Juego De Niños

Risas, risas y mas risas escucha la madre en la habitación de su hijo, al subir y abrir la puerta se encuentra con algo que le eriza totalmente la piel. ¿Pero que se puede hacer? después de todo se trata de un juego de niños.

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1. Juego De Niños

 

¡Mira mamá lo que he encontrado! —Canto victorioso Billy.

Su madre no lo podía creer. Estaba al borde del llanto. Sus piernas temblaban impidiéndole dar un paso más hacía aquella habitación convertida en la escena de una catástrofe. Allí estaba, sonriente como siempre. Con su lindo overol azul que compro para su cumpleaños hace tres meses, “Se verá tan mono” Pensó mientras pagaba emocionada a la cajera de la tienda de ropa. Si, se veía bastante mono, pero ahora se veía bastante aterrador. Todo el frente estaba salpicado de sangre. Mejor dicho, todo estaba salpicado de sangre, no solo el overol. Las cortinas, las sabanas. Pero lo peor eran las paredes. Como un collage, estaban las manos de su hijo por toda la habitación.

“Mamá ¿Podemos quedárnoslo?” Le había preguntado su hijo al verlo comiendo de unos contenedores de basura. Estaba un poco delgado, y bastante sucio. “Pero que feo es” Pensó. “Y las enfermedades que puede tener consigo. Sería imposible que llegara a considerar algo como llevar a ese horrible perro a mi hogar”, su lindo y limpio fuera de gérmenes hogar. —No—. Le dijo sin pensarlo. —Pero mamá míralo, necesita un hogar—. Lo que necesita es un baño…es lo que necesita—. Protesto su madre—. Ni siquiera lo pienses, porque no lo llevaremos—. Y allí estaba de nuevo, haciendo su carita de decepción. Le había funcionado ya bastantes veces. Había conseguido con el mismo truco: Un robot de juguete, una ida a la feria de la ciudad, y uno que otro dólar más en la mesada. Pero esta vez no se saldría con la suya, oh claro que no. Pero el chico era insistente, y cada vez su carita se iba tornado más convincente.  Hasta que hizo su jugada maestra, y saco de la manga algo que hizo que aquel perro terminara en la sala de su casa. — Pero mamá… —Dijo soltando unas muy convincentes lágrimas. “Oh no…las lágrimas no” Pensó su madre sabiendo que estaba a punto de perder—. Se puede morir —Concluyo su hijo—. “Se puede morir” Resonó en su cabeza taladrándole hasta el último de sus sentidos. Había dado en el clavo.

Se llamara Max —Dijo Billy. Se le veía bastante feliz.

Después de darle un baño, comida, y un buen corte de pelo. Aquel perro feo que comía basura, resulto ser bastante lindo y agradable. Con el tiempo paso a ser parte de la familia.

Pero ahora estaba tendido en la cama. Con la barriga hacía arriba, los ojos mirando el techo, y la lengua de fuera. Ahora estaba…estaba… “Muerto” Resonó en su cabeza como aquel día en que lo recogieron. Trazada perfectamente en línea recta, estaba el corte en su barriga. Desde el cuello, hasta los genitales. Alguien había hecho un corte, había abierto el estómago, había sacado tripas y órganos, y lo había dejado allí, abierto. Dejando emanar el tan característico olor salado y rancio de un cuerpo al que se le puede ver por dentro.

¿Te gusta mamá? —Pregunto Billy excitado. De una de sus manos colgaba un intestino.

La madre alterada no sabía qué hacer. No sabía si tenía que encestarle mil y un golpes, o hablar con él. “¿Qué puedo hacer?” Sin pensarlo mucho y en un estado de miedo ciego. Se encamino dando largos pasos. Lo tomo de uno de sus brazos, causando que el ensangrentado órgano callera al suelo, haciendo un viscoso y repulsivo ruido, que hizo espinar todo su cuerpo. Encesto golpe tras golpe con la mano abierta. A los pocos segundos la mano le ardía, sin duda había empleado demasiada fuerza, pero no estaba lo suficientemente dentro de la realidad como para medirla. Estaba en un estado en el que no sabía si lo que estaba pasando era parte de una horrible pesadilla. “En cualquier momento despertare. Mi hijo estará dormido, y Max en su casita roncando” Pensaba nerviosa. Billy comenzó a llorar y gritar con fuerza. Eso despertó a su madre de aquel trance. Sacudió la cabeza afrontando la realidad. Sus manos seguían golpeando el cuerpo de su hijo sin ningún tipo de piedad. Billy pedía que se detuviera, con su carita llena de lágrimas y mocos.

