Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

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12. CAPITULO XII El señor de los licántropos

El día de la tan esperada audiencia llegó. Harod había sido llevado desde Portenense hasta Gwangur para ser juzgado. Había sido recluido y estaba fuertemente vigilado por cientos de elfos. Nadie ni siquiera Liris había podido verlo ni mucho menos hablar con él. Tan solo a Arestes se le permitió verlo antes de la audiencia. Aquel encuentro fue muy breve. El rey encontró a su hijo en un aparente buen estado físico. Apenas Arestes entró a la habitación, Harod corrió hacia su padre y se unieron en un fuerte y emotivo abrazo.

El rey con lágrimas en los ojos dijo – ¿cómo llegaste a esto hijo mío?…. a estar preso en un país extranjero… tu eres un príncipe…. no deberías estar aquí… deberías estar en tu reino junto con tu madre y conmigo-.

 Harod poniéndole ambas manos en los hombros de su padre contestó –No te preocupes padre, seguro el rey Elenor tomará una correcta decisión, él es sabio y bondadoso….te aseguro que en pocos días estaré libre-.

Arestes replicó –espero que tengas razón hijo mío y que Elenor tome una sabia decisión pues de no ser así….yo mismo vendré a sacarte por la fuerza de aquí….así me toque pasar por encima de quien sea-.

 La conversación entre padre e hijo fue interrumpida por un guardia que invitaba a Arestes a abandonar la habitación. Arestes se despidió de su hijo no sin antes besarlo en la mejilla, luego salió de la habitación con rumbo al gran salón, sitio elegido para la audiencia en la que Elenor debía dictar sentencia en este caso.

Harod fue conducido al gran salón, con las manos y los pies con cadenas, estaba humildemente vestido con ropas elficas y escoltado por tres elfos bien armados. Cuando entró al salón vio que el lugar estaba lleno. Fue caminando a través de los elfos que estaban sentados a la izquierda y la derecha de él. Al frente estaba Elenor y a la derecha del rey estaban los elfos del concejo. El hombre se esforzó por mirar a todos los lados buscando a su amada y no la encontraba, hasta que por fin después de tanto buscarla con la mirada, la vio, sentada al lado de su madre, la reina. Estaba hermosa, llevaba el prende en su cabello y le brindaba una hermosa y cálida sonrisa. Elenor entró al salón y de inmediato todos se pararon de su asiento.

El rey tomó asiento y dio por iniciada la audiencia. –honorables y sabios concejales, hermanos presentes, Arestes rey de Henaith y acusado. Yo Elenor rey de estas santas tierras elficas, doy por iniciada esta audiencia en donde daré a conocer mi decisión en este ya conocido caso. Primero que nada, quiero que entiendan que la decisión que tomare, será inapelable, no habrá derecho a réplica ni a reconsideración de la misma. Durante este tiempo que me he tomado para pensar y reflexionar para tomar esta decisión, he tomado en cuenta las recomendaciones del concejo y también la petición de mi amigo aquí presente-. Señalando a Arestes. El rey continuó –Este es un caso complicado. Pero las leyes de nuestro pueblo son muy claras y el castigo para los que cometan el delito del que se acusa a este hombre es muy severo, pues es un delito grave…-.

Los elfos presentes asintieron, dándole la razón al rey.

Elenor siguió –sin embargo he hablado con el Elohim y en sus santas y sabias palabras he encontrado la respuesta que tanto he buscado-.

Todos Los presentes estaban expectantes de las próximas palabras que iba a pronunciar Elenor.

El rey miró a Harod y dijo –no puedo dejarte en libertad-. Luego miró al concejo y dijo –ustedes esperan algo de mí que no puedo hacer, no puedo mandar ejecutarlo, por la tanto la decisión que he tomado es la siguiente: Harod, te sentencio a cadena perpetua y pagaras tu pena en las mazmorras de Portenense, jamás después de hoy volverás a ver la luz del día, no podrás tener contacto con nadie, tu confinamiento será eterno….esa es mi decisión-.

