La magia de los hermanos Wardebroke

¿Qué ocurriría si de repente no eres quien creías ser? ¿Y si eres alguien importante y con poder y tú ni siquiera te has dado cuenta? Esto es lo que les ocurrió a dos de los hermanos de esta familia, gracias a su hermano pequeño. Elizabeth, Matt y James son tres hermanos que viven en Mullingar, Irlanda, con sus dos padres, como una familia normal y corriente, con sus peleas de hermanos y sus discusiones de familia, pero algo completamente normal. Hasta que un día, el pequeño James que tiene una poderosa imaginación sale corriendo sin razón aparente por la calle y sus dos hermanos mayores tienen que ir a salvarlo, descubriendo así, un mundo que ni ellos podían imaginar.

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4. Samantha.

No lo sabían, ninguno de ellos sabía nada, estaban perdidos y su hermano pequeño también. Tenían muchas preguntas, muchas dudas, pero ninguna respuesta, y mucho menos alguien que pudiera responder sus preguntas, no había nadie en general, estaban ellos dos solos en aquel lugar.

Elizabeth comenzó a caminar, hacia ningún lado en realidad, tan solo sentía curiosidad por donde estaba y necesitaba buscar respuestas, buscar la razón de esa atracción hacia aquel lugar, buscar a su hermano pequeño, buscar cómo habían entrado allí y cómo podrían salir.

Anduvo por un caminito empedrado que había, con piedras grandes, blancas y planas, y también algunas más pequeñas de colores que hacían ese camino colorido. Caminaba más deprisa, cada vez más, tenía que encontrar a su hermano pequeño. Matt la agarró de la muñeca izquierda con fuerza haciendo que se detuviera.

 

--¿A dónde te crees que vas?-preguntó su hermano autoritario.

--A por James-respondió ella secamente.

--No sabemos donde estamos, en qué país o ciudad, si hablan nuestro idioma o tan siquiera si hay humanos, no puedes ir a la aventura.

--Sí que hay humanos, mira-respondió ella mientras señaló una aldea de casa bajas, con tejados coloridos, que se vislumbraban a lo lejos-son casas, seguro que nos pueden ayudar.

--No, podría ser peligroso.

--Nunca te ha importado lo que me pasara-murmuró ella.

--No pienso quedarme castigado por tu culpa, pequeñaja-dijo en tono burlón haciendo que se ganara un empujón.

 

Elizabeth salió corriendo en dirección al bosque, quería alejarse de todo y de todos. Detestaba a su hermano y que siempre pensara que por ser el mayor tenía que tener siempre la razón. Nunca se había ocupado de ella, nunca se había comportado como un hermano mayor...aunque...hubo un tiempo en el que sí, sí se trataban como hermanos, se querían, cuidaban y protegían mutuamente, pero de eso hacía ya mucho tiempo, tanto que ambos prácticamente se habían olvidado.

 

--¡Ojalá te pierdas!-oyó la voz lejana de Matt.

 

Eso hizo que algunas lágrimas cayeran de sus grandes ojos por su rostro.

Al correr por entre esos bosques sintió que alguien la observaba, pero no veía a nadie, parecía que los árboles eran los que la miraban, los que la oían, y de forma extraña, los que la consolaba. Ante ese extraño sentimiento una oleada de recuerdos llenó su mente; recordó como era su antigua relación con su hermano, recordó haber estado en este lugar junto a él, recordó que jugaban entre los árboles al escondite, sin nunca perderse, ya que parecían conocer este lugar como la palma de su mano. Otro recuerdo la invadió, el recuerdo de haberse caído jugando y haberse eso una pequeña herida en su rodilla, Matt de inmediato hizo que se sentara bajo un árbol y con un trozo de su camiseta vendó la pierna de su hermana, después besó su herida con cuidado e hizo que subiera a su espalda para llevarla a algún otro lugar.

Extrañaba a ese chico cariñoso, que la cuidaba y siempre jugaba con ella, que la protegía, que la quería...echaba de menos a su hermano...

Se detuvo momentáneamente, percatándose de que se había perdido, pero no la importaba, era lo que deseaba su hermano, que no se volvieran a ver. Apoyó su espalda cansada de correr y llorar en un enorme árbol y se dejó caer, escurriendo su espalda hasta que llegó al suelo, miró hacia arriba y vio como las hojas de los árboles danzaban con lentitud, la hablaban, la decían que se tranquilizara, que todo saldría bien, y por alguna razón eso la hizo sentir mejor. Se dio media vuelta y se percató de qué árbol era aquel; era el árbol de su recuerdo, el árbol en el que se habían cuidado y querido. Y sin ningún motivo realmente aparente, alzó sus dos brazos y lo abrazó con fuerza, dándole cariño, el mismo cariño que ese árbol le daba a ella y que pareció devolverle el abrazo, ya que casi pudo sentir las ramas de ese árbol doblarse y arrullarla con dulzura.

