Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

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13. CAPITULO XIII El Valle De Los Lamentos

El cielo era azul completamente despejado, el sol brillaba en lo alto alegre. El viento traído del norte jugueteaba con su cabello, en aquella inmensa llanura de verde pasto que se extendía hasta más allá de la posibilidad de la vista, estaba ella y junto a ella su amor, quien la tomaba en sus brazos y la besaba apasionadamente. El momento era perfecto, el sol, el viento, los pájaros volando sobre un cielo despejado y en aquella llanura, ella y su amor. Pero repentinamente todo cambió, el cielo antes azul, ahora se tornaba de un color rojizo, las nubes grises ahora tapaban el sol, haciendo todo más oscuro, a sus pies ya no había más llanura, solo un suelo rocoso y a su alrededor corría lava ardiente, los pájaros del cielo ya no estaban, ahora eran cuervos negros, cuervos hambrientos. Ante la sorpresa de Liris ahora Harod la tomaba con mucha fuerza de los brazos, pero Harod estaba como ido, algo en sus ojos había cambiado, Liris trató de hablarle pero este no respondía, de pronto la figura de Harod comenzó a cambiar delante de Liris, el hombre comenzó a transformarse en otra cosa. Aquel animal en frente de ella con forma de lobo gritaba de dolor mientras le decía  – ¡ayúdame, ayúdame!-. Y luego sin previo aviso la atacó mordiéndola en el cuello.

Los gritos de la elfa retumbaron por todo el castillo llegando hasta la habitación del rey y la reina, esta última corrió hacia la habitación de su hija y cuando llegó la encontró sentada en su cama empapada en sudor y con la cara llena de lágrimas.

– ¿otra pesadilla, hija mía?-. Preguntó Inbanar.

Liris respondió con la respiración agitada –sí, la misma de todas estas noches-.

Desde que la noticia de la desaparición de Harod habían llegado al reino, Liris no había tenido una sola noche en la que no soñara con él, pero ese sueño se convertía en pesadilla, tal y como el de esa noche. –tengo miedo madre de pensar en que algo malo le haya pasado, que nunca más vuelva a verlo……creo que estas pesadillas son la forma en la que él me pide que lo ayude pero yo no sé cómo…y me duele pensar que él está en algún lugar necesitando ayuda y yo no puedo dársela-.

Inbanar abrazó a su hija y mientras lo hacía notó en su pecho el calor de sus lágrimas, luego intentó tranquilizarla diciéndole –ahora duerme hija mía, los sueños solo son eso, sueños, esta es la realidad, la realidad en la que estás aquí con tu padre en tu reino, aquí nadie puede lastimarte….te aseguro que esté donde esté Harod está bien y que más pronto de lo que crees lo veras de nuevo-

– ¿de verdad crees eso madre?-.

–debo hacerlo hija mía, ahora duerme-. La reina se quedó al pie de la cama hasta que Liris durmió, la contempló y se veía hermosa, pero algo en su rostro daba entender que aquel sueño no era placentero, que algo atormentaba la mente de su hija. Luego se marchó de la habitación.

– ¿otra pesadilla?-. Preguntó Elenor.

Inbanar respondió –la misma de todas estas noches-.

El rey dijo –mi pobre hija….hay algo que me preocupa de todo esto….es esa sensación de que algo está por ocurrir….yo tampoco he dormido mucho estas noches, estoy seguro que el mal del norte ha tenido algo que ver en la desaparición de Harod, las preguntas no me dejan conciliar el sueño… ¿porque secuestrar a Harod?..... ¿Para qué?… ¿qué planes siniestros tiene Miriahn?…..la tormenta se avecina….tenemos que estar preparados para lo peor-.

–Duerme mi rey-. Dijo la reina.

♦♦♦♦♦

El plan de Miriahn ya estaba en marcha, el primer paso que era el de retener a Harod, ya estaba completado, ahora tenía que poner a rodar la segunda parte de su malvado plan, para eso le comunicó a sus marionetas en Henaith, que era hora de actuar en la mente y voluntad del entristecido rey Arestes.