Después de oír la sentencia que Elenor le proclamó a su hijo, Arestes se paró iracundo de su lugar y desenvainó la espada, luego señaló a Elenor y dijo –no permitiré que le hagas esto a mi hijo, Elenor, te lo advertí-. El rey hombre camino amenazante hacia elenor, mientras tanto los elfos guardias del lugar le cerraban el paso y otros apostados en los balcones del segundo piso apuntaban con sus flechas a la humanidad del rey de los hombres.

Elenor viendo lo tenso de la situación se dirigió a Arestes –amigo guarda tu espada, no permitas que se riegue sangre en este salón, no tiene por qué terminar así-.

Arestes entendió que la situación era desventajosa y volvió a poner la espada en la funda de su cinto, luego abrazó a su hijo y lo besó de nuevo en la mejilla, al hacerlo le dijo en el oído –Aguarda hijo mío, muy pronto vendré por ti-.

Los guardias procedieron a retirar del salón al sentenciado en medio de los insultos de los elfos que ya a esa altura habían perdido la compostura que los caracterizaba. Liris con lágrimas en sus ojos se acercó a su padre y le dijo –como haz podido padre mío hacer esto….condenar a un hombre inocente…-. Las lágrimas no la dejaron continuar.

Elenor le acaricio el cabello y le dijo al oído –las cosas no siempre son lo que parecen, confía en mi hija mía-. Luego de decir esto, el rey salió de la habitación; a Liris le quedo la sensación que a su padre algo le quedaba por hacer, que todo esto había sido una distracción que ocultaba las verdaderas intenciones y la voluntad del rey. En efecto a Elenor algo le quedaba por hacer, algo que irremediablemente y a pesar de las buenas intenciones, no tendría un buen futuro.

♦♦♦♦♦

Era de noche y mientras su carruaje era impulsado por cuatro ejemplares equinos vigorosos y las ruedas rechinaban alegres cortando el silencio del viaje, Elenor no dejaba de pensar en las implicaciones de lo que iba a hacer. Hacía ya unos días había mandado un mensaje secreto para el rey Arestes y esperaba ansioso que aquel mensaje hubiera llegado con éxito y que además hubiera sido bien atendido por el rey del país de los hombres. Esas y otras cosas rondaban en la mente de Elenor, pero ya las cosas estaban en marcha y por más que quisiera ya no había tiempo de retractarse de la decisión que había tomado, decisión que por más que estuviera llena de buenas intenciones  llevaría a Harod a un destino insospechado, a ser protagonista en la guerra que se iba a iniciar. En fin, la guerra ya estaba en marcha y este era el primero de muchos eslabones en la cadena de hechos que llevarían a una inevitable guerra en la que mucha sangre de elfos y hombres se derramaría, tiñendo la tierra de rojo.

♦♦♦♦♦

Aquella noche era fría, la manta con que se cobijaba, apenas si lograba disimular el frio de aquella solitaria y oscura celda. Harod luchaba para conciliar el sueño, un sueño que desde que vio a su amada, Liris, varios días atrás, le era esquivo. De pronto escuchó pasos que descendían de los escalones y sombras producidas por las antorchas encendidas, aquellos pasos se acercaban cada vez más a su celda, sintió miedo. Los elfos guardias se apostaron a cada lado de la celda y le abrieron paso a otro elfo que estaba cubierto por una manta purpura o al menos eso parecía a la luz tenue de las antorchas, aquella manta también le cubría la cabeza a aquel elfo. Uno de los guardias abrió la celda y aquel elfo entró, mientras Harod sentado miraba inmóvil, lleno de miedo y preocupación.

Entonces aquel visitante habló –muy bien, hablare solo una vez así que presta mucha atención-.

Aquella voz le era familiar a Harod, pero por más que intentaba no podía reconocer a quien pertenecía.

