Un año sabático

Anabelle Moreau tiene todo lo que puede desear. Un trabajo como pianista, amigas que trabajan con ella y un lujoso ático. A pesar de todo hay algo que le hace falta y se resiste en probar de nuevo: enamorarse. Sin embargo ella comenzará a reconsiderarlo cuando conoce a Landon Bloomberg.

4Me gustan
0Comentarios
764Vistas
AA

7. Capítulo VI : Reflexión

Sabía exactamente porque estaban molestando a Anabelle. Me di cuenta cuando se ruborizó y se puso incomoda. Lo que menos quería era incomodarla y que no se sintiera a gusto mientras se hospedaba en mi casa por eso decidí no insistir más con el tema.

Era graciosa la idea de que todos pensaran que Anabelle y yo teníamos algo, aunque no era así.

La miré de reojo mientras conducía. Ella iba concentrada mirando por la ventana. Seguí conduciendo hasta que llegue a la villa. Allá aparqué el auto en el garaje y me bajé. Cuando lo rodeé e iba directo a abrirle la puerta a Anabelle, ella salió y subió la escalinata para luego entrar en la casa sin mirar atrás.

Vaya, sí que se había avergonzado. Al parecer la broma si le afectó.

Subí la escalinata y entré a la casa. Cerré la puerta y caminé hasta mi estudio. Ahí me encerré y me senté en el asiento de mi escritorio.

Iba a darle tiempo a Anabelle para que se relajara. O al menos era eso lo que me repetía a mí mismo, cada vez que mi cuerpo me exigía ir a buscarla.

Iba un par de horas tratando de concentrarme en el trabajo que tenía pendiente, no en la mujer que estaba en la segunda planta de la casa, pero no servía de nada. Mi deseo por preguntarle porque se había avergonzado, iba consumiéndome lentamente, era un deseo casi primitivo del que no era capaz de liberarme.

Hacía ya tiempo que me había rendido a limitaciones con las mujeres. Me gustan, disfruto de su compañía, pero nunca me he enamorado. Tras varios años he terminado por asumir la realidad. Gracias a mi pasado carecía de capacidad para amar.

Sin embargo, unos minutos me bastaron para saber que Anabelle es encantadora. Y está aquí, en mi villa compartiendo casa conmigo y piensa quedarse por un buen tiempo. Me afecta un poco que ella sea preciosa oliera estupendamente. Pero solo me limitaría a mirarla, nada más.

Desde que la había visto en el aeropuerto me había quedado sin aliento, impresionado por su belleza. Me había fijado en sus pechos pequeños pero firmes, en su cintura estrecha, en sus largas piernas, su esbelta figura y el largo de su cabello castaño. Sin mencionar que su rostro parecía cincelado por un escultor. Tenía rostro fresco, labios carnosos y provocativos color rosa, sus ojos grandes celestes como el mar, muy seductores. Sus copiosas y largas pestañas, una nariz pequeña y respingona, el sutil aroma a coco que la acompañaba siempre y su sonrisa que ilumina su cara.

Posiblemente, ella era la mujer más guapa que había visto en toda mi vida, tal y como demostraba la reacción involuntaria de mi cuerpo cuando la veía.

A pesar de mi decisión de no estrechar lazos con nadie, la opinión que tengo sobre Anabelle es de cien puntos. Tiene corazón generoso, al menos hacia los huérfanos. Y eso me hizo pensar que la convivencia iba a resultar fácil porque teníamos algo en común. Pero tendría que mantener distancia con ella hasta que pasara el tiempo que se iba a quedar en la villa.

Por mi propia seguridad y paz mental como carnal, cuanto más rápido se pase el tiempo mejor.

***

Intenté concentrarme pero no pude. Mi mente estaba divagando en otro lado y no pude avanzar nada con el trabajo pendiente que tenía así que me di por vencido.

