Unexpected love

Diana, una chica de dieciséis años, harta de su vida encuentra una salida a sus problemas. Una nueva vida... lejos de España... en inglaterra. En su viaje de avión conoce a un atractivo chico que oculta bastantes secretos. Entre ellos que es un...

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2. 2. Adiós España

Tan solo tuve que aguantar una semana más en el instituto. Estuve más contenta durante esos días pues mis padres no parecían discutir tanto y más aún, algo cambió en el instituto. Creo que fue porque ya me daba igual lo que pasara, iba a irme a Londres en menos de seis días. ¿Qué más daba todo? El lunes hice algo que nunca había hecho. Planté cara a las chicas de mi clase. Fue a la hora de comer, me senté sola, como de costumbre. Aunque no lo parezca sentarse sola a veces tiene sus ventajas. Aquel día había un asqueroso puré de zanahoria, pero de segundo había patatas, lo único bueno del menú escolar. Ya iba a empezar el segundo plato cuando llegaron unas cuantas chicas a mi mesa: María, Lucía, Patricia, Blanca y Sara. Llevaban las bandejas en sus manos y me observaban de pie, con aire de superioridad. Lo que más me apetecía en ese momento era cruzarles la cara a cada una de ellas. Me controlé.

-Creo que no te hacen falta estas patatas… necesitas adelgazar un poco… un poco bastante. -Dijo Sara, las demás comenzaron a reír fuertemente. Era bastante irónico que fuera ella quien me dijese eso pues no es que fuese flaca exactamente. Tampoco estaba gorda pero en cualquier caso le convenía más a ella hacer dieta que a mí. Su intento de insultarme o lo que fuese eso no me afectó para nada y cuando trató de cogerme las patatas con su mano grasienta se la cogí y la giré lo suficiente para que chillara de dolor. Las personas en las mesas de alrededor se giraron asombradas buscando de dónde había venido aquel agudo grito.

–Las patatas son mías, y es a ti a la única a la que no le convienen. La tranquilidad con la que dije aquellas palabras me sorprendió hasta a mí misma. Llevaba desde noviembre aguantándola, sus ofensivos comentarios, sus insultos, y todo lo que hace falta para hacerme la vida imposible. Sara solía ser una de mis mejores amigas junto a Elena cuando todavía estaba en el instituto. Por aquel entonces creí que Sara era de las mejores personas que había conocido. Obviamente me equivocaba. Su hipocresía me cegó totalmente.

Ahora que no éramos amigas, era ella la más popular del curso. He de admitir que es bastante atractiva con sus ojos azules y largo pelo rubio pero una personalidad puede arruinar cualquier físico. Eso es lo que me digo a mí misma. Continué con mi plato haciendo caso omiso a las chicas que me observaban. Fueron a sentarse a otra mesa junto a los chicos. Me fijé que las miraban con expresión de cansancio. Casi de inmediato Alex se levantó de la mesa, y pasó por delante de mí de camino a tirar la bandeja.

–Bien hecho -me dijo, y me guiñó el ojo. Qué mono, pensé. Alex sabía todo por lo que había estado pasando y me apoyaba aunque no tanto como para defenderme públicamente. Era lo más parecido a un amigo que tenía. Por primera vez en mucho tiempo pude dormir bien aquella noche. Durante el resto de la semana, me sentí mucho más fuerte que de costumbre. En los pocos intentos de las chicas de dejarme mal, me defendí, y fueron ellas las que quedaban como las malas. Cuando llegó el viernes incluso me dio pena pensar que ese sería mi último día de colegio aquel año, pero se me pasó rápido. La maleta ya estaba terminada y a la mañana siguiente ¡saldría hacia Inglaterra! Qué ilusión. 

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