Merry Me♡

Harry Styles♡

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21. Entrometido.

Capítulo 18: Entrometido.

18 años

Desperté a Jenna con una patada en la pierna. Fue suave, nada violento, tampoco quería agredirla. Pero eso no la convenció cuando por accidente terminé botándola de la cama.
—¡Me las pagarás, Harry! —rugió levantándose con rapidez y abalanzándose sobre mí— ¿Por qué hiciste eso?
La posición no era muy sutil, se había lanzado y se subió a mi torso, con ambas piernas a mis costados. Seguro que su idea era que yo no escapara, pero a mi se me ocurrían miles de ideas más y no estaban involucradas con su propósito. Pero me contuve, porque hoy era el gran día.
La tomé de la cintura y con un movimiento delicado la bajé de mí. Me miró perpleja, ni siquiera di indicios de ejercer fuerza o de que ella pesara.
Hacer ejercicio estaba dando sus frutos.
—Cálmate, Jen. ¿Acaso no recuerdas que día es hoy? —entrecerró los ojos e hizo memoria. Sonreí al verla tan concentrada y aparté un mechón de cabello de su frente.
—Sábado —respondió finalmente.
—¿Y qué hay este sábado? 
—¡No lo sé! Lo único bueno de ser sábado es que no hay escuela, que terminamos el año escolar ayer y que… ¡Oh, por Dios! ¡Nuestra luna de miel! 
Se tapó la boca con las manos del asombro, y de la torpeza de no recordar un día como este. Aún me pregunto cómo es que llegó a la boda correcta.
Le aparté las manos y me incliné sin apartar mis ojos de los suyos, ella no parpadeaba, sólo se limitaba a mirarme con una intensidad que nunca antes había distinguido antes. Mis más profundos pensamientos deseaban que fuera por la misma razón por la cual me he contenido todo este tiempo.
Ladeé mi cabeza y la besé no como otras veces. Este beso era especial porque ambos sabíamos que después de este viaje no volveríamos a ser los mismos. No me separé hasta que ella lo hizo por falta de aire, me quedé mirándola unos minutos más, como intentaba pasar desapercibido el sonrojo de sus mejillas. Era irrelevante que llevásemos una semana de casados, yo desde hace muchos años que conocía el significado de cada uno de los gestos y expresiones de Jenna.
—El vuelo sale a las diez, y son las ocho. A menos que queramos esperar el siguiente vuelo que es dentro de dos días más, será mejor que nos demos prisa —le dije. Ella se levantó de la cama de un salto, corrió hasta su armario que compartíamos y sacó toda la ropa que encontró.
—Jenna… allá hará calor, no creo que necesites un chaleco.
—Uhmm… cierto —vaciló unos segundos, dando vueltas por la habitación, hasta que se decidió y del otro armario que tenía, sacó decenas de camisetas, shorts, uno que otro vestido y zapatos. Sacó la maleta que tenía debajo de la cama, todo eso en un minuto y lo metió dentro sin doblar u ordenar, y la cerró. Y ahí tenía todo listo para un viaje de dos semanas al caribe.
—Nunca cambiarás —le dije. 
—¿Y tú? No puedes decirme eso, tú estás allí acostado como si fueras un rey, ¡Hace tu maleta!
—Hice mi maleta hace dos días, también arreglé los papeles y los pasaportes de ambos, reservé transporte en cuanto llegásemos al hotel y arreglé unas reservaciones para que visitemos distintos lugares del caribe.
Se quedó en silencio, observándome de arriba a bajo mientras yo le sonreía con sorna.
—Me he casado con una agenda humana —dijo al final. 
No me ofendí por su comentario, a menudo le hacia referencia sobre su torpeza o la falta de organización que tenía, y sabía que estaba mal ser cruel con ella, en especial porque que la amaba y era mi esposa, pero llevaba años siendo distante con Jenna con el motivo de ocultar mis sentimientos, que se volvió una mala costumbre después de un tiempo. No lo hacía con querer, lo menos que quería era lastimar sus sentimientos, ya que me sentiría inmensamente miserable si eso ocurriera. Por eso, aceptaba con una sonrisa los insultos que se le ocurrieran.
—De todas formas, no te quedes allí. Ayúdame a ordenar mis cosas.
—¿Cuál es la palabra mágica? —hizo un mohín de decirlo, pero prefirió hacerse la desentendida y me dedicó una mirada asesina.
—Ahora, Harry.
—No, gracias. Estoy muy cómodo aquí, en nuestra cama con las sábanas tibias, y el colchón tan suave…
—¡Por favor! ¡Abracadabra! ¡Te amo! ¡Te lo suplico! Vamos, una de esas tiene que ser —exclamó algo más desesperada. Jenna era un desastre.
Y lo mejor es que ahora era mi desastre.
—La palabra mágica fue la tercera, y como la dijiste… te ayudaré —sonrió aliviada y me levanté.
Acomodé su ropa, también la doble y le elegí algunos conjuntos con los que sabía se vería hermosa. 
Nos vestimos en silencio hasta que bajamos a desayunar. Allí nos esperaban todos, desde Ellen la cocinera que me entregaba las galletas con la ilusión de conquistar a Jenna de niños, hasta mis suegros y mi madre.
—¡La pareja del año! —exclamó mi suegra y dio pequeños saltos de emoción. Holly le dijo que se calmara y su madre le respondió con un divertido “No seas amargada, Holly”.
Desayunamos rápido, no teníamos mucho tiempo. 
No nos entretuvimos con despedidas muy largas ni sentimentales, volveríamos en dos semanas así que no era algo definitivo.
Jenna no me dejó conducir de camino al aeropuerto, seguía sin confiar en mí a pesar de haber sacado mi licencia esa semana.
Llegamos justo a tiempo para procesar los documentos y pasar las maletas, abordamos el avión casi corriendo mientras la voz monótona de una mujer anunciaba que en cinco minutos el avión despegaría.
—Genial, iremos al caribe —dijo Jenna cuando el avión se puso en marcha.
—Para pasar nuestra luna de miel —añadí, acariciando su mano en su regazo. Pero éstas le temblaban y las tenía sudorosas. Supe que estaba nerviosa, incluso más que yo de pasar dos semanas solos sin nadie conocido a nuestro alrededor, de saber que ya éramos mayores de edad y casados. Podíamos hacer cualquier cosa, la que quisiéramos y nadie nos podría regañar.
Yo también comencé a ponerme nervioso.
Pasamos todas las horas de vuelo durmiendo. Antes de que mi celular se quedara sin señal, recibí un mensaje de Louis que decía:
“Nada de sexo en el avión, eso es muy antihigiénico. Esperen a que estén el hotel : D”
Me hicieron guardar el celular antes de que tuviera la oportunidad de responderle con un grandísimo “IDIOTA”.
Jenna se durmió en seguida sobre mi hombro. Me puse a pensar que si las cosas seguían así ella se transformaría en una especia de esposa-hija a la cual tendría que proteger. Me encantaba tenerla a mi lado, pero lamentablemente no podía cuidarla como a una niña. Tendría que madurar.
Ni siquiera pude cuidar a mi madre cuando mi padre la abandonó. No era la persona más indicada para proteger a Jenna. La amaba y estaría a su lado siempre, pero tenía que admitir que no era el eslabón más fuerte de esta relación.
Organicé la boda, la luna de miel y todo eso sacando la mejor calificación de mi clase, pero esas cosas no implicaban velar por los sentimientos de Jenna, la persona más importante para mí.
Así que tenía dos opciones, aprender a cuidarla o que ella madurara. Y no sabía cual de las dos era más utópica. 
Sin embargo, haría todo lo imposible por que esta relación funcionara. O dejaría de amar a los gatos y Jenna de creer en las hadas.

