Merry Me♡

Harry Styles♡

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3. Perdidos.

Capítulo 2: Perdidos.

9 años

Abi estaba sentada conmigo en la clase de literatura, enfrente estaban Fátima y Sol, y en el primer puesto al lado de la mesa de la maestra se encontraba Harry. 

Había pasado un año desde que él llegó y las cosas se complicaron bastante en mi vida. Resultó que Harry era un estudiante ejemplar y se llevaba de las mil maravillas con Lily haciendo los deberes y realizando proyectos. Con Holly las cosas eran casi iguales, lo del empujón cuando se conocieron quedó en el olvido y Harry se comportaba como el hermano mayor de mi hermana. Pero conmigo ni siquiera se atrevía a mirarme directamente a los ojos, la última vez que lo hizo fue cuando se disculpó con Holly, desde ese día en adelante me evitaba, me dirigía la palabra sólo cuando era necesario y trataba en lo posible de no estar en la misma habitación que yo.

¿Acaso olía mal? ¿Era fea? ¿O no le agradaba? 

Era como vivir con un fantasma, sabía que estaba ahí pero no lo podía ver. Era un niño despreciable. Nada comparado con su madre, la mejor niñera que haya tenido, salvo por el pequeño detalle de que aún no me dejaba comer galletas después de las ocho.

Sin embargo, desde la misteriosa aparición de esas galletas frente a mi puerta, cada vez que hacía una pataleta, a la medianoche unas galletas sobre una servilleta tocaban mi puerta. Comencé a creer seriamente que el hada de las galletas con chispas de chocolate existía.

La maestra leía un aburrido poema. Puse cara de concentrada, pero en realidad estaba pensando en como convencer a mi mamá para que me dejara ir a la casa de Fátima esta tarde con Sparks. Seguramente me diría “lleva a Harry”. Antes me molestaba que me obligara a ir a todos lados con Holly, pero misteriosamente se le metió en la cabeza que el niño rizos podía ser mi amigo. Error, él jamás lo sería.

No me gustaba la idea de que él fuera a la misma escuela que yo, por alguna razón que estaba fuera de mis conocimientos mis padres le pagaban la educación a Harry y a Gemma. Para Navidad les daban regalos, los dejaban comer en la misma mesa que a nosotros y eran libres de reglas y listas de alergias y cosas que se debían hacer. 

—Jenna, podrías decirle a la clase de qué se trataba el poema —salté en mi asiento y me aparté un mechón rubio de cabello que caía sobre mi frente. Cuarenta pares de ojos se giraron a mirarme, recordé que la abuela siempre me decía que si no sabía algo sonriera y me echara el cabello hacia atrás con delicadeza. 

Lo hice como me había enseñado, pero no pareció surgir efecto. La sonrisa era más parecida a una mueca sarcástica y cuando me iba a echar el cabello hacia atrás, se me enredaron los dedos entre éstos.

Escuché algunas risas, la más fuerte era la de Sandy Dale, que estaba sentada junto a Harry. Ella le susurró algo al oído y se rio más fuerte, pero a Harry no pareció hacerle gracia.

—Te estamos esperando, Jenna —me dijo la maestra, caminando hasta mi puesto con la mirada que ponían las personas cuando hablaban con un enfermo mental. Eso me molestó.

Miré hacia el lado y Abi se encogió de hombros, ella tampoco había prestado atención. Sol y Fátima tampoco sabían, negaban con la cabeza para que no les preguntara nada.

Sentí ganas de llorar, la maestra me estaba avergonzando.

—¡Jenna descerebrada! —gritó Sandy desde el primer puesto. Toda la clase estalló en carcajadas, excepto mis amigas y Harry, que seguía tan serio como en un funeral.

En una mirada fugaz que le lancé, vi como el gesticulaba algo con los labios. Me estaba mirando directamente y decía algo. Aproveché que todos reían y que la maestra trataba de hacerlos callar para entender el mensaje.
“Amor”, eso le entendí.

—Amor —dije en voz alta en el preciso momento en que se hizo un silencio en la sala. 
—¿Cómo dices, Jenna? —me preguntó la maestra.

—Dije que el poema es de amor —le repetí.

Ella se dio media vuelta a mirar al resto de la clase y caminó hasta el frente de la pizarra.
—Harry, ¿por qué el poema es de amor? —le preguntó la maestra.

—Porque se compara a la amada con el verano, señalando que ella es mejor que eso —la clase seguía en silencio y vi como mis compañeros asentían. A Harry siempre le daban la razón, podía tratarse de zombies el poema, pero si él decía que era de amor y unas cuantas cosas más, todos le creían.

Pero resultó que estaba en lo correcto, porque la maestra sonrió y escribió en la pizarra el título del poema.

—Muy buena interpretación, Harry. Es un poema complicado, ya que es de uno de los más grandes escritores de la historia.

Leí lo que estaba en la pizarra y decía: “A un día de verano compararte”.

