El Caso De Tim Timmy

A sus diecisiete años Timmy actuaba como un niño de cinco, ya que no nació como todos los demás. Es lo que muchos clasificarían como “Un caso especial” y sí sus padres no lo hubieran descuidado, privándolo de toda educación, o contacto con el exterior, tal vez se hubiera dado cuenta de que Papá y Mamá se encontraban completamente muertos.

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1. El Caso De Tim Timmy

 

                                                                                                                             I

Afuera el viento soplaba con fuerza. Los árboles se agitaban moviendo sus ramas de lado a lado, dejando caer hojas que serán barridas al amanecer. El reloj cantaba “Tic-Tac” y marcó con su manecilla corta el número dos, y con la manecilla grande marcó el número seis. Fue en este instante cuando la primera gota golpeo el pavimento. Le siguieron unas cuantas más antes de que las nubes se iluminaran y el cielo soltara un estruendoso trueno que dio arranque a la primera tormenta de la temporada.

Timmy se levantó temblando. Encendió la luz y regreso de un salto a la cama. Se tapó hasta la barbilla, y por la ventana miró como las calles se empapaban. Estaba aterrado, el primer trueno lo había hecho despertar de un profundo sueño, en el que se veía a si mismo volando una gran cometa roja, volaba tan alto que era difícil verle, en aquel verde y extenso campo no había nada de qué preocuparse. Pero ahora estaba despierto, viviendo la realidad. Y en la vida real solo había cosas horrorosas y amenazantes, como la tormenta que rugía en el exterior. El cielo volvió a iluminarse y antes de que el trueno sonara, se cubrió los oídos y cerró los ojos con fuerza. Las ventanas temblaron y las alarmas de los autos se activaron. Abrió los ojos y se descubrió las orejas, su corazón latía con fuerza, y su respiración se aceleraba con cada segundo. Estaba alerta para protegerse contra el siguiente trueno que le soltaran. Pero antes de que lo pudiera prevenir, una gran ráfaga de viento golpeo la ventana haciendo que se abriera violentamente, sacudiendo las cortinas y derribando todo lo que estaba sobre el mueble de alado. Timmy soltó un grito y salió corriendo fuera de la habitación. Cerró la puerta y su espalda se aferró a la madera, quedando de frente al pasillo. El miedo fue creciendo más y más en él cuando sintió todo el peso de la oscuridad. Comenzó a llorar. Estaba desesperado, juraba que unos rostros lo miraban en las sombras. Pero lo que menos esperaba ocurrió. El traga luz se encendió y antes de que pudiera cubrirse los oídos, el cielo rugió de nuevo. Sintió como la orina se le escurría por la pierna, y en pocos segundos estaba parado sobre un charco caliente. El traga luz volvió a iluminarse, se tapó los oídos y corrió lo más rápido que pudo a la habitación de sus padres.

                                                                                                                             II

Roderick y Berenice se miraron a los ojos. Afuera el cielo comenzaba a nublarse, ocultando las miles de estrellas que brillaban en la noche. Abrieron las ventanas para respirar aire fresco, el cual sabía a lluvia. Habían transcurrido pocos segundos desde que hicieron el amor, ambos rompieron a llorar en el momento en que Roderick termino. Fue la sensación más amarga de toda su vida, el tiempo se les había acabado, ambos lo habían prometido. Roderick removió un mechón de cabello del rostro de su esposa, le paso la mano por la mejilla, la cual era muy suave al tacto. Berenice se estremeció al sentir sus dedos en la piel. La besó en la frente y le dijo cuanto la amaba. Berenice se desmoronaba, sus manos temblaban, y no podía dejar de llorar. Se abrazaron durante un largo rato.

Tengo miedo —Le susurraba. No tienes por qué tenerlo —La consolaba su esposo— Todo estará mejor. Simplemente dios no nos dio lo que queríamos. Quizá no nos lo merecíamos.

Berenice se quedó en silencio. Roderick se apartó y de la mesita de noche tomó un frasco pequeño. Removió la tapadera y con sus dedos cogió dos pastillas.