Arestes el rey sabio que llevó al país de los hombres a su esplendor, ahora estaba consumido por la tristeza, tristeza que le invadía el corazón y que le perturbaba la mente, además aquella condición se reflejaba en su apariencia. Tenía el rostro demacrado y descuidado, estaba débil por la poca comida que ingería al día y pocas veces se dejaba ver por sus súbditos a excepción de sus consejeros y entre ellos al que más veía era a Lennabar. Y Miriahn hablaba a través de la boca de Lennabar. Día tras día le llenaba la mente con pensamientos sombríos haciendo que el odio y el rencor hacia los elfos le crecieran en el corazón del perturbado rey. Pero Miriahn necesitaba un rey fuerte, capaz de liderar a sus tropas en el campo de batalla de esta guerra que estaba a punto de comenzar. Y en efecto en este momento de duda y rencor Miriahn le tendió su siniestra mano a Arestes, y este último sin medir las consecuencias, la tomó y aceptó su ayuda en el plan de venganza en contra del pueblo elfico de Gwangur. En efecto, el rey Arestes poco a poco pareció recuperarse físicamente, no así mentalmente, por el contrario mientras más iba recuperando fuerza física, más y más iba aumentando el rencor y los deseos de venganza; esto alegraba el negro y frio corazón de Miriahn, el plan estaba saliendo tal y como él esperaba.

Después de muchos días de encierro, Arestes se dejó ver de nuevo por sus súbditos, quienes advertían que algo había cambiado en el viejo rey, su mirada antes llena de bondad y amabilidad, ahora era una mirada fría, inexpresiva, en la que solo se podía advertir dolor y odio. Un odio creciente hacia los que él consideraba los asesinos de su hijo. Claramente Arestes había aceptado la fuerza oscura, ahora tenía la misión de reunir el ejército real jamás antes visto por el pueblo de Henaith y luego caminar por las grandes planicies y atravesar el bosque de othis para luego llegar a Gwangur. Solo había un deseo en el corazón del rey, destruir la ciudad de los elfos.

Con los hombres comprometidos a luchar en su guerra, Miriahn entendió que era el momento de que sus tropas empezaran el largo viaje hacia Gwangur. Aquel viaje era largo y tortuoso pero sus criaturas no sentían cansancio ni fatiga, así que cuando finalmente llegaran a territorio elfo, estarían listos para luchar. Más ahora que tenían nuevo general, Harod, el primer licántropo, estaría al mando de aquel basto ejército, esto disgustó enormemente a Eryanor, pero entendió que la derrota en Escalat había sido determinante para su degradación. Así que Eryanor pidió ser convertido por Harod, y este bajo el consentimiento de Miriahn accedió, sus dientes probaron la sangre elfa de Eryanor y éste último el dolor de la transformación.

Aquel era un ejército inmenso, más grande aun que el que marchó y fue derrotado en Escalat, Miriahn había aprendido la lección, La armada blanca de Gwangur era un vasto ejército de elfos bien preparados, la única forma de derrotarlos era con un ejército dos veces más grande en número y en fuerza, y este era tal ejército. Tenía 20 divisiones de orcos, con casi 1000 orcos por división;10 Divisiones de Uruks, que juntas sumaban 5000; dos de enormes trolls que eran los encargados de llevar las armas pesadas, los trolls sumaban casi 2000 y por ultimo una división elite, formada por Harod, el primer ejercito de hombres lobos, con casi 200 criaturas convertidas por el mismo señor de los licántropos, entre los que se encontraban hombres salvajes y elfos que decidieron vivir en los bosques, este era el as bajo la manga de Miriahn pues aquellas criaturas tenían la fuerza de tres elfos eso sin contar con su voracidad y resistencia. A este ejército se le iban a sumar los casi 10000 hombres del ejercito de Henaith comandados por el mismísimo rey Arestes. De este modo Aquel ejército negro jamás antes reunido y visto, esperó las órdenes de su nuevo general, Harod, para marchar. Miriahn se sentía regocijado, sabía que la victoria estaba asegurada, por más que la armada blanca fuera un digno adversario, su enorme tropa los derrotaría y por fin tomarían a Gwangur, y por supuesto lo que tanto buscaba, el motivo de esta guerra, estaría en sus manos, el tercer Timbilis, el cual le daría vida eterna y extraordinario poder.

