Carta De Un Hombre Quebrado

“La miseria es múltiple. La desgracia en la tierra es multiforme. Fueron las palabras que alguna vez escribió Edgar Allan Poe al inicio de uno de sus famosos cuentos. Déjenme decir que ahora lo entiendo mejor que nunca.

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1. Carta De Un Hombre Quebrado

                                                                       

La pelota  zumbo a toda velocidad antes de ser impactada y volar por el aire hasta perderse. Había sido un home-run maravilloso.

— ¡La pelota vuela! ¡Vuela! ¡Vuela! Y se va… ¡Se va! ¡Se fue! Maravilloso… ¡Espectacular! —Gritaba eufórico el comentarista, que observaba todo desde la cabina, y que ahora estaba de pie saltando de emoción.

Ethan corrió por las tres bases a toda prisa, alzando los brazos al cielo. Los chicos del equipo contrario se mantenían con la cabeza baja, estaban decepcionados, habían perdido la gran final. Después de tantos entrenamientos bajo el sol, después de haber sudado la gota gorda y después de haber viajado cientos de kilómetros para disputar el partido. Y ahora se iban a casa con las manos vacías.

— ¡Lo han logrado! ¡Pero santo cielo, me pongo de pie! ¡Ethan! ¡Ethan acaba de regalarle la victoria a su equipo! ¡Y ahora se coronan como los nuevos campeones del pueblo!

Las gradas se encendieron, todos los padres aplaudían y gritaban. Y los chicos se encaminaron a felicitar a su nuevo héroe, aquel que mando la pelota fuera del campo cuando todo parecía perdido. En medio de los aplausos Ethan se encamino a las gradas, corrió por las escaleras y se encontró con su padre, el cual recibió con un gran abrazo.

— Estoy tan orgulloso hijo —Dijo el padre a punto de llorar— Oh Ethan…Estoy…estoy tan…

Despertó. Despertó con la respiración agitada y con la frente bañada en sudor. Miró hacia la ventana y se dio cuenta de que todavía era de noche. Encendió la luz y miró su reloj, eran las dos con treinta y cinco minutos. La cabeza le dolía y se sentía totalmente desorientado, salió de la habitación tambaleándose.

Abrió la puerta con mucha delicadeza, entró a la habitación tratando de no hacer ningún ruido, con los pies descalzos y aguantando la respiración. Cuando cerró la puerta detrás de sí, todo quedó en total oscuridad. Pero cuando retiro las cortinas y abrió la ventana, todo se ilumino un poco. La luna era grande y redonda allá afuera, brillaba como nunca, acompañada de miles de estrellas. Ahora podía ver a su hijo, acostado en su cama, con la boca abierta y sus manos juntas detrás de la oreja. Se podía apreciar su respiración. Y el padre lo observo durante un largo tiempo, tratando de adivinar que es lo que estaba soñando.

Transcurrió al menos una hora, en donde el padre se limitó a mirarlo, de pie en medio de la habitación. El cuerpo le pesaba cada vez más, así que decidió tomar asiento. Pero cuando se sentó sobre la silla de su hijo, esta no soportó el peso y se rompió. Haciéndolo caer pesadamente, creando un gran alboroto. El niño se despertó, se removió las cobijas y se sentó sobre su cama.

— ¿Papá? ¿Eres tú? —Dijo el niño un poco nervioso.

El padre se puso de pie a toda prisa.

— ¿Papá?

Su hijo se levantó y tanteando en el aire con los brazos comenzó a caminar. Rozaba la pared con sus dedos guiándose por la habitación. 

— ¿Papá estas ahí?

Levantó la silla rota y retrocediendo con pasos lentos se dirigió a un rincón, fuera del alcance de las manos de su hijo. El niño continuaba caminando, poco a poco, con su pie tanteaba el suelo y cuando sentía algo lo removía con una patada. Chocó contra el escritorio, y casi tropieza con unos juguetes que estaban sobre la alfombra. El padre miraba todo aquello, con los ojos llorosos y con la mano sobre la boca, ahogando el llanto. El pecho le perforaba, y la culpa lo inundaba. Su hijo estaba casi frente a él, y estuvo a punto de tocarlo, pero doblo hacía la derecha y siguió caminando por la habitación.