Cierra los ojos —Le dijo.

Berenice obedeció, y pudo sentir como le rozaban los labios. Introdujo la pastilla en su boca, y la guardo. Roderick hizo lo mismo con la suya.

Te amo —Dijo Berenice. Perdóname —Dijo Roderick

Ambos tomaron un vaso de agua, se miraron de nuevo a los ojos y la bebieron, dejando pasar la pastilla por sus gargantas. Se cogieron de las manos y esperaron.

 Afuera la primera gota de la temporada caía sobre el pavimento.

                                                                                                                             III

El agua corría por las cunetas a toda velocidad, las alcantarillas rugían bebiéndolo todo, y la tormenta crecía y se hacía más violenta. El cielo volvió a iluminarse, trazando un hermoso rayo que se estrelló de lleno en la torre de electricidad. Poco a poco las calles se fueron oscureciendo, las lámparas se apagaron, incluso algunas explotaron.  En cuestión de segundos la ciudad entera se fundió.

Timmy entró apresuradamente a la habitación. Con la mano tanteo la pared hasta dar con el interruptor de la luz, pero al accionarlo la habitación no se ilumino.

¡Papá! —Gritó

No hubo ninguna respuesta.

Ma-ma-má —Tartamudeo.

Permaneció de pie en la entrada. Esperando escuchar la voz de su madre, esperando que lo consolara. El pijama se le estaba pegando a la piel, con lo húmeda que estaba, comenzó a sentir frio, y una leve picazón. La respuesta de la madre nunca llego.

¡Papá! ¡Mamá! —Gritaba desesperado— ¡Te-te-tengo mucho miedo!

El único sonido que había en la habitación era el de las gotas golpeando el cristal de la ventana. Nuevamente intento:

¡Ayúdenme! El cielo está enojado

No podía ver nada, pero sabía que a pocos metros de él se encontraba la cama de sus padres. Dio el primer paso, con los brazos alzados al frente, tanteando en el aire para evitar estrellarse. Continuó caminando lentamente, cada paso que daba lo daba con la mayor cautela posible. Sabía que estaba cerca de la cama, se acostaría, su madre lo abrazaría y el miedo se iría, o al menos eso es lo que pensaba en aquel momento. Dio un enorme salto hacia atrás en el momento en el que se dejó escuchar otro trueno en el cielo. Cayó sobre un mueble con cajones, el cual se sacudió adelante y atrás, dejando caer todo lo que había sobre él. Pudo sentir como se le abría una gran herida en la parte superior de la cabeza cuando algo pesado lo golpeo. Las lágrimas volvieron  a inundar sus ojos y comenzó a gritar a todo pulmón. No parecía haber respuesta alguna de parte de sus padres. Con un gran esfuerzo se levantó, el mundo entero le tembló, se sentía mareado y adolorido. Encontró la cama y con la mano comenzó a agitar el cuerpo de su madre.

¡Despierta Mamá! Vamos despierta.

Agitaba con más fuerza y su madre no despertaba.

¿Por qué me hacen esto? ¿Porque están ignorándome?

Se subió a la cama y encontró el cuerpo de su padre. Las sabanas se ensuciaron con su orina. El olor crecía, pero estaba tan nervioso y preocupado por otras cosas que dejo de importarle la comezón y el frio que sentía en las piernas. Agito a su padre con fuerza, pero este tampoco reacciono.

¡No me ignoren! ¿Por qué me están ignorando?

Se recostó de lado y abrazo a su madre, le lloraba en su espalda desnuda.

Despierta mamá —Le decía— En verdad que tengo mucho miedo, y necesito cambiarme la ropa. ¡Despierta! —La desesperación crecía en él.

Un trueno más estruendoso que todos los demás azoto los cielos. Afuera pareciera que el mundo se venía abajo.

¿¡Es que acaso no van a hacer nada!? —Ahora la rabia crecía en él— El cielo se está cayendo ¿y ustedes no hacen nada?

