Un año sabático

Anabelle Moreau tiene todo lo que puede desear. Un trabajo como pianista, amigas que trabajan con ella y un lujoso ático. A pesar de todo hay algo que le hace falta y se resiste en probar de nuevo: enamorarse. Sin embargo ella comenzará a reconsiderarlo cuando conoce a Landon Bloomberg.

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2. Capítulo I : Anabelle

Estaba sentada en una elegante butaca frente al piano. Lo observé por un momento y luego comencé a acariciar las teclas con delicadeza. Inmediatamente las notas entraron por mis oídos y se difundieron por todo mi cuerpo. Todo era natural para mí. Tocar el piano era mi vida.

Gracias al cielo era la última melodía del concierto porque no podía evitar sentir nervios mientras tocaba. Yo siempre eh sabido controlarme mientras toco pero esta noche aunque traté no pude, suponía que fue por lo que paso antes del concierto.

El público miraba atentamente como mis manos bailaban en el piano.

A parte de estar demasiado nerviosa, no podía dejar de pensar en cuanto quería que acabara el concierto y temía que por estar pensando en otra cosa me olvidara la partitura.

Cerré mis ojos y los apreté. Luego de unos minutos llegué al final de la melodía.

Me levanté del banco, acomodé la falda de mi vestido y sonreí ante la multitud que aplaudía. Varias rosas llegaron al escenario y cayeron a mis pies. Muchos flashes se reflejaron en mi rostro y yo le sonreí al público e hice una reverencia como despedida.

Salí por un lado del escenario y mi representante, mi asistente y personas del staff me estaban esperando para felicitarme. Me aplaudieron y me miraron con sonrisas en el rostro, pero los ignoré y caminé hasta mi camerino. Al entrar me senté en el sofá y escondí mi rostro entre mis manos.

Muchas preguntas se arremolinaron en mi cabeza. ¿Era esto lo que quería, lo que siempre había soñado? ¿Podría soportar toda la presión? Y lo más importante ¿Era feliz? No tenía la respuesta porque no estaba segura de nada en este momento.

No podía evitar tener la sensación de que algo me faltaba, sentía un vació dentro de mi. Soy pianista profesional como siempre soñé y tengo todo lo que siempre he querido, sin embargo siento que me falta algo, aunque no sé que es y quiero averiguarlo.

Me puse de pie y giré sobre mis talones, bajé el cierre de mi vestido y este cayó al suelo. Saqué una camisa, un abrigo y un pantalón del armario. Me vestí y me puse unas botas que combinaban con el atuendo. Salí del camerino y la gente comenzó a rodearme, yo solo me limité a sonreírles por educación. Caminé hasta la salida trasera y me escabullí sin que nadie me viera.

Se suponía que una limusina tenía que llevarme a mi ático, pero ahora solo quería caminar y pensar. Salí a la calle y una ráfaga de viento frió me golpeo haciendo que todos los vellos de mi cuerpo de erizaran.

Era una noche fría y solitaria.

Caminé sin tener un lugar al que me apeteciera ir. Aunque sabía que tenía que ir a mi ático. Solo quería pensar y reflexionar sobre todo lo que me estaba pasando y tal vez llegar a una conclusión.

Las luces iluminaban las bellas calles de París, dándole un toque melancólico. Algunos autos pasaban por ahí y uno que otro ciclomotor. Parejas con sonrisas en sus rostros paseaban tomados de la mano y yo estaba sola, caminando solitariamente.

Comenzó a llover, una llovizna fina, melancólica. Seguí andando más lento que antes. No tenía ganas de volver a mi ático. Caminé y caminé hasta que inevitablemente llegué a mi edificio. Levanté mi cabeza y miré el cielo y me empapé el rostro con la llovizna que caía. Las noches de lluvia me deprimían. Entré en el edificio, saludé al portero y subí en el elevador. Oprimí el botón de mi piso y luego de un momento las puertas se abrieron dejándome ver el corredor y la puerta de mi ático en frente.

Salí del elevador y debajo de la alfombrilla que estaba al pie de la puerta, recogí mi llave. La introduje en la cerradura y entré en mi ático. Todo estaba oscuro y callado. Caminé a mi habitación y observé en la mesita de noche donde se encontraba una fotografía de mi hermana y yo. Salíamos abrazadas con una sonrisa en el rostro cada una.

Hace tanto que no la veía, la extrañaba y la necesitaba. Pero ella ya no quería saber nada de mí porque según ella yo había cambiado desde que había tenido éxito en mi carrera. Mi novio también me había dejado, el novio que tenía desde la secundaria.

