Natural Disaster

Para Elizabeth Brown, enamorarse es un problema.
Por desgracia, conoce el significado de la palabra “novio” mejor que ninguna otra chica de su edad, por eso se mantiene alejada de aquellos que llevan escrita a fuego la palabra rompe-corazones en la frente.
Pero, ¿podrá Harry, el chico por el que todas las chicas flaquean, hacerla cambiar de opinión? ¿O no?

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3. Capítulo 3.

Me siento tan perdida como si acabara de aterrizar en un mundo nuevo lleno de gente desconocida. Normalmente suelo distinguir –de entre multitudes de personas– quiénes estudian en la misma universidad que yo y quiénes no, ya que el campus no es muy grande y a mí me gusta moverme bastante por él; con lo que acabo conociendo a gente de vista o de haber intercambiado un “Hola”, “Gracias” o un sencillo “Por favor” por los pasillo.

Pero hoy no se da el caso.

Definitivamente hoy no.

Charlotte sigue con la búsqueda de Bob Esponja, el chico torpe que tira las bebidas encima, y de Patricio, el desconocido amigo de este último. Espero que dé con ellos pronto porque los pies se me están empezando a dormir…

Observo un brazo sobresalir de entre el montón de cabezas con pelo, y sin él, que tenemos frente a nosotras y, seguido, a mi amiga andar con paso decidido y una sonrisa enorme en el rostro hacia una mesa en concreto. Me apresuro a seguirla.

Para cuando llego, ella está cómodamente sentada en la silla de al lado de su conocido, y por lo que parece, las presentaciones ya están hechas. Entonces me dan ganas de freírla con la mirada, porque ni se ha molestado en esperarme ni mucho menos parece querer interrumpir por mí lo que sea que se están diciendo él y ella.

Segunda vez en dos días que me deja de lado; es un nuevo récord. Y todo por culpa de la raza masculina.

Frente a ellos dos hay un chico moreno de rizos con la atención puesta en otra parte, a saber en dónde o en qué.

Aparto la silla de la mesa para sentarme, pero cuando lo hago, las patas de ésta chirrían tanto que las tres almas presentes se voltean en mi dirección casi a la vez. Maldición. Para mi decepción el chico rubio de ojos azules no tiene parecido alguno con el personaje de animación con el que lo había estado comparando. Qué faena.

Sonrío a modo de disculpa y me acomodo en el trozo de madera incomoda que permite que mi trasero descanse por unos minutos; definición casi literal de la palabra silla.

–Tú debes de ser Elizabeth.

Me volteo hacia mi izquierda, encontrándome así con el emisor de la frase.

Asiento.

–Yo soy Harry –vuelve a decir, pero esta vez estrechándome la mano en un gesto demasiado masculino para mi gusto.

Creía que a las mujeres se les daba un par de besos en las mejillas. Sin duda, estaba equivocada.

–Niall –añade el rubio con una sonrisa y guiñándome un ojo.

Con que… Niall, ¿eh?

Así se llama la nueva y única conquista de Charlotte, me parece bien. Creo que ese nombre no se me olvidará jamás. Si no fuera por que es territorio de mi amiga, ya me hubiera planteado conseguir su número de teléfono. ¡Menuda sonrisa! ¿Y los bíceps? Bf… apuesto a que tiene un gimnasio en el sótano de su casa, al que –por lo menos– dará uso una vez a la semana.

Charlotte, que ocupa el sitio de en frente, me dirige una rápida mirada justo en el momento en que saca un nuevo tema del que hablar a solas con Niall. Apoyo los brazos en la mesa y me trago un suspiro, el cual puede deberse a que, exactamente en este instante, yo no pinto nada allí. Ellos han sacado un tema de conversación, Harry está pendiente de su móvil y yo miro a las musarañas como si fuera la cosa más interesante del mundo entero.

Entonces, con nada mejor en lo que pensar, doy rienda suelta a mi imaginación y me permito discutir conmigo misma si los mensajes que está escribiendo Harry van dirigidos a una mujer o a un hombre. Está bastante pendiente de ellos, por lo que seguramente sea la primera opción. Me río en voz baja imaginando las cursiladas que se estarán escribiendo mutuamente y no puedo evitar la imagen que se ilumina en mi mente de un Harry extra cursi y romántico que se presenta todos los día en casa de su novia con un ramo de rosas rojas o una caja de los bombones preferidos de ella. Pero algo me dice cuando lo observo disimuladamente de perfil, que él no es ni por asomo como lo estoy describiendo.