(…)

El avión se deslizó al aterrizar, fue tan suave que no sentí cuando tocó piso firme y una azafata nos tuvo que despertar.
Lo primero que notamos fue que hacía mucho calor. Al bajarnos, nos recibieron con unas guirnaldas florales que nos colocaron en el cuello. Jenna lucía radiante, el ambiente, las flores, el clima, las cosas que descubriría en estas islas se notaba a kilómetros que era lo suyo, así que yo también sonreí cuando nos indicaron que recogiéramos nuestras maletas para ir al hotel y luego visitar la playa para una fiesta de bienvenida que hacían para los turistas.
—¿Crees que habrán bailes y esas cosas? —me preguntó cuando nos subimos a un taxi enviado por el hotel.
—No lo creo, esto no es Hawai, sino el caribe —me golpeó en el hombro y besó mi mejilla enseguida. 
—Ya lo sabía, te estaba poniendo a prueba solamente.
Ambos reímos de su mentira.
Me ocupé de todo lo demás, le dije a Jenna que podía ir a dar un paseo por la piscina del hotel mientras yo acomodaba nuestras cosas. No se opuso y salió corriendo a jugar con el agua.
Nuestro cuarto era grande, mucho más que el de Jenna en su casa. Tenía una cama matrimonial enorme, y casi una sala de estar.
No demoré demasiado en acomodar las cosas. Bajé cuanto antes a la piscina a hacerle compañía a Jenna, estaría sola y no conocía el idioma y a menos que alguien le hablara en inglés, estaría perdida.
Pero lo que vi fue totalmente distinto a lo que yo imaginé.
No estaba sola, sino que conversaba con alguien con los pies sumergidos en el agua. Por la distancia no pude ver quien era, pero estaba seguro que era un chico.
Y recordé el día que coqueteó con ese chico en aquella tienda y me enojé y la ignoré alrededor de un mes. Fue el peor mes de mi vida, tener que soportar a Sandy y agonizar por no permitirme si quiera a mirar a Jenna por orgullo.
Y ahora sucedía lo mismo. 
Con la diferencia de que antes sólo éramos prometidos, ahora éramos marido y mujer, algo legal. Y no podía engañarme, no podía conversar con otros chicos sin mi permiso, simplemente no podía. Yo no miraba a otras chicas, eran invisibles ante mis ojos ¿por qué ella no podía hacer lo mismo con los demás?
Caminé a toda prisa, necesitaba alejarla de aquel estúpido. Ella era mía.
No me preocupé de verle el rostro a ese idiota, sólo lo empujé al agua y tiré del brazo a Jenna para que se levantara y se fuera conmigo.
—¡Hey, Harry! ¿Qué te sucede? —me preguntó, como si fuera complicado de entender.
Me reprimí, no le gritaría. Jamás lo haría.
—No hables con otros chicos, es nuestra luna de miel. Nuestra —le dije en un susurro para que las demás personas que observaban mi ataque de celos no se enteraran de lo que ocurría.
—¿Otros chicos? —dijo incrédula.
—¿A quién llamas “otro chico”? ¡Se terminó, quería ser tu amante, pero ahora no! ¡Lo nuestro acabó, Hazza!
Esa voz, esos gritos y esa actitud. 
Jenna sonrió y acarició mi mejilla mirándome con ternura. Me dio la mano y la apretó fuerte, como cuando yo lo hacía para disculparme.
Louis salió del agua, con la ropa empapada y me fulminó con la mirada.
—¿Por qué hiciste eso, Harry? ¡Creí que teníamos algo especial!
Pero no pude responderle, es que no era posible que él estuviera aquí.
—¿Qué haces aquí, Lou? 
—¡Pues animar sus noches! —gritó y todo el mundo rio.

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