La marioneta monocroma

Hay un demonio. Ese demonio tiene el aspecto de un gato. Ese gato necesita una llave. Esa llave sirve para abrir el infierno. Un niño es esa llave. Esa llave es una marioneta. Un chico ama a esa marioneta. Un ángel quiere proteger al chico y a la marioneta. Y “ella” quiere destruirlos a todos.

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1. I: La reunión de los demonios y el niño que viajaba con su gata

El gato blanco se sentó sobre sus cuartos traseros en el atril del salón de reuniones demoniacas. A su alrededor, el resto de demonios animalizados se congregó de pie. A pesar de saber que Lucifer, el gato blanco, podía pasarse horas y horas diciéndoles qué es lo que debían hacer, ninguno se atrevió a sentarse: ¡Lucifer era demasiado importante como para faltarle el respeto a menos que uno quisiera ser ejecutado al instante!

En esta ocasión, Aullador, el líder de los demonios simios, estaba a la diestra de Lucifer y miraba en todas direcciones con sus ojos saltones, sonriendo con su desdentada boca.

A la izquierda de Lucifer, erguida y elegante como siempre, Lilith, la gata negra, miraba con sus ojos amarillos al frente sin pestañear. Lilith era la líder de los demonios felinos a pesar de no ser un demonio sino una bruja.

Después de siglos de estar obligados a vivir materializados en un cuerpo animal, los demonios estaban casi acostumbrados a las ventajas y desventajas de sus respectivos cuerpos. Los gatos se pusieron erguidos tratando de imitar a Lilith y, a pesar de las pulgas que tenían, ninguno se atrevió a moverse. Los monos estaban a cuatro patas, pero de vez en cuando, cuando nadie miraba, se rascaban con los cuartos traseros.

El motivo de aquella reunión era sabido por todos: Lucifer haría un anuncio. El tema de "La llave perfecta" había sido tocado en numerosas ocasiones, pero nunca eran buenas noticias. Habían experimentado con decenas de niños humanos y todos habían muerto antes de poder abrir las puertas del infierno. En un inicio, habían tenido la esperanza de abrirlas para así pedirle al rey de los infiernos que los devolviera a sus cuerpos espirituales en vez de obligarles a ser gatos y monos. ¡Pero nada salía bien!, los cerebros de los niños explotaban o tenían hemorragias internas que los mataban en el proceso.

Pero aquella noche iba a ser diferente.

Cuando la sala quedó en silencio, Lilith se adelantó y, de pie, frente a Lucifer, declaró la conclusión de sus investigaciones.

—La Inocencia es el componente indispensable para poder abrir las puertas, mi señor.

—¿Qué quieres decir con inocencia? —preguntó Lucifer extrañado.

—Todos los humanos que no han sido vendidos a los demonios en el vientre de su madre o no han heredado demonios, nacen con un espíritu virgen. A eso se le conoce como Inocencia. Pero, esta se destruye en su infancia cuando hacen descubrimientos de la vida, especialmente de la muerte, procreación, odio o demonios.

—Entonces, ¿me estás diciendo que debemos experimentar con niños que aún no han alcanzado la edad de distinguir su mano derecha de la izquierda? —preguntó Lucifer frunciendo el ceño.

—Eso no sería útil, jiji —dijo Aullador con su voz zalamera—, ya sabemos que no sirve de nada usar a niños que no pueden comprender sus actos, jiji, ellos siempre se mueren en la preparación, jiji. Son demasiado puros, jiji.

—Podríamos conseguir a un bebé y guardarlo aquí hasta que sea capaz de razonar... —sugirió Amalec, el segundo gato al mando, pero una mirada asesina de Lucifer le hizo cerrar el hocico.

—No es eso lo que estoy proponiendo —dijo Lilith meneando la cabeza—. De nada nos sirve el que el niño posea la Inocencia si este a su vez no puede comunicarse con el mundo espiritual.

Varios gruñidos bajos y maullidos de protesta se escucharon, todos sabían que no podían esperar tanto.

—¿Entonces qué? —dijo Lucifer agitando una pata enojado.

—Sé que los nephilim nunca pierden el poder de la inocencia.

—He oído hablar de eso, pero me parecen tonterías.

—Con todo respeto, mi señor, esa es la verdad. Los nephilim mantienen su alma virgen, sin dejar que todos los conocimientos que reúnen en vida la traspasen, es decir: su alma es monocroma. No solo eso, está también el hecho de que ellos, al ser descendientes de ángeles, poseen la capacidad de comunicarse con los espíritus si despiertan sus habilidades. Lo que tenemos que hacer es conseguir un niño nephilim de la última tribu.