— Bueno, supongo que no hay nadie aquí —Dijo en voz baja, hablándose a sí mismo— Debió ser solo el viento.

Se dirigió de nuevo a su cama y se acostó. El padre se limpió las lágrimas con el antebrazo, espero a que el niño ganara sueño, y se marchó. Bajó las escaleras jadeando, el pecho le dolía cada vez más, era un dolor insoportable. Tomó de la alacena una botella de whiskey, la destapo rápidamente y le dio un trago que pareció eterno. Bajó al sótano, encendió la luz y pudo escuchar como las ratas chillaban y corrían a esconderse.

— ¡Malditas ratas hijas de puta! —Dijo entre dientes.

Dio otro largo trago a la botella, esta vez comenzó a surtir efecto, se sintió un poco más tranquilo y atontado. 

— ¡Ya verán malditas! No saben con quién se meten… ¡Putos ratones!

Se sentó sobre una silla vieja, la cual estaba posada frente a un escritorio. De uno de los cajones saco una docena de hojas y un bolígrafo, se bañó la boca con whiskey y comenzó a escribir:

“La miseria es múltiple. La desgracia en la tierra es multiforme. Fueron las palabras que alguna vez escribió Edgar Allan Poe al inicio de uno de sus famosos cuentos. Déjenme decir que ahora lo entiendo mejor que nunca.

Acabo de tener un sueño maravilloso, en donde mi hijo Ethan bateaba la bola de una manera prodigiosa, colocándola fuera del campo y consagrándose como el nuevo campeón. Desafortunadamente desperté, y me encontré de nuevo en el mundo real. En donde mi hijo Ethan no batea Home-Runs, ni juega al baseball, ni siquiera sonríe ni muestra signos de felicidad. La última vez que recuerdo  a ver visto una sonrisa dibujada en su rostro fue cuando el doctor le dijo que todavía había esperanzas para que recuperara su visión. Pero lo que el doctor no le había dicho fue que la operación tenía un costo de ciento ochenta mil dólares. Y tampoco le dijo que si no se hacía esa operación antes de cumplir los nueve años, cabía la posibilidad de que su ceguera fuera irremediable. Ahora Ethan acaba de cumplir los nueve años, y el dinero que estaba ahorrando para su curación, se ha ido, y se ha ido junto con toda mi cordura. Perdí mi empleo hace ya cuatro años. Al principio creí que todo saldría bien, tomaría un poco del dinero destinado para la operación, y cuando hubiera conseguido otro empleo, repondría todo lo que se había ido. Pero las cosas no son tan fáciles, ¡oh no! si la vida fuera tan fácil; ¡La gente no vendería su cuerpo a pervertidos en las calles!  ¡Ni Tomarían medicamentos para la depresión! ¡Ni se ahorcaría en la cocina!... ¡Oh Esther! ¡Oh mí Esther! ¡Mí bella Esther! ¿Por qué tuviste que hacer algo como eso? Me has dejado con toda la maldita responsabilidad. ¡Pudimos haber arreglado todo! ¡Pudimos haber hecho que todo mejorara!”

El hombre ya apretaba el bolígrafo con todas sus fuerzas, incluso perforo el papel al escribir aquellas últimas palabras. Soltó el bolígrafo, se desplomo en su silla y miró al techo. Jadeaba con fuerza. Tomó la botella y la bebió toda mientras rompía a llorar. Cuando ya no quedaba ni una sola gota, la arrojo contra la pared. Ahora estaba totalmente anestesiado, el alcohol había nublado su cabeza. Volvió a sujetar el bolígrafo y con el cuerpo temblando continuó escribiendo:

“Ayer  Ethan pregunto por ella, hacía ya semanas que no lo hacía. Y yo volví a responderle lo mismo de siempre —Tu madre está trabajando en algo muy importante, sé que ya ha pasado mucho tiempo, pero pronto regresara, no te preocupes— Sé que no es correcto mentirle, ¿pero qué más puedo hacer? A veces simplemente es mejor ocultar la verdad.