Salí del estudio, subí las escaleras y caminé hasta mi habitación. Entré en el baño y me desvestí para darme una ducha.

Luego de la ducha, me lié una toalla a la cadera y entré en mi armario y me vestí con un pantalón plomo de chándal y una playera blanca cuello en v con mangas cortas. Sequé mi pelo con una toalla y luego la dejé sobre mi cama. Miré la puerta de la terraza y estaba a punto de atardecer. Salí a la terraza y apoyé mis codos en la balaustrada de hierro.

Era un atardecer hermoso, como lo son todos los días aquí en la villa. Los colores del cielo variaban de amarillo a naranja mientras el sol, con rojas tonalidades, declinaba en el horizonte. Las nubes se confundían con las sombras de la noche que anunciaban su llegada. Mientras el sol bajaba, lentamente, hasta desaparecer. La oscuridad de la noche dejó brillar las estrellas haciendo de esta una de las noches más hermosas que he visto en un largo tiempo.

Las luces automáticas del jardín se encendieron. Transformándolo en un lugar mágico y precioso.

Seguí observando el jardín, hasta que mi mirada quedó fija en un punto exacto. Anabelle se encontraba sentada en una de las bancas que estaba entre los arbustos de flores.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro y no pude evitar soltar una carcajada.

Anabelle no dejaba de impresionarme, salió al jardín a leer un libro. Si supiera que en unos minutos se iba a activar el rociador automático.

Entré en la habitación y luego salí de ella. Bajé rápido las escaleras y con grandes zancadas salí hasta la galería y comencé a correr en dirección a Anabelle. Pero cuando llegué ya era muy tarde. Los rociadores se habían activado y Anabelle me miraba sin entender nada. La había tomado totalmente desapercibida.

Se puso de pie y tomó su libro. La miré con una sonrisa y me acerqué a ella.

―Vamos a la casa ―le dije por encima del ruido que producían los rociadores.

Agarré su brazo, la jalé y comenzamos a correr hacia la casa. Llegamos hasta la galería y nos quedamos de pie bajo el techó, refugiándonos del agua.

Estábamos totalmente empapados. Mis pies descalzos estabas sucios porque salí tan rápido de mi habitación que no me dio tiempo ni de pensar en ponerme un par de zapatos.

Anabelle me miró y soltó una carcajada a la que luego yo me uní.

― ¿Por qué no me dijiste que había rociadores automáticos? ―me preguntó Anabelle mientras reía― Mi libro esta mojado y la tinta se despintó

Miró su libro haciendo un mohín con sus labios y luego sonrió.

―Lo lamento no se me ocurrió ―me justifiqué― Pero venía a decírtelo y cuando llegué ya era muy tarde y ahora míranos los dos estamos mojados ―nos señalé a ambos y volvimos a reír.

―No importa tengo que admitir que fue divertido.

Asentí con la cabeza y una ráfaga de viento hizo que Anabelle y yo nos encogiéramos del frío.

―Vamos adentro o los dos vamos a resfriarnos.

―Sí, está comenzando a hacerme un poco de frio ―me contestó.

Entramos a la casa y caminamos hasta el vestíbulo. Luego subimos las escaleras y caminamos hasta nuestras respectivas habitaciones. Antes de entrar a la mía, me di la vuelta y caminé hacia Anabelle que estaba a punto de cerrar su puerta.

―Nos vemos en diez minutos en el comedor para cenar.

Me di la vuelta sin esperar a que me respondiera y caminé de vuelta a mi habitación.

Entré en el comedor y Anabelle ya estaba sentada en el mismo lugar que ha estado ocupando desde que llegó.

Se veía preciosa. Estaba vestida con un vestido de algodón verde jade con un cinturón café en la cintura. Llevaba unas sandalias de tacón bajo, del mismo color del cinturón. Su pelo lo tenía recogido en una coleta y se había puesto lápiz labial.