 

Matt se dirigía a la cueva de nuevo, pretendía salir. Enfadado, caminaba maldiciendo a ese incordio de hermana que él pensaba que tenía, infantil, inmadura, pelma y totalmente insoportable...

No sabía como iba a salir, pero le daba igual, rompería la piedra a gopes si era necesario, pero no quería permanecer más en ese lugar, no si estaba su hermana con él.

Conforme se acercaba a la cueva la culpa le comenzaba a carcomer. Había dejado a su hermana sola, en un bosque desconocido, podría hacerse daño, podría haber animales salvajes...

Se detuvo en la entrada, apretó los puños con la cabeza gacha y dio media vuelta. No podía dejarla allí y tampoco a su hermanito, por muy poco que les aguantara, era su familia, él era el hermano mayor, y como tal, se supone que debía de protegerles a ambos, de todo aquello que les pudiera herir.

Caminó rápido y asustado hasta adentrarse en la verdura del bosque, prácticamente corriendo, tratando de divisar a alguno de sus hermanos y poder pedirles perdón por la forma en la que siempre les había tratado.

 

--¡Elizabeth! ¡James! ¿¡Dónde estáis?!-preguntó gritando.

 

Se sentía solo y asustado, sentía temor por sus hermanos, porque les ocurriese algo. Les quería por muy cabezón que fuera y mucho que le costase admitirlo.

 

--¡Lizzy!-gritó sin querer.

 

Lizzy...hacía tanto que no llamaba así a su hermana, no la nombraba así desde...desde que eran pequeños, unos críos, esa época en la que se llevaban bien. ¿Por qué habrían dejado de tratarse así?

Siguió corriendo por ese inmenso bosque, quizás era él quién se estaba perdiendo y sus hermanos los que sabían perfectamente donde estaban. Al sentir esa soledad, esa confusión, no sabía donde estaba, estaba allí, en medio de ese bosque perdido, sintió una punzada en el estómago y se agravaba al pensar que no había rastro ni de Elizabeth ni de James.

 

--James...-susurró en voz alta.

 

Él era la razón de que sus hermanos se distanciaran, ahora Matt lo recordaba y podía ver con claridad qué era lo que les había ocurrido...

Antes de que James naciera, Matt y Lizzy  eran inseparables, jugaban todo el día juntos, a las princesas y príncipes, a los dragones y monstruos a...estar simplemente juntos mirando las nubes tumbados en el jardín de su casa diciendo a qué se parecían, hasta quedarse dormidos juntos...

Cuando el pequeño James nació Elizabeth se emocionó mucho, por fin tendría ese hermano pequeño que tanto esperaba, un hermano pequeño al que proteger y cuidar, por ese simple motivo dejó de jugar con Matt, él sentía celos y siempre los sintió, su hermana ya no quería jugar con él, y él ya no la cuidaba, no la quería, porque ella ya tenía alguien con quien hacerlo. De ahí su distanciamiento y su poco cariño hacia su hermano pequeño, y ese sentimiento de traición y abandono a su hermana, no era amor, no se besaban, no se querían de esa forma, tan solo se necesitaban y se habían separado...

Como si hubiera estado ensimismado durante años, Matt despertó y comenzó a correr más aún, todo lo que sus piernas y ese insoportable dolor en su tobillo izquierdo le permitían.

 

--¡Lizzy!-gritó desesperado mientras sus lágrimas no dejaban de salir.

 

Entonces reconoció una pequeña silueta, pegada a un árbol, abrazándolo y sollozando, totalmente destrozada.

 

--Pequeña...-susurró mientras se acercaba despacio a ella.

 

La abrazó por la espalda, como si fuer a ser la última vez que lo hiciera. Ella le miró extrañado pero se abrazó a su cuello con fuerza y lloró con la cara escondida en el cuello de su hermano.

No se decían nada, no tenían porqué, solo se echaban de menos y se abrazaba, ambos lloraban, de alegría, porque se querían, porque eran felices de estar juntos de nuevo como en los viejos tiempos. Se abrazaron un largo tiempo, frente a ese árbol que años atrás les había hecho sentir una fuerte unión y al mismo tiempo protección.

 

--Te he echado de menos-susurro Elizabeth.