Comencé a perder la esperanza después de que ocurrió aquello de lo que me niego rotundamente a hablar. Me levantaba todos los días, con un solo pensamiento en la cabeza “Hoy será el día”  Cada día miraba el rostro de algún hijo de puta nuevo, cada día escuchaba las mismas palabras. “Créame que si por mí dependiera, usted ya tendría el trabajo, pero desafortunadamente no es así, el que toma la última palabra es el jefe” Algunos eran bastante amables y trataban de decirme con la mayor sutileza que me jodiera. Otros simplemente se esforzaban por ser lo mayor hijos de puta que podían. No importa, al final todos eran animales vestidos con trajes caros. De vez en cuando conseguía un empleo temporal, descargando cajas, o entregando volantes bajo el sol. Incluso lustrando zapatos a gente que no merecía siquiera usar calzado.

La primera vez que me pasó por la cabeza cometer una locura, fue en el cumpleaños número ocho de Ethan. Había logrado comprar un lindo pastel, celebramos toda la tarde, y comimos como nunca. Pero el tiempo se me acababa, si no juntaba todo el dinero dentro de un año, podía irme ya dando a la idea de que me hijo quedara ciego de por vida. Así que mientras lavaba los platos de esa noche, mire por la ventana como la vecina estacionaba su nuevo auto. Un hermoso y resplandeciente mercedes. Termine de lavar y me fui a la cama. No pude conciliar el sueño en toda la noche, en mi cabeza trazaba grandes planos, ideas y fantasías.  Pasadas algunas horas había planeado esto: Esperaría al domingo, que era el día en donde el señor y la señora salían. Entonces dejaban a los niños bajo el cuidado de la abuela. Cruzaría la calle, tocaría a la puerta, y cuando me abrieran, empujaría a esa estúpida vieja, la derribaría y la estrangularía. Haría todo eso procurando que no haya ningún curioso alrededor. Entonces cerraría la puerta y buscaría a los niños, que deberían de estar en la planta alta jugando, o mirando televisión. Entraría habitación por habitación hasta dar con ellos, entonces cuando los encontrara ¡Bang! Los eliminaría tan fácil. Son tan pequeños que podría ahocar a ambos con cada mano. Una vez eliminados todos, buscaría como loco por toda la casa. Abriría todos los cajones que encontrara, en busca de objetos con algún valor. Buscaría bajo el colchón esperando encontrar grandes fajos de billetes. Incluso posiblemente y encontrara la pistola de papá. Después de haber recolectado todo lo que me pareciera útil, bajaría, iría a la cocina y comería algo. Entonces esperaría a que llegaran papá y mamá, y escondido detrás de la puerta, con un objeto pesado en la mano, les abriría la cabeza de un solo golpe. Al menos a uno de ellos, al otro le metería la golpiza de su vida. Después tomaría las llaves de aquel bello mercedes, iría por Ethan y me lo llevaría lo más lejos posible, a otra ciudad o a cualquier lugar retirado. Después vendería el auto y pagaría la operación.  Pero como ya podrán imaginarse, llego el domingo y simplemente no me atreví a cometer semejante atrocidad.

La locura me ha invadido muchas veces, como ese plan ha habido muchos, a veces he estado cerca de realizarlos, otras veces me avergüenzo de mí mismo por siquiera haberlo imaginado. Como esta noche por ejemplo, cuando me introduje dentro de la alcoba de Ethan. Entré con un solo pensamiento en la cabeza “terminar con todo” Tomaría una almohada, se la colocaría en el rostro, obstruyendo por completo su respiración. Apretaría y metería cada vez más presión mientras su cuerpo lucha por liberarse, después su cuerpo simplemente dejaría de forcejear, y todo acabaría. ¡No más sufrimientos! ¡No más problemas! ¡No más ¿Cuándo regresara mamá?! ¡No más tengo hambre! ¡No más lloriqueos! ¡No más Ethan! ¡No más ceguera!