♦♦♦♦♦

En Gwangur por su parte, el rey Elenor recibía nuevas noticias que llegaban de sus espías en el norte, un enorme y poderoso ejército estaba marchando hacia el sur, hacia sus tierras, entonces decidió llamar a todos sus generales de la armada blanca para trazar el plan a seguir. Remundasky recientemente ascendido a general de la armada blanca discutía con otros generales y jefes de división sobre la estrategia para frenar tal basto ejército, a la discusión también se sumaron los dos hijos de Elenor, Anathol y Elebert, quienes ocupaban cargos importantes en la armada. En aquella discusión Elenor solo se dedicaba a escuchar las observaciones de cada uno de los asistentes, al fin y al cabo él era el que tomaba la decisión final. Remundasky era partidario de llevar varias divisiones de la armada y salir y cortarle el paso al ejército negro, mientras que los demás generales coincidían que la mejor estrategia era enviar más divisiones de infantería a Portenense, y allí esperar el ataque. Anathol y Elebert estaban de acuerdo con Remundasky, pero ellos querían ser más audaces, pensaban que debían marchar al norte casi hasta más allá de la frontera con las tierras negras y allí cortarle el avance al ejército negro, tomarlo por sorpresa, pues aquel ejército, jamás esperaría eso.

Remundasky hizo una pausa y le preguntó a Elenor – ¿señor, que opina usted?-.

Elenor que hasta entonces había permanecido en silencio escuchando atentamente todas las opiniones, miró el mapa que estaban viendo, aquel mapa extendido en la mesa, escasamente dibujado, pero que brindaba a todos una visión aproximada de la tierra conocida. Señaló un punto en aquel mapa y dijo –es aquí donde en donde debemos establecer batalla-.

Remundasky y los demás miraban atentamente las indicaciones del rey.

Elenor continuó –este es el mejor lugar, no podemos permitirles que avancen más de este lugar….el sitio tiene alrededor de una milla, podremos esperar y ver al enemigo, no podrán sorprendernos, además no permitiré que destruyan ninguna ciudad, no debemos permitirles que llegan a ninguna de nuestra ciudades-.

Uno de los generales con respeto preguntó – ¿pero mi señor, como sabemos que pasaran por este lugar?, podrían tomar un rumbo diferente-.

Elenor respondió –según los espías este será el camino que tomarán, Miriahn no se arriesgara a desviarse hacia el oeste pues se encontrara con las montañas de hierro y por supuesto con los enanos, a él no le interesa hacerse de otro enemigo, por otro lado si se desvía al este, le tomaría mucho tiempo rodear el gran desierto…por lo tanto señores, la batalla se llevara a cabo en el Valle de los lamentos-.

Remundasky y los demás estuvieron de acuerdo que el plan trazado por el rey Elenor era el mejor y antes de salir para alistar sus tropas tomó la palabra y dijo –Hay algo más que debemos tener cuidado-. Hizo una pausa mientras todos los presentes le prestaban atención, luego siguió –algo está pasando más allá del bosque de Othis, más allá de las grandes planicies, no hemos recibido más suministros de parte de Henaith, declararon cerrada la frontera, aumentaron su número de guardias en la misma y según algunos rumores que han llegado a mí, Arestes está armando un ejército muy importante. ¿Para qué?...no se sabe, lo único que sé, es que según cuentan, el rey ha recibido a extraños emisarios, nunca antes vistos por estos lados…esto es lo único que sé y esta información data de al menos dos semanas, ya que no he tenido noticias de mis informantes, temo que hayan sido tomados presos o peor, pues según ellos mismos, el rey Arestes proclamó públicamente su odio y rencor hacia nuestro pueblo por lo ocurrido con su hijo-.

Elenor sorprendido por esta declaración dijo –pues bien entonces hay que tener cuidado de la frontera, aunque dudo mucho que Arestes se atreva a atacar, él sabe del poderío de nuestra armada, sin embargo no debemos dejar que este asunto se nos salga de las manos-. Mirando a Remundasky dijo –manda soldados a la frontera y que informen lo que vean. Roguemos al cielo que Arestes no ataque, sería muy difícil combatir en dos frentes, en el norte con el ejército de Miriahn y en el este con los hombres-.

–Así se hará mi señor-. Asintió Remundasky, y así se dio por terminada esta reunión.

Oficialmente la guerra había comenzado para Gwangur, muy pronto la armada blanca marcharía de nuevo, pero esta vez hacia el norte, hacia el valle de los lamentos. En una guerra que se derramaría mucha sangre y que reclamaría muchas vidas, muchos irían a la batalla, pero no todos regresarían a casa. Tiempos difíciles para los elfos estarían por venir.

