Rosas Negras «Niall Horan»

Niall Horan

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4. Capítulo 2

Las pestañas de Diana aletearon para que la visión de su cuarto se aclarara. Empezó a recorrer la cama con las manos, estirando sus brazos y piernas. Su rostro le pesaba y subió sus manos hasta el, frotando los nudillos contra sus ojos. Dio un último bostezo para que todo a su alrededor de aclarase y lo primero en notar, fue que sus brazos estaban cubiertos por una manga azul, al igual que todo su abdomen.

Dio un salto brusco fuera de la cama, tratando de buscar sus zapatillas de dormir bajo su cama. Sin embargo, al tocar el piso vio que en uno de sus pies, todavía se encontraba una de las valerinas doradas que había llevado la noche anterior. Rápidamente empezó a rebuscar en los alrededores que le fueran posibles, pero no encontró ni rastro del zapato. Así que se limitó a levantarse y saltar a la para coja hasta el espejo tras la puerta.

Tuvo una gran sorpresa al ver su reflejo en el espejo. Su cabello estaba hecho nudos enredados, su labial coral claro estaba corrido hacia un lado, no pudo evitar tocar sus labios y al hacerlo, diversas imagenes rondaron por su cabeza: Una cabellera rubia, luces por doquier y un impacto, un leve impacto, un roce en sus labios, un leve empujon en la comisura de sus labios. Bajó la mano al instante, dejando sus labios entreabiertos, tratando de dispersar ese recuerdo o pensamiento.

Vio más allá de su rostro y se encontró con una casaca azul marino, dejando solo ver el pequeño escote del vestido y su falda. Puso ambas manos en su cabeza. No tenía ni la menor idea de por qué estupida razón llevaba algo que no era suyo y el mal presentimiento de que algo había pasado la noche anterior, la corcomian por dentro.

Levantó la mirada, hasta quedar a su vista, el calendario de la comoda al frente suyo. En el, había una fecha totalmente remarcada con stickers, restaltadores neon y diversas flechas de todos los tamaños. Ahí, recordó.

Se paró de la cama y salió corriendo hasta el reloj de la sala, para poder ver la hora.

- Joder.- Malijo en voz alta al ver que marcaban las once de la mañana y tenía que estar en el estudio a las tres de la tarde.

Corrío hasta el baño, donde la noche anterior antes de salir con Jesse, guardó la ropa que debía de ponerse y que había planeado con mucha determinación.Todo debía salir perfecto y por ahora, no lo estaba logrando.

Tras una ducha express de diez minutos y una depilación de piernas a medias, salió del baño, con la toalla enronscada en la cabeza y con una chaqueta jean puesta en solo una manga. Se apresuró hasta la cocina. Su balerina había sido reemplazada por un par de Vans negras que hacían juego con la camisa negra y estampado de Rolling Stones. Abrió la nevera y una oleada de frió hizo que diera un paso atrás, cerrandola de golpe. Decidió tomar una manzana verde antes lanzar la toalla al sofá y salir del departamento.

Caminó apresuada hasta encontrar un taxi que la llebara hasta el estudio. No le importó que viajar desde tal punto de la ciudad hasta el estudio fuera tan lejos y le costara un fortuna viajar en taxi,pero situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas. Una vez que se sentó, su respiración volvió a la normalidad.

- Apresurada, ¿Verdad, señorita? - Comentó el chofer del taxi, mirandola desde el espejo delantero.

Diana solo asintió y mordio la manzana, tratando de justificarsu falta de interes en la conversa con el hombre, que supo interpretar su comida como una señal de que no le apetecía hablar. La rodilla de Diana no dejaba de moverse de un lado a otro, se acercaba la hora y eso le causaba pánico y emoción al mismo tiempo. No sabía si lograrí pasar, tampoco si al menos llegaría a las finalistas. Odiaba realmente ser tan insegura.

Cuando le tocó pagar al señor, había estado tan nerviosa que estaba segura de que le había pagado de más, pero simplemente los nervios le habían ganado y no fue capaz de darse cuenta, pues salió rapido dando pasos inseguros hasta las puertas de cristal del estudio.

Dos tercios de su vida lo habría pasado entrando y saliendo por estas puertas, pero esta vez las sentía diferentes. Si lograba pasar la prueba, no volvería a cruzarlas por una buena temporada, ya que ensayaría en un estudio sumamente profesional, el resital del Lago de los cisnes solo se presentaba una vez al año y debido a eso, los bailarines tenían que tener una buena preparación que podría llevar hasta tres meses de pura practica durante catorce horas diarias, eso si querías dejar tu recuerdo en el escenario y Diana por supuesto que quería hacerlo.

Al llegar, Jesse todavía no estaba, así que fue directamente a camerinos. Dejó su maleta en la banca de madera blanca, al igual que las paredes, suelo y todo en esa habitación, lo único que no era blanco, era el gran espejo aun lateral que cubría toda la pared. Sacó su traje que consistía en unas media color salmón y maillot, dejando al final sus zapatillas de ballet. A su vez, guardó su ropa cotidiana dentro de la mochila negra.