Esa noche me sentía más sola y deprimida de lo que alguna vez me había sentido y solo porque dos personas importantes en mi vida me habían dejado sola. Con el pasar del tiempo había aprendido a vivir con eso pero hoy antes del concierto en una entrevista para una revista, me preguntaron por Dante y Marie y porque hace tanto tiempo no los veían conmigo. Eso hizo que la herida volviera a abrirse y a lastimarme. Pero no pensaba sentarme en un sillón a pensar en lo miserable que era y en qué hubiera pasado si no me hubieran dejado esas dos personas ingratas.

Reí con ironía.

Dejé la fotografía en su lugar y salí a la terraza que tenía una hermosa vista hacia la torre Eiffel. No podía creer que estaba viviendo en un ático en París la ciudad de las luces o también conocida como la cuidad del amor. Después de haber vivido en un barrio muy humilde con mi familia a las afueras de París.

***

Abrí mis ojos y lo primero que vi fue mi reloj, eran las siete y media de la mañana. Me levanté de la cama, estiré mis brazos y bostecé. Me puse de pie y fui al baño a asearme.

Salí de mi habitación y vi a Rosa una mujer regordeta de cabeza blanca. Muy cariñosa con un gran sentido maternal. Ella hace la limpieza de mi ático tres veces por semana desde que vivo aquí. Y realmente le tengo un cariño especial.

―Buen día señorita Anabelle ―me saludó con una cálida sonrisa en el rostro.

―Buen día Rosa ―le respondí y entré a la cocina.

La mesa estaba acomodada con mi desayuno, un plato con huevos revueltos, dos tocinos y un vaso de jugo de naranja fresco. Delicioso.

Me senté y comí mientras miraba a la nada. Rosa limpiaba a mí alrededor y al mismo tiempo tarareaba una canción.

Me levanté de mi lugar, fui a mi cuarto y entré en mi armario, saqué un vestido corto, de gasa color melón y unas sandalias color café. Me deshice de mi pijama y me vestí, luego fui a la sala para practicar en mi piano.

Comencé con Erbarme dich de Marilyn Horne y luego pasé a Ich will hier bei dir stehen. Mis dedos se deslizaban por el piano y cerré mis ojos.

Esto es lo me gusta hacer. Esto es lo que soy. Podía sentir como la melodía entraba en mí y recorría por mis venas junto a mi sangre bombeándose toda la melodía hasta por el rincón más remoto que hay en mi cuerpo.

Terminé de tocar y sentí un gran agotamiento, apoyé mi cabeza en el piano y cerré mis ojos.

―Señorita Anabelle ―me interrumpió Rosa― Ya terminé de limpiar, así que ya me voy.

Levanté de golpe mi cabeza y la miré.

―Claro, gracias Rosa ―ella me miró extrañada y se me acercó más.

― ¿Se siente bien señorita? ―me preguntó preocupada y pasó su mano por mi larga cabellera castaña.

―Sí, sí. Puedes irte tranquila.

―Es que no se ve para nada bien ―suspiró con preocupación― Si quiere podría quedarme y cuidar de usted señorita.

―Claro que no, tienes que ir a tu casa y descansar ―le regalé una sonrisa sincera y me puse de pie a su lado.

―Bueno pero si necesita algo no dude en llamarme que vendré enseguida sin pensármelo dos veces.

―Gracias Rosa, no dudes que si te necesito te llamaré ―Rosa me miró a los ojos con dulzura, me sonrió y caminó hasta la puerta para luego salir y cerrar la puerta detrás de ella.

Caminé hasta la ventana y observé como Rosa cruzaba la calle y caminaba unas cuantas cuadras hasta la parada de bus. Miré mi reloj y eran las diez de la mañana, recordé que tenía una cita de trabajo a las once con Michelle, mi representante y también una de mis mejores amigas.

Ya salía de mi edificio y pude visualizar mi auto estacionado en la vereda de en frente, saqué las llaves de mi cartera y entré en mi auto. Lo puse en marcha hasta Café de Flore una cafetería muy popular aquí en París. Estacioné y bajé del auto. Miré mi reloj y estaba diez minutos retrasada. Caminé más rápido y me adentré en la cafetería, desde la puerta miré hacia adentro y visualicé a Michelle. Estaba sentada en una mesa tecleando algo en su celular.

Michelle es una mujer de unos treinta y dos años, pelinegra, alta, con un buen cuerpo y muy segura de sí misma. Es de esas mujeres que les gusta conseguir lo que quiere y hace hasta lo imposible por conseguirlo.

Cuando me vio levantó su mano y me hizo una seña para que me acercara. Caminé hasta la mesa y tomé asiento en frente de ella.