Me senté en mi lugar, ella levantó su tímida mirada hacia mí y yo le sonreí. Nos trajeron dos sirvientas los platos con comida y los dos comenzamos a comer en silencio.

No sabía cómo comenzar una conversación con ella, no tenia, ni sabía que decirle.

― ¿Cómo supiste que estaba en el jardín? ―de pronto dijo Anabelle. Tragué el pedazo de carne que tenía en la boca y la miré.

―Estaba en la terraza y te vi. Luego recordé los rociadores y fui a avisarte.

Asintió con la cabeza y siguió comiendo.

―Perdón si te ofendí, pero es que esa pregunta estaba rondando en mi cabeza y...

―Anabelle ―la interrumpí― No importa, no me ofendiste.

Ella se ruborizó y siguió comiendo.

― ¿Y qué libro estabas leyendo cuando paso lo de los rociadores? ―le pregunté.

―Estaba leyendo Jane Eyre, pero ahora no lo podré terminar, el agua hizo que algunas páginas del libro se rompieran y que de otras se despintara la tinta.

―No te preocupes por eso, en la biblioteca que está aquí podrás encontrar otro libro para leer.

― ¿Tienes una biblioteca? Me encantaría que me llevaras después de terminar la cena.

Le gustan los libros y no libros ridículos que leen las mujeres sin oficio sino lee literatura universal y que aporta algo a uno mismo. Me encantan las mujeres que leen porque tienen una charla coherente y no superficial y materialista como la mayoría de las mujeres que pertenecen a mi círculo social. Todas las mujeres que he conocido hasta el momento tienen dinero pero no cerebro y las que no tienen dinero lo aparentan.

―Por supuesto ―crucé mis cubiertos sobre el plato― Yo ya terminé.

―Yo igual ―dijo ella e hizo lo mismo con los cubiertos.

Me puse de pie y ella me imitó.

―Vamos ―le agarré el brazo y la saqué del comedor, caminamos por un pasillo mientras nuestros pies resonaban en el mármol y llegamos donde estaba mi despacho y al lado la biblioteca. Nos paramos en frente de la puerta doble y la abrí― Aquí es, podrás tomar los libros que quieras.

Anabelle miró la biblioteca con los ojos bien abiertos. Y es que no es para menos, era una habitación gigante con paredes café cubierta de bibliotecas que llegaban hasta el techo adornado de molduras. Dos lamparas de araña con una docena de bombillas escondidas bajo tulipas de color coñac colgaban en lo alto y difundían una luz cálida e intima que realzaban los miles de libros haciendo de esta una habitación perfecta para leer. Apoyadas en las bibliotecas había unas escaleras de caoba. En el suelo, varias alfombras persas cubrían en gran parte el piso de mármol. Las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas de brocado color canela que llegaban hasta el suelo. Profundas poltronas recubiertas de cuero café oscuro estaban dispuestas aquí y allá, así como dos inmensos sillones Chesterfield acolchados de cuero café, que se destacaban en medio de la habitación. En medio de los dos sillones que estaban frente a frente, había una mesita de café donde habían apilados varios libros. Las bibliotecas estaban llenas de libros clásicos como contemporáneos, todos de tapa dura, también tenía bibliotecas dedicadas solo a mi colección de primeras ediciones.

Ella avanzó más en la habitación y miró todo con asombro.

―Es asombroso, tienes tantos libros ―caminó hasta una de las bibliotecas y miró mi colección de libros de Charles Dickens― No sabía que te gustara leer, ni siquiera me imaginaba que te interesaran los libros.

―Me encanta leer, no sé qué tipo de hombre piensas que soy ―dije fingiendo estar ofendido.

―Perdona, pero es que pensé que no tendrías tiempo para leer un libro porque siempre estas ocupado con el trabajo y la fundación ―se justificó y yo sonreí.

―Yo tampoco pensé qua a ti te gustara leer.