Yo no hice nada —Dijo Billy temblando. El cuerpo le dolía bastante. Estaba asustado, muy asustado.

“Yo no hice nada. ¿Yo no hice nada?”

¿Yo no hice nada? —Dijo para sí misma la madre. Ahora comprendía todo.

“Mi hijo no es ningún monstruo —Pensaba— Es solo un niño. Tan solo tiene seis años recién cumplidos. Estaba juagando…Explorando. No digo que este correcto lo que hizo, en realidad lo que acaba de hacer es imperdonable. Pero los niños hacen eso…Explorar. Sintió la curiosidad y lo hizo.” Billy veía a su madre; Estaba con la mirada en blanco, mirando la nada.

 ¿He hecho algo malo mamá? —Pregunto. No…no lo sé. ¿Lo hiciste? ¿Hacer qué? —Respondió confundido. Su madre parecía no estar del todo cuerda en esos instantes. En esos momentos la veía como un monstruo—. Yo y Max solo estábamos jugando. Ve a bañarte… y cámbiate eso.

Billy no lo dudó ni un segundo y se marchó a toda prisa.

Preparo té. El té siempre la relajaba, siempre la hacía encontrarse con su yo interior —Decía con frecuencia—. Ahora estaba en el sofá de la sala, con su té favorito. Había cogido dos bolsas negras. En donde coloco el Inerte cuerpo de Max. Con otras dos bolsas puestas en sus manos, recolecto las piezas faltantes de su mascota. En varias ocasiones estuvo a punto de soltar la comida del día. Era lo más repulsivo y terrorífico que había hecho en su vida. Era una tarea difícil, al tocar los órganos, estos sonaban, y escurrían líquidos. Líquidos Verdes, Rojos y a veces tenían el color de agua estancada. Sin mencionar el olor, el olor era lo peor de todo. Como una competencia; Olor estaba a la cabeza, seguido por tacto, y en último lugar pero no perdiendo por mucho estaban los líquidos. Ninguno de ellos logro ganar la competencia. Ninguno de ellos logro hacerla vomitar. “Vaya día más pesado” Se dijo a sí misma al acabar su labor. Ahora Max daría un paseo por la ciudad. Llegaría al vertedero —Su nuevo hogar— Anidaría unos cuantos gusanos. Y poco a poco ira desapareciendo. Como los recuerdos de este horrible día.

“¿Abre hecho lo correcto? ¿Tendría que haber hecho algo más? Sin duda le di una buena tunda. Pero ni siquiera se enteró el porqué de los golpes” La mente le daba vueltas. Se cuestionaba. “Hablare con él. Le explicare lo mal que estuvo. Le explicare porque ya no podrá ver de nuevo a Max. ¿O tendré que dejar las cosas como están? Decirle que Max escapo. ¿Y fingir que esto no pasó jamás?” El té comenzó a surtir efecto. Ya se sentía soñolienta. Poco a poco daba cabezadas y sus ojos se entre cerraban. Con un último pensamiento se quedó dormida “Cuanta falta me haces John... ¿Qué habrías hecho tú?

El cielo comenzó a tornarse gris, anunciando que en cuestión de minutos u horas dejaría caer las primeras gotas de la temporada. John había pasado los últimos cuatro años bajo tierra. Cultivando gusanos. Durmiendo una larga siesta. Pero ahora estaba justo allí, frente a sus ojos. Jugando con su hijo. Jugando a lanzar la pelota. Siempre había sido un gran fanático del Béisbol. Sus tardes de domingo solo estaban completas si el televisor estaba encendido, transmitiendo algún partido, y si a su lado izquierdo había un paquete de cervezas. No tenía un equipo favorito, solo amor al deporte. Todas las noches después de hacer el amor, hablaba de cuanto deseaba que su hijo tuviera la suficiente edad para poder enseñarle a lanzar. —Sera el mejor lanzador del vecindario—. Decía. Billy jamás conoció a su padre. Tenía tan solo dos años cuando ocurrió el accidente.

¡John!... ¡Billy! —Grito la madre preocupada al ver el cielo— Tenemos que regresar…pronto comenzara a llover.

Padre e hijo seguían jugando. Jamás los había visto tan felices. Jamás los había visto juntos. A su lado había una canasta, estaba llena de manzanas. Y estaba parada sobre un mantel gris. “Que extraño. No recuerdo haber planeado un picnic” Pensó extrañada. La primera gota cayó sobre su zapato, dejando una pequeña manchita. La segunda cayó sobre su mano extendida.

