustamente durante aquella cacería de brujas. Charlie rompió aquel incómodo silencio con un estornudo. Jack lo cargó en brazos de nuevo y le sonrió con ternura. —Vamos, Charlie. —No sabía que tuvieras un niño, bribón —bromeó uno de los obreros. —¡No es mío! —gritó Jack aunque después de sentirse tan desolado hubiera querido decir todo lo contrario. Agitó una mano en señal de despedida y se alejó seguido por la gata. Ya no podría dejar a Charlie en el orfanato y ahora, bajo cualquier circunstancia, no se atrevería a dejarlo en aquel pueblo. No tenía otra opción más que llevarse a Charlie de ahí. Sabía que había un orfanato cerca, en otro pueblo así que lo mejor sería descansar un poco y emprender camino hacia allí, lo cual significaría volver a cruzar el bosque. —¿Y si me quedo con él? —pensó, pero desechó esa idea inmediatamente: estaba cómodo viviendo libre y cuidando solamente de sí mismo, así que no quería hacerse cargo de nadie. Aquel pensamiento le hizo sentirse solo. Bajó al niño un momento mientras sopesaba sus opciones. La señorita Madeleide (que debido a que Jack no estaba dispuesto a cargarla junto con Charlie, había tenido que seguirles a pie) subió de un salto a los brazos de Charlie y acercó sus bigotes al oído del niño. Charlie miró a Jack apenado y dijo: –La señorita Madeleine dice que es momento de decir "adiós". –¡¿Eh?! –exclamó Jack sorprendido saliendo de su ensimismamiento– ¡Pero si tú fuiste quien me pidió que te llevara conmigo! Además, aún sigues perdido y no puedo dejarte solo. –La señorita Madeleine puede guiarse sola desde aquí –protestó Charlie extrañamente a la defensiva. –No me importa lo que digan tú y tu mascota –gruñó Jack estirando un brazo y tomándole de la mano–. Todavía no puedo dejarte ir. No sé por qué estás tan enojado, pero no pienses que voy a dejar que te escapes por ahí. Jack sujetó fuertemente la mano del niño, pero las garras de la gata se le clavaron y tuvo que soltarle. –¡Maldita gata! –gritó chupándose la herida– Hey, Charlie, ¡ven aquí! Jack atrapó al niño justo cuando este empezaba a correr. El pequeño se retorció tratando de escapar e incluso intentó morderle. –¡Tengo que irme! –sollozó deteniéndose– ¡Ella dice que tengo que irme! ¡Dice que si no le obedezco entonces te pasarán cosas muy malas! ¡Dice que te matará así como mató a mi abuelita! Jack se detuvo en seco. –¿Qué rayos estás diciendo? –preguntó frunciendo el ceño. Charlie no respondió, pero siguió llorando. –No te separes de mí, Charlie –dijo Jack bastante serio tomándole de la manita. Si eres un buen chico entonces te compraré una empanada, ¿qué tal suena eso?... ¿Te gustan las empanadas, Charlie? –Y después de eso, ¿me dejarás irme? –No, después de eso –Jack desvió la mirada avergonzado– te llevaré a un orfanato de otro pueblo que queda bastante cerca del mío... Ahí hay buenos adultos que te ayudarán a encontrar a tus otros familiares o, si no los tienes, a una familia nueva... —¡Déjame  irme! —¡No! De pronto, se escucharon unos chillidos de mujer provenientes de la plaza y alaridos de hombres. Varias mujeres salieron de sus casas y corrieron en la dirección de donde venían los gritos. Aquello desconcertó a Jack. Charlie se sacudió y, antes de que Jack pudiera evitarlo, echó a correr a la plaza con la gata en brazos. —¡¿Qué haces, Charlie?! ¡Vuelve aquí! —gritó Jack corriendo tras suyo. A pesar de ser un excelente corredor, estaba muy cansado y no pudo alcanzarle ni esquivar del todo a las personas que se cruzaban en su camino. El niño era ágil y al llegar a la plaza, gateó entre las piernas del montón de curiosos hasta llegar a primera fila. Jack se quedó afuera del círculo y no pudo abrirse paso entre el apretado gentío.   Llamó a Charlie a gritos, pero guardó silencio cuando la anciana mujer volvió a chillar tratando de liberarse. 
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