Se levantó furioso.

¡Son los peores padres del mundo! ¡Son…Son…Son unos malditos! ¡Ya dejen de ignorarme!

Se tapó la boca como si hubiera dicho algo de lo peor. No estaba acostumbrado a actuar de esa forma, pero estaba tan enojado que no podía contenerse.

¡Sí! ¡Son unos malditos!

Permaneció en silencio por un momento y continúo con su rabieta

¡Ya! —Berreo— Ya no lo soporto. Sí van a seguir con esto está bien.

Comenzó a caminar por toda la habitación, todo lo que encontraba en la oscuridad lo arrojaba con fuerza. Derribo la televisión, rompió una lámpara, y lanzó una caja de cristal que alojaba joyas por la ventana. Salió de la habitación dando pesados pasos, golpeaba con furia el suelo con sus pies. Entró al cuarto de baño, azoto la puerta con fuerza y se dejó caer de espaldas en la pared hasta quedar sentado. Con las rodillas levantadas y la cara escondida en ellas. Lloró todo lo que pudo antes de que el sueño le ganara y se quedara dormido inconscientemente.

A sus diecisiete años Timmy actuaba como un niño de cinco, ya que no nació como todos los demás. Es lo que muchos clasificarían como “Un caso especial” y sí sus padres no lo hubieran descuidado, privándolo de toda educación, o contacto con el exterior, tal vez se hubiera dado cuenta de que Papá y Mamá se encontraban completamente muertos.

                                                                                                                             IV

Los pájaros cantaron, el cielo se despejo un poco, las calles estaban cubiertas de hojas, y por la ventanilla del baño se filtraron los primeros rayos del sol.

Un hilo de luz se posó sobre el rostro de Timmy. Abrió los parpados, pero se cubrió enseguida con el antebrazo, sus ojos se sintieron lastimados con aquella tenue muestra de luz. Miró a su alrededor y se sintió confundido al ver donde se encontraba. No recordaba mucho de la noche anterior. Tenía la cara hinchada por el prolongado llanto, la espalda le dolía por no haber dormido en una superficie acolchada, y la cabeza le punzaba por la herida que tenía. Se reincorporo y tomo agua del grifo, se mojó la cara y salió del cuarto de baño.

Cuando puso un pie sobre el pasillo sus dedos se mojaron con un charco. Un dolor en su pecho comenzó a torturarlo. Al ver el charco amarillo lo había recordado todo. Se miraba a sí mismo llorando, corriendo, gritando, maldiciendo y rompiéndolo todo. Se tapó la boca para ahogar un grito. La culpa crecía y crecía en él. Se había comportado como un malcriado. Sus padres debían de estar molestísimos —Pensaba— Y sabía lo que venía. Visualizaba lo que se acercaba, podía sentir el azote de su padre, los gritos de su madre y sus ojos, sus ojos con esa mirada de rechazo que tanto le torturaba. Podía soportar el dolor, podía soportar el castigo. Pero cuando su padre ponía esa mirada, el corazón se le encogía y sentía el peor de los remordimientos. De solo imaginarlo su respiración se agito. Pensó que todo estaba perdido, pero de un momento a otro comenzó a crecer una idea en su cabeza, la cual hizo que su sonrisa se dibujara, y le hizo tener la esperanza de que no todo estuviera acabado.  A toda prisa se dirigió escalera abajo.

Encendió la lumbre, colocó una sartén sobre la llama, sacó del refrigerador tres huevos, uno se le resbalo y se quebró contra el suelo, tomó otro más y los colocó todos dentro de la sartén, la cual ya danzaba por el calor. Miro y esperó. Apagó el fuego y puso los huevos sobre un plato. Mientras lo sostenía hacía equilibro, ya que los huevos rodaban por toda la vajilla. Nunca antes había cocinado, en ocasiones miraba a su madre hacer el desayuno, pero nunca prestó demasiada atención a los procedimientos. Creía que lo había hecho bien, pero en el plato no había más que tres huevos con cascaron, intactos, sin reventar, solo un poco calientes. En un plato sirvió cereal, hizo un desastre, la leche se escurría por la mesa, y con cada paso que daba se reventaban más y más hojuelas que habían caído al suelo. Cogió un vaso de agua y le dejo caer dentro granos de café.