—Abigail, dinos ¿quién es el autor de este poema? —al igual que conmigo, todos miraron a Abi. Ella se puso nerviosa, comenzó a jugar con 
el lápiz que tenía en las manos y se mordió el labio. No tenía la menor idea.

Volví a mirar a Harry, con la esperanza de que le dijera la respuesta a Abi. Mas no lo hizo, se quedó mirando a mi prima al igual que Sandy, con una sonrisa burlona.

Lo estaba haciendo otra vez, se creía mejor que el resto sólo por ser más listo. Me pregunté que pensaría Sandy si descubriera que Harry era el hijo de mi niñera y no el de un gran empresario que vivía en Londres, como todos creían.

Pudo haberme ayudado hace un momento, pero eso no afectaba en nada a la idea que me formaba sobre él si después se burlaba de mi prima.

—No lo sé, maestra —respondió Abi. Suspiré decepcionada y fulminé con la mirada a Harry. Ya se las vería conmigo.

—¿Alguien lo sabe? —preguntó de forma general la maestra.

—William Shakespeare —gritó Sandy. Seguro que Harry le había dicho la respuesta, ella era tan tonta como la estúpida mochila de Barbie que tenía detrás de su silla. 

La maestra la felicitó y le dio una estrella a su mesa. Cuando finalizaba el mes, había reunión de apoderados, se sentaban en el puesto de sus hijos y veían cuantas estrellas tenían pegadas a la mesa, era una estrategia para informarles como nos iba en nuestro desempeño académico. Abi tenía cinco, Fátima siete, Sol seis y yo una, que ni siquiera recordaba como la había ganado.

—Sandy es una tonta, sólo quiere llamar la atención de Harry —dijo Fátima en el recreo. Estábamos sentadas sobre el césped de la Academia Westfield, era un castillo grande que antiguamente fue utilizado como centro de fiestas y reuniones importantes dentro de la alta sociedad. Con los años se le perdió el uso y alguien lo compró para poner una escuela exclusiva para los niños de los grandes empresarios de Canterbury. Yo hubiese preferido ir a una escuela pública, por lo que me contaba Ellen, allí los niños eran tan burros como el animal, y eso a mí me venía a la perfección, no soportaba el nivel de exigencia de esta escuela. A los nueve años enseñándonos versos de Shakespeare cuando podríamos leer C.S. Lewis.

Que a Sandy Dale le gustaba Harry no era un secreto, el año pasado en su primer día de clases, Sandy fue la primera en hablarle y le sugirió a la profesora que Harry se podía sentar con ella. No me molestó del todo esa decisión, yo tuve que estar sentada con Harry antes del cambio de puesto, así que de manera anónima se lo agradecía.

—Y lo está logrando de la forma en que lo llama en medio de un examen —dijo Sol. Todas reímos, pero no nos dimos cuenta de que Sandy pasaba por nuestro lado y nos había escuchado. Corrió tan rápido que en menos de unos segundos ya estaba fuera del alcance de nuestra vista.

—Nos metimos en serios problemas —dije.

—¿Por qué? Se lo tenía merecido —me dijo Fátima. Yo negué con la cabeza, ellas no comprendían. Sandy iría donde la maestra y le contaría lo que escuchó, se haría la víctima y a nosotras nos castigarían.

—Me iré a disculpar antes de que esto empeore —les dije, poniéndome de pie.

Ellas se quedaron con la boca abierta e intentaron persuadirme aún sin entender por qué lo hacía. Fui por el mismo camino de Sandy y la busqué. No estaba en los baños, ni en los pasillos, ni en la banca en la que siempre se sentaba con sus amigas, ni en ningún lado.
—¿A quién buscas, Jenna Descerebrada? —me preguntó Liam, uno de los amigos de Sandy. Era un chico alto para su edad, de cabello castaño y de rostro amable. El problema estaba en que al lado de Sandy parecía su guardaespaldas.

—A Sandy —le contesté, me guardé “la tonta de tu amiga” para evitar posibles daños, él también podía acusarme a la maestra.
—Yo iría por el bosque de pinos, iba muy triste hacía allá de la mano de Harry —apuntó hacía el patio y desde aquí pude ver la copa de los pinos que se extendían hacia los límites de Canterbury.

Me dirigí hacia allá, escuchando la risa de Liam a mis espaldas. Algo se tramaban, pero no contaban con que yo era más astuta.
Las ramas me golpeaban en la cara y mi falda se enredaba en los arbustos, tenía el cabello revuelto por el ajetreo de caminar sobre una superficie con piedras y hierbas y pinos que se alzaban sobre mi cabeza.

Dónde estarían, llevaba dando vueltas más de cinco minutos.

Escuché a lo lejos la campana que ponía término al recreo, no los había encontrado así que me rendí. Sólo había un inconveniente, no sabía a donde ir.