Se aparta un par de rizos rebeldes que le caen por la frente, aparentemente dificultándole la vista del móvil que mantiene a la altura de sus caderas. Resopla una vez, vuelve a resoplar una segunda vez y, después de resoplar una tercera, sus ojos hacen contacto con los míos. Me muestra una sonrisa a la que respondo girando mi rostro en dirección contraria.

Ni si quiera sé por qué lo he hecho.

–¿Te aburres? –pregunta, guardando el aparato en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

¿Que si me aburro? ¡Me están saliendo canas de estar aquí sentada sin hacer nada!

–Mm-humm.

Por si no ha oído mi respuesta –que no estoy muy segura–, asiento.

Estiro los dedos hacia el extremo de la mesa en la que está el menú de bebidas y le echo una ojeada. Después me levanto y camino hasta la barra, donde me siento en el único taburete vacío que hay. Me balanceo discretamente en él, como si de repente hubiera vuelto a tener cinco años y eso fuera lo típico que hace una niña a esa edad.

–Divertido, ¿eh?

Dejo inmediatamente de dar vueltas como si de un tiovivo se tratase y me quedo rígida en mi sitio, intentado aparentar la normalidad que no existe en ese momento.

Harry da las zancadas exactas para situarse paralelamente a mí, con uno de sus codos descansando en el extremo de la barra y el otro pegado a su cuerpo. Me observa, finjo no darme cuenta de ello y aún así continua mirándome. Diría que ha pasado media hora desde que estoy en esta posición, pero estaría mintiendo, ya que el tiempo no ha avanzando más de dos minutos de reloj cuando –por fin– uno de los camareros del local comprende que soy inofensiva y no muerdo y decide atenderme con una clara sonrisa de cansancio.

–Un batido número tres, por favor –le pido.

–Chocolate y nata con trozos de fresa… Buena elección –añade Harry cuando el camarero ya no está. ¿Hace falta que mencione la forma en la que… eleva sus cejas casi continuamente, como si quisiera insinuarme algo? ¿O mejor no?

–Sé lo que he pedido, pero gracias por recordármelo –respondo lo más amable que puedo.

Tras un largo tiempo de espera, el batido llega. (¡Gracias a Dios!) Le doy un sorbo largo a la pajita, refrescando mi garganta seca. Después, me limpio las comisuras de los labios teñidas de chocolate líquido con una servilleta que tengo pensado reutilizar más tarde.

Rebusco en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta que aún llevo puesta el número de monedas suficientes para pagar el coste de la bebida, pero no encuentro nada. Sigo buscando, pero esta vez en el bolsillo derechos. Mis dedos dan con un trazo de papel arrugado que, al tenerlo frente a mí, resulta ser un billete de diez euros. Lo dejo sobre la barra a la espera de que el camarero pase y lo recoja, justo antes de volver con las vueltas. Porque estoy bien segura de que ese batido no cuesta tanto ni aunque las fresas sean las mejores de todo el continente. La espera continua.

Me fijo en que Harry está tan pendiente de que se acerque el camarero como yo. Y, hasta que no le oigo pedir su refresco de naranja, no he caído en la cuenta de que ni si me ha ocurrido preguntarle si quería beber algo.

Mmm… qué fallo.

Se apresura a entregarle un billete del doble cantidad que el mío, añadiendo:

–Cóbrame el de la señorita y el mío.

Tratándose de que Harry no es para nada… feo, una chica normal se sentiría halagado por el gesto que acaba de hacer. Seamos sinceros, ¿a quién no le gustaría que un chico de rasgos atractivos le invite a un refresco? La respuesta es bien sencilla: a mí. Es más, el simple echo de que el camarero haya cogido el billete de Harry en vez del mío, cuando estaba a unos centímetros más a su disposición que el de él, me irrita.

Yo he llegado primero, yo tengo preferencia; mi billete tenía que haber sido el que ahora mismo está siendo introducido en la caja registradora, no al revés.

Cuando guarda en el bolsillo del pantalón las vueltas que deberían pertenecerme, se gira hacia mí y me sonríe. Intento que mi mirada asesina no se note tanto, pero ojalá la viera.

No me queda otra que darle las gracias. Así que después de guardarme el billete, me vuelvo a la mesa.

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