Natural Disaster

Para Elizabeth Brown, enamorarse es un problema.
Por desgracia, conoce el significado de la palabra “novio” mejor que ninguna otra chica de su edad, por eso se mantiene alejada de aquellos que llevan escrita a fuego la palabra rompe-corazones en la frente.
Pero, ¿podrá Harry, el chico por el que todas las chicas flaquean, hacerla cambiar de opinión? ¿O no?

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2. Capítulo 2.

 

 

Son las seis y media de la mañana, y pese a que hace tres días que las clases han acabado y las vacaciones de verano han comenzado, estoy despierta y sin más ganas de dormir. Seguramente se deba a que mi reloj biológico –si es que es así como en verdad se llama– sigue teniendo el horario universitario; levantarse a las siete menos cuarto y dormirse a las diez en punto. 

  Entro en la cocina y me hago con dos trozos de pan bimbo que pongo a tostar con intención de prepararme un par de tostadas con mantequilla y mermelada como desayuno. Dejo el plato encima de la mesa y, acompañada de un vaso de leche, engullo las tostadas tan rápido como puedo. Apenas he ensuciado nada, así que limpio lo poco que he manchado y subo de nuevo arriba con intenciones de darme una ducha rápida para más tarde sentarme en el sofá con un libro entre las manos para pasar el rato. En medio de la página número cincuenta y siete, el móvil que yace guardado en el único bolsillo de mi sudadera azul marino, empieza a sonar estruendosamente debido a la canción que tiene como tono de llamada. Agarro el libro con una mano mientras que la otra la estiro hasta alcanzar el aparato electrónico que no deja de sonar a medio metro de mí. Para cuando lo tengo, la llamada ya ha finalizado, en la pantalla se ilumina la llamada perdida de Charlotte. Marco el número y al tercer pitido su voz se escucha al otro lado de la línea. 

  –¡Ya era hora! 

  –Lo siento, no he descolgado a tiempo –me disculpo, tumbándome a lo largo del sofá, con los pies descalzados sobre uno de los apoyabrazos y la cabeza en otro mientras sujeto el móvil contra mi oído. 

  –Sé que no tienes planes, así que en media hora escasa paso por tu casa y te recojo, ¿vale?

  Me sorprende la facilidad con la que mi amiga me acaba de organizar la mañana. Pero más aún el hecho de que haya deducido a saber cómo que no tengo nada organizado para el resto del día. 

  –No, no vale. Necesito más información –le digo –No puedes plantarte en mi casa y recogerme como si nada. Quién sabe si ya te has hartado de mí y estás pensando en venderme en un mercado negro por un par de míseros dólares… –oigo su risa inundar la línea telefónica. 

  –Está bien –responde –¿Qué quieres saber sobre la salida cultural de hoy? 

  –Adónde vamos y por qué tan pronto. 

  –Había pensado que la nueva tienda de batidos que abrieron el otro día te interesaría. Y, ¿cómo que tan pronto? ¡Si son casi las once! 

  He de confesar que la mañana se pasa bien rápida engullida en un libro entretenido.

  Nada más colgar, me incorporo de mi postura de momia egipcia y doblo la esquina superior de la hoja en la que no he seguido leyendo con el fin de retomarla más tarde, seguramente otro día muy lejano a este. 

  En mi habitación me cruzo de brazos con el ceño fruncido frente al armario abierto lleno de ropa, odiando la indecisión que en ese momento se apodera de mí para elegir si llevar una camiseta u otra. Al final no me decanto por ninguna de ellas. Paso por el baño para echar un rápido vistazo a mi reflejo en el espejo y, cuando me doy el visto bueno, vuelvo a mi habitación. Alcanzo de la balda más alta el único jersey que está disponible por sea caso el tiempo decide cambiar, aunque espero que no. La lluvia no es bienvenida en esta época del año. 

  Mientras pienso que no me dejo nada que vaya a echar en falta durante el tiempo que esté fuera, el timbre de la puerta suena, consiguiendo que me sobresalte. Arrastro mis pies hasta la entrada y descubro al otro lado la figura esbelta de Charlotte –la cual es un par de centímetros más alta que la mía–, vestida con pantalones cortos y una camiseta de colores conjuntada con unas sandalias recién estrenadas. Me sonríe y le devuelvo la sonrisa. 

  Estamos paseando por las calles casi siempre en dirección contraria al resto de personas que disfrutan de la misma mañana soleada que nosotras. Los rayos cegadores del sol pegan de frente y a mi cabeza de chorlito se le ha olvidado las gafas de cristales tintados que bien podrían evitar que tenga que achinar los ojos cada vez que mire hacia la estrellas de diferentes tonalidades de naranjas y amarillos, justo encima del mármol de la cocina. Por lo que tengo que fabricar una especie de visera con la palma de la mano para no quemarme la vista. 

  Un enorme cartón con forma de batido gigante espera a la entrada de la que supongo que es la nueva tienda de batidos de la que hablaba hace unos minutos Charlotte. Antes de poder estar a cinco pasos de esta, alguien me agarra de la muñeca y me obliga a parar. Mi acompañante me contempla unos minutos en silencio, al igual que yo a ella, hasta que decide hablar. 

  –Allí dentro he quedado con un chico. Pero no ha venido sólo. 

  ¿Qué?

  –Te explicas tan mal como una abuela sin dentadura, lo sabes, ¿no? –digo. 

  Sacude la cabeza, con las comisuras de los labios medio levantadas. 

  –Lo que quiero decir es que… 

  –Has quedado con un chico, me lo acabas de decir, y seguramente sea el desconocido de ayer. ¿A que sí? –la interrumpo. 

  Con un asentimiento suyo doy por echo que he acertado. 

  –¿Qué es eso de que no ha venido sólo? No me jodas que es un ricachón de los que están como un queso y se ha traído a sus guardaespaldas consigo. 

  –No –responde, casi sin dejarme acabar la frase. 

  –¿Entonces…? –pregunto. 

  –Ha traído a un amigo. 

  Ah, bueno, eso no es nada grave, ¿verdad?  

  –Por eso tú me has traído a mí –reflexiono– Dos y dos; empate. 

  –Y porque…, ya me entiendes… 

  No, pero fingiré que sí. Tal y como suelo hacer el noventa y seis por ciento de las veces. 

  En teoría –y como cualquier ser humano corriente– debería de estar, quizá no cabreada, pero sí un poco molesta por que Charlotte me haya engañado para acompañarla hasta aquí. Pero como seguramente ya hayas notada, yo soy rara, o especial, dependiendo de cómo quieras verlo. Por eso la situación en la que estoy metida me resulta más bien un reality show de la televisión. 

   Dejando al margen las cámaras y los espectadores, claro está. 

  Así que me adentro en el local detrás de Charlotte como si la cita –cosa que no ha confirmado ella pero que seguramente sea– fuera mía y no de la chica rubia que gira la cabeza de un lado a otro buscando algo camuflado entre toda la gente allí presente. 

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