La Broma Del Siglo (Un Juego De Asesinos)

Jeff ha sido mi mejor y único amigo desde que tengo memoria. Desde pequeños cometíamos las más pesadas y ruines travesuras. Desde romper ventanas y disparar balines a los perros. Éramos la pesadilla de cualquier vecino

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1. La Broma Del Siglo (Un Juego De Asesinos) Parte Uno

 

Saque un paquete de cigarrillos de mi bolsillo, le di un pequeño sacudón y dos cigarrillos asomaron por la abertura, tome uno y lo coloque en mis labios. Encendí la flama del mechero —Contemple la llama por unos segundos— El azul del fuego era hermoso, y en una época como esta, sentir el calor de una llama es reconfortante. Di una calada al cigarro sintiendo el pesado humo recorrer mi laringe.

Tenemos que hacer algo rápido…Me estoy aburriendo como no tienes idea. —Dije mientras ofrecía un cigarrillo a Jeff.

Jeff ha sido mi mejor y único amigo desde que tengo memoria. Desde pequeños cometíamos las más pesadas y ruines travesuras. Desde romper ventanas y disparar balines a los perros. Éramos la pesadilla de cualquier vecino —Y los nuestros estaban ya tan hartos que incluso llegaban a mudarse—. Recuerdo el día en que todo comenzó. Habíamos decidido faltar a la escuela. Fuimos a las recreativas con el dinero que robe de la billetera de mamá. —La zorra no lo necesitaba, solo lo gastaría en alcohol— Terminaron echándonos a las pocas horas por el obsceno lenguaje que manejábamos. Eso y porque Jeff y yo encendimos un cigarrillo. A los doce años está mal visto que  uno fume, pero por mí todos podían irse al carajo. Aburridos y con mucho tiempo libre, caminamos sin rumbo por el bosque, lanzando piedras al arroyo, y quemando las hojas secas que estaban en el suelo. Escuchamos unos ruidos provenientes de una pequeña choza que estaba desolada desde hace ya bastante tiempo. El dueño, bueno el dueño no era más que un chiflado que un día decidió tomar su escopeta y jalar el gatillo dentro de su boca. Abrimos la puerta, todo olía a humedad y a mierda. En el centro de la sala estaba el creador de tanto alboroto; Un perro al cual las costillas se le marcaban sobre la piel. Uno de sus pies estaba atascado en una trampa de oso, la sangre se le derramaba y el hueso se le asomaba. Se retorcía mientras chillaba a todo lo que sus pulmones de perro podían chillar. Al verlo sentí lastima. Jeff soltó una risotada mientras se acercaba a él con su celular listo para tomar fotografías. Tomo unas cuantas y pidió que le tomara algunas mientras posaba alado del pobre animal. El llanto era ya insoportable, así que me decidí a liberarlo. Cuando me arrodille para removerle la trampa, Jeff me detuvo.

¿Pero qué haces? —Exclamo— ¿Acaso el gran Richie siente lastima por un sucio y pulgoso perro? ¿Pero qué dices? —Dije sorprendido— No lo vamos a dejar así. Pero apenas estaba comenzando a divertirme Richie. Vamos…juguemos un rato. —Dijo y salió corriendo fuera de la choza.

Regreso a los pocos segundos con una gran roca en sus manos, arriba de la pesada roca había ramas y hojas secas. Coloco la roca en el suelo y me tendió un grueso palo. El perro nos miró asustado mientras nos acercábamos a él. En sus ojos había angustia.

Esto va a ser genial —Dijo Jeff. Se secó el sudor de la frente con el antebrazo y se relamió los labios.

Comenzó a golpear al perro, reía en el proceso, y cada vez aumentaba más la fuerza. El animal intentaba morderlo, pero era inútil, estaba siendo vapuleado. Chillo y cayó mientras vomitaba. La trampa de oso le había arrancado la pata.

Vamos… creo que ya ha sido bastante —Dije. Si, míralo, pobrecillo. —Sonaba agitado, y el cabello le caía sobre el rostro— Hay que terminarlo. ¿Terminarlo? Si, acabemos con su agonía. — Me miro a los ojos con una sonrisa— Vamos…ponle la cereza al pastel. Oh no… —Exclame mientras retrocedía— No puedo hacer algo así. Entonces dejémoslo sufrir —Me dio una palmada en la espalda y se apartó— Duerme con eso gran Richie. Está bien…está bien —Estaba decidido, después de todo le estaba haciendo un gran favor al matarlo, mas herido no podía estar.

