Sunara, la muerte blanca.


1Me gustan
2Comentarios
165Vistas

1. Sunara,la muerte blanca.

...más allá del último rastro de civilización se extiende un desierto árido e inexpugnable, como una piel quemada y seca expuesta al sol. Un desierto interminable que se adentra hacía el sur, que se adentra y se adentra en los confines de lo conocido, hasta alcanzar ese lugar en el que el sur se confunde con el norte y el fuego abrasador se convierte en abrasador hielo. Allí la tierra se va elevando tan imperceptiblemente que parece que fueras alzado por la mano de dios. Y allí, en el punto más alto, se encuentra el pueblo de Sunara. Una ciudad desolada y envejecida como una pared desconchada; una ciudad perdida entre los laberintos de la memoria, envuelta siempre por un fantasmal manto de polvo blanco.
Ya nadie recuerda la existencia de Sunara, pero Sunara todavía sigue allí.
Dicen que antes, al final de la ciudad había un barranco. Justo detrás del inmenso edificio de la fábrica de papel. Un barranco tan profundo que al asomarse era imposible detectar el fondo. Ahora tras esa mole de hormigón derruido se despliega una inmensa llanura de algodón encendido, un interminable mar de papel. Cuentan que allí, en esa garganta que emergía de la tierra es dónde lanzaban los propietarios de la fábrica los desperdicios de su producción. Toneladas incontables de papel, celulosa y residuos químicos que habían dado como resultado esa superficie imposible de creer si no se contempla porque parece dotada de la mismísima textura que las nubes. Esa eternidad etérea de papel y cloro que jamás se quema y que no llega nunca a solidificarse. Y ese continuo rumor del polvo en el aire.
La fábrica fue abierta por los habitantes del norte, ya nadie recuerda cuándo. Aquellos hombres hoscos y huraños, engalanados con pieles y sinuosas barbas que trajeron consigo un idioma nuevo, el idioma del progreso. Por aquella época todo cuanto rodeaba a Sunara era un bosque salvaje y exuberante, y aquella era todavía la tierra de los "Innoai". Cuando el último árbol fue talado, los hombres del norte se marcharon del mismo modo que habían llegado siglos atrás, como sombras, impunemente.
Sin embargo los sunaríes evitan a toda costa aproximarse al mar de papel, como si se tratara de un lugar maldito, apenas salen de sus casas y cuando lo hacen, caminan mirando el suelo para protegerse de las partículas suspendidas en el aire que ese mar desprende. Dicen que adentrarse en él es un suicidio. Aunque también dicen que tumbarse en medio de ese océano es lo mas cercano a flotar en el cielo. Aquella extraña masa no sólo es capaz de soportar cualquier peso sino que además se va adaptando lentamente a los contornos de lo que en ella se pose.
Se va adaptando lentamente, muy lentamente hasta que te engulle sin que seas capaz siquiera de darte cuenta, mientras crees aún que sigues flotando, dulcemente. Han sido tantos los hombres y mujeres que se han hundido allí que hace años que desistieron en el intento de llevar la cuenta. Y aún hoy continúan haciéndolo. Muchos sunaríes desaparecen de la mañana a la noche sin dejar rastro alguno y los lugareños saben que probablemente se atrevieron a entrar a media tarde, cuando se pone el Sol ,se tumbaron, solamente un momento, solamente, y se quedaron dormidos. Porque en Sunara existe la creencia inquebrantable de que ese mar indescifrable guarda un secreto, un hechizo, como el canto de una sirena que emerge desde las profundidades en un intento por alcanzar el Sol y del que no es posible escapar. Por eso evitan acercarse, por eso apenas salen de sus casas y hablan siempre entre murmullos y por eso sólo se sienten seguros cuando cae la noche.
No obstante no todos los habitantes de Sunara piensan que cuando te traga el mar te roza inevitablemente la muerte. Muchos están convencidos de que en el momento de hundirte, el fantasma de papel te va deslizando delicadamente entre sus entrañas hasta depositarte en el fondo. Y que allí, en el fondo se esconde otra ciudad, otra civilización, hecha de náufragos, de seres perdidos que viven en medio de un sueño imperturbable, anhelando salir algún día a la superficie. Incluso afirman que permanecerán allí escondidos por los siglos de los siglos hasta que algún día encuentren todas las respuestas. Por eso las mujeres sunaríes se dirigen todos los domingos hasta el cerro situado al otro lado de ese mar incomprensible. Con los ojos cubiertos con telas y el Sol derritiendo sus cabezas se dirigen al "Cerro de los enamorados ", llamado así por una leyenda local, una versión autóctona de Romeo y Julieta, una historia de dos jóvenes que se suicidaron arrojándose desde allí, desesperados por la imposibilidad de su amor , a las impenetrables fauces de aquel mar. Y cuando las mujeres alcanzan el borde del cerro, cobijadas por la sombra que despliega la estatua imponente  del Cristo de vidrio (hecha según dicen con las lágrimas derramadas por todos los hijos desaparecidos),estatua que tampoco nadie recuerda ni cómo ni cuándo fue construida, cuando llegan hasta ahí se asoman al precipicio y arrojan toda la comida que en su miserable pobreza han logrado reunir. Con la esperanza de que el mar la engulla y la lleve hasta el fondo, con la esperanza febril de que todos aquellos náufragos, aquellos hijos arrancados, consigan encontrarla.
Y por los callejones desiertos de Sunara, cubiertos de polvo y mugre, por los rostros afilados y tristes de sus habitantes, por sus manos curtidas y cansadas y sus voces entregadas y secas, por la brisa enrarecida que sopla siempre y  el eterno resplandor que deja el Sol en su tierra, resuena continuamente una antigua profecía de los "Innoai", sus antepasados, que decía:
" Llegará el día en el que nosotros, los Innoai, habitaremos el único lugar del mundo en el que la muerte será blanca..."

 

Join MovellasFind out what all the buzz is about. Join now to start sharing your creativity and passion
Loading ...