Merry Me♡

Harry Styles♡

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20. Secuencia de desastres.

Capítulo 17: Secuencia de desastres.

{Desde ahora en adelante narra Harry}.

Acaricié la mano de Jenna. Ahora no lo hacía porque quisiera pedirle perdón, como acostumbré todos estos años, sino que lo hice para que supiera que estaba allí con ella, a su lado y que desde este día no la abandonaría.
—Harry, no te duermas con el traje puesto —me dijo Jenna cuando me acosté en “nuestra” cama. Veía las cosas como si estuvieran cubiertas de una neblina brillante y espumosa, lo único que distinguía era lo bella que seguía luciendo ella a pesar de estar cansada por un día tan agotador como nuestra boda.
El alcohol se me subió a la cabeza enseguida, deseaba tenerla entre mis brazos cuanto antes, de verdad la deseaba. Pero reprimí mis impulsos y mantuve el poco autocontrol que me quedaba para quitarme el traje y ponerme el pijama.
—Por Dios, estás tan ebrio. Juraba que volverías a besar a Louis —no entendí de qué estaba hablando, ¿yo besar a Louis? Él me besó a mí.
—Soy irresistible, lo siento —rio conmigo y se quitó el vestido frente a mis ojos. Quedó en ropa interior y abrí los ojos antes la confianza que teníamos de pronto.
Ella se dio cuenta e hizo una mueca.
—Ya estamos casados, es legal. Además no es la primera vez que me ves así, si mal no recuerdo: estuvimos desnudos en esta habitación hace un tiempo —me perdí en ese glorioso momento. Aún sentía los nervios a flor de piel y las imágenes eran tan nítidas dentro de mi cabeza por culpa del alcohol, que me quedé imaginando y recordando lo que pasó y lo que pudo haber pasado.
—No seas un pervertido, Rizos —Jenna me lanzó una almohada al darse cuenta de lo que pasaba por mi mente. Me reí y la invité a acostarse a mi lado.
—Disculpa, pero ahora “es legal” —le respondí con sus propias palabras.