Todos los monos y gatos reunidos a su alrededor, chillaron y maullaron aterrados: no querían ir de nuevo a la aldea nephilim, no después de la última guerra en la cual tuvieron cuantiosas bajas.

Pero nadie se atrevió a cuestionar a Lilith.

—Supongo que no será tan difícil conseguirlo —dijo Amalec—, después de todo, el Último pueblo es lo único que queda de ellos.

—Una vez que lo tengamos —continuó Lilith— no nos será difícil abrir el portal.

Lilith hablaba totalmente segura de sí misma, sin pestañear ni mover los bigotes. Lilith sabía lo que hacía, Lilith siempre lo sabía, aún desde antes de comer del fruto del árbol de la vida en los albores de la humanidad.

—Está bien —aprobó Lucifer—, tienes mi permiso. Consigue al niño, traélo aquí y abriremos las puertas del infierno. ¡Jejeje!

Lilith sonrió mostrando sus filudos colmillos.

 

***

—¿Quién eres? —preguntó Jack cuando encontró al niño sentado en un rincón del refugio.

—Charlie —respondió el niño.

—Pues, Charlie, ¿quién te dijo que aquí en este bosque en medio de la nada había un refugio? ¿es que alguno de los comerciantes del pueblo te ordenó venir aquí a robarme?

—¡Yo no soy un ladrón!

—Oh, sí claro, eso dicen todos —se burló Jack. En realidad, no había nadie que quisiera robarle y en el caso de haberlo, no habría tenido mucho que robar. Jack lo sabía, pero no estaba dispuesto a desaprovechar la oportunidad de fastidiar a un niño pequeño.

Entró en el pequeño refugio —que por fuera más parecía una madriguera de zorro— y se sentó a la india en el suelo. Sintió por un instante una extraña presencia inteligente entre él y el niño, pero, su sentido común le hizo olvidarla.

—Encantado de conocerte, Charlie —dijo con sarcasmo—. Mi nombre es Jack.

—¡A mí no me alegra conocerte! —gritó el niño enojado desde el rincón que ocupaba.

Jack sonrió divertido y se puso a sacar del zurrón algunos alimentos fríos que había traído como provisiones. Olvidándose del niño, se llevó un pan seco a la boca y masticó de mala gana.

Empezó a sacar cuentas del dinero que tenía y la cantidad de carne que podría comprar en el pueblo. La comida escaseaba desde inicios de invierno y no estaba seguro de poder encontrar algo barato y aceptable para comer. Pero valía la pena intentar. Después de todo, era joven y no tenía familia ni nadie en el mundo a quien alimentar, podía vivir sin muchas preocupaciones con su trabajo de estibador.

De pronto, la vocecita fina de Charlie lo sacó de su ensimismamiento:

—La señorita Madeleine dice que tus alimentos no son tan asquerosos y que por eso harías bien en compartir un poco conmigo.

Jack, alarmado, cogió su linterna e incorporándose un poco (el techo era más bajo que él) la movió de un lado a otro, buscando con la mirada, esperando encontrar en el pequeño refugio que él mismo había construido a una indeseable huésped de la que tendría que deshacerse  junto con el niño.

Pero no encontró a nadie más.

—¿Qué rayos dices? —gruñó sentándose un poco agitado—, aquí no hay ninguna otra persona.

—¡Qué maleducado! —protestó Charlie— ¡La señorita Made...!

—¿Quién rayos es esa tipa? ¡¿Tu amiga imaginaria?!

—Es mi gatita.

Charlie cogió el bultito envuelto en sábanas que tenía en el regazo y se lo mostró a Jack. Ahí estaba una gata negra no muy grande, una hembra joven y fuerte, con unos penetrantes ojos amarillos.

Jack rió a carcajadas

—¡Ah, ya lo entiendo! —alargó una mano para acariciar al animal—. Vaya, es una gata muy bonita.

—Sí, lo es —respondió Charlie complacido.

—Encantado de conocerte, señorita Mad... ¡ouch!

La gata, estirando una patita, le arañó la mano, dejándole dos bonitos surcos rojos.

—¡Señorita Madeleine, eso no se hace! —gritó Charlie alarmado retirándola.

Jack se chupó la herida bastante molesto e incómodo. Sentía que por un segundo había podido atisbar inteligencia humana en aquel par de ojos ámbar.

—¿No tienes qué comer? —preguntó.

—No —respondió el niño apenado.

—Toma —Jack le tendió un pan y una tira de cecina.

Charlie comió vorazmente su parte y Jack le dio otro pan.

—¿Cuántos años tienes, niño?

—Seis —respondió Charlie enseñándole el número con sus deditos.

Jack frunció el ceño.

—Entonces... ¿qué haces en un lugar como este? —preguntó preocupado muy a su pesar—, ¿dónde están tus padres?