Aquel sujeto volvió a hablar –asesinaste a elfos en nuestro país y el castigo para tal cosa como haz de saber es la muerte y créeme estuve tentado a decretarla…-. Hizo una pausa y luego siguió –atendiendo a las palabras de un sabio, no se debe castigar por amar sino por odiar…. por este motivo y por el amor que profesa por ti mi hija, te doy la libertad…-. Aquel elfo se quitó la capucha de la cabeza y dejó ver su rostro.

Ante el asombro e incredulidad de Harod, quien estaba al frente suyo era el rey elfo Elenor, quien continuó diciendo –te concedo tu libertad, pero debes saber que lo que se dirá de este día, es que tú huiste ante un descuido de nuestros guardias, por ese motivo y por tus acciones pasadas no podrás pisar tierra elfica de Gwangur de nuevo, si lo haces correrás grave peligro de muerte pues los elfos dispararan a matar si te ven en nuestro país…-.

Harod confuso preguntó – ¿que pasara con Liris, la podre volver a ver de nuevo?-.

Elenor lo miró fijamente y en sus ojos se notó dureza, dijo – nunca jamás….tienes que entender que ese amor tan grande que ella te tiene es en gran parte el responsable de que continúes con vida….por eso te pido que nunca jamás vuelvas a buscarla, pues si lo haces, lo más probable sea que mueras y ese es un dolor que quiero evitarle a mi amada hija…-.

Harod bajó la cabeza en señal de que había entendido lo que el rey Elenor le decía, este último lo afanó diciendo –debes darte prisa, he llamado a guerreros de tu país quienes serán tu guardia y te llevaran a salvo con tu padre, ya han llegado y están esperándote…vamos de prisa-.

♦♦♦♦♦

Era la primera vez en días que Harod veía la luna, en esta noche en particular estaba de un color rojizo, uno de los elfos guardias notando el interés del humano por el satélite dijo –se dice que cuando la luna está roja es porque se ha derramado o se va a derramar sangre inocente-.

A lo que otro repuso –esas son tonterías-.

En efecto afuera de aquel lugar que servía de cárcel y aposentos de aquella legión de elfos, estaban cuatro caballistas del reino de Henaith, Harod los reconoció por la manta dorada de los caballos. Estos al ver al príncipe se bajaron de sus equinos y lo saludaron muy cortes y respetuosamente. Elenor también los saludó y tomando del brazo a Harod se los entregó diciendo –aquí les hago entrega de su príncipe, háganle saber al rey Arestes de este gesto de bondad que tengo con su pueblo, que no lo olvide pues estoy arriesgando muchas cosas y pasando por encima de las leyes de mi pueblo para proteger y salvar la vida de su hijo-.

Uno de los jinetes se acercó y tomó del brazo a Harod y lo llevó hacia un hermosos caballo y dijo –suba mi señor, es hora de irnos-.

Harod hizo el ademan de subirse, miró para atrás en dirección al rey Elenor y le dijo –Cuide mucho a Liris…dígale que la amo…que nunca la olvidare….que siempre estará en mis pensamientos hasta el fin de mis días-. Después de decir esto Harod se montó a su caballo. Los otros jinetes hicieron lo mismo y se dispusieron a cabalgar, se despidieron de los presentes e iniciaron la cabalgata hacia tierras del este.

