Ghost Whisperer.

"Puedes verlos..." Soy Emma Brooks, una joven que acaba de mudarse a un pueblo pequeño junto con su esposo Justin Bieber, cuya profesión es paramédico en Grandview. He abierto una tienda de antigüedades con mi amiga Natalie Jones, nos conocemos desde que teníamos ocho años. Seguramente soy parecida a ti, salvo en que cuando era niña, supe que podía hablar con los muertos. Mi abuela los llamaba espíritus en tránsito, no han avanzado porque tienen asuntos pendientes con los vivos y recurren a mi en busca de ayuda. Para contar mi historia, primero debo contar la de ellos.

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1. Parte I

Caminaba lentamente cogida del brazo de mi abuela. Observaba siempre hacia al frente, sentía cómo algo o alguien me llamaba. Lentamente y con mi fría, pero tierna, mirada seguía avanzando poco a poco mientras escuchaba las campanadas que se reproducían en la Iglesia. Su dulce pero escalofriante voz hizo que me detuviera y la mirara: –Siéntate al lado de este señor, Emma–y así lo hice. Agaché la mirada pero no pude mantenerla al sentir que alguien me veía intensamente. Dirigí mi cabeza hacia mi izquierda y descubrí a ese señor examinándome, sin saltarse ningún detalle. Desvié la cara deseando que él parara de hacer eso y mi abuela, que se había ido al frente dónde se encontraba el ataúd, volvía por mí cogiéndome de nuevo la mano. Me dirigió al frente y logré ver al señor que, justamente un minuto atrás, había estado observándome detalladamente. Lo miré aterrada, pensando en que lo que había visto antes era una alucinación, pero no. Volví mi cabeza hacia atrás, y lo encontré de nuevo allí, sentado en el mismo sitio. Detallé al señor que se hallaba en el ataúd, pálido y sin vida, y abrí un poco mi boca, dejando ver mi sorpresa. –Abuela.–murmuré expectante. –Tranquila, cielo.– tragué saliva y dirigí mi vista hacia el frente. Miré otra vez hacia atrás y el hombre se levantó dirigiéndose a mi. Llegó a mi lado y me confirmó las dudas que se me estaban formulando en mi mente. –Tu abuela y tú sois las únicas que podéis verme. ¿Me ayudarás?–preguntó y asentí, un poco atemorizada.– Ella es mi esposa.–señaló a una mujer mayor sólo a unos pasos de mi.– Hemos vivido juntos veintiséis años, pero he tenido que dejarla tan deprisa que no he podido despedirme ni decirle lo mucho que la quiero y ella ahora necesita saberlo. ¿Quieres darle un mensaje de mi parte?–explicó. –¿Cómo sabrá que es de su parte?–pregunté con dulce voz y se acercó a mi oído para susurrarme. –Di le que quiero que siga tomando una copa de champagne todos los viernes, que encienda la chimenea como siempre, también que brinde a la luna y a las estrellas, como hacíamos siempre. Di le... que nunca se sienta sola.–Terminó su relato y continuó.–Así lo sabrá. Suspiré y di media vuelta. Su esposa se encontraba a pocos pasos de distancia junto a otra señora, hablando. Me acerqué a ella, llegando a su oído y le conté todo lo que me había dicho el hombre segundos atrás. La sentí sollozar en mi hombro, sabía que ella me creía. No pensaba que estaba loca. La señora se separó de mí y miró hacia el frente, donde se hallaban mi abuela y el hombre observándose mutuamente, claro que ella no lo sabía. Nos inspeccionó e incómoda, me dirigí a donde estaba mi abuela. –Abuela, no lo entiendo...–susurré lentamente. –Lo sé, cariño. Pero lo entenderás.–exclamó tiernamente. Mi vista se desvió hacia una puerta que estaba abierta y ahí estaba el señor sonriendo y poco a poco fue desapareciendo entre la oscuridad... Bajé la cabeza y sonreí, aquel recuerdo sería uno de los que jamás olvidaría. Levanté la mirada y volteé, me puse como estaba antes y reí ansiosa. Elevé mis brazos en donde se encontraba un gran ramo de rosas y lo tiré hacia atrás. Me di la vuelta y vi a la persona que había cogido el ramo, mi mejor amiga: Natalie Jones. Rió fuertemente. Justin se encontraba hablando con sus amigos, señalándome y sonriendo. Abrió los brazos hacia mi e imité su acción empezando a bailar graciosamente. –Te quiero.–pronunció –¿No podemos escabullirnos?–pregunté juguetona pero aun así, desesperada. –Mmm... aún no hemos recibido todos los regalos.–exclamó divertido. Sabía que no se quería ir. –Oh... es verdad.–le seguí el juego. –Además... puede que tu tío Billy vuelva a tropezar en el escenario.–murmuró y empecé a reír.–y no quiero perdérmelo.–me besó dulcemente.–creo que estaba bailando con Natalie...–pero yo estaba mirando a la ventana, donde se estaba creando un pequeño vapor y dibujando un signo.–sí, ¿dónde se habrán metido? Estaban por aquí hace un momento.–aquella aparición no se había ido, era una cruz dentro de un círculo y sus extremos sobresalían. Se empezó a rayar las letras a cada lado, como si fuera una brújula. Justin se dio cuenta de que no le prestaba atención y miró donde yo lo hacía.–No me digas que estás viendo algo. –No...–pronuncié y lo miré rápidamente.–¡No! ¡Que va! No es nada.–sonreí intentando convencerlo. –¡Estupendo! Porque me encantaría que la fiesta se mantuviera entre los vivos. –Mmm... la noche es joven.– y me volvió a besar. Luego de que él se fuera a bailar con otras personas, me quedé examinando la ventana, donde esta vez no había nada. La gente pasaba y se estaba divirtiendo sin ningún problema. –Hola.–exclamó alguien por detrás haciendo que me sobresaltara.–No me digas que te has asustado–ladeó la cabeza. –Muy gracioso...–reí.–creía que no podías beber... –¿Bromeas? ¿Y no ver cómo mi único hermano sienta por fin la cabeza?–pronunció divertido.–estáis rebosantes de felicidad.–soltó con sinceridad. –Somos felices.–confirmé sonriendo.–En serio.–agaché la cabeza pero en seguida la levanté sonriendo.–Justin está un poco agobiado con el trabajo. –Es el único técnico sanitario que no soporta la sangre. –Se le murió un paciente la semana pasada.–informé.– Fue la primera vez y le está costando encajarlo. –Cuando estaba en la Universidad, salté desde una azotea.–recordó.– No preguntes que estaba haciendo aquella noche allí.–solté una risita.–me rompí yo no sé cuántos huesos. El estuvo a mi lado, pasé un miedo horrible, pero me habló de una forma... –Sí, lo sé.– lo interrumpí. –Justin tiene algo que... hace que se te pase el miedo. Y que te influye positivamente.–asintió orgulloso. –Le encantaría oírte decir eso.–murmuré. –Te lo digo a ti. Resérvalo para cuando esté decidido a tirar la toalla.–me aconsejó.–Ya verás.–Concluyó y brindamos. Natalie me cogió del brazo y me arrastró hasta la pista para bailar un poco. Volteé la cabeza dirigiéndola a la ventana, un hombre desorientado y un poco borroso, se situaba mirándome amenazadoramente.
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