Levante la pesada roca con movimientos temblorosos. Uno de sus negros ojos me miro, y pude escuchar en mi cabeza un mensaje de él “Vamos…termíname...solo hazlo” Solté la piedra sobre su cabeza. El sonido del impacto fue aterrador, el perro dejo de moverse, y bajo la roca comenzó a emanar espesa sangre.

Bravísimo… —Comenzó a aplaudir Jeff, celebrando con diferentes acentos.

Me mantuve paralizado por varios segundos mientras mi cuerpo se relajaba. Y sentí por primera vez algo que varios años después compare con la sensación de un orgasmo. Desde ese momento comenzó nuestra adicción.

Comenzamos a matar animales más seguido, cada que teníamos tiempo libre, salíamos y buscábamos cualquier animal que se nos cruzara. Pronto los vecinos comenzaron a quejarse, pronto todos los postes del vecindario tenía una foto de un perro o un gato desaparecido. Así permanecimos por varios años. Y como en toda adicción, sentíamos abstinencia cuando no matábamos. Experimentábamos un fuerte dolor en el estómago, el cual no desaparecía hasta haberle quitado la vida a algo. Y como en toda adicción, se quiere llegar lo más lejos posible. Los niños comenzaron a desaparecer, los niños quedaban huérfanos, las aulas de las escuelas comenzaron a vaciarse, y Jeff y yo éramos más felices que nunca.

Ya lo sé, maldito y estúpido invierno. —Dijo mientras tomaba el cigarrillo que le había ofrecido momentos atrás. Lo encendió y escupió— El dolor, el dolor me está matando amigo, tenemos que hacer algo pronto.

Ningún invierno había sido como este. La nieve caía sin parar, causando que las calles quedaran vacías. La blancura lo abarcaba todo, como un hermoso desierto blanco. La nieve me llegaba a las rodillas. Cuando jurabas que veías a alguien a lo lejos, al acercarte corriendo, te dabas cuenta de que no era más que un cilindro de agua disfrazado por la niebla. La última vez que Jeff y yo habíamos tenido un poco de diversión fue en el verano, cuando dos zorras llegaron a nosotros buscando algo de droga barata. Las llevamos a casa y nos dimos un festín de violencia. Pero ahora nuestros estómagos ardían, chillaban y rogaban por algo de sangre. Con un simple perro nos bastaría. Pero incluso los perros murieron por el frio. Estábamos solos en una ciudad congelada.

Comenzamos a caminar buscando algo de suerte. A las pocas horas estábamos cansados y con la piel congelada. Jeff se quejó y cayó al suelo.

Ya no puedo amigo, en verdad mi estómago me está matando —Se colocó las manos en la cara y comenzó a gritar—  ¡Maldita sea! ¡En donde están todos! —Grito desesperado.

Se mantuvo un momento golpeando el suelo hasta que sus nudillos sangraron. Hubo un crujido y esbozo un grito de dolor, su muñeca estaba doblada. La sostuvo con su otra mano con los ojos en blanco.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —Se quejaba.

Su rostro era ahora un retrato de miedo y desesperación. La nieve caía y me mantenía asombrado mirando los copos ululando frente a mis ojos. Jeff escupió, maldijo algunas veces, y como si hubiera visto algo hermoso, su rostro cambió completamente, sus ojos brillaron, y esbozo una gran sonrisa. En la cual dejaba mostrar sus descuidados dientes.

Richie…Richie mira —Apuntaba con su dedo hacía el frente.

Me gire y vi a pocos metros una casa con las luces encendidas. Era una casa vieja, con una descuidada camioneta estacionada al frente. Era la única alrededor. A la redonda solo había árboles que se movían con el viento, y que si mirabas de reojo parecieran gigantes asechando.

Si ellos no salen…tendremos que ir a buscarlos… —Dijo aun en el suelo, con su grasoso cabello cayéndole entre los ojos, mirando como un depredador aquella casita.

Trague saliva, y nos encaminamos a buscar algo de diversión.

Las puertas y ventanas estaban cerradas —Por supuesto, con este frio no me sorprendió—. Nuestro plan consistía en desarmar el marco de la ventana principal, aquella que daba a la sala de estar. Siempre cargábamos con nuestra gran y afilada navaja, era tan esencial como salir con zapatos o calzoncillos. Desarmamos los primeros cinco tornillos. Fue una tarea difícil, ya que estaban algo congelados, pero nada podía detenernos, casi estábamos saboreando el momento de rebanar algún cuello, de penetrar algunas mujeres a la fuerza, y de sentir la viscosa consistencia de unas tripas. Las luces de la planta alta se apagaron, era ya de noche y la gente normal duerme. Pero nosotros no éramos gente normal, y eso lo sabíamos muy bien desde hace mucho tiempo. Terminamos de desmontar la ventana, recargamos el cristal en la pared, y entramos. Era hora de jugar.