♦♦♦♦♦

Arestes, que ahora era un ciervo más de Miriahn, miraba complacido su ejército. Había recibido órdenes de su nuevo amo, ordenes que le decían que debía marchar hacia el norte. Las ordenes eran claras, marchar a través de las grandes planicies, cruzar las majestuosas montañas Azules y luego tomar hacia el oeste para reunirse allí con el ejército negro. Y así fue, Arestes dio la orden para empezar la marcha. Dejando atrás sus tierras y sus familias, los hombres del país de Henaith marcharon hacia una guerra impulsados por el odio y el rencor que ahora habitaba en el corazón de su rey, otrora justo y sabio. Muchos de los hombres que ahora marchaban a la guerra contra los elfos, ni siquiera eran soldados, muchos eran artesanos, agricultores, artistas; reclutados con oscuras mentiras, atizando el sentimiento nacionalista de defender su tierra en contra de un enemigo invisible, de un enemigo que solo veía Arestes. Dejaban atrás a sus familias que los despedían con lágrimas en los ojos, como un presagio de su triste final, la gran mayoría de estos hombres que marchaban a la guerra, no regresarían a casa, no verían de nuevo a sus esposas, no besarían a sus hijos, no abrasarían a sus hermanos, muchos yacerían en el campo de batalla, y sus cuerpos serian devorados por los cuervos y otros animales de carroña. Los que iban a la guerra no eran soldados, eran simples marionetas que complacian los caprichos de odio y rencor de Arestes que a su vez era un simple títere de Miriahn.

♦♦♦♦♦

El día de la partida llegó. Recientemente habían llegado reportes a Elenor de sus espías, que le advertían del ritmo vertiginoso con el que marchaba el gran ejercito negro, ya se aproximaban a  Aeldrim, una serie de riscos y cañones en donde seguramente el ejército negro, se retrasaría un poco para cruzar aquel lugar. Sabiendo esto Elenor decidió que era hora de partir. Y el día llegó, La armada blanca estaba reunida, solo un par de regimientos no iban a la guerra. Un regimiento se quedaba en Gwangur para darle seguridad a la ciudad, otro fue enviado a la frontera con el reino de Henaith, y los demás iban a reunirse con los regimientos de Portenense. En total aquella armada blanca contaba con cerca de 15 mil elfos Valientes, todos y cada uno de ellos dispuestos a ofrendar su vida con tal de proteger estas sagradas tierras. A la cabeza de este ejercito poderoso iba el rey Elenor, a su lado su general Remundasky y con ellos los dos hijos del rey, Anathol y Elebert. Días antes, cuando Elenor le comunicó a pueblo la decisión de marchar a la guerra, Liris le hizo saber a su padre la intención de unirse a la armada para ir a combatir, pero el rey se negó a esta solicitud diciéndole –No iras a la guerra, no permitiré que arriesgues tu vida-.

Liris repuso –no me quites esta oportunidad de defender esta que también es mi tierra-.

–debes entender hija mía que el pueblo te necesita aquí, cuidándolos, ellos necesitan a alguien que los gobierne mientras yo estoy en la guerra…me eres más útil aquí cuidando de que todo marche normalmente….además el campo de batalla no es lugar para una princesa-. Esa fue la última palabra del rey,

Liris no tuvo más remedio que obedecer.

Aquella mañana soleada y calurosa fue la elegida para partir. El Elohim Arish se hizo presente, bendiciendo a todos los soldados y a sus espadas. El rey Elenor dio la orden y empezó la marcha. Dejaron atrás la ciudad, ahora se enrumbaron hacia Portenense, en donde se les unirían los regimientos restantes.

El lugar elegido para la batalla era un lugar conocido como el valle de los lamentos, aquel lugar iba a ser testigo del choque de dos fuerzas extraordinarias. Por un lado el ejército negro, al comando de su nuevo general, Harod, al que se le uniría los hombres de Henaith, este ejército solo vivía con para una cosa, traer muerte y dolor al mundo. Por otro lado la armada blanca de Gwangur, al comando del mismísimo rey Elenor, su misión, derrotar la tiranía, exterminar el mal y traer paz definitiva y duradera al mundo conocido. Ambas fuerzas poderosas marchaban, cada una con sus ideales, con sus objetivos, con sus metas claras. Pronto la tierra iba a ser testigo de la batalla jamás antes vista en donde se empezaría a escribir la historia. Sería la victoria de la luz sobre las tinieblas o acaso la oscuridad cubriría al mundo, extinguiendo la luz del amor. Pronto lo sabremos, pronto el destino de la tierra será decidido en el valle de los lamentos.