¿Alguna vez un ciego les ha clavado la mirada, Con aquellos ojos inexpresivos, blancos y penetrantes? Es de lo más terrible. Solo puedes sentir lastima por esa gente. Imagínense tener que soportar eso todos los días. Imagínense saber que tendrás que soportarlo hasta el día que te mueras. Es difícil, y nadie puede juzgarme, ya que no creo que nadie haya pasado por todo lo que yo he pasado. Intente ser un buen marido, intente ser un buen padre, intente salvar la visión de mi hijo, lo he intentado todo. Pero parece que dios se burla de mis esfuerzos. Yo era como todos ustedes, me creía todas esas cosas que la gente dice cómo; No puedes comprar el amor de alguien. El dinero no puede comprar la felicidad.  Sí haces cosas buenas te pasaran cosas buenas. Trabaja duro y conseguirás lo que te propongas… Bla-bla-bla, todo eso es una tontería, y si no me creen, solo mírenme. ¿El dinero no puede comprar la felicidad? Quizás no, pero el dinero si puede comprar una operación, el dinero si puede comprar comida, y un buen bienestar.

Quizá debería tomar una soga y colgarme en la cocina, pero no, no soy tan valiente como mi esposa. Se necesitan grandes cojones para poder quitarse la vida. ¿Pero que acaso yo no tengo grandes cojones? ¡Claro que los tengo! Y los tengo más grandes que cualquier hijo de puta a mil kilómetros a la redonda. ¡Sí! ¡Soy el mamón más cojonudo sobre la faz de la tierra! ¡No me da miedo la muerte! Me da más miedo seguir viviendo en este mundo. Hasta los más valientes tiemblan cuando se les abofetea en el rostro y se les dice — ¡Despierta! Abre los ojos y mira la realidad, mira tú alrededor, mira el mundo en el que vives, mira a las personas, mira bien porque esto que estás viendo se llama vida.

Hoy tengo la muerte ante mí, como el remedio para el enfermo.

Como salir a un jardín tras la enfermedad… ¡Hoy tengo la muerte ante mí, como el remedio para el enfermo!…  ¡Como salir a un jardín tras la enfermedad! ¡Hoy tengo la muerte ante mí, como el remedio para el enfermo!

El hombre se levantó de su silla eufórico. Soltó un gran grito que le desgarro la garganta y pudo ser escuchado por todo el vecindario. Derribo el escritorio, tomó la silla y la lanzó a un rincón. Esta se quebró, y pensó haber golpeado unos cuantos ratones, pero estos solo corrieron chillando. Comenzó a mirar todo su alrededor, se acercó a un estante, en él habían varios productos de limpieza. Lo revolvió todo, buscó por todos los cajones, y se puso furioso al ver que no estaba lo que estaba buscando. Derribo el gran mueble. Todos los productos almacenados en vidrio explotaron. Trato de calmarse, pero no podía, había perdido la razón.

— Piensa…Piensa…piensa —Susurraba tocándose las sienes— ¿En dónde lo dejaste?

Respiro hondo, y como si la respuesta a todos sus problemas le hubiera llegado de golpe a la cabeza comenzó a sonreír. Giro rápidamente la mirada a un rincón del sótano. Se acercó, y entre chatarra y suciedad encontró lo que buscaba. Sostuvo el bidón con una mano y lo sacudió. Por el sonido que hizo, y por el peso se podía notar que estaba bastante lleno.

— He aquí la llave al infierno —Dijo levantando el bidón.

