La marioneta monocroma

Hay un demonio. Ese demonio tiene el aspecto de un gato. Ese gato necesita una llave. Esa llave sirve para abrir el infierno. Un niño es esa llave. Esa llave es una marioneta. Un chico ama a esa marioneta. Un ángel quiere proteger al chico y a la marioneta. Y “ella” quiere destruirlos a todos.

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3. El verdadero asesino

La señora Ham estaba atada a un poste, en el patíbulo de la horca con varios haces de leña apilados a los pies contra su escuálida figura. —¡Mis niños, mis hermosos niños! ¡Yo jamás levanté mi mano contra ellos, yo jamás les hice daño alguno! —Esta mujer —dijo el juez—, bajo la influencia de Satán, sacrificó hoy en la madrugada a diez de los huérfanos del orfanato del cual estaba a cargo. Gritos de todas partes interrumpieron al alcalde: —¡Quémenla por bruja! —¡Ahórquenla! —¡Ya estamos hartos de la proliferación de la hechicería en este pueblo! —¡Debemos eliminar también a todas las de su calaña! El alcalde continuó: —Después de oír los resultados de la autopsia de los cadáveres, no queda duda alguna de que ella es una bruja. Todos los cadáveres tienen el común denominador de este tipo de crímenes: su corazón ha sido reemplazado por una marioneta de trapo. La señora Ham se resiste a aceptar su crimen, pero el único niño sobreviviente: Marcus, ha dado testimonio de ello. El juez señaló con la barbilla a un niño delgaducho de unos once años que tenía unos ojos enormes y lloraba mientras la esposa del alcalde trataba de consolarle. Esas clases de asesinatos donde las víctimas era niños se estaban volviendo muy frecuentes en aquellos tiempos. Desde hace un par de años que las brujas habían aumentado y cada vez se camuflaban mejor entre las personas, de modo que en muchos casos no había forma de estar seguro de quién practicaba la hechicería y quién no. —¡Yo soy inocente! —chilló de nuevo la anciana—. Yo estaba ahí, con ellos cuando todo se nubló y en cuanto recuperé la conciencia, sus cuerpecitos destrozados estaban alrededor en un lago de sangre... ¡Pero yo no fui quién cometió aquel asesinato! —Parece ser un típico caso de posesión demoniaca —murmuró alguien por ahí y varias personas asintieron—. La mayoría de personas poseídas, una vez que el demonio se calma, no recuerdan lo que han hecho cuando vuelven en sí. —Eso es, Elaine —murmuraron. —Sin embargo es extraño —continuó Elaine—. Sé que hay demonio en todo esto, pero no logro expulsar al demonio de la señora Ham. ¿Es que acaso...? —Bueno, no hay más que decir —interrumpió el alcalde (que hacía las funciones de juez)— Por su crimen, la señora Ham ha sido condenada a la horca y luego su cuerpo será quemado para así expulsar al demonio que habitaba en ella —hizo una seña al verdugo. El verdugo (que llevaba el rostro cubierto con  una caperuza negra)se acercó y le pasó a la anciana un lazo por el cuello. —¿Tiene usted alguna última palabra que decir? —preguntó con su voz gruesa. —Sí... ¡Soy inocente! El verdugo asintió. Estaba a punto de bajar la plataforma del patíbulo para ejecutar a la mujer cuando una vocesita fina lo detuvo: —Ella es buena, ella no hizo nada —Charlie acariciaba a su gatita y miraba con total inocencia y seguridad al juez—. La señora Ham amaba a sus niños. La señorita Madeleine incó sus garras en la manita del niño, como reprochándole algo de lo que acababa de decir. —Los niños pequeños no deberían presenciar ejecuciones —dijo una de las hijas del alcalde acercándosele para sacarle de ahí. La señorita Madeleine bufó a la muchacha y esta retrocedió enojada. —¡La señora Ham no los ha matado! —exclamó Charlie— ¡Ella dice la verdad! —¿Acaso sabes tú algo que nosotros no sepamos? —preguntó el alcalde intrigado por la vehemencia del pequeño. —¡Sí! —¡No! —exclamó Jack abriéndose paso algo asustado, hasta llegar al niño—. No le haga caso, señor: él no es de aquí... ¡Recién llegamos hoy en la mañana! —¡Entonces, llévate de aquí a tu hijo! Nos está estorbando. Jack, bastante avergonzado, tomó la manita de Charlie para llevárselo, pero el niño gritó: —¡Yo lo sé! —¿Saber qué? —preguntó el alcalde frunciendo el ceño. —Quien fue el verdadero culpable. Todo el mundo se quedó en silencio, petrificado, y entre ellos Jack era uno de los más sorprendidos e incrédulos. —Pe... pero... ¿q... qué estás diciendo? —logró articular el juez—. Todos sabemos qué... —La señora Ham no lo hizo, ella es buena. —Entonces, ¡¿quién fue?!, ¡dilo de una vez! —Charlie, cállate —susurró Jack histérico—. ¿Eres idiota? ¡Tú no...! —¡¿Quién fue?! Charlie señaló con su pequeño dedo índice al niño flacucho cuyo llanto se había detenido de un momento al otro al escucharle. —Fue Marcus. Un murmullo de estupefacción reinó en la multitud. —¡No digas tonterías! —gritó Marcus estallando en llanto—. ¡¿Cómo es...?! ¡¿Cómo es que puedes decir cosas tan horribles?! Yo estaba asustado, temblando, escondido, creí que todo se acabaría para mí. ¡No puedes acusarme de algo tan horrible! —Tú los mataste —dijo Charlie con voz grave, un poco asustado—. Eres malo, muy malo. —Es solo un niño pequeño —dijo el alcalde apartando a Charlie y