Los cinco caballistas en cabeza de Harod, cabalgaban a la luz de la luna hacia el este, el terreno por cubrir era mucho y por tal motivo cabalgaban a buen paso, según sus cálculos tendrían que llegar al puente de Ehb al amanecer. El puente de Ehb era el lugar obligado de convergencia de todos los que querían pasar al otro lado del rio Gidli, pues era el único puente con capacidad para pasar grandes cantidades de mercancía y personas al mismo tiempo. Tenían que llegar antes de amanecer y cruzar el puente sin ser notados, pues de lo contrario los presentes reconocerían a Harod y a los caballistas y se frustraría la fuga, por tal motivo aceleraron la marcha. Mientras cabalgaba a la luz de esa luna roja, Harod no dejaba de pensar en su amada, los sentimientos se entremezclaban, por un lado sentía alivio y alegría por estar de nuevo en libertad, pero por otro lado tenía un nudo en el corazón al pensar que nunca más volvería a ver a su hermosa elfa, sentía y pensaba que su vida no tendría sentido si no besaba de nuevo esos provocativos y tiernos labios rojos. Todas estas cosas rondaban en la mente del príncipe del reino de los hombres, ignoraba que su destino iba a estar ligado al señor oscuro y que su vida tal y como la conocía se iba a desvanecer, que pronto dejaría de ser el mismo para convertirse en el títere de una voluntad siniestra que lo dominaría. Pronto no tendría memoria ni recuerdos, pronto no recordaría a su padre, su reino ni a su amada, pronto solo sería la criatura más abominable y sangrienta que se hubiera visto sobre la faz de la tierra, ese era su destino, un destino al que él no podría huir, un destino inevitable que lo ataría  a las tinieblas haciéndolo olvidar su condición de humano.

Como se habían propuesto los caballistas, llegaron al puente de Ehb antes de que el sol se hiciera visible, cruzaron su camino de piedra y estuvieron del otro lado, allí los recibieron otros dos caballistas del reino de Henaith. Ahora eran siete los que cabalgaban hacia el oriente, el viaje era largo y duro, tendrían que atravesar el bosque de othis y luego las grandes planicies, hogar de los Olifantes y Mumak salvajes, era un viaje largo y agotador, viaje que sin que ellos lo sospechaban no iban a llegar a feliz término.

♦♦♦♦♦

En la ciudad de Gwangur la noticia de la huida de Harod se esparció rápidamente y llegó  a los oídos de todos los habitantes de la ciudad, los consejeros del reino hicieron un gran alboroto, lo mismo que los elfos del ala más conservadora de la ciudad. El rey y la familia real estaban sentados en la gran mesa, disfrutando de un tranquilo desayuno cuando de repente entró unos de los elfos en jefe. El rey al verlo exclamó –que cara traes, Remundasky, ¿dime porque has venido a interrumpir el desayuno?-.

El elfo hizo una venia general y dijo –las noticias que traigo no son buenas, mi rey-.

Elenor fingiendo sorpresa dijo –habla de una vez y dinos cuáles son esas malas noticias-.

–Han llegado noticias del regimiento del norte mi señor, más concretamente de Portenense….el humano que estaba preso…se ha escapado, mi señor-. Proclamó Remundasky.

A lo que el rey dijo, con una falsa sorpresa – ¿se escapó?....pero ¿cómo?... ¿cuándo?-.

Remundasky respondió –de madrugada posiblemente, mi señor, aprovechando el manto de la noche, se escabulló…esta mañana cuando le fueron a dejar el desayuno no estaba en su celda, ninguno de los elfos allí presentes da razón de lo que pudiera haber ocurrido-. Después de una pausa el elfo volvió a hablar –ya he organizado una búsqueda, señor, para capturar de nuevo al humano-.

Elenor dejando el plato a un lado y parándose de su puesto dijo –no creo que esa búsqueda de resultado, lo más probable es que se encuentre ya demasiado lejos, además sin pistas por donde se fue, sería muy difícil seguirle el rastro, mas sin embargo que los expertos en reconocer y seguir huellas se pongan a trabajar-Elenor hizo un ademan con su mano dándole a entender al elfo que se retirara, este último así lo entendió y se retiró. Elenor sabía muy bien que a esta hora Harod y sus guardias ya deberían estar demasiado lejos, seguramente ya estarían en el bosque de Othis, allí en aquel lugar eran prácticamente indetectables y estarían seguros, por más que los elfos se movieran con rapidez, jamás podrían alcanzarlos y capturar a Harod de nuevo.

