La magia de los hermanos Wardebroke

¿Qué ocurriría si de repente no eres quien creías ser? ¿Y si eres alguien importante y con poder y tú ni siquiera te has dado cuenta? Esto es lo que les ocurrió a dos de los hermanos de esta familia, gracias a su hermano pequeño. Elizabeth, Matt y James son tres hermanos que viven en Mullingar, Irlanda, con sus dos padres, como una familia normal y corriente, con sus peleas de hermanos y sus discusiones de familia, pero algo completamente normal. Hasta que un día, el pequeño James que tiene una poderosa imaginación sale corriendo sin razón aparente por la calle y sus dos hermanos mayores tienen que ir a salvarlo, descubriendo así, un mundo que ni ellos podían imaginar.

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3. Yaruca.

                                        Capítulo 2.

--¿Y si él ha puesto...algo y está al otro lado?

--¿Y si las hadas existen?-preguntó él sarcástico-deja de decir tonterías y volvamos a casa, seguro que James está ya jugando en el jardín-tiró del brazo de su hermana pero ella no se movió ni un milímetro.

--No-respondió Elizabeth de forma dura-sé que James está al otro lado y voy a ir a por él, tú puedes quedarte aquí o irte con Ally si lo prefieres-dijo secamente.

--Es tarde, mamá y papá se preocuparán-insistía Matt.

--No pienso volver si no es con James-dijo ya con un cierto cabreo.

 

Se acercó de nuevo a la piedra que no había dejado de proyectar esa extraña luz sobre toda la cueva, esa luz que provenía de la mismísima piedra, algo completamente extraño, pero que pese a esa extrañeza a Elizabeth la atraía de forma totalmente increíble y poderosa, la llamaba en cierta parte.
Pulsó despacio las letras, con seguridad y comprobando que eran las correctas para no equivocarse y que saliera una bola gigante de piedra tipo Indiana Jones intentando aplastarles.

Escribió despacio "Elizabeth Wardebroke" y se separó un poco. Para su sorpresa las letras se quedaron marcadas en un color azul del mar durante unos segundos y acto seguido se iluminó una pequeña llama de ese mismo color en el centro de la piedra, bajo ese extraño "Diriuss, reino de los cuatro poderes"

Algunas de las letras se volvieron a marcar, esta vez solas, dejando ver un mensaje "¿Y  tú?"


--Matt, se refiere a ti-dijo su hermana dándole un pequeño codazo-vamos, escríbelo.

--Vaya estupidez-dijo con pesadumbre mientras se acercaba a la piedra-a ver...-se agachó y comenzó a escribir su nombre-ya está, Matthew Wardebroke ¿contenta?-dijo sin saber muy bien si se dirigía a la piedra o a su hermana.


Al igual que con el nombre de su hermana las letras quedaron marcadas momentáneamente, pero de un azul más oscuro. Otra pequeña llama se encendió, a la izquierda de la primera, también de un color más oscuro.

De repente, dos antorchas se encendieron a la vez, a ambos lados de la piedra, de un color...blanco, una llama blanca, un color imposible para cualquier ser humano. Elizabeth se acercó curiosa a una de ellas y prácticamente tocó esa llama blanca, no se quemó, al contrario, parecía que la estaba mojando, ella retiró su mano y se la miró alucinada ¿Qué clase de ilusión óptica era esa? El fuego no mojaba, de eso estaría seguro cualquiera, pero después de tocar esa antorcha blanquecina, el estar seguro de algo no les hacía sentir muy seguros.

 

--Majestades-se oyó una voz femenina y al mismo tiempo grave, haciendo que los dos chicos se sobresaltaran-al fin habéis regresado...

--¿Ma...majestades?-preguntó Elizabeth extrañada-no... no somos reyes, ni marqueses ni nada de eso-explicó asustada-solo somos de una familia de clase media.

--¿Qué haces hablando con...con lo que sea que nos esté hablando?-susurró Matt enfadado a su hermana-Cállate, no digas nada.

--Me ha hablado primero-se excusó la niña.

--Ni siquiera sabes lo que es-dijo mirando con extrañeza todo a su alrededor, buscando lo que fuera que les estuviera hablando.

 

La risa de esa extraña voz hizo retumbar toda la cueva.

 

--Veo que no han cambiado-habló de nuevo esa voz-siguen con sus peleas de hermanos-dijo riendo.

--¿Quién eres y como sabes que somos hermanos?-preguntó colocando detrás de sí a su hermana, protegiéndola y haciendo que ésta se sorprendiera, no era algo que su hermano soliese hacer.

 

No eran los típicos hermanos que se ayudaban y protegían, más bien eran de esa clase de los que no se hablaban y cuando lo hacían eran para insultarse y entrar en alguna pelea estúpida. Pero por alguna razón estar en esa cueva, con ese calor que radiaba, con esa voz que en el fondo les resultaba familiar, les hacía sentir una pizca de cariño y que en comparación con el poco aprecio que se tenían normalmente, hacía que se protegieran, y de forma mi débil y remota, hasta que se quisieran.

