Forever Young *-*

Cuando Kira conoce a One Direction, la boy band más famosa y sexy del momento, no parece demasiado impresionada. Ha oído hablar de ellos, pero Kira está demasiado ocupada tratando de recuperar una reciente ruptura como para dejarse llevar por la histeria que está asaltando a todas las chicas de Londres. Pero, claro, llegar a conocer a los componentes del grupo en la intimidad puede resultar mucho más emocionante de lo que ella imaginaba. Convivir con la banda hará que la vida de Kira no solo entre música, escenarios y ruidos de flashes, sino también amistad, amor, celos y algún que otro malentendido.

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2. *-* Pizza *-*

En lugar de salir de mis dulces sueños con el sonido habitual de mi grupo de rock independiente favorito sonando en el despertador. Sam me despertó de golpe entrando en mi habitación y saltando sobre la cama.

-¡levántate! ¡Tenemos que salir a explorar!

Aquello era como el Día de la Marmota. Estaba segura de que ya había vivido todo eso en el día anterior, cuando aún estábamos en Escocia, y no durmiendo en el cómodo apartamento de mi padre tras un viaje agotador.

-¿Es que nunca duermes? –Murmuré refugiándome en la almohada.

-¡Por favoooor! –Me gritó al oído.

Giré la cabeza y la vi inclinarse sobre mí con una gran sonrisa. No pude evitar reírme. Era la primera vez que Sam iba a Londres, no podía echarle en cara que estuviese entusiasmada.

-Esta bien…, si te vas de aquí, a lo mejor puedo levantarme –Gruñí.

-Date prisa –Dijo dándome una palmadita en la cabeza.

Hice un intento adormilado de apartarla con un manotazo, pero era demasiado rápida. Saltó de la cama, llena de energía matinal.

-¡Te veo en un minutoooo!

-¡En bastantes minutos! –Repliqué mientras salía de la habitación.

Tras un baño muy rápido, me puse mi camisa favorita, una sin mangas, perfecta para el buen tiempo, y unas botas algo cortas, oscuras de tacón que me encantaban. Probablemente eran demasiado elegantes para caminar por Londres, y seguramente me lastimarían, pero era el precio que tenía que pagar por ir con mi mejor conjunto. Quería hacer el esfuerzo de ponerme presentable después de la facha desastrosa que tenía durante el agotador viaje, pero esto supuso que para cuando acabé de maquillarme un poco y dominar mi cabello ondulando ya era casi mediodía.

Fui hacia la sala, donde Sam me estaba esperando sentada en el sofá.

-¡Por fin! –Exclamó levantandose de un salto.

La miré poco amistosa y se empezó a reír.

-¡Estas lindísima, Kira!

-Tú tambien…, me encanta esa camiseta y lo sabes. Sam llevaba una camiseta blanca de manga corta que tenía impreso un corazón rosa. La camisa era perfecta y combinó muy bien su outfit con un short negro y unos converse de hace 2 años, además de demostrar su personalidad despreocupada, se ajustaba perfectamente a su cuerpo esbelto y alargado.

-Gracias, Kira. ¿Buscamos algún sitio para comer? Me muero de hambre. Y es la hora de comer –Dijo dando un par de golpecitos en su reloj y mirándome en plan indirecta.

-Si, claro –Sonreí aceptando que, una vez más, me había retrasado-. ¿Dónde vamos?

-Quiero pizza –Dijo al tiempo que daba saltitos. Suspiré y puse los ojos en blanco.

-¿En serio? Viajamos hasta Londres, podemos comer cualquier cosa e ir a cualquier parte, y ¿Todavía quieres comer eso? No entiendo como puedes estar tan obsesionada.

Sam me miró con expresión suplicante.

-De acuerdo, tú ganas. Pero mañana elijo yo –Le aseguré.

-¡Siii!

Sam me agarró del brazo y prácticament saltó fuera de la casa.

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Pensé que podríamos ir en el viejo carro de mi padre al restaurante italiano del barrio. Y como me sentía generosa, le permití conducir a Sam. Me dejé caer sobre el asiento del copiloto y respiré hondo mientras miraba por la ventana, aliviada por estar en un sitio diferente. Un sitio donde podríamos dejara atrás el estrés de nuestra ciudad y de nuestras antiguas relaciones.