Cuando Remundasky se retiraba, inmediatamente entró al lugar el elfo más respetado del concejo y a la vez padre de Moriel, al ver al rey se dirigió hacia él y dijo –me he enterado su majestad que el asesino de mi hijo se ha escapado, solo vengo a pedir que se le atrape de nuevo-.

Elenor dijo –no te preocupes mi amigo, ya he dado órdenes para que se empiece la búsqueda, tarde que temprano daremos con él-.

–Muy bien, mi rey, confío en tu palabra-. Dijo el elfo y con esto salió de la habitación.

Cuando el elfo salió del comedor, todo fue silencio, entonces el rey Elenor volvió la vista hacia su familia y se dio cuenta que Liris no estaba, preguntó – ¿a dónde ha ido Liris?-.

La reina respondió –apenas se ha enterado de la noticia ha salido-.

El rey salió hacia donde la reina le había indicado con la vista. Cuando el rey llegó, Liris tenía la vista clavada en el norte, estaba pensativa y silenciosa, pero apenas notó la presencia de su padre dijo sin mirarlo – ¿no fue un escape cierto padre?-.

Elenor sorprendido respondió –que quieres decir con que no fue un escape si tú acabas de oírlo muy bien-.

–sabes muy bien padre que escapar de la fortaleza de Portenense es imposible…..no me mientas-. Dijo Liris con dureza, luego miró al rostro del rey.

Elenor notó que los ojos de su hija estaban húmedos, luego de una pausa dijo –si es cierto, no puedo mentirte…..yo mismo lo deje en libertad…..a esta hora debe probablemente estar cruzando el bosque de Othis por el lado norte…en poco tiempo estará en casa con su padre y los suyos….-.

El rey se acercó a su hija y la abrazó fuerte, ella también abrazó a su padre y dijo –gracias padre por tu bondad, te arriesgas por mí-.

El rey con voz compasiva dijo –y como no hacerlo si tú eres mi hija, además no puedo castigar ese amor tan grande que tú tienes por el……no te preocupes, él estará bien…no te preocupes-.

♦♦♦♦♦

El lado norte del bosque de Othis era el más corto para atravesarlo y como lo había dicho el rey Elenor los siete caballistas humanos estaban en esa dirección, uno de los caballistas se acercó a Harod que estaba pensativo y le dijo –príncipe en un poco más de tiempo debemos de doblar hacia el sureste, para tomar el camino a casa-.

Harod asintió con la cabeza, los demás caballistas iban en silencio, solo se escuchaban los sonidos propios del bosque, pero algo más pasaba en aquella vegetación, algo que Harod y sus acompañantes ignoraban, algo o mejor alguien los estaba acechando, moviéndose silenciosamente a través del bosque ocultándose detrás de los arbustos, esperando el mejor momento para atacar. Inocente de aquella situación, de lo que pasaba más allá de los árboles que los rodeaban, Harod dio la orden de acelerar un poco el paso, la noche se iba aproximando y quería llegar al lado este del bosque antes de que llegara, no sabía porque pero no quería que la noche lo sorprendiera aun adentrado en aquel bosque, así que se aligeró el paso.

En efecto el sol ya había caído y la luz de la luna ya se filtraba por entre los árboles, uno de los caballistas dijo –estamos muy cerca de los linderos del bosque señor-.

Harod para sorpresa de los acompañantes se había detenido y parecía concentrado tratando de escuchar algo, entonces uno de los soldados humanos le dijo – ¿qué pasa señor?….será mejor que avancemos-.

Harod le dirigió una mirada dura y dijo –escuchad. Me pareció oír algo. Algo nos acecha detrás de esta espesa vegetación-.

Al instante los demás caballistas se detuvieron y también guardaron silencio tratando de escuchar, pero no oyeron nada, uno de ellos entonces dijo –seguramente mi señor fue un ave o un animal salvaje, será mejor que continuemos-.

Cuando el soldado terminó de decir esto, una flecha voló por el aire y se le clavó en el pecho, el jinete cayó de su caballo inerte al suelo, la flecha fue certera. Los demás caballistas, incluido Harod reaccionaron, uno de ellos gritó – ¡es una emboscada….de prisa hacia la salida del bosque!-.