tratando de usar un tono de voz convincente para calmar a los aldeanos. —¡Pero, fue él! —dijo Charlie—, ¡él los mató! ¡Lo sé! —¡¿Dé dónde sacas semejante tontería?! —Me lo dijo la señorita Madeleine. Mi gatita. Marcus gritó histérico y se meció los cabellos. —¡Una marioneta ha venido a por mí! ¿Es que acaso el Gato blanco me ha desechado? ¡He cumplido sus órdenes tal y como me fueron encomendadas! Se encorvó y lloró a gritos. Varias personas gritaron aterradas y retrocedieron con espanto. —¿Qué fue lo que hice mal? —se lamentó Marcus— ¡Alguien ayúdeme, por favor! —No... no lo entiendo —dijo el alcalde— ¡¿Qué significa todo esto?! —Ese niño... Ese niño dice la verdad... ¡Yo soy el asesino! —su voz resonó: áspera y ronca, fria y desolada, gris y vacía—. Yo solo quería seguir con vida... aunque fueran tan solo un par... de... años... más... ¡Pero si no puede ser de ese modo, entonces no me iré solo! —antes de que nadie pudiera evitarlo, sacó un cuchillo que tenía oculto en el abrigo y, en un desesperado intento de matar a alguien, lo lanzó contra Charlie. Jack se interpuso entre el arma y el niño, pero el arma se detuvo misteriosamente en el aire, justo cuando estaba a punto de hacerle daño, y cayó al suelo. Varias personas trataron de huír aterradas. Un hombre alto, de cabellos largos y abrigo blanco, se lanzó contra Marcus y lo inmovilizó. Jack sintió revolverse su estómago, como si estuviera a punto de vomitar. Todo el peso de una atmósfera cargada de muerte cayó sobre sus hombros por unos segundos. ¿Qué era la muerte? Hasta hace una hora y media, él no había sido más que un chico al que le molestaba hacerse cargo de alguien que no fuera él mismo, pero en aquel momento acababa de poner en riesgo su vida al interponerse entre el niño y el arma. Hasta hace una hora y media había estado lleno de vida, pero en aquel momento, no podía creer que aún siguiera vivo. Lo sabía muy bien: aquel cuchillo iba directamente a su corazón. La vida estaba ahí, todo el tiempo, pero la muerte era totalmente impredecible. Así cómo la muerte de aquellos niños del orfanato. En cuanto recuperó conciencia de la situación, se encontró en medio de un apretado y silencioso círculo, al lado de Charlie. Decenas de miradas de odio y repulsión estaban fijas en ellos. Como si ambos fueran seres salidos de ultratumba o asesinos. —¿Es acaso ese niño un médium? —preguntó una mujer espantada—. ¿Cómo es que supo quién era el verdadero asesino? —¡Pero si ese chico pelirrojo trabaja aquí los domingos! —dijo un obrero señalando a Jack— ¡Todo este tiempo y nadie se dio cuenta de sus oscuras actividades! —¡Esas son tonterías! —gritó Jack retrocediendo y topándose con Charlie que se había refugiado tras suyo. —¿No será que él está involucrado con los asesinatos? —¡Es verdad! De seguro él estuvo metido en todo eso. —Mató a los niños y, aprovechándose de que hoy es domingo, vino bastante campante al pueblo para prescenciar la ejecución. —¿Pero no era el "niño loco" el asesino? —Para hacer una matanza tan sangrienta bien pudo tener un cómplice. Incluso pudo usar a ese niño pequeño en todo su plan. —Pero no contaba con que el niño acabaría delatando a uno de los asesinos... Jack volvió a gritar: —¡No saquen conclusiones tan apresuradas! ¡Escuchen, por favor: soy inocente! Pero era demasiado tarde, ya varias personas se habían apartado y dos hombres enormes venían a por él para inmovilizarle y llevarle preso. Jack sabía cómo eran los juicios de casos de brujería en aquel pueblo y en todos aquellos pueblos que se veían afectados por el aunmento de personas entregadas a las artes ocultas (que eran todos aquellos pueblos que Jack  conocía): rápidos, sencillos, con una gran desventaja para el acusado y con una inamovible condena a muerte.   Otra vez sintió el peso de la muerte caer sobre sus hombros. Dos pares de manos enormes lo sujetaron e inmovilizaron sin que él pusiera resistencia alguna. Un niño cuyo nombre en aquel momento no podía recordar, se había abrazado con fuerza a una de sus piernas y gritaba a todo pulmón diciendo "¡Jack es bueno!, ¡Jack es bueno!". Sintió un fuerte tirón en la pierna debido a que alguien trataba de separar al niño de él. La gente gritaba llena de odio pidiendo que le dieran una muerte cruel, acusándole de algo que él no había hecho. Sintió un golpe en la cabeza. Unas filudas y diminutas garras se clavaron en su codo. Le dolía un brazo. El niño seguía chillando prendido de su pierna. Todo daba vueltas. Todo era tan absurdo. No, Jack no soportaba las cosas absurdas. Se sacudió con violencia y logró librarse tomando desprevenidos a los dos hombres quienes le creían resignado. Sacudió una pierna y logró zafarse del niño. Se paró derecho, con la mirada encendida y gritó: —¡No estoy dispuesto a pagar por un crimen que no he cometido! ¡Soy inocente!... ¡Deben creerme! El bullicio estaba a punto de retomarse y Jack ya se había resuelto a luchar hasta morir si era necesario, cuando alguien habló: —Te creo.   Todos volvieron su mirada al lugar de donde provenía la voz y abrieron paso a la persona que hablaba.
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