 

--Príncipe Matt...-dijo con una nota de nostalgia esa voz-hacía tanto que no nos visitaba...no me puedo creer que me haya olvidado...

--¿Príncipe?-dijo en tono burlón Elizabeth saliendo de la protección del cuerpo de su hermano-no podría ser príncipe ni aunque pagara por ello.


La tumba retumbó de nuevo, parecía que riese, cosa imposible, pero ya no les sorprendía nada, después de respirar bajo un río, que una cueva les hablara, una piedra se iluminara y vieran unas llamas blancas, que una cueva riese no era nada fuera de lo normal.


--Vamonos-ordenó su hermano molesto-hay que buscar a James.

--¿James?-pregunto de nuevo la voz-¿buscáis a vuestro hermano?

--¿Sabes dónde está?-preguntó Elizabeth curiosa.

--Que dejes de hablar con esa...cosa.

--No la llames cosa, ¿no ves que está viva?

--Oh, genial, te has golpeado la cabeza o el cerebro se te ha congelado, aquí no hay nadie.

--¿Y entonces quién nos está hablando?-preguntó ella al borde de un ataque de nervios.

--Eso me gustaría saber-admitió con el ceño fruncido su hermano-¿qué o quién eres?-preguntó vigilando sus espaldas, por si acaso alguien les atacaba por la espalda.

--Soy Yaruca, protectora de uno de los portales de Diriuss-explicó lo que parecía ser la cueva.

--¿Y sabes dónde está nuestro hermanito, Yaruca?-preguntó Elizabeth.

--¿El príncipe James?

--Supongo-dijo poco convencido Matt.

--Claro que sé dónde está.

--¿Puede hacer que venga con nosotros?-preguntó preocupada la hermana mediana.

--No-respondió simplemente.

--Le hemos perdido...-dijo con lágrimas en los ojos la chica morena, mientras se sentaba en el suelo, con las piernas encogidas sobre su pecho.

--Pero...-continuó Yaruca-puedo hacer que vosotros lleguéis hasta él.

--¿Cómo?-preguntó Matt.

--Creo que se les ha olvidado el detalle de que soy un portal, ciertos seres pueden pasar a través de mí para entrar en su reino.

--¿Nuestro?-preguntó aún desde el suelo Elizabeth.

--Es suyo y solo suyo, princesa.

--¿Entonces puede llevarnos hasta él?

--Por supuesto...


Una potente luz iluminó el lugar, mucho más fuerte que la anterior. Elizabeth se levantó del suelo y con curiosidad se acercó al lugar de donde procedía el resplandor, la piedra aparentemente inmóvil. Posó sus manos con intenciones de empujar, para su sorpresa todo su brazo pareció incrustarse en la piedra, no sentía dolor, tan solo un cosquilleo en la parte que ya no podía ver de su propio cuerpo, solo veía una luz azul tragándose su brazo y lentamente el resto de ella. Poco a poco se iba adentrando, para llegar a qué sabe Dios qué lugar.

Matt, al ver que su hermana comenzaba a desaparecer, agarró su otra mano para intentar sacarla, cosa que no daba resultado, ya que no consiguió que volviera, la agarró con fuerza, quizás él se iría con ella. Dejó de ver a su hermana, estaría ya al otro lado de esa extraña cueva. Su cuerpo también comenzaba a meterse en el resplandor, cuando notó algo extraño, no extraño de curiosidad, si no algo extraño...y...oscuro. Vio una sombra corretear entre toda esa luz, algo imposible, ya que su propio cuerpo estaba desprendiendo luz, esa sombra agarró su pie con fuerza ¿Desde cuando las sombras te podían agarrar? quizás desde que las piedras se iluminaban y las cuevas hablaban. Notaba como ese...espectro no quería que se metiese en la roca, al contrario trataba de sacarlo, haciendo que el tobillo del pelirrojo comenzara a doler. Ese chico sentía que poco a poco apretaba con más fuerza y que en cualquier momento podría partir algún hueso de su pierna izquierda, no era solo el dolor, sentía que le ardía, que el tobillo le quemaba, cosa improbable, ya que no veía fuego en sus vaqueros húmedos y desgastados, pero sentía con si estuviera atado a una llama de fuego, que a cada segundo iba apretando con más y más fuerza.

Por unos segundos ambos sintieron flotar, sintieron estar en algún lugar cálido y extremadamente luminoso, tanto que casi no podían abrir los ojos, pero pasados esos segundos ambos hermanos cayeron de golpe a lo que parecía ser otra cueva, solo que esta mucho más cálida, con pequeñas plantas, la tierra era algo húmeda hizo que sus pantalones vaqueros se mancharan. No era ni mucho menos la cueva de la que acababan de salir, esta estaba llena de vida, pero no era de la misma forma, la anterior era...una cueva parlante, que parecía que tenía venas y arterias, esta, tan solo estaba llena de vida animal, del rastro de algún ser que habría ido a dejar su comida, huellas de patas, tanto grande como pequeñas.