♦♦♦♦♦

Esta noche era oscura y bastante fría, tan fría que helaba los huesos de aquellos que esperaban al enemigo para combatir. A lo lejos ya se podían oír los tambores de guerra de los orcos, casi como sonidos imperceptibles. Aquellos sonidos eran lejanos y se confundían con la sonoridad de los truenos que caían del cielo. Elenor, Remundasky y en general toda la armada blanca, estaban formados en perfectas formaciones, esperando ver al enemigo a la distancia. Si bien la vista de los elfos era privilegiada y ya notaban la presencia de su enemigo en el frente de ellos a una distancia considerable en aquel enorme lugar, solo podían ver las tenues luces de las antorchas que portaban los orcos. Mas sin embargo la oscuridad del lugar no dejaba ver la verdadera magnitud de aquel basto ejército. De pronto los tambores de guerra se hicieron más sonoros. En frente de la armada blanca, a unos 300 metros de distancia la primera avanzada del ejército de Miriahn se hacía presente. La marcha de los orcos se detuvo, aquellas criaturas, para sorpresa de Elenor hicieron una impecable formación, cientos y cientos de combatientes malignos llegaron detrás de los primeros y se acomodaban para la batalla. Los tambores siguieron sonando mientras más y más enemigos seguían llegando. De pronto algo en la formación del ejército negro cambió. Para sorpresa de Elenor, otra gran cantidad de orcos empezaron a avanzar a la izquierda de la primera formación. Orcos, uruks, trolls y demás criaturas seguían llegando. De un momento a otro paró la música de los tambores, esto le dio a entender a Elenor que el enemigo estaba completo, pero el rey se equivocaba. Del este, más precisamente de las majestuosas montañas azules, otro grupo de combatientes parecía que se hacía presente, las pequeñas luces de las antorchas así lo  dejaban a entender. El temor de Remundasky se hacía real, no cabía duda eran los hombres de Henaith. De la salida de las montañas azules, hasta el campo de batalla había más o menos alrededor de 2 kilómetros. El ejército de Henaith a la cabeza de Arestes avanzó por el valle hasta estar en posición de ataque, pero se situó a la derecha de la primera formación de orcos. Aquella formación de tres frentes no era mera casualidad, era estrategia de Miriahn. No atacaría solo por un frente sino por tres. Aquella estrategia dictaba un movimiento de pinzas, mientras que un frente atacaba por el centro, los otros dos frentes atacarían por los costados, así que poco a poco que avanzarían en contra de la armada blanca, las pinzas se irían cerrando, dejando a la armada blanca atrapada y rodeada.

El ambiente era tenso en el campo de batalla, los elfos con arco y flecha en mano, apuntaban en dirección a su enemigo, lo mismo hacían los orcos, pero nadie se atrevía en ser el primero en agredir. De pronto aquellas criaturas del ejército negro empezaron en su ritual previo a la guerra. Mientras rugían, aplastaban sus lanzas en el suelo y chocaban sus espadas contra sus escudos, aquel sonido se escuchó por todo el lugar. De repente, Un trueno del cielo centelló y por primera vez dejo ver a la armada blanca, la inmensidad del enemigo. De verdad que aquel ejercito nunca jamás se había visto, eran miles de miles y seguían llegando más. De pronto del cielo empezaron a caer unas pequeñas gotas de lluvia, la mayoría de la armada blanca miró al cielo pero nadie dijo nada.

De un momento a otro Remundasky igualó a Elenor, quien estaba más adelante, y le dijo –señor…llueve…-.

Elenor con calma y con una leve sonrisa en su rostro le respondió –veo……tal parece que pelearemos bajo la lluvia-.