―Hola ―la saludé.

―Bueno para comenzar, felicidades por tu concierto de anoche ―dijo emocionada― Estuvo encantador. A parte de eso te tengo dos noticias, una buena y la otra es mala ¿Cuál prefieres que te cuente primero?

―Creo que la mala ―dije sin estar muy segura cual era el tema de las noticias.

―Bien, conste que tu elegiste ―suspiró nerviosa― Tus patrocinadores, ya no quieren pagarte la gira por América del norte pero dicen que tal vez al año entrante te aporten dinero para una.

―Me lo esperaba ―dije tranquila― Y ¿cuál es la buena noticia?

―Conseguí nuevos patrocinadores que están dispuestos a mandarte a una gira por toda Europa el mes entrante ―resoplé y abrí el menú que el mesero me entregó.

― ¿Pero qué tiene de malo?, pensé que te gustaría la noticia.

―Anoche di mi último concierto de mi gira por toda Francia y ya quieres que comience una gira por toda Europa ―hice una seña con mi mano al mesero para hacer mi pedido― También merezco unas vacaciones, preferiría hacer la gira el año entrante.

Como me irritaba que Michelle sea tan insistente, justo era así el tipo de gente que no me gustaba, las personas insistentes y demandantes. Como odiaba cuando Michelle se ponía así. Solo porque es mi amiga no la he despedido antes.

―Anabelle te prometo que te tomaras unas vacaciones muy largas luego de esa gira.

―No quiero unas vacaciones para después, quiero vacaciones ahora ―el mesero se acercó a la mesa y se paró a mi lado― Podría por favor traerme un cappuccino y una porción de torta de chocolate. Michelle, ¿qué quieres ordenar? ―le pregunté.

―Lo mismo que tú pediste.

El mesero tomó nota del pedido y se retiró.

―Y cómo te decía me tomare unas vacaciones desde ahora ―continué.

―Pero es por ti, es para hacerte más conocida en Europa y no solo Europa en todo el mundo.

―Lo que menos quiero ahora es hacerme más conocida, con la fama que tengo ahora estoy más que bien.

―Eres muy terca Anabelle, me recuerdas a mi madre ―sonrió y negó con la cabeza― Y disculpa que te cambie de tema pero ¿Has hablado con tu hermana?

―No ―murmuré― He tratado de llamarla pero no contesta mis llamadas y cuando fui a su departamento su vecina de en frente me dijo que se había mudado.

―A esa no se la puede llamar familia, no tiene nada de lealtad, ni siquiera por su propia hermana.

―Sabes Michelle es mejor pretender que no te importa a admitir que te está matando ―el mesero llegó a la mesa y nos dejó todo lo que habíamos pedido.

―No sé porque tengo el presentimiento de que tu hermana dejó de hablarte por celos y envidia.

― ¿Celos y envidia? Michelle mi vida no es fácil y tu más que nadie lo sabes ―llevé mis manos a mi rostro y me escondí en ellas― No es bonito querer salir a caminar o ir al cine sin que haya personas reconociéndome. Tampoco tengo mucho tiempo para hacer otras actividades, que no sean dar conciertos, entrevistas y practicar tocar el piano.

―Pero es la vida que tu decidiste llevar, nadie más decidió por ti y quiero que sepas que tienes mucha suerte de la vida que llevas, muchas personas han intentado llegar donde estás tú y no lo han logrado.

―Y no digo lo contrario, si no que ya no quiero esta vida. Quiero volver a ser la chica normal de clase media que vivía a las afueras de París, la autentica Anabelle. Quiero tener tiempo para mí, para leer un libro, salir a caminar y pasar tiempo con mi familia o contigo y Gabrielle.

―Pues ya no hay vuelta atrás y debes vivir el momento. Todavía puedes pasar el tiempo conmigo y Gabrielle, tienes suerte de que trabajemos contigo y vayamos a tus giras.

La miré un momento y me sentí culpable por estar descargando toda mi frustración con Michelle ya que ella solo quería ayudarme con mi carrera no solo porque es mi representante si no porque también es una buena amiga.

―Sabes Michelle no he tenido una buena semana, estoy un poco frustrada perdón por descargarme contigo ―dije arrepentida― Pero se me paso el apetito.

Saqué cincuenta euros de mi bolso y los dejé sobre la mesa. Salí de la cafetería y Michelle salió detrás de mí a trompicones.

―Anabelle ―me llamó detrás de mí y la ignoré por completo― Anabelle espera ―gritó, me alcanzó y me giró por el hombro― Entiendo tu frustración, pero yo estoy aquí para ti y siempre que quieras puedes hablar conmigo y también necesito que reconsideres la propuesta sobre la gira.

