Salváme

''Sálvame, por favor, sálvame de esta pesadilla''
''Haría lo que fuera por hacerlo, princesa''
''Sácame de aquí, haz que se detengan... Haz algo''
''Lo que sea por ti, nena''

(...)

''Yo sé como puedo salvarte''
''¿Cómo? Dime, por favor''
''¿Confías en mi?'' ....

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5. Capítulo 4

Capítulo 4

—¡________!

El grito de mi padre resonó por todos lugares de la pequeña casa de madera, provocando que me diera un tirón en el estómago. Las nubes negras cubrían el cielo y unos pequeños copos de nieve comenzaban a caer desde ellas. A lo lejos se lograban apreciar los rayos que iluminaban las nubes haciendo que brillaran intensamente mientras los estruendosos ruidos de ellos resonaban por toda la ciudad.

Retrocedí con miedo. Mis manos temblaban y estaban muy frías a causa del miedo que sentía en ese instante. Los fuertes pasos de él resoban por el pasillo, sabía que se dirigía hacía aquí para hacer de mi lo que a él le diera la gana. El pomo de la puerta giró de una forma brusca para que mi puerta se pudiera abrir, dejando a la vista a mi padre. Sus ojos, inyectados en sangre, miraban con furia hacía mi débil cuerpo. Tenía su traje que usaba para su trabajo. Mi padre trabajaba en una empresa que creaba papel de todo tipo como conserje, por lo que no ganaba demasiado. Su traje era un entero de un color azul grisáceo, y a un lado de este, tenía una placa que decía ‘’Seth Deveraux’’.

Se acercó a mi de una forma brusca para agarrarme del cabello. Gemí por el agudo dolor de mi cuero cabello, mientras me arrastraba fuera de mi habitación y fuera de la casa. Me lanzó al suelo que ya había acumulado algo de nieve y me miró de una forma sombría.

—No te golpearé por que estoy cansado. Tú te quedarás aquí para que mueras con el frío.

Dicho aquello, caminó hasta entrar a la vieja casa y cerrar la puerta, dejándome fuera en el frío. Prefería esto mil veces a que me golpeara. Suspiré aliviada.

Puede que me congelara aquí afuera, pero no moriría durante la noche por horribles dolores.

Me levanté, tocando mi cabeza donde dolía. Al menos tenía puesto aquel polerón que había encontrado en la biblioteca, solo esperaba a que me abrigara lo suficiente como para no sentir demasiado frío. Guardé mis manos en formas de puños dentro del bolsillo canguro del oscuro polerón y comencé a caminar, para buscar un lugar donde podía dormir sin morir de hipotermia.

A medida que pasaban los minutos, el viento frío comenzaba a azotar mi rostro, congelándome hasta los huesos. Mi labio inferior temblaba y ya estaba segura que estaba de un color morado. Mi nariz, la notaba roja y helada, mis dedos algo calientes pero aún así el viento traspasaba mi ropa.

—¿D-dónde me podré q-quedar? —suspiré, viendo como mi aliento se lograba apreciar como vapor por el frío.

Estuve caminando aproximadamente diez minutos congelándome. Mi padre jamás me había dejado salir de uno de mis errores sin un golpe, pero esto era el infierno mismo. El frío cubría el paisaje blanco, mientras la nieve continuaba acumulándose bajo mis pies. Algunos copos me cubrían el rostro o se quedaban atrapados en mi cabello. Mi cuerpo temblaba de una forma increíble, sentía mi respiración más pesada y mi pulso bajo. Estaba sentaba bajo un árbol con un tronco grueso, mis rodillas al pecho mientras las abrazaba intentando contener algo de calor.

Intentaba recordar las veces en que mi padre me había dado cariño. Fue antes de que mi madre muriera hace años. Los tres éramos una familia feliz, mi madre siempre me cantaba para poder dormir en las noches. Cuando tenía pesadillas, ella venía conmigo y se acurrucaba a mi lado hasta que yo me dormía en sus cálidos brazos.

Extrañaba aquellos días.

Unas pisadas se escucharon a lo lejos, pero el viento y la nieve cubría los sonidos. Yo lograba sentir una presencia cerca del lugar donde estaba, pero mis sentidos se estaban debilitando. Un escalofrío apareció por mi columna vertebral, haciendo que temblara aún más que antes. Aquellos pasos volvieron a aparecer.

—¿Q-quién es? —mi voz penas salió un susurró que el viento se llevó. No sabía si quizás me había escuchado o no, pero no quería hacerme esperanzas.

Las pasos se detuvieron. Quizás había sido algún animal, un perro o un zorro. Gemí por el frío, mis dientes castañeaban. Me aferré a mi propio cuerpo y escondí mi rostro entre mis extremidades para protegerlo del frío invernal.

—¿Hola?

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