La fría lluvia caía sin dar tregua, era una lluvia helada que congelaba los huesos, largas columnas de humo se desprendían de las antorchas como consecuencia de la lluvia. Era una fuerte lluvia, acompañada de sonoros truenos y poderosos rayos que caían en la lejanía, pero que alumbraban todo el lugar en su majestuoso recorrido. Mas sin embargo nadie parecía moverse  ni siquiera un poco. Al frente de la gran armada blanca estaba Elenor, a su izquierda Remundasky y a su derecha sus dos hijos. Mientras tanto Arestes montaba su caballo al frente del ejército real del reino de Henaith. Pero no se veía quien era el comandante del ejército negro, todos, incluyendo a Elenor, esperaban que Eryanor estuviera al frente de tal basto ejercito; pero no se veía por ningún lado. Todos se preguntaban quién sería ahora el comandante de aquella fuerza destructiva. De pronto de entre las tropas malditas se abrió paso un individuo montado en un gigantesco caballo negro. Nadie sabía quién era, pues aquel sujeto llevaba una armadura negra y en la cabeza un yelmo del mismo color, impidiendo que se le notara el rostro. Este sujeto era por supuesto Harod, pero nadie lo reconoció, ni siquiera su padre y por supuesto él tampoco reconoció a nadie ni a su padre, porque desde su conversión en aquella criatura que ahora era, había perdido los recuerdos del pasado.

La batalla tan esperada por fin comenzó. De uno y otro lado volaron flechas que surcaron el negro cielo, la batalla más grande por el dominio de la tierra había comenzado, por un lado la gran armada blanca de Gwangur contra las fuerzas maléficas de Miriahn apoyadas por el ejército real de Henaith. El lugar elegido para la batalla era aquel inmenso valle llamado el valle de los lamentos, un nombre, vale la pena decir muy apropiado.

♦♦♦♦♦

Mientras tanto en Gwangur, Liris no hacía más que mirar hacia el norte. Desde aquel balcón donde se encontraba se podían ver los truenos que caían en la lejanía. Se sentía incomoda, algo en su interior le decía que de esta guerra estaban por venir tiempos de oscuridad. Se preguntaba si su padre estaría bien, le rogaba a los cielos que guardara la vida de su padre y la de sus hermanos; mas sin embargo las cartas ya estaban echadas, el destino ya estaba rodando, el dolor, la tristeza y el desconsuelo pronto nublarían el corazón de la princesa del reino de Gwangur.

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En tiempos de guerra el odio del hombre se desata. Combatiendo por una causa maldita y sin saberlo, al lado de su hijo que creía muerto, Arestes dirigía a su ejército. Si bien los hombres no tenían ni la fuerza ni la resistencia de los orcos y peleaban más con desorden que con inteligencia, su participación en esta guerra fue crucial. Hora tras hora las tenazas de la estrategia de Miriahn se fueron cerrando, y los elfos aunque combatían con tesón y valentía, cada vez cedían más terreno. Pero los elfos al comando de Elenor y Remundasky se mantenían firmes, aunque cedían terreno, también causaban considerables daños a sus enemigos, principalmente a los hombres de Arestes. Mas dúctiles con la espada, más fuertes físicamente y más agiles, los elfos sacaban ventaja de la confrontación cuerpo a cuerpo con los hombres mas no así con los orcos y uruks del ejercito negro, ahí la lucha era más equilibrada.

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Desde lo más alto de la torre de Borag, en su habitación oscura, rodeado de los espíritus malignos, Miriahn veía como se desarrollaba la batalla, hacia movimientos con las manos como mandando en un tablero imaginario, sus órdenes se las trasmitía a el propio Harod en el campo de batalla a través de sus oscuros pensamientos. Miriahn lo veía todo.

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Pasaron días enteros de sangrientas batallas. Días de intenso sol, días de lluvia implacable, noches de frio congelante y paralizante y la guerra seguía. Era una guerra sin tregua, no había espacio para el descanso, para el reposo, para la reflexión. Los muertos yacían en el piso, tiñendo de oscuro el verde pasto del valle. No había tiempo para retirarlos, solo los heridos eran sacados del campo de batalla. Pero aquella batalla estaba próxima a terminar, aquel final de la batalla seria trágico para las fuerzas del bien. Miriahn decidió que era hora que su as bajo la manga entrara a la guerra para darle un giro definitivo. A través de la magia oscura le comunicó su decisión a Harod. El momento había llegado, las horribles criaturas conocidas como hombres lobo harían su aparición. Mientras tanto, en otro escenario de esta batalla, una flecha elfa impactó al rey de los hombres, Arestes, quien cayó de su caballo al suelo herido de muerte, sus hombres lo sacaron del campo de batalla con premura y fue llevado  a las toldas para ser curado. Una vez en las toldas, el medico lo examinó y no lo encontró muy bien, el disparo había sido certero y la flecha se había incrustado en el lado izquierdo del pecho, muy cerca del corazón, cualquier movimiento para sacar la flecha podría causar la muerte del rey, pues en su trayectoria de salida, la flecha podía reventar alguna arteria coronaria. Se le comunicó la situación al rey que aún estaba consiente pero agobiado por el dolor. Arestes sabiendo que su fin se aproximaba, llamó a su fiel hombre de confianza  llamado Mikael y le pasó el mando de sus tropas, de ahora en adelante Mikael sería el general del ejército de los hombres. Repartiendo las ultimas órdenes a sus hombres, acostado en una humilde cama, lejos de casa y agobiado por el dolor, Arestes, soberano del reino de Henaith, murió con estas últimas palabras –me voy feliz porque al otro lado me está esperando mi hijo, en sus fuertes brazos descansare por siempre en paz-Cerró los ojos para siempre.