--Y yo a ti, lo siento-respondió Matt acariciando la espalda de su hermana-no puedo creer que sienta celos de mi propio hermano.

--Yo tampoco lo entiendo, tú siempre serás mi hermano mayor-dijo ella separándose para mirarse a los ojos-y también mi mejor amigo-dijo con una sonrisa besando su mejilla-te quiero Matt...

--Y yo a ti Lizzy...

 

Ese emotivo y tan esperado momento, que ellos esperaban que fuera eterno, tan solo ellos dos, allí solos, abrazándose por fin, con ese sentimiento de amistad y amor fue interrumpido de una forma que no se esperaban.

 

--¡INTRUSOS!-gritó una voz masculina.

 

Los hermanos se sobresaltaron al ver allí de pie a ese hombre alto y fuerte, de piel...rojiza, sí, parecía de color rojo, al igual que sus ojos, llameantes de ese color del fuego y de ese mismo color su larga barba, apuntándoles con una espada afilada con cara de pocos amigos. Parecía un guerrero, llevaba casco y armadura, pero parecía un poco antigua en cuanto a los materiales de los que estaban hechos, parecía que en cualquier momento se pudieran caer a pedazos, pero ese caballero seguía con su larga espada apuntando hacia sus frágiles cuellos y con cara de odio y furia.

Matt se levantó de golpe, atemorizado, pero poniendo detrás de su espalda a su hermana, dejándola entre su espalda y ese gran árbol, que les daba fuerza y protección, su pobre hermana, solo lloraba, ahora del miedo y con su frágil cuerpo tembloroso. Antes de que los hermanos pudieran decir algo que pudiera salvar su pellejo se vieron cogidos del cuello de sus finas camisetas por hombres también altos y fornidos, pero no de piel del fuego, el que llevaba cogido a Matt parecía haber comido mucha verdura, porque tenía la piel verdosa y el pelo como si fuera un enorme trozo de Brassica oleracea italica, también llamado brócoli, con ojos parecidos a las esmeraldas y con el rostro enfadado, con las facciones muy marcadas, quizás por el trabajo bajo esos cuatro soles que habría realizado, su cara tenía vello facial en la perilla, parecía un pequeño bosque en su cara, al igual que su pelo, corto y de un verde más oscuro, al igual que el de su pequeña cara. El que llevaba a Elizabeth, por el contrario, parecía un fantasma, la piel blanca, casi trasparente, más pálida aún que la de Matt, el pelo y los ojos como la nieve, daba un poco de grima mirarle a los ojos, pero sin embargo, parecía mucho más agradable, llevaba una sonrisa divertida en la cara, parecía una buena persona, a pesar de llevar cogido a una chica cogida de una camisa tan solo con una mano, este era menos musculoso, al contrario, parecía delgado, tenía cara divertida y agradable, parecía un bufón real, parecía vestido de esa forma, aunque sus vestidos eran de un color plateado . Pero los otros dos hombres eran realmente fuertes y asustaban.

Los dos hermanos se miraban asustados, no sabían a dónde les estaban llevando y qué les harían cuando llegasen. Estaba bastante claro que no eran humanos, por sus pieles, tan extrañas, pero hablaban su idioma, eso era algo más o menos bueno, así podrían suplicar en el momento en el que les fueran a matar, que era lo que suponían que harían con ellos.

Les llevaron cogidos hasta llegar a la aldea que anteriormente Elizabeth había visto, todo el pueblo les miraba, esas personas curiosas, vestidas con ropajes medievales les observaban curiosos, también tenían unos colores extraños, blanco, rojo, azul y verde ¿Dónde estarían?


--Majestad-habló el hombre de pelo llameante, mostrando respeto frente a esa persona que ni Matt ni Lizzy podían ver, ya que otros dos soldados se habían colocado delante de ellos-hemos encontrado a dos intrusos, son extraños, creo que son siervos del Señor de las Sombras, no son dirianos, son de color…extraño…

--Déjame ver a los prisioneros-ordenó una voz aguda, demasiado conocida para los dos hermanos.


Los tres soldados que se habían colocado delante de los chicos, aún colgados de sus fuertes manos sin tocar si quiera el suelo, se apartaron. La persona que se encontraron les sorprendió, demasiado.


--¿James?-preguntó Matt confundido.