Sam puso la radio en su emisora de música favorita y, de repente, el animado ritmo de One Direction llenó el carro. El pop no era realmente lo mio –prefería el rock alternativo-, así que gruñí e intenté cambiar de emisora, pero Sam golpeó mi mano.

-Ya sé que no te gustan, pero a mi me encanta esta canción, y como soy yo la que está al volante, la música la elijo yo.

-Si, pero es el carro de mi padre, por si no te has dado cuenta –bromeé.

Dejé que siguiera sonando.

-De todas maneras, ya te he dicho otras veces que no es que no me gusten, porque en realidad no los conozco. Simplemente, no soy muy fan de su música.

Pero entonces, empezó a sonar uno de nuestros grupos favoritos, que nos encantaban a las dos desde pequeñas: nos pusimos a gritar la letra, un poco de mal gusto, y luego nos reímos como locas. Sam tuvo que concentrarse bastante en que no nos matáramos de lo fuerte que se estaba riendo. Este era el motivo por el que habíamos ido a Londres: además de ver a mi padre, valía la pena tener momentos así.

Llegamos al restaurante de un humor excelente. No había demasiada gente, lo que a mí me parecía perfecto. Significaba que podíamos platicar a nuestras anchas, hacer planes para toda la semana y que nos atendieran enseguida. Ya estaba muerta del hambre. Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana y estábamos listas para pedir. De repente, las risas de un grupo de chicos que bromeaban unos con otros con comentarios de lo más idiotas, unas pocas mesas detrás de la nuestra, nos hizo girarnos.

-Vaya…, ¿Quieres que nos vayamos, Sam? Tener que aguantar a una pandilla de chicos ruidosos no formaba parte del plan de hoy –Me quejé.

-No te agobies, solo se están divirtiendo un poco –Dijo Sam sacudiendo la cabeza-. No son ni Jacob ni Josh, eso es lo único que importa.

-Supongo que si –Respondí sintiendome un poco aguafiestas-. Lo siento.

Pero Sam no me estaba prestando atención. Se había puesto a buscar algo en su bolso con cierto nerviosismo, sacando cosas una a una y poniéndolas sobre la mesa.

-Sam, ¿Qué pasa?

Me miró.

-Se me olvidó la cartera. Debí dejarla en casa de tu padre –Dijo mordiéndose el labio inferior.

-¿En serio? –Le pregunté.

Sam asintió.

-No pasa nada, te presto dinero y me  lo das luego.

-También dejé el celular. Y ni siquiera le escribí un SMS a mis padres para decirles que llegamos bien. ¡Lo siento! –Dijo ella, avergonzada.

-¡Sam! –Protesté.

-Bueno, no hemos pedido todavía, ¿Puedes esperarme aquí hasta que vuelva? No tardo nada.

Suspiré.

-De acuerdo. Conduce con cuidado. No hay prisa.

-¡Gracias, gracias, gracias! Vuelvo enseguida.

Así que se levantó de la mesa y salió corriendo del restaurante.

Le pedí una bebida a la mesera para que no me echara de allí y me puse a mirar los mensajes del celular y de correo para mantenerme ocupada mientras esperaba a Sam. El sonido de las voces de los chicos se hacía más y más intenso, estaban contando chistes tontos y riéndose. En un momento dado, incluso parecía que se estaban cantando cosas unos a otros. A lo mejor ya iban borrachos, a la hora que era. Me giré para ver si los veía, pero estaban en una mesa doblando la esquina, de manera que ninguno de los demás clientes podía verlos. Me pregunté si los meseros los habían puesto allí a propósito, anticipando lo ruidosos y molestos que iban a ser. Deseé silenciosamente que Sam regresara lo antes posible.

Sonó el celular, interrumpiendo mis pensamientos. Era mi madre.

-Hola, mamá, ¿Cómo estas? ¿Mamá? ¿Mamá?

La señal se cortó. Suspiré y me levanté para buscar un lugar con mejor cobertura. Mirando al celular para marcar su número rápidamente, fui en dirección a la puerta… y choqué con alguien. Me caí al suelo, dándome un buen golpe en el trasero, y un plato de comida se derramó encima de mi preciosas botas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

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