Otro mientras azuzaba a su caballo para ir más de prisa también gritó– ¡estos hijos de puta elfos nos tendieron una trampa!-.

En ese momento otras flechas surcaron el bosque, todas fueron certeras, los hombres se retorcían de dolor en el suelo y sentían que el veneno impreso en las flechas hacia un efecto mortal, sin aquellas flechas eran elfas, aquella. Harod descendió del caballo y acudió al rescate de sus acompañantes que yacían en el suelo, algunos ya muertos y otros agonizantes, uno de ellos haciendo esfuerzo doloroso para hablar le dijo al Príncipe –tiene que huir rápido…sálvese….de prisa….huya-.

En ese momento Harod escuchó que a su alrededor empezaron a salir sus enemigos y para sorpresa de Harod, no eran elfos, eran orcos, desagradables, malolientes, inmundos, sanguinarios orcos que lo cercaban, en ese momento Harod con rabia sacó la espada de su cinto y tomó una posición defensiva, entonces el que parecía ser el líder de los orcos, que era un orco enorme con una imponente espada en su mano se acercó. Harod atacó pero el orco esquivó hábilmente el golpe y contraatacó con un golpe de la empuñadura de su espada en la cabeza del joven humano que sintió como un cálido hilo de sangre le bajaba por la frente, eso fue lo último que sintió antes de perder el conocimiento.

♦♦♦♦♦

Habían pasado ya varios días, en los que se suponía que Harod ya debiera estar en casa, el rey Arestes preocupado por la suerte de su hijo, dio la orden para que la guardia real saliera a inspeccionar la zona y en tal caso escoltar a su hijo, pues se decía que orcos estaban rodando la zona adyacente al bosque de Othis. Algo en lo más profundo del corazón del rey le decía que su hijo lo estaba necesitando. La guardia real salió en su misión y el rey los despidió deseoso de verlos volver prontamente con su hijo. La guardia del reino de Henaith Tomó camino por donde se suponía debía de haber transitado el Príncipe Harod y sus acompañantes, por días anduvieron reconociendo el camino, cuando atravesaron las grandes llanuras y llegaron a los linderos del bosque de Othis, se desviaron hacia el norte, bordeando el bosque. Después de largos días de cabalgata en los que no habían tenido noticia alguna de la comitiva del príncipe Harod, por fin llegaron al lado norte del bosque, entonces se adentraron en la forestación. Llevaban cerca de 5 minutos en el bosque cuando de pronto la guardia empezó a notar huellas, huellas recientes de caballos, además de las huellas de los caballos, habían unas huellas diferentes, tanto que ninguno delos guardias las pudo reconocer. Siguieron avanzando con cautela y continuaron encontrando más vestigios de que aquel lugar había sido testigo de una lucha, de pronto uno delos guardias vio algo extraño que estaba entre la vegetación y se dirigió a ver, para la sorpresa del guardia, era uno de los acompañantes de Harod, lo reconoció por lo poco que le quedaba de su uniforme, el cuerpo estaba sin cabeza y en el tronco llevaba clavadas varias flechas, los animales salvajes del bosque se habían dado un festín con su carne. Y así fueron encontrando dispersados por todo el lugar, los cuerpos de los demás miembros de la comitiva de Harod, todos con las mismas características, decapitados y con su torso clavado con varias flechas y por su puesto degollados por los animales salvajes del lugar, pero no dieron con el cuerpo del joven príncipe, ni tampoco con sus caballos. Por cerca de una jornada, los guardias humanos, barrieron el lugar tratando de encontrar noticias de joven príncipe, pero no hallaron nada, ni el cuerpo ni ninguna pista acerca de su paradero. Con dolor en su corazón decidieron que debían volver a su reino, habían permanecido mucho tiempo en aquel bosque, además estaban en un país ajeno al suyo, si fueran descubiertos seguramente serian encarcelados por los elfos, así que montaron los restos de sus compañeros a una carreta y se marcharon con rumbo a la ciudad de Eroth, las noticias que llevaban consigo no eran buenas.