La noticia de la muerte de Arestes se expandió por el campo de batalla como una peste, acrecentando el odio de los hombres. Ahora Mikael era el general a cargo del ejército real de Henaith, ejercito que se veía disminuido dramáticamente en número, pero que igual seguía combatiendo con fiereza,  más ahora que los hombres supieron que su amado rey había sido muerto por los elfos. Otra razón más para odiarlos.

Llegaba otra noche más al campo de batalla. La luna en lo alto del cielo se veía majestuosa, esta vez no habían nubes que opacaran su luz, pero esta luz era diferente, tenía un color rojizo, maligno, era como si la luna estuviera bajo el influjo de alguna clase de magia y en efecto Miriahn tenía mucho que ver en aquel espectáculo extraño de la naturaleza.

El momento de entrar a la guerra había llegado. Bajo aquella luz de esa majestuosa luna, Harod y los suyos se dispusieron a combatir. En la distancia, Elenor miraba como se desenvolvía la batalla, miraba como sus elfos peleaban, entre ellos sus dos hijos, los cuales eran muy hábiles con la espada, veía a Remundasky hacer muy buenos movimientos y como se apañaba a muchos enemigos que parecían demasiado torpes al lado del virtuoso elfo. Pero el rey con su vista de elfo, también veía a la distancia como un grupo de hombres, en las toldas enemigas se quitaban las armaduras hasta quedar en solo un atuendo sencillo, Elenor no entendía lo que estaban haciendo aquellos individuos y más sorprendido quedó cuando aquellos hombres y elfos empezaron a correr a través de la sabana. Harod iba al frente del grupo y detrás de él, aquellos que él mismo convirtió. Corrían por la llanura en dirección al campo de batalla y mientras lo hacían, bajo la luz de la luna, comenzaron a mutar de forma. Los que al principio parecían ser hombres corriendo, lentamente se fueron transformando en otra criatura hasta ahora no vista por los elfos e inclusive los hombres de Henaith. Los que al principio corrían en dos pies, ahora lo hacían a cuatro patas. Fue la primera vez que los licántropos hacían su aparición en la guerra y sería fundamental y definitiva. Esta vez, el as bajo la manga de Miriahn le daría el triunfo tan esperado en esta batalla. Elenor veía con horror como aquellas criaturas, parecidas a lobos pero gigantescos, mataban sin compasión y con facilidad a muchos de los suyos. El rey cabalgó con rapidez hasta su división de arqueros y les dio la orden de disparar apuntando a aquellas criaturas. En efecto las flechas surcaron el negro cielo y muchas de ellas dieron el blanco, pero aquel frenesí de muerte y sangre continuaba. Otra carga más de flechas fue disparado y otra más y más, pero nada parecía detener a aquellas agiles y fuertes criaturas, muy pocas cayeron al suelo con cinco o seis flechas clavadas y mientras morían, regresaban a su forma humana, así a simple vista parecían seres normales. La entrada de estas bestias fue definitiva, su fuerza y agilidad eran incomparables, además de eso aquellos licántropos eran sanguinarios al extremo, todas sus víctimas morían desangradas por crueles y salvajes mordidas. Los crueles Licántropos seguían su festival de muerte y sangre, desequilibrando la balanza de la guerra. Los elfos comenzaron a perder terreno y a retroceder. Detrás de los licántropos avanzaba el gran ejército negro y también el ejército de Henaith, la victoria estaba muy cerca. Aquel espectáculo era horripilante a los ojos del rey Elenor, el dolor de ver a muchos de los suyos morir de tan cruel manera le partía el corazón al buen rey. Pero aquel dolor no terminaba ahí, se acrecentó cuando el rey vio impotente como sus dos hijos fueron brutalmente heridos a manos de estas criaturas, los príncipes de Gwangur ahora yacían moribundos en el piso, con heridas mortales se desangraban. Elenor y un