 En su rostro se veía el resultado de toda una vida de desastres. Sus ojos rojos y caídos, sus arrugas profundas y prematuras, su espalda erguida, y su boca inexpresiva mostraban todo su cansancio. Camino fuera del sótano arrastrando los pies. Removió la tapadera y dejo caer gasolina a todo su paso, trazando un camino durante su paseo por toda la planta baja.

— ¡No te arrepientas ahora! ¡Ten cojones y no te eches atrás ahora! —Lo que se escuchaba como gritos desesperados, fueron poco a poco convirtiéndose en balbuceos de un hombre que llora desconsolado— ¡Por favor no te eches atrás! ¡Todo saldrá bien! ¡Todo será mejor! ¡No te arrepientas por el amor de dios!

Las manos le temblaban, las piernas le temblaban, todo le temblaba. Nunca en su vida había estado tan asustado. El chorro de gasolina estaba empapando sus pies, ya que quedó paralizado cuando escucho la voz de su hijo.

— ¿Papá? —Llamó Ethan desde el final de las escaleras— ¿Qué está sucediendo?

El niño busco con sus manos el barandal de la escalera para poder bajar. Pero se detuvo al escuchar la voz de su padre.

— Ven aquí Ethan —Dijo con una voz quebrada— Vamos hijo ven aquí, todo está bien. Que es ese olor —Pregunto su hijo un poco nervioso. No es nada hijo, todo saldrá bien… iremos con mamá…iremos a visitarla

El niño noto algo extraño en la voz de su padre. Ya había puesto el pie en el primer escalón, pero retrocedió. El padre al ver esto enfureció.

— ¡Ven aquí Ethan! —Grito— ¡He dicho que bajes!

Apretaba las manos con fuerza, las abría y las cerraba, estaba listo. El miedo se había ido, era ahora o nunca, no podía desaprovechar el momento.  Tomaría a su hijo del cuello y apretaría con tanta fuerza que sus ojos saldrían disparados de sus orbitas antes de dejar de respirar.

— ¡Con un carajo ven aquí! —La rabia crecía— ¡Ven aquí para llevarte con la puta de tú madre!  ¡Vamos Ethan! ¡Ven aquí para sacarte los putos sesos!

El niño salió corriendo y se encerró en su habitación. Dentro intento colocar todo lo que pudo en la puerta para obstruirla, se tapó con la cobija y comenzó a llorar mientras intentaba recordar algún rezo.

— ¡No! ¡Con un carajo no! —Continuó gritando— ¡Nadie se salva del infierno Ethan! ¡Nadie! ¡Pronto las llamas te alcanzan! ¡Pronto las llamas te consumen! ¡Así es como siempre ha sido! ¡No me odies por esto Ethan! —Y con un susurro casi inaudible dijo— deberías agradecérmelo.

Pateo el bidón de gasolina y se dirigió a la chimenea, tomó unos cerillos y se fue de nuevo a la cocina. Busco otra botella de wishkey pero no encontró más que botellas vacías y más ratas. Se desplomo sobre una silla y mirando el techo comenzó a gritar de nuevo.

— ¡Las tres bases están vacías! Queda un solo turno ¡Se necesita de un milagro para que el equipo local gane! ¡Es turno de Ethan! Se le ve un poco nervioso, pero sabe que todo depende de él —Sacó un cerillo de su caja— El tirador lo mira fijo, escupe y está listo para lanzar... ¡Lanza la bola! Y ¡Strike uno! Primer Strike damas y caballeros, el lanzador se prepara, lanza y ¡Segundo Strike! ¡Todo depende de esto!  —Raspa la cabecilla sobre la lija y se enciende— Señoras y señores se necesita que Ethan la lance fuera del campo para poder ser los nuevos campeones. El tirador se prepara —Admira la llama, el fuego danza entre sus dedos— ¡Lanza! —Suelta el fosforo y el fuego comienza a crecer, se eleva hasta el techo, las cortinas son devoradas por las llamas, todo es devorado por las llamas, el fuego comienza a reptar por sus pies— Strike...

 

 

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