Listo —Dijo.

Sus ojos brillaron, y su sonrisa creció más que nunca. Había pensado que sí les servía el desayuno a sus padres, tal vez olvidarían su mal comportamiento, y ahora que todo estaba servido sobre la mesa, solo quedaba ir por ellos.

Subió las escaleras corriendo. Fue una gran suerte que no se tropezara y se rompiera la cabeza, el piso estaba mojado por las gotas que se filtraron del techo, caían desde aquella gotera que papá nunca reparo. Cuando entró a la habitación un escalofrió le recorrió por toda la espalda. Todo estaba destruido. Sabía que había hecho un gran desastre, pero jamás imagino que fuera de tales proporciones. Caminó por la alfombra esquivando objetos rotos, llegó a la cama y volvió a sacudir a sus padres.

Despierten, no se imaginan lo que acabo de hacer —Dijo contento.

Papá y Mamá se encontraban tan tiesos.

Está bien, entiendo que estén enojados, pero les pido una enorme disculpa.

Al ver que no le respondían, una pequeña pizca de enojo comenzó a crecer dentro de él. Pero apretó las manos y se controló, no quería volver a vivir lo de anoche.

Anda acompáñenme abajo, les tengo una sorpresa.

Tomó por el brazo a su padre y lo jaló hasta que cayó de la cama. Lo tomó por un pie y lo arrastro fuera de la habitación. El cuerpo era pesado, se encontraba frio y desnudo. Timmy se había desarrollado muy bien con los años, así que tenía la fuerza suficiente como para llevarlo hasta el pasillo. Una vez allí lo dejo caer por las escaleras. El cuerpo rodo pesadamente y llego hasta la planta baja. Era el turno de la madre, la cual era más liviana, incluso se tomó la molestia de arrastrarla por las escaleras. Su cabeza se golpeaba contra cada escalón. Nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer, se sintió maravillado al ver sus senos, sus curvas y su piel erizada. Sintió un calor en el pecho, ahora que había visto mejor a su madre, la amaba más que nunca.

Los coloco a ambos en sus respectivas sillas. A su padre lo sentó al frente, y a su madre al otro extremo de la mesa. Un dolor en la espalda le taladraba, el padre era tan pesado que se requirió de un esfuerzo extra para poder posarlo en la silla.

Y bien, les he hecho el desayuno a ambos, no tienen porque agra-agra-agradecérmelo — Dijo Tartamudeando, desde hace algunos años que lo había controlado, pero en ocasiones regresaba y algunas más fuerte que la anterior.

Puso los platos, los cubiertos y se sentó. Suspiro y observo su gran acción. Al parecer sus padres no se habían molestado con él, al parecer lo habían perdonado, todo salió como lo había planeado. Pero lo seguían ignorando, y eso lo molesto un poco.

¿N-n-no-vas a comer Pa-pa-pá?

Suspiro y trato de calmarse al ver que no recibía respuesta alguna. Volvió a intentar.

Eh di-di-cho ¿No va-vas a-a comer? —Se dio un leve golpecito en la boca, lo hacía para curar el tartamudeo.

La furia crecía y crecía. Y cuando creyó que volvería a perder el control, sonrió y dijo con mucha calma:

Uhm, veo que necesitas ayuda ¿N-n-no es a-así? —Se dio otro golpe en la boca— Pues te ayu-ayu-dare.

Tomó un huevo, abrió la boca de su padre y se lo introdujo. El huevo reventó cuando hizo cerrar su quijada, la yema se escurrió por sus labios, manchando su pecho y sus piernas. Abrió y cerro, abrió y cerró hasta que el cascaron quedo incrustado en sus encías. Cuando tomó el segundo huevo se escuchó un gran golpe acompañado del sonido de un cristal rompiéndose. Giro rápidamente la cabeza y pudo ver a su madre con la cara hundida sobre el plato de cereal.