(…)
Al otro día, mi cabeza era una bomba de tiempo. Beber dos noches seguidas no era lo más recomendable, pero se me quitó todo el dolor –o me obligué a dejar de quejarme- cuando no vi a Jenna a mi lado. 
¿Había sido un sueño?
Oh no, ¿y si soñé todo? ¿Si soñé que finalmente me había confesado y que nos casamos? No podría seguir viviendo así.
—¡Harry, es el día! —exclamó alguien. Era la voz de Holly, que entró deprisa a mi habitación con los ojos tapados por su mano y se puso a dar saltos en el umbral.
—¿De qué día me hablas? —le pregunté asustado.
—¡Del cumpleaños! —gritó. Y mi vida se vino abajo. Todo había sido un sueño. Jamás besé a Jenna, jamás me confesé, jamás nos casamos. 
Froté mis ojos, arruinado como estaba no quería celebrar mi cumpleaños otra vez. No sería capaz de confesarme en la vida real. Por supuesto que todo había salido de las mil maravillas y me había casado con Jenna, todo porque lo soñé.
—Holly, no estoy de ánimos —le dije abatido. Sólo quería quedarme acostado hasta que me consumiera en mi miseria y muriera.
—Pero Jenna te está esperando con el desayuno listo, se enojará mucho si sabe que no quieres celebrar su cumpleaños.
Me levanté de golpe.
—¿Su cumpleaños? —susurré.
—¡Lo olvidaste! Te va a matar. Estaba muy emocionada de que la boda fuera un día antes de su cumpleaños.
¡Claro! Era el cumpleaños de Jenna, lo había olvidado por una milésima de segundo por culpa de la resaca y los preparativos de la boda. Ella tenía todo el derecho de matarme.
Pero si mis dieciocho ya pasaron, eso significaba que en realidad me había casado con ella, y que esto era la realidad y que pasaría el resto de mi vida con Jenna.
—De acuerdo, dile que bajo en cinco minutos.
Holly se fue algo confundida, pero no le di importancia.
Dios, estaba casado. Miré mi mano y en efecto, ahí estaba el anillo que confirmaba mis deseos. No podía estar más feliz.
Me vestí rápido, pero ordenado, no quería causarle una mala impresión a “mi esposa” en nuestro primer día como matrimonio. Pero me detuve en seguida, no le tenía un regalo. Era un idiota, ¿cómo se me había olvidado esta fecha? Al menos no podría asesinarme hasta mañana, nuestros cumpleaños seguían siendo días de tregua.
—Hasta que al fin te decidiste en bajar. Tus ronquidos ya me estaban poniendo nerviosa —me dijo en cuanto me vio entrar el comedor. Estaba sola sentada frente a la mesa y un millar de comida en abundancia—. Mis padres siguen durmiendo y los chicos están tirados por allí en el jardín durmiendo después de que siguieron la fiesta aquí.
No escuché nada de lo que dijo, en parte porque el dolor de cabeza no me dejaba entender nada con demasiadas palabras y porque estaba concentrado observando como se movían sus labios.
—Feliz cumpleaños… —le dije. Ella sonrió y bajó la mirada avergonzada. No podía creer lo mucho que amaba a esa chica.
—Ven a desayunar conmigo, hay comida como para un ejército.
Me senté a su lado y comimos mientras bromeábamos de lo mal que amanecerían los demás.
—Espero que Nana les orine encima —dijo entre risas.
—Y que Asesino los rasguñe.
—Su nombre es Esponjoso —reclamó mientras mascaba su tostada.
—Como digas —le dije haciendo un gesto de inferencia con la mano. No cambiaría de parecer, esa bola peluda y tierna con patas que me regaló parecía un asesino de cortinas. 
No mencionó nada de un regalo, pero sabía que lo estaba esperando y que yo no tenía ninguno. Así que me puse a pensar en una buena idea en lo que terminaba mi café.
—Apresúrate —la interrumpí de pronto. Ya tenía el regalo.
—¿Por qué?
—Porque hoy tendremos una cita —en mi memoria no tenía ninguna cita de los dos, solos, sin los chicos ni interrupciones rubias que intentaran quitarme a mi esposa y que después se enamoraran de su mejor amiga –cof, cof, Niall, cof, cof-, así que este sería el día perfecto. Sin mencionar que nadie se encontraba en una buena situación como para acompañarnos.
Salimos de prisa, antes de que los demás despertaran. Nos subimos al auto y le pedí a Jenna que me dejara conducir a mí esta vez, sería su chofer por el día.
—No, gracias. No quiero morir el día después de mi boda —me dijo. Pero yo refunfuñé y la empujé al asiento de copiloto. Había mejorado bastante, así que no corríamos peligro de morir. Todavía.
Jenna fue aferrada al cinturón de seguridad todo el trayecto, seguro aún no olvidaba que había atropellado a Sparks, por lo que fui lento para no asustarla.
Primero la llevaría al cine, después pasearíamos por el parque y terminaríamos con una cena romántica en algún restaurant.
Pero a penar llegamos al cine, vimos una fila para comprar las entradas.
Estuvimos de pie esperando alrededor de media hora y cuando fue nuestro turno, sólo quedaban funciones para una película alemana y otra francesa. Elegimos la francesa y compramos palomitas, aunque la vendedora se confundió y nos dio saladas y en vez de gaseosas nos dio jugo.
Mientras veíamos la película, ninguno dijo nada acerca de lo aburrida que era. Tampoco de lo mal que sabían las palomitas o de lo ácido que estaba el jugo. Nos limitamos a quedarnos en silencio y disfrutar de la compañía del otro, de todas formas, hubiese sido peor quedarse en casa a escuchar como Louis le gritaba mitad borracho a todo el mundo, y como le decía a todos que amaba a Laura, la pareja que Maartu le consiguió y con la cual se llevaron de las mil maravillas nada más verse. Su juego favorito en la boda fue “avergoncemos a Harry frente a Jenna”.
Sin embargo, de la nada comencé a oler algo fuerte, como a cosas quemadas, y un guardia entró agitado gritando:
—¡Hay un incendio, por favor, salgan de la sala! —cortaron la película y le di la mano a Jenna para que no nos perdiéramos.
Así que la cita en el cine no había resultado como lo planeé. Aunque aún me quedaban dos alternativas.
La llevé hasta el parque más cercano y le dije que podíamos caminar. 
—Claro, pero no nos alejemos demasiado —no entendí porque pidió eso, estaríamos bien, conocía este lugar como la palma de mi mano. Pero no fue cosa de ir por la mitad del parque y donde las cosas parecían ir bien, cuando se desató una lluvia de improvisto que nos empapó sin piedad. Corrimos para refugiarnos en algún lugar con techo y que estuviera seco, pero toda la gente corría también para protegerse. Se me había olvidado que en Inglaterra llovía la mayoría del año.
Así que pasé a la alternativa tres. Una cena romántica.
Pero no encontramos ningún sitio, ya que todos se refugiaban allí por la lluvia o necesitábamos reservación.
Al final, entramos a un McDonalds y compramos dos cajitas felices. 
Nos sentamos en un rincón apartado de los gritos de los niños que corrían de un lado a otro jugando y molestando a sus padres.
—Creo que no fue buena idea salir —le dije.
—No estuvo tan mal, me divertí corriendo —contestó mientras le daba la primera mordida a su hamburguesa. Sonreí por inercia y agradecí que no estuviera enojada conmigo.
—De todas formas arruiné nuestro primer día como casados y tu cumpleaños.
Se quedó en silencio unos minutos y de repente, se levantó.
—¿A dónde vas?
—Vamos, allí hay juegos y un tobogán, mostrémosles a esto niños como divertirse al estilo de los 90’.
Me levanté para acompañarla y aproveché de tomarla de la cintura y besarla. Inmortalicé ese momento en mi memoria, de lo bien que olía su cabello y lo suave que eran sus labios, también la manera en que se afirmó de mis hombros cuando se le acabó el aire y la tierna y tímida sonrisa que tenía bajo el beso cuando nos separamos.
—Cuando terminemos de jugar, vayamos a casa, fue un día agotador —me pidió. Yo asentí y caminamos hasta los juegos, pero me detuve al recordar algo.
—Espera un segundo…
—¿Qué sucede, Harry?
—Olvidé donde estacioné el auto.
   
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