Todo estaba oscuro, en cualquier momento podríamos haber tropezado con algo. El reloj sonaba “Tic. Tac…Tic. Tac” Bella sinfonía de caos, marcando los segundos para empezar con el show. Jeff jadeaba más y más fuerte, era imposible contener la emoción. Éramos dos ciegos buscando el camino correcto. Rosaba con mis dedos los muebles, sentía la estructura rustica de la pared, y con mi pie di con el primer escalón. Nos encaminamos escalera arriba sin hacer mucho ruido. El pasillo estaba iluminado por una delgada y larga vela. Colgada en una pared. Había dos puertas. Entramos a la de la derecha, ya que esa era la habitación iluminada que vislumbramos desde afuera. Gire la perilla lentamente y entramos. Encendimos la luz, y damas y caballeros, el telón se abrió.

¡Vaya! Vaya… hola...hola. —Dijo Jeff en su tono más burlón.

Un hombre de la tercera edad brinco de entre las sabanas, mirándonos con sus cansados y rojizos ojos de viejo. Su boca hizo un rictus de terror, dos dientes asomaban, lo demás era solo encías lastimadas. Contemplo nuestras bellas navajas y pego espaldas a la pared.

¡Por favor!… —Carraspeo— Llévense lo que quieran… pero por favor no me lastimen.

Jeff y yo hicimos una mueca y nos miramos por un segundo. Jeff levanto las manos en señal de confusión.

¿Disculpe?  — Dije— ¿Pero qué cree que somos? Creo que cree que somos ladrones Richie —Respondió Jeff. Oh vaya… ¡Por Dios! —Exclame disgustado— Podremos ser muchas cosas señor, pero créame que ladrón no está en la lista. Por dios ¿Enserio cree que caeríamos tan bajo como los ladrones? —Dijo Jeff— No…no…no.

El viejo nos miraba ahora más aterrado. Me acerque a él, con movimientos lentos, no quería espantarlo después de todo. Le pase el filo de mi arma por su mejilla, rozando su arrugada piel. Al sentir el frio metal tembló.

No queremos su dinero señor —Susurre en su oído— Queremos mucho más… —Jeff rio mientras escuchaba con atención— Queremos abrirle el cráneo…queremos ver su interior…queremos tentar sus órganos, queremos armar un rasca cielos con sus huesos, y tal vez cosernos una chistosa mascara con su rostro, sería muy buena para Halloween ¿sabe? Con eso sin duda conseguiríamos muchos dulces ¿No lo cree?

Volví a pasarle la navaja por la mejilla, pero esta vez aplicando más fuerza, la necesaria para dejar un delgado camino de sangre. Pase mi húmeda lengua por la herida. El viejo se estremeció y comenzó a balbucear cosas inentendibles. Tome la navaja y corte su camisa, dejando expuesta su escamosa piel.

Y quien sabe… —Proseguí con mi discurso— Tal vez mi amigo quiera mmm…usted sabe… subir un poco la temperatura —El viejo soltó un quejido— Después de todo Jeff es un maricón de lo peor, tal vez quiera follarlo por detrás —Solté una carcajada al ver la expresión de mi víctima. ¡Jodete Richie! —Exclamo Jeff— Es broma señor —Sonaba nervioso— No hay cosa que disfrute más en este mundo que un buen par de senos de mujer. Pero admito que los suyos no están nada mal —Dijo y ambos soltamos una gran carcajada.

Golpeé al viejo. Mis nudillos me lo agradecieron. Siempre he pensado que así es como se le da placer a esos pequeños huesitos que sobresalen de la mano y sirven para golpear tan bien. Escupí en su rostro. Lo desinfle con mi rodilla, y lo hice chillar como a un niño pequeño. Di paso a mi compañero, que tanto se moría por un poco. Se acercó y algo golpeo mi cabeza con fuerza, me desplome, aterrice de lleno en el suelo con mi cara. Mis ojos se cerraron, las luces se apagaron, vi estrellas danzando frente a mí. El telón se cerró dando paso al acto numeró dos.

 

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