"She Wolf".

'Una vez, un humano y una bestia se enamoraron, pensando que así salvarían sus vidas'.
<<—¿Quien eres? —suspiró—. ¿Qué eres?
—No lo sé... >>.
'Una vez dos almas completamente diferentes se juntaron; crearon una historia, una historia prohibida'.

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3. "Tus ojos... ¿siempre han sido así?"

El agua cae por mi espalda y va bajando poco a poco hasta llegar a mis talones y desaparecen por el sumidero. Las gotas que cuelgan de mi melena hace que tenga un cosquilleo. El agua está con una temperatura perfecta y yo estiro el cuello para atrás, cierro los ojos, y me voy sumergiendo en un mundo completamente diferente a la realidad. Mis músculos se van relajando poco a poco hasta tal punto en que no los siento. 

Llaman a la puerta y abro los ojos rápido. Respiro lento y me dispongo a preguntar:

—¿Si?

—Te he dejado ropa en la habitación que hay a la izquierda. Cuando estés lista baja a la cocina, te prepararé un té o algo.

Respiro y pienso qué contestarle. En principio voy a decir "muchas gracias" pero me decido por un simple y concreto "vale". Sinceramente me siento mal por haberle dicho eso. Él me está ahora ayudando mucho. En el fondo me siento muy agradecida, pero no soy de esas personas que hacen amigos fácilmente, no es mi... especialidad. 

De pequeña creo que era la persona más sociable del mundo, lo era tanto que le daba un abrazo hasta al hombre del correo. ¿Ahora? Soy fría como el invierno, pero seca como el caluroso desierto. Mi madre me lo decía y me lo repetía día y noche: "Eres muy fría algunas veces... seca también. Sí, eres seca, me recuerdas al desierto... seco". Yo no le respondía, me limitaba a seguir en mi mundo, buscando mi libertad, siendo yo misma. No quiero ser un juguete, es decir, desde pequeños nos enseñan a socializar, pero ¿y si yo no fui echa pasa hablar con la gente? Siempre me lo pregunto, nunca encuentro la respuesta, ya la encontraré, pero mientras tanto seguiré siendo yo y simplemente yo. No me importa nada de lo que digan de mí, supongo que es lo que tiene ser 'fría y seca'... 

Ser así cansa.

Pero no puedes hacer nada... no volverás a ser la misma.

Cierro el grifo y me enrollo en la toalla que hay a mi derecha. Cuando salgo los pelos se me erizan y tirito un poco. Me fijo en el gancho de oro que hay donde está sujeto un albornoz blanco. Parece calentito.

Espero que no le importe...

Me lo pongo, recojo mi ropa, quito el cerrojo del baño y me voy a la habitación que antes mencionó. Cuando entro, veo una cama pegada a la pared con una mesita de noche de madera a su lado. Una alfombra roja y una silla con un escritorio sobre ésta. En el techo hay una pequeña lámpara de color marrón de la que sobresalen dos brazos terminados en pico. Al lado de un armario de roble hay un espejo de color oro con pequeñas líneas de color plata. En el fondo hay una ventana con los cristales empañados y por último hay una caja en el suelo. Mi primera intención es abrirla, pero prefiero no hacerlo, no es de mi incumbencia saber que hay. No es mi casa, solo soy una invitada.

Me fijo en la ropa que hay sobre la cama. Un jersey de color avellana, unos vaqueros azules desgastados a su lado y un gorro con un pompón. Hay también unas pantuflas negras y me ha dejado lencería, pero prefiero ponerme la que llevaba desde un principio. Cojo el pantalón y lo miro, parece que me va a quedar un poco ajustado, pero da igual. Lo vuelvo a dejar sobre la cama y me quitó el albornoz con cuidado. Me fijo si la puerta está bien cerrada, y así es. Suspiro y me pongo las prendas interiores mías, deslizo el pantalón por mis piernas y siento un escalofrío. Agarro el jersey y me lo pongo, pero decido no colocarme el gorro, aun tengo el pelo húmedo. Coloco los calcetines en mis pies y salgo de la habitación. Bajo las escaleras y lo veo acariciando a su perro que está cómodamente apoyado en sus piernas.

Gira la cabeza al escuchar un chirrido procedente de uno de los peldaños.

—¿Ya? 

Asiento y me quedo quieta por unos instantes viendo como él se levanta.

—Te voy a preparar un chocolate caliente, ¿vale? —al ver que no contesto, señala el sofá—. Por favor, siéntate.

—Gracias —Me siento y veo como su perro se acerca a mí, salta y se coloca en mi regazo. Yo lo comienzo a acariciar y el mueve la cola. Minutos después llega y me da una taza redonda donde pone: "Live and Repeat". En su interior hay chocolate con una esponja. Le doy un trago, pero quema. No le digo nada y sigo bebiendo a pesar de quemarme un poco la lengua—. Y, dime... ¿cómo te llamas? 

—Soy Kit —contesta— ¿y tú?

—Flash. No me gusta, llámame Ash.

—Me gusta... y dime, Flash —me dice ignorando mi proposición de cómo llamarme—, tus ojos... ¿siempre han sido así?

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