Traté de recordar por que árboles había pasado, pero todos eran iguales. Ni siquiera podía distinguir las huellas que dejé de las hojas secas que había en el suelo.

Estaba tan asustada que me puse a llorar. Me senté al lado de un árbol y aferré mis rodillas contra mi pecho. Papá me había contado algunas historias de niños que se perdían y que no aparecían nunca más, era para infundirme miedo y no salir de casa yo sola, ya que una vez me escapé para ir al cine a ver una película. Mis papas me decían que no era seguro que ni yo ni mis hermanas camináramos solas por el parque o que fuéramos a cualquier lado sin supervisión, según ellos nos podían secuestrar para pedir una recompensa. Nunca les creí esa historia, pero la de los niños perdidos sí porque en Peter Pan los niños en verdad se habían extraviado y en Nunca jamás estaba lleno de peligros debido a Garfio.

Yo estaba perdida en medio de un bosque que no debería estar dentro de los límites de una escuela, sola, llorando y seguro con un castigo en cuanto saliera de esta. Si es que lograba salir.

—Jenna, ¿eres tú? —me limpié las lágrimas en cuanto escuché mi nombre y me puse de pie en un parpadeo. Frente a mí estaba Harry, con el cabello desordenado y con la chaqueta del uniforme destrozada. En una situación normal lo hubiese ignorado, pero el susto que me llevé al creer que me quedaría sola para siempre en medio del bosque hizo que me lanzara a sus brazos y que no soltara hasta que nos tambaleamos y nos caímos.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó. Me limpié la nariz y me aparté de él, era la primera vez que lo veía tan preocupado y que me dirigía más de dos palabras juntas.

—Buscaba a Sandy.

—¿Para qué?

—Mis amigas y yo le dijimos tonta, me quería disculpar para que no nos acusara, pero los planes no salieron como esperaba —él se levantó y me tendió una mano. Ya no tenía tantos rizos, Anne le había cortado el pelo hace unas semanas, ya que en la escuela no permitían que los hombres llevaran el cabello muy largo. No quería admitirlo, pero la única cosa que me gustaba de Harry eran sus rizos.

—¿Y tú qué haces aquí? —fue mi turno de interrogarlo. Emprendimos marcha lentamente, yo sólo seguí a Harry, esperaba que no estuviera tan perdido como yo.

—Venía con Sandy. Pero era una broma —nos detuvimos y lo miré—. Estaba con dos chicos más grandes y me golpearon para que le hiciera la tarea a Sandy. Creo que eran sus hermanos —sabía a quién se refería, los horrorosos Will y Mark, los hermanos mayores de Sandy y matones oficiales de Westfield. Eran corpulentos y tan estúpidos como su hermana.

—¿Y qué les dijiste? —su historia era mucho más interesante que la mía, y a pesar del odio que le tenía, cierta parte de mí tenía pena.
—Que no, por eso estoy así —se señaló así mismo y me fijé que tenía un moretón en la mandíbula.

—Así que los dos nos perdimos por culpa de ella. No me molestaría que dejaras de darle las respuestas en las clases de literatura, después de lo que te hizo.

—Mira quién lo dice —me dijo con tono de burla. Ya volvía a ser el niño antipático de siempre.

—En mi defensa…—no tenía nada con lo que excusarme. Guardé silencio, esperando a que Harry olvidara lo que yo había dicho— ¿Sabes por dónde vamos? —cambié de tema.

—Sí, sólo sígueme —para mí eso era suficiente. Harry no podía hacerme nada, de lo contrario despedirían a su madre, así que en cierta manera estaba segura a su lado.

Caminamos un rato más y noté como la espesura de los arbustos se despejaba, alcanzaba a ver las torres del castillo y la campana en la ventana más alta.

Nuestra siguiente clase era matemáticas, cuando entramos a la sala despeinados, sucios y con la ropa rasgada, la maestra casi se desmayó. Nos envió a la dirección y tuvimos que explicarle lo sucedido al director. Dijimos la verdad.

Desde ese día Sandy odio incluso más a Harry que yo, lo estimé un poco más por haberme salvado y la maestra cambió de puesto a esos dos. Harry se sentó con Fátima y Sandy con Mike Grey, un niño pelirrojo que comía pegamento y que escupía al hablar. Sin embargo, Sandy no se quedó de brazos cruzados.

Al otro día, descubrió que Harry era hijo de mi niñera y mi duda fue resuelta. Se burló de él frente a toda la clase, no descansó ni un día, le hizo la vida imposible junto con sus hermanos. Hasta que una mañana Harry no se subió en el mismo auto que nosotras para ir a la escuela, sino que se fue de la mano de Gemma en la dirección contraria. Esa tarde, cuando le pregunté a Anne el por qué Harry no fue a la escuela, me dijo que él le había rogado para que lo cambiara a una escuela pública. Y ahí fue cuando comenzó mi eterna enemistad contra Sandy Dale.

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