¡Mamá! —Grito y se dirigió a auxiliarla.

Le levanto el rostro y recargo su cabeza sobre el respaldo de la silla. Tenía cristales incrustados por toda la cara, en los labios, en la frente y uno grande en el ojo izquierdo. Unos hilos de sangre le adornaron el rostro. 

Pero mi-mi-mira q-que desastre h-h-has hecho.

Con un trapo y un trapeador limpió todo. Con mucho cuidado removió los cristales de la mesa, pero gritó y resistió el llanto cuando uno pequeño le cortó el dedo.

¡Bueno veo que n-n-no… ve-ve-veo q-q-q-que n-n-n

Se dio con todas sus fuerzas en la boca, incluso retrocedió unos pasos por el impacto. El labio le punzaba y escupió acompañado de un poco de sangre. De nueva cuenta apretó y resistió el llanto.

¡Bueno veo que no tienen mucho apetito! —Había funcionado, el Tartamudeo se había ido— Pero está bien, ya será después.

Se encamino a la sala arrastrando los pies decepcionado y se recostó sobre el sillón.

¿Hasta cuándo dejaran de ignorarme? —Dijo triste y en voz baja.

Estaba tan agotado que decidió tomar una pequeña siesta.

                                                                                                                             V

Habían pasado algunas horas desde que Timmy despertó. Afuera el sol comenzaba a ocultarse. Desde la ventana podía verse como el cielo se tornaba de nuevo gris. Permanecía en el sillón, miraba el reloj, y el reloj avanzaba. Sus pies danzaban y en su cabeza sonaba una canción que había escuchado hace unos días por la radio. Su madre jamás lo hubiera dejado escuchar algo que no hubiera salido de su propia boca. A veces cantaba, y dejaba que se quedara para escucharla, pero la radio estaba prohibida. Prohibida como la televisión, y prohibida como muchas otras cosas. Pero la curiosidad lo estaba matando, y en el momento en que su madre tomaba una ducha, se escabullo dentro de la habitación, y pegando la oreja a la bocina escucho atentamente. Desde ese momento la canción no dejo de sonar en su cabeza, y cuando se encontraba solo en su alcoba, la tarareaba en voz baja para evitar que lo escucharan. El tiempo avanzaba y el aburrimiento le pesaba cada vez más. La casa estaba tan silenciosa que lo único que podía escucharse era su propia respiración. Totalmente harto se encamino a buscar algo con que entretenerse.

Entró a la cocina sosteniendo un largo lienzo de papel.

Mamá, Papá —Dijo con la mirada baja— ¿Quieren jugar conmigo?

Lo había preguntado sin muchos ánimos. Tenía la certeza de escuchar un no por respuesta, ya que de todas las veces que lo había preguntado en el pasado, sus padres se molestaban tanto que lo mandaban a su habitación sin cenar. “¿Acaso no te basta con hacernos la vida imposible?” Le decían. Pero esta vez no pudieron responder.

Estoy tan abu-abu-rrido.

Al parecer sus padres seguían ignorándolo. Cosa que ya lo tenía bastante harto, pero su silenció era mejor que sus gritos. Al menos esta vez no se habían molestado, así que dio otro paso dentro de la cocina.

¡Miren! —Dijo reanimando un poco su sonrisa.

Con las dos manos  extendió el pedazo de papel.

Yo lo hice.

La emoción y los nervios crecían en su interior. Ya que siempre que les mostraba un trabajo suyo, sus padres se burlaban y le decían que era lo más feo que habían visto en su vida. Pero esta vez en serio tenía la esperanza de que les fuera a gustar. En el papel estaba trazado un largo camino con casillas, en los espacios vacíos estaban dibujados algunos garabatos.

Aun no lo he probado, pero puede ser divertido.

