Natural Disaster

Para Elizabeth Brown, enamorarse es un problema.
Por desgracia, conoce el significado de la palabra “novio” mejor que ninguna otra chica de su edad, por eso se mantiene alejada de aquellos que llevan escrita a fuego la palabra rompe-corazones en la frente.
Pero, ¿podrá Harry, el chico por el que todas las chicas flaquean, hacerla cambiar de opinión? ¿O no?

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1. Capítulo 1.

 

“Idiota, ¿te falta mucho?”

“Estoy llegando.” 

“¿Por dónde andas?”

“En la salida del metro; en cinco minutos estoy allí.”

“Cuando estés en la puerta de la cafetería, avísame.”

“Vale.”

“¿Te sigue quedando mucho? Es que me aburro…”

“Pues comprate un burro.”

“Já, já, já, qué graciosa

“No, en serio, no te vendría mal un poco de compañía.”

“¡Serás imbécil…!”

Guardo el móvil en el bolso –sin necesidad de contestar al último mensaje de mi amiga– y entro en la cafetería para encontrarme con ella. La diviso al fondo del local, en una mesa apartada, con la cabeza agachada y absorta en la pantalla de su móvil. Cuando levanta la mirada de éste y me ve, sonríe y espera a que me siente en la silla frente a la suya.

–Vale, ahora dime: ¿cuál es esa cosa tan importante que no podía esperar ni si quiera a que me acabara de comer un delicioso plato de espaguetis? –le pregunto, apoyando la barbilla sobre la palma abierta de mi mano, mostrándole todo el interés posible después de que mis tripas rujan por tercera vez en menos de veinte minutos. 

 –Am… –se rasca la cabellera, buscando la forma adecuada de empezar, lo que parece ser, un largo relato –Pues verás, esta mañana me he encontrado con un chico muy mono que me ha invitado a un refresco y…

 –Espera –la interrumpo, abriendo la palma de mi mano a centímetros de su rostro para que no siga hablando –, ¿por eso no has querido acompañarme a comprar el regalo de cumpleaños de Finn? –frunzo el ceño. 

Asiente con delicadeza, mostrando una sonrisa de disculpa, aparentemente arrepentida. O simplemente porque no quiere que me enfade con ella. ¿Desde cuándo mi mejor amiga me abandona entre artilugios de cocina para pasar tiempo con un desconocido que la invita a tomar un refresco el cual quién sabe si llevaba alguna sustancia tóxica que hubiera podido acabar con su vida en escasos cinco segundos? Aunque, si empiezo a pensar con esa cosa llamada cerebro que ocupa gran parte de mi cabeza, quizá me dé cuenta de que si de verdad su bebida era tóxica, ya se habría muerto hace tiempo, ¿no? 

Charlotte me observa sin pestañear. No sé qué espera que haga o que le diga, porque en verdad no sé qué hacer o qué decir. Esto es nuevo para mí.

Sí, estoy admitiendo que en la vida me han dado plantón por un chico, hasta ahora. ¿Algún problema…? Porque, si es así, puedes dejar de leer y buscar otra cosa más interesante que hacer. Pero claro, si dejas el capítulo a medias o cierras el ordenador justo en este mismo momento… nunca conseguirás averiguar quién es el Chico Mono del que Charlotte no deja de hablar a la vez que te estoy contando esto. (Si se entera de que interactuo con desconocidos y que encima les cuento cosas que –en teoría– deberían quedar guardadas en una caja metálica bajo llave, me mata.) 

Según la descripción que ha dado de él, es rubio y de ojos azules, y si a eso le añades que sea delgado y esté cuadrado… Entonces encaja con el perfil de… ¡Bob Esponja! Con todos mis respetos al Sr. Esponja, no veo a mi amiga saliendo con una esponja parlanchina-come-hamburguesas que vive en una piña naranja en las profundidades del mar, cuya afición es sacar a pasear a un caracol extraño llamado Gary y divertirse con una estrella de mar rosa de nombre Patricio, cazando medusas. Por no mencionar que su jefe es un cangrejo avaricioso y su vecino un calamar de muy malas pulgas. Me has pillado, yo también solía ver tropecientos capítulos de Bob Esponja aún estando todos repetidos. En fin, no sé cómo he acabado contando esto. 