Parecía que habían salido de su pueblo, de Irlanda, pero eso...no era así.

Con sus manos aún unidas miraron confusos todo a su alrededor. Elizabeth miró a su hermano molesta, apenas habían tenido un contacto como ese desde que ella tenía nueve o diez años. Bruscamente, él separó sus manos y se levantó sacudiendo sus pantalones.

 

--¿Qué ha pasado?-preguntó ella aún aturdida.

--No lo sé.

--Ha sido como...

--No-la interrumpió molesto-no lo digas.

--Magia...

--La magia no existe-replicó él.

--Entonces dime ¿qué ha sido esa luz? ¿Dónde estamos y cómo hemos llegado aquí?

--No lo sé, quizás...

 

Buscaba una respuesta lógica y científica. La magia no existía, nunca había creído en ella y no iba a empezar a hacerlo ahora. Miró a su alrededor, buscando algún tipo de agujero por el que podrían haber llegado hasta ese sitio desconocido, pero las paredes de esa cueva eran totalmente sólidas, había otra especie de teclado, sí, pero al poner su nombre de nuevo ninguna luz se iluminó, nadie habló con él, aquel portal no se abrió de nuevo.

 

--Matt, mira...-dijo su hermana asombrada caminando hacia la entrada de la cueva.

 

Un hermoso paisaje aparecía ante sus ojos; un bosque a su izquierda, silencioso, a pesar de que se pudieran observar pequeños pájaros en sus nidos, a su derecha el mar, ninguno de los dos hermanos se atrevió a preguntar qué mar sería aquel, no tenían la más mínima idea de qué mar u océano podría ser.

El sol calentaba lentamente la piel de los hermanos, haciendo que sus ropas se secaran poco a poco.

Elizabeth alzó la cabeza, con la mano sobre sus ojos, para ver si podía ver algo o alguien, pero algo hizo que su boca se abriera por la sorpresa. No era el Sol, no era el Sol que ellos conocían, no se le parecía en absoluto, no solo porque no diera una luz que aparentemente para todo el mundo parecía amarilla a pesar de que la ciencia lo negaba, era un Sol....rojo, podía mirarlo perfectamente, no hacía daño a sus ojos, era inofensivo, era una bola de fuego roja increíblemente grande, pero...se quedó observando otra cosa que llamaba su atención, era...¿la Luna? eso se salía de lo sobrenatural, ¿podría ver la enorme bola de fuego y el pequeño satélite al mismo tiempo? para un humano normal no, no podría verlo, pero quizás ellos no eran humano normales, ni ese sitio, fuera el que fuera un lugar normal y mucho menos eso...el sol y la Luna, una luna azul.

 

--¿Hay cuatro soles?-preguntó su hermano mayor sorprendido interrumpiendo sus pensamientos.

 

Ella se paró a ver a qué se refería su hermano, no era la luna, no, era otro sol, en realidad cuatro, de orden decreciente y desordenados a pesar de encontrarse unos al lado de otros; el grande, al que la ingenua Elizabeth había identificado como el Sol que ella conocía, rojo, enorme, parecía autoritario, pero a la vez parecía poder romperse y derrumbarse en cualquier momento, a su lado, una bola de fuego, algo más pequeña, pero también inofensiva para sus retinas, lo que ella había creído ver como la Luna, esta era de color azul, como el mar, parecía tener una cubierta de cristal, pareciendo que la protegía, pero esa cúpula que rodeaba a la bola llameante, podría romperse con el más ligero toque, junto a esta, una esfera que la que no se había percatado, era incluso más grande que el Sol rojo, era casi el doble de grande; una bola de fuego de color blanco, igual que las llamas de la anterior cueva, esa...era incapaz de definir, parecía protectora del resto, pese a que estuviera más alejada de las otras tres. Elizabeth la miraba con el ceño fruncido, como si una parte de su mente no pudiera clasificarla o detallarla de alguna forma que ella misma pudiera entender, pero por otra parte, algo dentro la decía que significaba algo, que era algo especial ella, o que al menos lo que significaba era importante,

 

--Venga ya, un sol blanco-dijo Matt sarcástico-creo que nos hemos golpeado muy fuerte la cabeza, esto es demasiado imposible-se llevo las manos a la nuca y cerró los ojos intentando buscar una explicación medianamente normal.

 

Elizabeth seguía mirando asombrada esos cuatro soles. El último, pero no menos importante, una pequeña esfera de color verde, parecía ser la última, pequeña e inofensiva, era hasta graciosa y tenía un aspecto juguetón, pero daba la sensación de que era ese pequeño sol el que daba la gravedad para que el resto de soles se mantuvieran en su sitio, unidos, sin desperdigarse.

 

¿Qué sitio era ese? ¿Por qué había cuatro soles? ¿Cómo habían llegado allí a través de una roca inmóvil? Y lo peor de todo... ¿Dónde estaba James?

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