Sí, parecía su hermano pequeño, solo lo parecía, porque tenía el mismo aspecto que muchos de los habitantes y que dos de los soldados. Su pelo ya no era rubio, seguía siendo brillante, pero no era rubio parecido al oro, era totalmente verde, sus ojos ya no eran azul celeste, eran pequeñas y brillantes esmeraldas, su piel antes pálida ahora era verdosa, hasta su ropa había cambiado, su ropa de invierno, un jersey de punto realmente gordo de color rojo y sus pantalones de pana color canela habían cambiado por ropas de familia real de cuento de hadas, hasta llevaba una capa, todo de color verde. Tenía un aspecto majestuoso y realmente adulto, pese a su pequeña estatura, parecía imponer a todos esos adultos que había a su alrededor.

 

--¿Elizabeth? ¿Matt?-pregunto el pequeño con los ojos muy abiertos-¡por Dios soltarles!-ordenó.

--Pero...majestad...no sabemos de donde vienen pueden ser peligrosos...-habló el que tenía cogido a Matt.

--Albretuc, Calibred, os digo que los soltéis, de inmediato-dijo algo enfadado.


Dejaron caer de golpe a los dos chicos al suelo, los que rápidamente se levantaron y se pusieron delante del pequeño James para que no le hicieran ningún daño.

 

--¿Te encuentras bien, James?-preguntó Elizabeth sin quitar el ojo de los guardias, los que ahora apuntaban con varias espadas afiladas a los chicos.

--¿Pero qué hacéis aquí?-preguntó confuso.

--Hemos venido a salvarte, nos vamos a casa-dijo Matt.

--¿Salvarme de qué? estoy perfectamente-dijo molesto.

--¿Pero qué es lo que te han hecho? estás...verde...

--A ver, que estoy bien-habló de nuevo el pequeño, parecía tener un lenguaje bastante mejorado y adulto para su edad en aquel extraño lugar-ellos son los dirianos, nuestros súbditos, no nos van a hacer daño-explicó saliendo de detrás de sus hermanos-ahora bajad las espadas, tranquilos-dijo mirando a los guerreros, con aspecto más enfadado aún-ellos son, Lizzy y Matt, mis hermanos, príncipes de Diriuss, solo que...han crecido.

 

Las caras de todos los que allí se encontraban, espectadores y soldados, se arrodillaron poniendo la cara pegada al suelo, suplicando perdón y piedad. Los dos hermanos mayores se miraron sorprendidos y vieron como todo aquel pueblo, mayores y pequeños, verdes, azules, blancos y rojizos, se arrodillaban frente a ellos, les pedían respeto y perdón. Ellos tan solo les miraban en una completa alucinación, no se podían creer que les estuvieran alabando de esta forma, ellos…tan solo habían venido de una piedra que hablaba…

 

--Lo sentimos, no sabíamos que erais vos, perdonad nuestras humildes vidas, majestades-pidió el hombre de barba de fuego.

--James ¿qué está pasando?-susurro Elizabeth al oído de su hermano pequeño.

--Somos los tres príncipes de Diriuss, ellos los ciudadanos de aquí, os tienen respeto y os están pidiendo disculpas-explicó tranquilo-Zulgot, dime por favor que encontraste a Samantha-preguntó el pequeño a punto de llorar-decidme por favor que sabéis donde está.

--Lo siento-respondió el hombre de fuego, al parecer Zulgot-no hay rastro de ella, pensamos que...el Señor de las Sombras la ha capturado.

--¡ESO NO PUEDE SER!-estalló James-¡ELLA NO PUEDE ESTAR ALLÍ!-dijo con lágrimas de pura rabia cayendo de sus brillantes ojos.

 

El más silencio absoluto se hizo en aquella plaza, el centro de aquel pueblo de gente extraña, dirianos. Todos observaban, desde el suelo aún mostrando respeto como el pequeño príncipe lloraba.

 

--Me echabais de menos ¿verdad?-dijo una voz dolorida.

 

Una mujer alta, con el mismo aspecto que James se acercaba con una mano en el costado, pero con una sonrisa en la cara, pese a que ésta estuviera manchada, de sangre por algunas pequeñas heridas y de suciedad. Llevaba la ropa rota, no era tan fina como la de James, ni tampoco era una armadura, mucho menos la ropa de los pueblerinos que miraban atentos la escena. Era ropa cómoda, un top ajustado, medio roto, unos pantalones bombachos, también destrozados e iba...descalza, extrañamente descalza, tenía heridas, cortes, por todo su cuerpo, su larga melena verde en una coleta mal echa, atada con raíces jóvenes, sus ojos soltaban destellos verdosos, tenía el aspecto que James, y que algunos de los aldeanos, era verdosa, pero al mismo tiempo , era bella, a pesar de parecer haber venido de una larga y dura batalla, cosa que así había sido.

 


--¡SAM!-gritó James antes de salir corriendo y saltar a los brazos de esa guerrera dolorida.

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