Hermosa Tragedia De Amor

19 de agosto de 2013

El primer día de clases estaba marchando bien. Ser la “nueva” en la escuela no era tan malo después de todo. Es decir, chicos y chicas me miraban como si fuera una obra de arte, quizá por bella o quizá por patética. No me importaba de todas formas. Era el último año, al acabarlo me tomaría unas extensas vacaciones y después haría trámites para la universidad.

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1. Primer día

19 de agosto de 2013

 

El primer día de clases estaba marchando bien. Ser la “nueva” en la escuela no era tan malo después de todo. Es decir, chicos y chicas me miraban como si fuera una obra de arte, quizá por bella o quizá por patética. No me importaba de todas formas. Era el último año, al acabarlo me tomaría unas extensas vacaciones y después haría trámites para la universidad.

La cafetería era mucho más grande que la de mi antigua escuela. Aquí se dividían por grupos sociales –como en las películas-. Al frente estaban los “ñoños”, quienes también eran llamados “nerds” o “sabelotodo”; sus libros sobre las mesas en vez de almuerzo, uno que otro llevaba verduras que un recipiente nefasto. Aquellos tecleaban en su calculadora como si no hubiera un mañana y absorbían jugo de caja de un pequeño popote flexible. Del otro lado, también al frente, estaba la mesa de los que no eran ni muy inteligentes ni muy estúpidos, ahí estaba sentada Regina, una chica que había conocido en química, era un tanto popular por el dinero que el papá poseía. Extendió el brazo y sacudió la mano en mi dirección, ofreciéndome asiento lo cual no decliné. Asentí y tomé mi charola. Al centro, estaban los “populares”, chicos modestos de finas ropas. Todos sentados con comida baja en grasa sobre la mesa, chicas con reluciente lápiz labial y chicos con un perfecto cabello. Era un asco que ninguno hablara, creo que todo lo que tuvieran que decir se lo texteaba el uno al otro. Y al fondo, el grupito de los “chicos malos” y digo “chicos malos” porque creo que no les importaba a ellos cuantas veces el personal les haya dicho que guardaran el cigarro que andaban rolando. Y ahí estaba ese chico, el chico que estaba conmigo en la mayoría de las clases. Dicen que aquel chico, Jona, había reprobado un año de preparatoria, era la razón por la que estaba en el mismo grado que yo. Era un chico guapo, musculoso y de estatura un tanto alta. Su cabello castaño estaba perfectamente desordenado, y su caminar era como el de un dios, temible, pero respetable. Le arrebató el cigarro a un rubio que frunció el ceño y rezongó, lo colocó en su fina boca y absorbió, después se lo entregó al mismo y caminó exhalando el humo de su boca, era varonil mirarlo, él sabía que era varonil y sexy. Se sentó en la mesa de los populares, al lado de un chico fresa y una rubia natural. Meneó el cabello de la muchacha y sonrió. Desprevenidamente, él miró hacía mi dirección y sus ojos conectaron con los míos. Quise desviar mi mirada, pero no pude, por alguna extraña razón no pude hacerlo. Y él me miró, y yo lo miré a él, hasta que tocó mi turno para que la mujer con una malla en la cabeza sirviera mi almuerzo, fue ahí cuando desvié mi mirada de la de él. 

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