♦♦♦♦♦

El viaje de regreso desde el bosque de Othis hasta la ciudad oscura de agbard era muy largo y tortuoso, pero no para los orcos, estas criaturas de extraordinaria resistencia podían cubrir largar extensiones de recorrido sin pararse a descansar, cuando tenían hambre paraban y mataban a cualquier animal salvaje, cualquier cosa entraba dentro de su menú, incluso en casos extremos podían recurrir al canibalismo, tomaban poco liquido así que el agua no era una de sus prioridades. Ya habían atravesado la frontera con el reino elfico de Gwangur y ahora ya estaban en su país, se sentían más tranquilos, sentían que el negro manto de su señor oscuro  los protegía de sus enemigos, pronto llegarían a casa así que aligeraron la marcha, allí serian bien recompensados, pues el botín que llevaban era el que su señor oscuro les había pedido, la recompensa iba a ser generosa.

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Arestes y pernea esperaban con inquietud e impaciencia noticias de su hijo. Según sus cuentas la guardia enviada a escoltar a su hijo ya debería estar de vuelta, a menos que algo malo se les hubiera presentado, el rey humano oraba para que no fuera así y poder abrazar a su hijo de nuevo. La mala y contaminante influencia de Miriahn se había diseminado por toda la tierra, su negro manto no solo cobijaba el país oscuro, sino que había llegado hasta el país de los humanos, que para él eran más sencillos de corromper. Como parte de su plan malvado, Miriahn sabía que tenía que poner a los humanos de su lado, así que había comprado algunas conciencias y voluntades, y no hubo mejor momento para llevar a cabo sus planes que este.

Al fin muchos días de lo presupuestado, llegó la caravana con la guardia real que se suponía debía traer a Harod, pero este último no llegó en ella. Los guardias le explicaron  y dieron detalles al rey de lo que se habían encontrado y de lo que habían visto, le entregaron al rey varias de las flechas que se habían encontrado, estas flechas eran de los elfos. El rey y la reina estuvieron inconsolables y allí fue donde Miriahn a través de sus cómplices empezó a influenciar en la voluntad del herido rey. Abatido por la desaparición de su hijo, el rey por fin salió de su encierro de varios días, aun con los ojos húmedos, dejaba ver un su rostro no solo dolor sino también rabia, aun así reunió a sus consejeros para tomar decisiones, en el corazón del rey había deseos de guerra, deseos de venganza. Los consejeros del rey eran cinco, eran los más sabios del reino, todos eran hombres de edad y como lo pidió el rey se reunieron para brindarle al rey palabras sabias que lo ayudaran a soportar la pérdida de su hijo. La reunión había comenzado, todos le dieron al rey palabras de consuelo, todos menos uno a quien llamaban Lennabar. Este último tomó la vocería y dijo –mi señor, está claro que los elfos han hecho esto, han matado a tu hijo para intimidarnos, esto puede ser el inicio de su plan para apoderarse de nuestras tierras que son fértiles y bastas-. Por supuesto Lennabar hablaba en nombre de Miriahn, quien le había comparado la voluntad con promesas vacías.

Los demás elfos rechazaron las palabras de Lennabar, uno de ellos dijo –eso es absurdo, que sentido tendrían los elfos en liberar a tú hijo, mi señor, y luego asesinarlo en el bosque, además los elfos no quieren nuestras tierras, no olvidemos que con ellos vive el Elohim Arish, él no se los permitiría, seguro este ataque fue hecho por los orcos, según he escuchado, orcos andan merodeando por estas tierras-.

Lennabar replicó –Los elfos liberaron a tu hijo solo porque Elenor quería quedar como el rey bueno y magnánimo que no es, pero después ordenó que fuera asesinado lejos de su ciudad y sin dejar ninguna pista para que nadie sospechara de él…..en cuanto a los orcos, nadie puede asegurar con veracidad que los ha visto, no creo que a esas criaturas les guste venir tan al sur y menos a la tierra de los elfos-.