―Amo leer, siempre leo cuando no estoy practicando con el piano.

Luego de un rato de platicar, fuimos arriba y cada uno entró en su habitación.

Me puse mi pijama y me recosté en mi cama.

Aunque no estoy agotado y no quiero mirar televisión. No puedo dejar de pensar en Anabelle, mientras más cosas se de ella, más la estimo. Es que simplemente ella es distinta a las demás mujeres con las que he estado y conozco, su forma de ser la hace especial aunque tengo que dejar de pensar en ella porque eso no me va a llevar a nada bueno. Necesito despejar mi cabeza, relajarme y tomar un poco de aire.

Me puse de pie y salí a la terraza. Me apoyé en la balaustrada y miré todas las hectáreas de la villa, que me pertenecen.

Es que es increíble como de ser un don nadie he conseguido llegar tan alto y cumplir todas las metas que me propuse. Nadie pensó que pudiera cumplir las expectativas de ser un multimillonario. Pero le demostré a todos que hasta un huérfano puede conseguir lo que quiere si se esfuerza y se lo propone.

Un ruido interrumpió mis pensamientos. Miré a mi izquierda y al fondo de la terraza estaba Anabelle saliendo de su habitación. Al parecer también quería tomar aire, ella no se percató de mi presencia y es que tal vez no sabía que la terraza de las dos habitaciones estaba conectada. Caminé hasta ella que estaba mirando a las estrellas dándome la espalda. Le agarré el brazo y ella de sobresaltó.

― ¿Qué haces? ―le pregunté.

Se dio la vuelta y me miró, se llevó la mano al corazón y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.

―Me diste un buen susto ―rió― Y bueno, solo estoy observando el cielo, es una linda noche.

―Estoy de acuerdo contigo. ¿Las noches son así de bellas en París?

―No, no tanto como aquí. Antes yo solía pensar que ningún lugar era más hermoso que París pero estaba muy equivocada. Nueva Zelanda es un hermoso lugar, lleno de paisajes y todo es tan verde. Me encanta.

Anabelle si sabía apreciar la verdadera belleza que rodeaba Nueva Zelanda y es que no de todas las personas se puede decir eso.

―París también es un lugar hermoso pero, ¿has estado alguna vez en Budapest?

―No, nunca he estado en Hungría ―me contestó.

―Ya veo. A mí me encanta Budapest más que todo cuando hay la feria Kaziukas de los globos aerostáticos. Las noches de feria son hermosas, el cielo lleno de estrellas y con globos aerostáticos volando por el cielo. Definitivamente las noches en Budapest son mis favoritas.

―Me imagino que debe ser hermoso ―me respondió― Me gustaría poder conocer algún día Budapest en la época de la feria Kaziukas ―miró un rato el cielo y luego devolvió su mirada hacia mi― Sabes ya es tarde y estoy cansada. Iré a acostarme, nos vemos mañana.

―Hasta mañana ―le dije y caminé de vuelta a mi habitación. Antes de entrar me volteé y miré en dirección a Anabelle y ella se encontraba mirándome desde la puerta de su habitación. Cuando me vio se ruborizó y entró en su habitación. Por mi parte solo sonreí.

***

Dos semanas han pasado, Anabelle y yo hemos estado muy ocupados con la fundación, haciendo eventos de caridad, visitando orfanatos y viendo en el estado en el que viven los huérfanos, para mejorar su calidad de vida. Cada vez que pasaba tiempo con Anabelle sentía que cogíamos más confianza entre los dos, pero cuando ella se percataba de eso, levantaba una barrera para protegerse de algo. Algo que no entiendo. Pero sé que poco a poco me voy a ganar su confianza y voy a derrumbar sus barreras no sé por qué pero algo me dice que tengo que hacerlo y cuando me propongo algo lo logro.

 

 

Join MovellasFind out what all the buzz is about. Join now to start sharing your creativity and passion
Loading ...