Mientras se ataba las zapatillas de punta, Jesse entraba al camerino con su maletín fucsia y la cara delineada en varias tonalidades de negro sobre sus pestañas y parpados, sus labios finamente pintados con un color carmín y los pómulos oscurecidos. Diana se paró de la banca con una sonrisa hacia Jesse, al momento en el que ataba su cabello en una cola de caballo alta. Caminó hasta Jesse, que trataba de ponerse las medias, con un moño que retenía su cabello negro.

- ¿Qué miras, Diana?- Dijo Jesse, vacilando.

- El papel es de cisne blanco.

Jesse se puso de pie. Tal como estaba vestida, daba de intimidar sus ojos se veían más finos y la delgada línea que los alargaba, le daba una mirada potente y dura que obligó a Diana a retroceder un paso.

- No te dejes engañar, amiga. El cisne blanco en algún momento tendrá que convertirse en negro.

Y estaba en lo correcto.

Luego de escuchar aquello, Diana caminó hasta la salida del camerino, otra vez, otro pensamiento le estaba rondando su cabeza, las palabras de Jesse no dejaban resonar dentro de si. En todo el entrenamiento para la audición, solo se había fijado en la benevolencia y gracia del cisne blanco, sin tomar en cuenta la maldad y rencor del cisne negro. No sabía como iba a terminar audicionando, pues el Cisne tenía ambas personalidades y solo contaba con la personalidad blanca. Maldijo mil veces no haber visto a Jesse practicar.

En el pequeño escenario del estudio, se hallaban parados James y Magaret, ambos, principales figuras tanto del estudio como del Royal Opera House. James tenía una tableta con un lapicero, anotando cosas, vestía un terno negro y la corbata igual de negra y su camisa blanca que resaltaba como un contraste. Levantó la mirada al ver a Diana pasar, luego volvió su mirada a la tableta e hizo un trazo sobre esta.

Diana siguió caminando hasta encontrarse con Margaret, que llevaba el mismo maillot negro que ella, solo que un una falda transparente negra y liviana. Con sus ojos tras esas gafas redondas estilo de los sesenta, obserbava a el resto de bailarinas que se hallaban practicando el calentamiento base en una barra de madera clara. En el fondo también había un gran espejo, de hecho, las tres paredes del escenario estaban tapizadas de espejos.

Tres espejos para ver tres veces un error, pensó Diana colocándose en su respectivo lugar junto a la barra.

Cada cierto tiempo, veía como las bailarinas hacían lo anteriormente preparado bajo el ritmo que James ponía con el piano. Margaret las veía una a una con su mirada fría. Iban por orden de apellido, cosa que dejaba última a Diana, ya que no había nadie luego de la T.

A su criterio de Diana, las bailarinas eran espectaculares, daban piruetas en los aires, caían con gracia y sus giros a la altura de la perfección. Cada vez, quedaba más reducida que si pondríamos en la realidad la altura con la que ella se sentía, podría compararse con la de una hormiga. Lo peor de esto, era la mirada de Margaret, ninguna de las chicas habían logrado captar su atención y esto atemorizaba aún más a Diana. Si eso no la sorprendía, dudaba mucho más que su rutina lo hiciera.

- Torres, Diana. -Escuchó la voz de James, mirando la tabla y a la vez a Diana.

Avanzó hasta donde la línea blanca le indicaba. Por las manos dudaba frío y sus piernas temblaban, amenazando con desplomarse en ese instante.

- Adelante, eres la última y no tengo todo el día. - Dijo Margaret, mirando la hora en su muñeca.

Tomó aire, volteó a ver a ambos lados, todos la miraban, las bailarinas algunas llorando, otras suspirando y otras serias al igual que Margaret, viéndola con una mirada desafiante, retándola a hacerlo o no.

Se obligó a sí misma a mantener la calma y respirar a un buen ritmo cuando James empezó a mover sus manos en el piano. Dio una última bocanada de aire, antes de alzar los brazos y levantar una pierna, lentamente hasta llegar a a punta de sus dedos de la mano. Cada movimiento que ponía en el escenario, estaba lleno de gracia y lentitud al igual que la música. La música, Diana estaba tan concentrada en ella que simplemente se dejó llevar. En un momento, donde los dedos de James se movían cada vez más rápido, entró en una fase de pánico, se acercaba el cambio de personalidad al cisne negro.

Al compás cada vez más rápido, empezó a dar vueltas y vueltas en el mismo lugar, intentando cubrir su nerviosismo al no saber que más hacer. Pasó completamente desapercibida, pues con tal gracia y potencia en sus giros, se observaba claramente la metamorfosis en su baile, que Diana no había sido capa de ver. Cuando dejó de girar, improvisó, lo primero que se ocurrió fue empezar con potencia, alzando sus piernas como golpes y saltando, cayendo firmemente en giros. Hacía saltos y piruetas en el aire. Su expresión era sería y mostraba firmeza, que ayudaba con la imagen intimidante.

