Las Escondidas

— Qué tal si jugamos a las escondidas.

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1. Las Escondidas

 

El cielo se tiño completamente de gris, las gotas golpearon el asfalto hasta crear charcos, los rayos daban luz a un cielo que parecía caerse y los truenos se dejaron escuchar con gran fuerza. Hubo un gran chasquido y la televisión que hace segundos mostraba un programa sobre policías y mafia mostraba ahora una sempiterna estática que calaba en los oídos con su molesto ruido. Pasaron los minutos y las horas y la televisión seguía mostrando líneas grises y negras danzando por la pantalla.

Estoy tan aburrido que incluso auto flagelarme sería tan divertido como ir a la feria— Dijo Chris mientras bostezaba y se estiraba.

Con un esfuerzo descomunal se levantó del sillón y apago la televisión. Sus dos hermanos lo miraron de reojo y el más pequeño de ellos soltó algo que tenía guardado en su cabeza desde hace ya un rato.

Qué tal si jugamos a las escondidas.

Hubo silencio.

Vamos podría ser divertido...hace bastante tiempo que no jugamos juntos —Ahora su voz tenía un delicado tono de tristeza.

Los dos hermanos giraron la cabeza para encontrarse con los ojos del pequeño.

Creo que lo de Auto flagelarse suena mejor —Dijo Pete y ambos rompieron en carcajadas.

El pequeño se puso de pie y comenzó a posarse de un pie a otro con nerviosismo, pie izquierdo…pie derecho…pie izquierdo…con miedo y muchos nervios de hablar. Hace ya bastante tiempo que su palabra dejo de tener importancia hacía los oídos de Chris y Pete.

Pero por favor juguemos… ¡Por favor!  No lo sé Bill… Por… Es que… Favor. Está bien… ¡Por favor! Está bien… está bien ya cállate —Exclamo Chris.

Pete lo miro arqueando la ceja. Se acercó a su oído y le dijo algo que hizo que una sonrisa se dibujara en su rostro.

Jugaremos —Dijo Chris— Pero tendrás que empezar tú. Está bien. —Su rostro estaba iluminado y corrió hacía un rincón de la sala— Uno…Dos…Tres…Cuatro… Acompáñame —Susurro Chris a su hermano.

Ambos se encaminaron escalera arriba “Cinco…Seis…Siete” Tomaron de su habitación dos impermeables y subieron por una escalerilla hacía el techo. La lluvia seguía cayendo con fuerza, pero una vez arriba se refugiaron bajo un pequeño toldo que habían construido juntos hace mucho tiempo, y del cual Bill, que contaba en la sala, no tenía ni la menor idea de su existencia.

Jamás nos encontrara aquí —Dijo Chris— Después de unas horas comenzara a asustarse, y después comenzara a llorar del miedo.

Ambos se echaron a reír mientras su voz se filtraba bajita de entre las paredes “Quince…Dieciséis…Diecisiete…”

Dieciocho…diecinueve… ¡Veinte!  —Se descubrió los ojos y se dio media vuelta.

Camino por la sala, abrió la puerta del baño, busco entre las puertecillas de la cocina, incluso busco bajo los sillones, pero no había nada allí. Ni en ningún lugar. “¿En dónde podrán estar?”

Mira esto —Susurro Chris.

Hurgo en su bolsillo y saco un paquete de cigarrillos.

Los encontré el otro día dentro del bolso de mamá —Tomo uno y se lo ofreció a Pete— ¿Lo intentamos?

Ambos se colocaron el cigarro en su boca y con una mechera los encendieron. Ambos tosieron e hicieron una mueca de repulsión, pero ambos continuaron fumando y tosiendo, fingiendo que el sabor era bueno, fingiendo que la sensación les era grata.

Delicioso —Mintió Pete— Ahora sé porque los adultos lo hacen tanto.

Unas fuertes pisadas comenzaron a sonar tras ellos.

Mierda no puedo creer que nos haya encontrado.

Se dieron medía vuelta y sus ojos se ensancharon, sus bocas se abrieron dejando caer sus tan “preciados” Cigarrillos y sus pantalones se mojaron con un tibio líquido que llego hasta sus tobillos. Soltaron un gran grito que fue escondido bajo el sonoro tronar de un trueno que el cielo escupió.

Sus piernas temblaron y su cuerpo se estremeció al escuchar tremendo rugido proveniente de la tormenta. Las luces se apagaron y una bombilla reventó en alguna habitación. Si había algo que odiaba y temía era la soledad y la oscuridad, y en ese mismo instante se combinaron para hacer que sus bellos se erizaran.

¡Chris! ¡Pete! Salgan… por favor salga… La luz…la luz se ha ido…Por favor vengan.

Comenzó a caminar midiendo sus pasos por toda la sala, dirigiéndose hacia la escalera, esa escalerilla que tanto sufrimiento le hacía pasar cada vez que tenía que subirla o bajarla durante la noche —Y en este día la noche había llegado más pronto de lo normal—.Subió el primer escalón, el segundo y el tercero, cerró los ojos y se aferró del barandal. — ¡Vamos Chris sal ya!— Subió todos los escalones para encontrase con un oscuro pasillo que a la vista de un niño, es largo y eterno. —Vamos chicos tengo miedo…por favor salgan— Entro en su habitación, busco bajo la cama, en la ducha y en el armario, pero no había nadie. Entro a la habitación de su madre, busco en todos los sitios pero no había nada ni nadie. El miedo lo estaba invadiendo, cada vez era más difícil poder contener el llanto. Unas fuertes pisadas se dejaron escuchar en las escaleras, algo estaba bajando rápidamente. — ¡Chris!— Exclamo aliviado. “Ya los tengo”. Salió del baño de su madre a toda velocidad mientras algo en la sala caminaba y se “¿Arrastraba?” Algo silbaba mientras rozaba la alfombra y entraba a la cocina. Un plato cayó, otro, un vidrio se rompía y una puerta se abría y se cerraba con fuerza. Corrió escalera abajo, casi cae cuando piso una de sus agujetas, la luz tintineaba y las gotas chocaban contra la ventana. En la cocina había un desastre. Se encamino hacía la ventana de la sala, ahora lo comprendía todo, ahora la idea se le había formado en la cabeza “Solo quieren asustarme, seguramente salieron para que no pueda encontrarlos, quieren que llore y grite para que ellos puedan burlarse, pero… ¿Salir con esta lluvia? Bueno siempre se han tomado sus bromas demasiado enserio. Y los impermeables, los impermeables no estaban en su armario, seguramente los veré corriendo por allí cuando mire tras el cristal” Pero cuando miró por la ventana, no se encontró  con sus hermanos corriendo, se encontró simplemente con lluvia y hojas que volaban con el viento, arboles danzando y algo a lo lejos que le pareció un poco extraño, doblando y desapareciendo en la esquina, había un gran hombre, alto y ancho, con una gran gabardina que escurría agua. En una de sus manos arrastraba un gran costal, y sobre el hombro una gran bolsa negra. Con un chasquido la luz volvió, y la televisión se encendió mostrando la programación habitual. Se sentó en el sillón, y se dedicó a esperar, esperar a que la broma acabase, esperar a que sus hermanos salieran de su escondite y dijeran “Te la hemos hecho buena ¿no Bill?” Pero el reloj corría y las horas pasaron y sus hermanos nunca llegaron.

 

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