Con un poco más de confianza encima se acercó a la mesa.

Miren les enseñare…

Coloco su creación sobre la mesa. De sus bolsillos sacó dos dados que le habían regalado hace mucho tiempo para que tuviera algo con que entretenerse. Miro a su alrededor y tomó una hojuela, un grano de café y un pedazo de cascaron de huevo.

Tú serás la hojuela mamá. Pa-pa-pá, tú se-r-ras el huevo y y-y-yo seré el café.

Los colocó a todos en el punto de partida y comenzaron. Cogió la mano de su madre, le puso los dados encima y guiándola los lanzó. Giraron sobre la mesa y finalmente se detuvieron.

¡Vaya! —Exclamo Timmy sorprendido.

El primer dado había dado cinco, y el segundo mostraba un seis.

¡Bien hecho mamá!

Con el dedo hizo avanzar la hojuela. 

Es t-tu-tu tu-r-no papá.

Le puso los dados en la mano, pero los dados cayeron al suelo después de que el padre no los pudo sostener. En el suelo los dados marcaron un total de cinco entre los dos.

Triky-triky-trick —Cantaba Timmy mientras hacía avanzar el grano de café— ¡Pero vaya! ¡Miren lo que ha sucedido!

El grano de café había caído en una casilla coloreada de rojo.

¡Qué mala suerte! —Dijo colocándose las manos en el rostro como si quisiera ocultar su pena.

Debajo de la casilla roja estaba dibujado un enorme garabato.

¡Has caído sobre la casilla embrujada! Ahora el monstruo te comerá.

Y haciendo escalofriantes sonidos con la boca lanzó el grano de café lejos.

Mejor suerte para la próxima Papá —Dijo ahogando una pequeña risa— Mí turno.

Lanzó los dados y ambos cayeron mostrando el número uno.

¡Maldición! —Exclamo un poco molesto.

Movió su ficha y pasó los dados a su madre.

¿Qué acaso no vas a tirar? —Dijo.

Y con el ceño fruncido la miró.

¡Vamos Mamá! —Gritó— Es tu-tu-t-turno

Se posó a su lado y tomando su fría mano hizo lanzar los dados.

Al pa-parecer hoy estas d-de suerte —Exclamo al ver los dos dados con el número seis.

Hizo avanzar la hojuela y llego a la mitad del camino. En donde miles de garabatos asechaban y estaban listos para atacar.

No-no te preocupes… No has caído sobre la casilla roja, estas a-a-a salvo

Afuera la  lluvia se soltó de nuevo. Por las ventanas se colaban unas cuantas gotas, mojaban las cortinas, y poco a poco iban creando un pequeño charco en el suelo. De nueva cuenta el cielo rugía, pero Timmy estaba tan contento, tan absorto en su juego, que pudiera haberse desatado un huracán y él no se habría dado cuenta. Jamás había sentido ese afecto por parte de sus padres, nunca en la vida habían estado tan unidos como en aquel atardecer. Timmy reía como nunca, se la pasaba en grande.

Lanzó los dados y dieron cuatro, estaba a punto de ganar la partida, su madre se había quedado unas cuantas casillas atrás. Ahora solo necesitaba de avanzar dos espacios, y con dos dados era imposible no avanzarlos. Giró los dados de su madre, pero el resultado fue muy pequeño, tan solo recorrió tres espacios más. Ansioso cogió los dados, pero antes de que pudiera lanzarlos y cantar victoria, el padre cayó de lleno hacia el frente, con su pesado cuerpo tiro la mesa, creando un gran desastre. El tablero termino desecho después de caer sobre el charco que estaba creciendo en la cocina. Timmy se levantó temblando de su silla. Su cara estaba roja, apretaba las manos con fuerza, y respiraba entrecortadamente. Después no lo pudo soportar más, había sido ya suficiente, simplemente explotó.

¿¡Porque lo has hecho!? —Gritó— ¿Por qué tienes que arruinarlo siempre todo? ¿¡Por qué no puedes pasar tiempo conmigo sin hacerme daño!?