–¿Y cómo dices que le has conocido? –le pregunto, dando un sorbo a su baso de coca-cola mientras me atraviesa con la mirada. 

–Digamos que… me salpicó de su té helado.

–O sea que te tiró el baso encima –especifico, siendo incapaz de entender cómo alguien puede creer que un chico es mono cuando le ha derramado la bebida encima. Lo único que puede llegar a ser es idiota, desde mi punto de vista personal. Claro que es diferente al del resto de chicas del planeta. Si llego a ser yo la que ocupa el papel de Charlotte en aquella escena, estoy casi segura de que el chico no me volvería a dirigir la mirada del jaleo que le hubiera montado allí mismo, delante de todo el mundo. 

–¿Qué hiciste después? 

Ni yo sé desde cuándo me interesan estos temas, quizá solo se lo esté preguntando para parecer lo suficientemente interesada que incluso yo me dé por satisfecha. 

–¿En serio que quieres saberlo? –¿Por qué no? Ahora es Charlotte la que frunce el ceño, agarrando el vaso para que yo no pueda darle otro sorbo antes de seguir hablando –Después de que me pidiera disculpas y me pagara otro batido –que no entiendo para qué demonios se lo paga cuando ella ya tiene uno–, nos sentamos en la primera mesa que quedó libre y estuvimos hablando sobre lo increíblemente aburrido que es esperar las colas del supermercado.

Tengo que morderme el labio para no reír. 

–¿Lo aburridas que son las colas del supermercado? ¿Estás bromeando? No os habéis podido pasar tanto tiempo hablando sobre esa chorrada… –digo, casi exclamando. 

–También hablamos de los cangrejos marinos. Además, me contó que el verano pasado uno le clavó las pinzas en la planta del pie izquierdo y le dieron quince puntos, por lo que ahora tiene una gran cicatriz atravesándole el pie. 

Hago una mueca entre horror y al mismo tiempo diversión; no sé si me parece doloroso o divertido. 

–¿Cómo se llama? –le pregunto. 

–¿Quién? –contesta, con una pizca de desconcierto. 

–Él. 

–Ah, ni idea. 

Ahora sí que sí, esto ya es el colmo, se sale fuera de lo normal. ¿Qué no sabe su nombre? ¡Qué no sabe su nombre! ¿Quién narices es capaz de estar con alguien y ni si quiera preguntarle el nombre? ¡Yo desde luego que no! 

–¿Qué pasa? –me pregunta, cuando no dejo de mirarla con cierto asombro. Como para no. 

–Lo tuyo no es normal –contesto, negando con la cabeza – Lo primero que hacen dos personas civilizadas –pongo excesivo énfasis en esta última palabra –es presentarse, decirse el nombre uno al otro mientras se estrechan las manos o se dan un par de besos en la mejilla. Pero creo que se os olvidó ese insignificante, pero al mismo tiempo, importante gesto.

–A no ser… –me interrumpe Charlotte, bajando la mirada al suelo polvoriento del local con las mejillas teñidas de un color rosa, casi rojo. 

–¿A no ser que qué? 

Juega con los dedos de sus manos, mordiéndose el labio inferior con torpeza; como continúe así, se va acabar haciendo un pequeño corte y acabará sangrando.  

 –A no ser que haya estado tan distraída intentado hacer desaparecer el revoloteo de mariposas que sentía en el estomago como para preguntarle por su nombre. 

Esta es la parte de la conversación en la que todo cobra sentido. O, por lo menos, casi todo. Todavía me queda por entender cómo han podido pasarse tan tiempo hablando sobre, nada más y nada menos que las colas del supermercado y los cangrejos marinos. Por lo menos tienen un par de cosas en común. Algo es algo. 

Quién iba a decir que Charlotte se iba a enamorar del primero –y espero que del último– chico que le tire el baso encima. 

Echo un vistazo al reloj que adorna mi muñeca y, cuando este marca las ocho en punto, mi amiga y yo abandonamos el recinto en el que hemos pasado la mayor parte de la tarde, para dirigirnos a la parada más cercana de autobús, donde cogemos juntas el primero que pasa. Como Charlotte vive a tan solo un par de manzanas de mi casa, cuando ella se baja, a mí solo me toca esperar una parada más antes de sacar las llaves del bolso y abrir la puerta de casa, subiendo directamente a mi habitación al averiguar que estoy otra vez sola. 

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