El piano sonaba cada vez más rápido y fuerte, aproximando el final. En un salto, Diana logró ver una figura conocida en el público. Le resultaba familiar, mientras giraba, quiso acercarse más a la figura para reconocerla. En giros seguidos se avecino al filo del escenario, mirando fijamente la figura cada vez que podía. Hasta qué lo vio. Una cabellera rubia y ojos marinos. Los nervios volvieron a ella. Uno de sus pies, se tropezó con la pierna que impulsaba el giro y cayó cuando la música iba de lo más rápido, quedando completamente tendida en el frío piso de madera.

La música calló.

Diana no tuvo el valor para pararse, se quedó tirada en el piso. La caída, un simple error, le había costado lo que más quería en este mundo. Las lágrimas escondidas no lograron permanecer dentro y salieron lentamente. El escenario había quedado en sumo silencio. Todos la observaban atónitos, incapaces de abrir la boca. Diana había quedado derrumbada, maldecía haberlo visto parado entre el público. Pensaba que todo estaba perdido.

Unas palmas se oyeron como un gran eco. Era James, que se había levantado y aplaudía con ganas. Luego de él, increíblemente le siguió Margaret y con ella todo el estudio. Diana alzó la cabeza completamente atónita con lo ocurrido. Los aplausos eran cada vez mayores. Al frente suyo el joven que le había hecho caer, también aplaudía con una sonrisa de oreja a oreja. Esa situación no era del todo normal, al menos para Diana, era muy confuso.

- Creo que ya tenemos a un cisne. - James se había acercado a ella y le había tendido una mano, ayudándola a levantarse.

- Esa caída improvisada, reflejando la caída y muerte del cisne negro, impresionante. - Exclamó Margaret, caminado hacia ellos dando palmas pausadas. - Perfecto, ¿O no?

- Claro, la caída, vaya. - A penas logró decir Diana con un hilo de voz.

Esta situación le dejó de pareces penosa, ahora en su lugar seguía la confusión pero también le hacia gracia. De un error, se había convertido en el cisne blanco y negro de la obra.

- Estoy apostando por ti, más te vale no fallar. - Fue lo último que escuchó Diana, antes de ir al camerino.

Necesitaba tiempo para meditar con lo ocurrido. La caída por su parte había sido catastrófica, aún que Margaret y James hallan dicho lo contrario. Diana estaba más que segura de que esta decisión de ponerla como rol principal, no le era justo, pues había fallado y no importaba si mil aplausos la rodeaban, para ella, la caída seguirá siendo una decepción.

La puerta del camerino se abrió, dejando entrar a Jesse, que venía dando saltos. Ella se sentó junto a Diana en la banca de madera blanca. Apoyándose contra su hombro.

- Fue genial. - Exclamó ella. - La caída pareció tan real y...

- Fue real. - Le interrumpió, rodando los ojos y escondiendo su cara entre sus manos.

- De igual manera. - Dijo. - Lo hiciste bien, supongo que te lo mereces.

Diana resopló aún con el rostro escondido.

- Eh, arriba el ánimo. - Jesse sacudió el minúsculo cuerpo de Diana de un lado al otro.

En eso, el crujido de la puerta sonó. Esta vez, dejando pasar Nial. Jesse se paró, quedando justo en frente de él, depositando un pequeño beso en su mejilla.

Ante la ausencia de Jesse a su lado, Diana alzó la mirada para nada más ni nada menos que para encontrarse al rubio parado frente a ella, conversando con Jesse pero mirando a Diana.

Niall al verla, la reconoció aún en el lugar que tenía desde el público. La noche anterior recordaba haberla oído hablar sobre su práctica del ballet, pero no se imaginaba que lo decía en serio. A lo mucho creía que podría hacer un aspa de molino, ahora no pudo haber quedado más retractado.

En este momento, la veía frente a frente, con una sonrisa de medio lado y con Jesse en frente. Había establecido una especie de rara amistad con ella, luego de que le pidiera su número y le invitará a venir a la audición, claro está, él preguntó primero si iba a ir su amiga. En sus adentros, sospechaba que la única razón por la que asistió a la audición, fuese la joven del vino tinto.

- Ahora vengo, tengo que hablar con Margaret sobre el papel de sierva que haré. - Se despidió Jesse, dando saltos hasta la puerta.

Maravilloso, pensó Diana, Jesse me dejó con el provocante de mi caída. Ella rodó los ojos y giró su mirada hacia su mochila negra de la derecha.

El rubio se acercó a ella, sentándose al lado suyo de la banca. Los nervios aparecieron y movió torpemente sus manos dentro de la mochila, intentando disimular.

- Creo que tienes algo mío.

Ella se sentó derecha, quedando frente a frente suyo, controlando en impulso de no perderse en sus ojos.

- ¿Qué?

Niall posó una mano en su nuca e intentó hacer el menor contacto visual con ella.

- Mi casaca. Creo que la tienes tu.

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