Tenemos que regresar —Volvió a gritar.

“¿Sera que no me escuchan?” Billy seguía lanzando la pelota. Al parecer se había vuelto mejor. Hace un momento ni siquiera podía lanzarla hasta el guante de su padre.

Felicidades hijo —Dijo John. Estaban algo lejos. Era difícil poder escuchar lo que estaban diciendo—. Pronto serás el mejor lanzador en el… —No alcanzo a escuchar la última palabra. El cielo había soltado un gran trueno, que hizo eco en todo el campo. El verde campo que se extendía hasta donde la vista se perdía—. Tenemos todo el tiempo que necesitamos. ¿No es así hijo?

Billy solo reía. Reía y corría por la pelota. Ahora la lluvia había comenzado. Pronto, el vestido que traía puesto estaba empapado. Su cabello caía por su frente, pesado por el agua. El aire comenzó a arrasar con las hojas del único árbol que había en el campo. El árbol en el cual habían acampado. Se encamino corriendo, estaba algo enojada porque sentía que la estaban ignorando. ¿Acaso no se dan cuenta de que está lloviendo? Ahora estaba más cerca. Y podía escuchar más claras sus palabras.

John…Tenemos que irnos —Le dijo gritando.

John recogió la pelota y la volvió a lanzar. Billy la atrapo sin ningún problema. Los dos estaban empapados. Y Billy reía y reía. Antes de que pudiera abrir la boca para lanzar más gritos. John la miro a los ojos.

Amor. ¿Podrías por favor guardar silencio? —Le dijo mientras volvía a lanzar la pelota ¿Qué? Tenemos que irnos, la lluvia… ¿Acaso no se dan cuenta? —Estaba temblando, el vestido se le pegaba a la piel causándole mucho frio. Y el aire empeoraba. Si el viento seguía así pronto terminaría dejando sin hojas al árbol. Amor. — La tomo por las manos— Por favor déjanos en paz. —Billy rompió en carcajadas—  Tú has pasado con el los últimos cuatro años. Es mi turno de pasar tiempo con nuestro muchacho. Después de todo… hace cuanto que no ve a su padre. Pero la lluvia…

John recogió la pelota. Se acercó a su hijo y le dijo algo en el oído. Billy afirmo con la cabeza y se posó frente a su madre.

Adiós mamá —Le dijo.

Regreso con su padre. Se tomaron por la mano y se marcharon. Mientras Billy seguía riendo.

Las risas poco a poco se escucharon más cerca. Las sentía taladrando en sus tímpanos. Entonces despertó. Se encontraba en el sillón, con la espalda adolorida. Sin duda el sillón no estaba hecho para que durmieran sobre él. La cabeza le dolía un poco. Y se sentía bastante desorientada. “Vaya… todo fue un sueño” Estaba confundida y maravillada a la vez. El sueño le había parecido extraño. Pero también le había parecido bastante lindo. Ver a su esposo jugando con su hijo era algo que jamás imagino poder apreciar. Las risas continuaban. Provenían de la planta alta. Si despertó de ese extraño sueño, fue por culpa de esas continuas risas. “Que ocurre” Su mente seguía adormilada. Se levantó de su asiento y camino escalera arriba intrigada. La luz del pasillo estaba apagada. La bombilla se había fundido hace pocos días. Pensó en cambiarla, pero siempre lo olvidaba. Camino a tientas para no tropezarse con nada. “Un día de estos terminaras por tropezar y caerte. Sera mejor que cambie la bombilla enseguida” Pensaba mientras media sus pasos. Llego a la puerta y toco. La única respuesta fueron más risas. Volvió a tocar, pero hubo más de lo mismo. Giro la perilla. Estaba segura de que no tenía el seguro puesto, ya que lo había removido por motivos de seguridad. Y allí estaba su hijo…Riendo. Al verlo, su cuerpo termino cediendo, y cayó de rodillas. Se puso las palmas de las manos en la cara y comenzó a llorar. Su mente se bloqueó. No quería levantar la vista. No quería ver lo que estaba frente a ella. Allí estaba Billy. Con su gran sonrisa, y su linda pijama. Su rostro se veía distinto, más pálido. Bajo sus ojos había grandes ojeras. Y en una de sus manos sostenía algo.

¡Mira mamá lo que he encontrado!

 

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