Aventuras Inesperadas...

Dos Amigos deciden ayudar a una compañera nueva de clases, que viene llegando desde Francia. Sin darse cuenta son transportados a otro mundo, donde vivirán la más épica de todas sus aventuras.

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1. El inicio.

El sonido de la lavadora era lento y molesto, la casa olía a fritura de unas sopaipillas recién hechas, lo que abría mi apetito sulfurosamente, entré en la cocina y sin que la abuela lo notara, tomé una “sopaipa” recién frita desde la bandeja donde las depositaba antes de arrojarlas a la olla con chancaca. Me queme los dedos y la lengua a penas la mordí, pero fue un acto de apetecible gloria y valentía.

Agarré mi patineta y me desplace por el pasillo de la casa hasta llegar a la calle, cerré sigilosamente la puerta, para que la abuela no se diera cuenta de me estaba arrancando (me gustaba tener la sensación de estar haciendo algo rebelde) me acomodé mi eterno poleron de “the ramones”, me puse los audífonos y partí.

Eran las 19:13 cuando salí de casa, el “Raco” me recibió en la calle con su brisa cálida y agradable, encendí mi mp3 y empezó a sonar “Blitzkreig Bop” , ubiqué el pie derecho sobre mi tabla a la altura de las ruedas delanteras, y con el pie izquierdo sobre el suelo, di unos cuantos impulsos para coger un poco de velocidad, la linda “Estela” se deslizo con soltura, entonces puse ambas piernas a bailar con ella, y nos fuimos a surcar el camino en busca de mi mejor amigo, Benjamín.

Éramos amigos desde el kínder y vivíamos a unas diez cuadras de distancia, nuestras madres alguna vez habían sido amigas también, pero al paso del tiempo mi mamá tuvo que empezar a trabajar y la mamá de Benja que era divorciada se volvió a casar , su nuevo marido viajaba mucho y ella lo acompañaba casi todo el tiempo.

La calle estaba muy vacía, sin autos ni gente, uno que otro perro deambulaba por el barrio, y un par de gatos dormían sobre los tejados, por lo general hubiese querido espantarlos con alguna piedrecilla inocente, pero ya no me interesaba hacerlo, ya tengo 10 años, no estoy para ese tipo de cosas infantiles.

Seba!- escuche mi nombre a lo lejos, giré mi cabeza y vi al Benja acercarse rápidamente en su patineta al doblar la esquina.

-Hasta que llego el día amigo- exclamó cuando lo tuve cerca, vestía un poleron de color azul con el triángulo de “dark side of the moon” de Pink Floyd, unos jeans rasgados y un gorro de lana sobre la cabeza, ese que nunca se sacaba, se lo regalo su hermana mayor creo, antes de viajar a África, era veterinaria o algo así y se había ido hace unos ocho meses a trabajar allá.

- ¿estás listo? – le pregunté muy ceremonioso, siempre me ha gustado ser un poco teatral para mis cosas, pongo voces y hago payasadas, pero cuando hay que ser serio, lo hago muy bien.

-lo estoy ¿la llamaste por teléfono? ¿Confirmaste que era el día?-me pregunto ansioso.

-no, no… no tuve tiempo, tuve unos trámites que hacer- le conteste en el mismo tono.

- ¿tramites? – Se río- seguro tuviste que ir a dejar a tu hermanita al jardín infantil y luego preparar algo de comer.

- mmm- mascullé, mi mamá trabajaba todo el día para mantenernos a los tres, la pensión de mi abuela se iba en la compra del gas y unos cuantos artículos para la despensa, el resto lo tenía que solventar mamá y lo tengo claro, ella hace lo que puede, pero para Benjamín es complicado sentir lo que yo siento cada vez que ayudo a mamá en casa, su madre siempre está viajando y con suerte ha visto dos veces a su padre, el primer esposo de su mamá. La única que lo cuida es su “nana” una señora gordita que se la pasa todo el día viendo televisión. Él era mucho más feliz cuando su hermana mayor vivía ahí, era entretenida, se la pasaban horas hablando, le estaba enseñando a tocar guitarra y comían pizzas. Pero ahora mi amigo a veces se quedaba pegado en clases y no pescaba mucho lo que decía la profe, yo creo que incluso estaba con depresión, pero nunca lo demostró, se hizo el fuerte.

Jamás lo he visto llorando.

– Vámonos ya- continúe, arregle nuevamente mi poleron y Benjamín tomo posición en su patineta, ambos arrancamos casi juntos, a toda velocidad, al menos la que nos permitían nuestros medios de transporte.

Es “bakan” sentir el raco sobre la cara, es como que te impulsara más y corrieras a mayor velocidad, te sientes más grande e incluso indestructible.

Como un súper héroe, podía vernos en mi mente, al Benja y a mí, surcando los aires en nuestros skates, “I Believe in Miracles” de fondo, derribando muros, utilizando nuestros súper poderes en contra de las injusticias del mundo, con autos espectaculares, de esos que tienen Ironman y Batman, casas llenas de tecnología y mucho dinero, así mi mamá no tendría que trabajar y estaría más tiempo con nosotros, hasta le pagaría unos de esos salones de bellezas a los que les gusta ir las mujeres para quedar aún más hermosas y a mi abuela, le compraría toda la harina del mundo para que hiciera su fábrica de sopaipillas y en nuestro patio haríamos una plantación de zapallos, porque así quedan más ricas y ella se volvería muy rica vendiéndole sopaipillas hasta al presidente para que agasaje a los otros presidentes en sus reuniones, vendrían presidentes de países aparatados del mundo tan solo porque querrían probar las sopaipillas de mi abuelita, las más ricas de los inviernos del mundo.

La luz roja del semáforo me hizo regresar a la realidad, nos detuvimos en seco para luego adentrarnos en la Avenida con más congestión, pero esa, no era la parte más difícil de todo, la parte más difícil sería rescatar a la princesa, igual que los hermanos Mario y Luigi.

-¡Cuidado Benja!- grité- en la próxima esquina hay que doblar a la derecha y ahí hay hartos “lomos de toro”!!

Benjamín me hizo una señal con la mano, indicándome que había escuchado, doblamos la esquina sin ningún problema y vencimos los obstáculos sin dificultad, nos quedaba poco camino por delante, frente a nosotros y a unas pocas cuadras, se dibujaba la casa de Charlotte, imponente, muy grande, con balcones múltiples y una gran reja que la resguardaba, no sería tan sencillo, pero llevábamos trazando este plan desde hace varias semanas.

Al acercarnos más a la casa, vi a Charlotte, de pie, al centro del gran ventanal en el segundo piso, entremedio de dos gruesas cortinas rojas, con su largo cabello cobrizo, sus ojos azules, su tez blanca y las pecas sobre su rostro claro. Le hice un gesto de saludo con la mano, ella lo respondió enseguida.

Benjamín, alzo la cuerda a través de la reja y por el lado contrario Charlotte debía atarla a su gran y pesado bolso.

- Charlotte- susurré- ¿crees que puedas escalar la reja?

- No lo sé – dijo con su acento afrancesado –pero tratare Sebastián- sonrió y PLAF!! Siempre siento una especie de cosquilla en el estómago cuando ella sonríe.

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