Pateó la mesa con todas fuerzas, tomó su silla y la lanzó lo más lejos que pudo.

¡Lo has arruinado todo! ¡Te odio!

Corrió fuera de la cocina, subió las escaleras a toda prisa, llegó a la habitación de sus padres, revolvió los cajones hasta dar con lo que estaba buscando, tomó la pequeña radio que tanto le gustaba, y regreso a la cocina.

¡Me marcho! ¡Me largo de aquí! ¡y jamás re-re-gresare —Ahora ya no podía resistir el llanto— Yo-yo-yo-cre-cre

Interrumpió lo que iba a decir y salió corriendo fuera de la casa. El viento soplaba más fuerte que nunca, le era difícil avanzar, el agua golpeaba su rostro, y su cabello caía empapado sobre sus ojos. Con la radió escondida debajo de la camisa siguió avanzado.

Yo-yo-yo-cre-creí que… Yo- — Se dio un fuerte golpe en la boca— Yo-yo-y-o —Se encesto otro justo en los dientes— Yo-y-o-cre-cre —Soltó un tercer golpe más fuerte que todos los anteriores, el labio se le abrió y comenzó a soltar mucha sangre— Yo-yo creí que empezaríamos de nuevo, sin-sin-gri-gr-gritos… sin go-go-golpes.

Se dio un cuarto golpe en la boca, sus nudillos se llenaron de sangre, y los labios se le entumieron. Ahora le era más difícil hablar, el dolor crecía y crecía.

Pe-pero quien los nece-necesita.

Camino por entre las empapadas calles, los carros se frenaban en seco cuando cruzaba las avenidas, fue una gran suerte que no hubiera provocado un accidente. Una señora con un paraguas se le acercó preocupada al verlo tan deprisa, pero Timmy al verla solo se asustó más y salió corriendo a toda velocidad.

                                                                                                                             Final

La puerta se abrió y de ella entró una mujer vestida de blanco.

Merrick…Johnny Merrick —Dijo mirando hacia todos lados, buscando con la mirada dentro de la habitación.

De entre las sabanas de un camastro asomó la cara un pequeño chico de tez palidísima.

¡Vamos Johnny! Abajo hay unas personas que quieren conocerte. —Dijo en tono amable.

El chico saltó de la cama y corrió hacia la mujer de blanco, le tomó de la mano y se marcharon. Timmy que se encontraba en su cama, con las piernas encogidas, y las rodillas debajo del mentón, sabía que aquel chico jamás regresaría, y lo sabía muy bien porque siempre que la mujer de blanco venía y llamaba a alguien, ese chico salía por la puerta y nunca en la vida se le volvía a ver.

Lo habían encontrado una semana después, bajó la sombra de un árbol, en los adentros de un pequeño bosque situado en medio de la ciudad. Tenía la temperatura altísima, y cada vez que tocia pareciera que fuera a desbaratarse. La policía había dado la orden de búsqueda, después de que Tomas Harris, hubiera percibido un olor de lo más desagradable en la casa de alado. La policía al entrar al aposento se llevó una desagradable sorpresa al encontrarse con dos cuerpos desnudos en la cocina, y uno de ellos con heridas graves en el rostro.

Cuando lo encontraron se dieron inmediatamente cuenta de que no estaba bien de sus facultades mentales. El chico no decía palabra alguna. Lo mantuvieron en un hospital hasta que resolvieron el caso. Los cuerpos que encontraron en la casa, se habían administrado un veneno letal, el caso fue clasificado como suicidio. Al no saber qué hacer con el chico, ya que ningún familiar suyo quiso reclamarlo, y al ver que esté era inofensivo, decidieron alojarlo en un orfanato. Desde entonces Timmy no ha abierto la boca para hablar ni una sola vez.

Timmy tomó su radio, se colocó frente a la ventana, la encendió y miró como llovía mientras escuchaba y en su cabeza se arrullaba. 

 

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