Charlie escondió el rostro en el pelaje de su gata y respondió taciturno:

—No tengo padres. Yo era muy malo, por eso ellos ya no quisieron cuidarme y me han abandonado. La señorita Madeleine es lo único que me queda. Ella y yo estamos juntos desde que yo era un niño muy pequeño.

—...

—Por eso, nos estamos yendo a buscar a un conocido suyo. Ella dice que hay alguien que quiere conocerme.

—Pero, ¿qué tontería estás diciéndome?, ¿te dejas guiar por esa gata pulgosa?

La señorita Madeleine bufó furiosa, casi como si pudiera comprender lo que Jack decía.

—Sí —respondió Charlie como si fuera lo más obvio del mundo.

—Bueno... —empezó Jack tratando de no perder su escasa paciencia—, y ¿a dónde se dirigen tú y tu gata?

Charlie miró al suelo algo turbado, como si aquella pregunta tan sencilla le hubiera tomado desprevenido.

—N... no lo sé —respondió aún algo confundido.

—¡¿Cómo que no lo sabes?!

La gata volvió a bufar. Charlie tranquilizó al animal acariciándole el lomo.

—Yo me dejo guiar por la señorita Madeleine, así es como encontré este refugio. Ella dijo que parecía un buen lugar para pasar la noche.

—¿Y qué hay de tu casa?

—No tengo.

—No estás harapiento... ¿Te has escapado de un orfanato?

—No, yo vivía con mi abuelita.

—Debiste de quedarte con ella.

—¡Yo no entraba en la tumba! —protestó el niño.

Jack le miró incrédulo. No supo que decir. Odiaba no saber qué decir. No dudaba de lo que el niño había dicho, tal y como estaba la situación en el país desde hace un tiempo, no resultaba fuera de lo común el que hubieran padres que abandonaran a sus hijos o viejos que morían dejando a sus nietos en el desamparo. De hecho, él mismo había quedado huérfano y desamparado a temprana edad, después de la muerte... del asesinato de su madre y su hermana.

—Tengo sueño —murmuró Charlie envolviéndose en la sábana vieja junto a su gata.

—Hará mucho frío en la noche.

—Lo sé, pero he perdido hoy mi manta mientras caminaba... Buenas noches.

Jack se mordió un labio. No podía dejar que aquel niño pasase así la noche. Cuando Jack tenía seis años, solía tomar un tazón de leche caliente antes de dormir. Tenía además ropa abrigadora de algodón y una mullida cama calentita. No había noche en la cual su madre o su hermana no le contaran un cuento y le dieran las buenas noches con un beso. Pero, fue a esa edad también cuando lo perdió todo a manos de los verdugos: su madre y su hermana habían sido acusadas de cometer brujería. Aquello les costó la vida a ambas y a Jack lo mandaron al orfanato y luego a la calle.

—No es como si debiera yo ayudarle —se dijo Jack encogiéndose de hombros—. Él debe aprender a valerse por su cuenta, incluso si muere en el intento. Si yo pude soportar el frío del invierno entonces él también puede.

Se sintió observado.

A sus pies, la gata negra le miraba sin pestañear, esperando.

 

***

Aquella noche, como siempre, Elaine sorbía un café. Se acomodó el monóculo en el ojo mientras leía un libro acerca de hierbas medicinales.

De pronto, alguien tocó a la puerta.

—¿En qué puedo ayudarles? — preguntó Elaine al grupo de personas que estaban reunidas afuera.

—¡La señora Ham acaba de cometer un crimen! —chilló alguien al borde de la histeria.

—¿La señora a cargo de los niños del orfanato? —Elaine no lo podía creer.

—¡Ella misma! —gritaron varios a coro.

—¿Qué clase de crimen? —preguntó Elaine alarmado.

—¡Un sacrificio! ¡La señora Ham está poseída por un demonio, ha asesinado a sus niños y luego les ha sacado el corazón.

—¡Tienes que ayudarnos Elaine! —sollozó otra persona— ¡Si tuvo un cómplice será más fácil encontrarlo ahora que el crimen está fresco! ¡No podemos dejar que escape!

Elaine suspiró fastidiado y, poniéndose su bata blanca, salió con ellos de la casa, para exorcizar a la mujer.

¿Qué clase de demonio podía haber llevado a la mujer a cometer un crimen tan atroz? Definitivamente ese no había sido un demonio menor, ellos no tenían el poder suficiente... entonces, ¿quién?

—Niños de un orfanato que han sido asesinados y a los cuales se les ha sacado el corazón... —pensó—. Esto es algo que ya he visto antes en otro pueblo... ¡Oh!

Claro, aquello debía de ser obra del Gato blanco.

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