―La decisión está tomada, Michelle no iré de gira y gracias por estar para mí ―le respondí y retomé mi rumbo.

―Pero es que si solo supieras cuánto van a pagarte yo creo que...

― ¡No quiero saber cuánto me van a pagar si hago la gira! ―grité harta de toda esta conversación― El dinero es lo que menos me hace falta ―caminé hasta mi auto y me subí― Adiós Michelle, nos vemos luego.

―Adiós. Cuídate y mañana te llamaré de nuevo.

Arranqué el auto y me fui dejándola a ella parada en la vereda. Conduje hasta la capilla Santa Catalina Labouré. Estacioné mi auto al frente, luego me bajé y crucé la calle. Antes de entrar me hice la señal de la cruz y entré en la capilla.

Aquí había comenzado todo para mí, mi sueño por convertirme en una pianista profesional y luego el hecho de que lo logre y fue justo aquí.

Caminé y me senté en el último banco.

No pude evitar pensar en Dante, recuerdo que él venía a verme tocar el piano aquí, en la misa de los domingos por la noche.

Una lágrima se me escapó y rápidamente la limpie con el dorso mi mano.

Aunque quería no podía olvidarlo era mucho tiempo el que habíamos estado juntos, yo pensé que lo nuestro era verdadero. Él fue la primera persona en romper mi corazón y también la ultima porque no estoy dispuesta a correr el mismo riesgo de nuevo.

Dante solía ser él típico chico machista, él era un año mayor que yo y por eso se sentía con el deber de protegerme. Él era una persona muy posesiva, siempre cuidaba de que ningún chico me mirara porque yo era suya y él era mío. Muchas veces lo encontré mirando otras chicas, pero nunca le dije nada por el temor de que me dejara. Dante no era una persona expresiva, nunca pudo expresarme su amor con palabras, pero yo sabía del modo en el que me miraba de que él me amaba. Ahora me doy cuenta que para él solo fui su primer amor.

A Dante lo había conocido a la edad de dieciséis años, cuando vivía en Florencia, Italia. La primera vez que lo vi fue amor a primera vista, nunca podré olvidarme de su rostro, tan natural, tan él. Pero fue un mes después que me atreví a hablarle y la química era indiscutible. Pasaron dos meses de que salíamos juntos y nos hicimos novios oficiales. Éramos inseparables el uno del otro. Eso duró dos años mientras vivía con mi padre hasta que tuve que volver a París a vivir con mi madre porque mis padres estaban divorciados y mi madre demandó que pasara más tiempo con ella. Fue devastador no poder verlo, mantuvimos una relación telefónica hasta que seis meses después el convenció a sus padres para que lo mandaran a vivir con su tía a París y estudió en la universidad École nationale supérieure des beaux-arts, mientras yo terminaba mi ultimo año en la secundaria.

Esos años de relación fueron increíbles. Hasta que a los diecinueve años, conocí a Michelle cuando vino a la capilla Santa Catalina Labouré, donde yo tocaba el piano todas las misas de los domingos por la noche. Ella decidió ayudarme con mi carrera para hacerme una pianista profesional por mi talento innato. Yo tenía muchas giras, conciertos por publicidad y una agenda muy ocupada. No podía pasar mucho tiempo con Dante cosa que lo irritaba mucho. Cuando cumplí veinte él me dejó.

Me levanté del banco y salí de la iglesia. Era medio día y los rayos del sol chocaban sobre mi piel. Miré a mí al rededor y había una gran cantidad de turistas tomando fotos a la catedral. Saqué mis lentes de sol de mi bolso y me los coloqué para no ser reconocida. Volví a cruzar la calle y me subí a mi auto, conduje a mi ático y cuando llegué entré en el edificio, subí al elevador y oprimí el botón de mi piso. Las puertas del elevador se abrieron y caminé hasta la puerta de mi ático.

En el suelo encima de la alfombrilla se encontraba mi correo, había algunas revistas en las que yo estaba subscrita para que me las enviaran cada mes, habían facturas y lo que más llamó mi atención era una carta, que venía desde Nueva Zelanda.

Con curiosidad agarré todo, saqué la llave de mi bolso y la introduje en la cerradura. Abrí la puerta, entré y cerré la puerta detrás de mí, caminé hasta la sala y dejé toda la correspondencia en la mesa auxiliar que estaba en medio de los sillones, pero menos la carta. Me senté en el sofá y abrí la carta que tenía en mis manos.

 

 

 

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