grupo de soldados elfos fueron a tratar de auxiliarlos pero ya era demasiado tarde. El rey elfo lloró por sus dos hijos y por todos los elfos que yacían alrededor, muertos en ríos de sangre. Con rabia desenvainó la espada y no atendiendo los gritos de los suyos, se abalanzó sobre las criaturas. Bajo la mirada asombrada de Remundasky, el poderoso rey Elenor luchaba con los licántropos, matando a muchos de ellos, entonces el general de la armada blanca entendiendo que tenía que apoyar a su rey dio la orden para contraatacar a los enemigos y defender a su rey que tan valientemente peleaba. Y así lo hicieron los elfos, con espada en mano fueron al frente siguiendo el ejemplo valeroso de su rey. Mientras tanto Remundasky dio también la orden de rescatar los cuerpos de los dos príncipes del campo de batalla. El Poderoso rey Elenor con espada en mano, seguía apañándose a muchos enemigos entre los que se encontraban orcos, hombres y aquellas criaturas conocidas como licántropos, en fin cualquier desafortunado que se atravesara en el camino del rey, probaría el sabor de su espada, y detrás de él, venían sus soldados quienes ahora recuperaban un poco del terreno perdido. Pero una lucha titánica estaba a punto de empezar, pues al frente del rey Elenor estaba aquel que parecía ser el líder de aquellas criaturas, Harod convertido en un hombre lobo gigantesco de pelaje blanco, lucia temerario e imponente. Entonces el rey se le abalanzó al licántropo con espada en mano, dando inicio a aquella lucha extraordinaria de dos fuerzas titánicas, pero la lucha no duraría mucho, aunque el rey era extremadamente fuerte y ágil, aquella malévola criatura no tenía rival en el mundo conocido. Remundasky y los demás elfos vieron con horror como aquel inmenso y temerario lobo mordía el cuello del rey y después con una fuerza magnifica arrojaba su cuerpo lejos. El rey estaba gravemente herido, la mordida en el cuello era fatal y seguramente tenía muchos huesos rotos por la fuerza del impacto. Remundasky dio la orden de defender las posiciones, mientras a otro grupo de elfos les ordenó rescatar al rey. En efecto, un grupo de soldados rescató al adolorido y agonizante rey que fue llevado a las tiendas de campaña, hasta allí llegó Remundasky. Elenor el poderoso rey elfo yacía consumido por el dolor y desangrado, a su alrededor sus más fieles súbditos, todos agobiados por el dolor de ver a su rey agonizante. Pero si bien el dolor lo consumía, Remunsaky sabía que tenía que tener en ese momento cabeza fría, ahora las vidas de los elfos que aun combatían estaban en sus manos, la gran armada blanca ahora estaba bajo su mando, así que tenía que tomar decisiones rápidas e inteligentes. Vio cómo se desenvolvía la batalla, con los enemigos ganando terreno y al ver los rostros de sus soldados, Remundasky supo que era hora de retroceder y así dio la orden. La armada blanca, el más grande ejército libre de la tierra, perdía la primera batalla en esta sangrienta guerra, aquel era el primero de muchos golpes que sufrirían los elfos. Por otro lado Miriahn saboreaba este momento, veía como los elfos retrocedían, si bien su malvado ejército había sufrido muchas bajas, eso no le importaba mucho, por lo pronto disfrutaba de ver como su plan por conquistar toda la tierra y exterminar a los elfos había comenzado con pie derecho, ahora el camino estaba despejado, sabía que la armada blanca había sufrido un golpe devastador, sus filas estaban reducidas en números, seguramente en Portenense no ofrecerían mucha resistencia y la ciudad seria suya, aquello alegraba el negro corazón del Elohim, pero por lo pronto le dio la orden a Harod que reorganizara las tropas y que esperara refuerzos que reemplazarían a quienes habían muerto en combate.

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