Arestes que había estado en silencio con la cabeza gacha escuchando los argumentos de sus consejeros, por fin pareció interesarse en la conversación y dijo – esto fue encontrado en donde estaban los cadáveres de nuestros hombres y que escoltaban a mi hijo- el rey tiró al suelo varias flechas.

Lennabar entonces aprovechó el momento para decir –lo ven ustedes, estas son flechas de los elfos. Ellos y no otros son los asesinos de tu hijo, mi rey-.

Arestes entonces dijo -¿qué sugieres que haga?-. Mirando a lennabar.

Este último sintió la fría y triste mirada del rey y dijo –que estemos preparados mi rey….hay una guerra que se aproxima y debemos decidir en qué bando estaremos-.

Los otros hombres demostraron su desconformidad con las palabras de Lennabar, pero aquella semilla de odio y de guerra ya había sido plantada en el corazón del herido rey, muy pronto el país de los hombres irían a la guerra en contra de sus primeros protectores y amigos.

♦♦♦♦♦

Cuando despertó, tenía los ojos tapados, y las manos atadas lo mismo que los pies, el olor que reinaba en aquel lugar era insoportable. Harod en su interior se preguntaba en donde estaba, gritó un par de veces pero no obtuvo respuesta de nadie, forcejeó para desatarse las manos, pero le fue imposible hacerlo, entonces recordó lo que había pasado, se le vinieron a la mente las imágenes de sus acompañantes cayendo heridos moribundos por las flechas de los orcos, flechas que extrañamente eran las mismas que utilizaban los elfos. Recordó a orcos saliendo y acorralándolo y a un orco grande, el más grande jamás visto yendo hacia el con una enorme espada en mano, hasta ahí le llegaban los recuerdos claros, después de eso solo fragmentos de memoria, instantes de recuerdos que no eran claros, confusos, distantes. El calor lo agobiaba, el olor lo mareaba y el hambre y la sed se apoderaban de él, gritó más fuerte, tan fuerte que esta vez pareció que si tenía respuesta, escuchó como se habría una puerta y pasos que se acercaba a él. Los orcos entraron a la habitación y desataron las manos y los pies del prisionero, Harod intentó forcejear, pero las fuerzas le faltaban y además los orcos eran muy rudos y fuertes. Fue transportado aun con las vendas en los ojos, hasta el lugar en donde Miriahn lo estaba esperando, cuando llegó hasta allí los orcos volvieron a atarlo de pies y manos pero esta vez lo tendieron boca arriba, cuando estuvo atado, le quitaron la venda de los ojos. Harod intentó ver, pero había muy poca luz, este lugar no olía desagradable como la habitación anterior, de entre las sombras vio a los orcos y a alguien que les daba órdenes de abandonar la habitación, los orcos obedecieron y este sujeto cerró la puerta. Aquel sujeto que no era otro sino el propio Miriahn, después de cerrar la puerta, fue a donde estaba una mesita, sirvió un poco de agua cristalina en un vaso y se dirigió a donde estaba Harod quien lo miraba confusamente, cuando estuvo cerca le alzó un poco la cabeza y le dijo –toma un poco, debes tener sed-. Harod en efecto lo hizo y sintió placer al sentir como el agua fría se le deslizaba por la garganta, al mismo tiempo sintió esa sensación de estar junto a alguien poderoso, esa misma sensación la había sentido antes cuando conoció en persona al Elohim Arish.

Después de beber toda el agua, Harod reunió las fuerzas para preguntar – ¿Que es este lugar y que hago aquí?-.

Miriahn lo ignoró por completo, estaba ocupado haciendo algo que Harod no podía ver porque el Elohim lo tapaba con su cuerpo ya que estaba de espaldas, solo después de un tiempo volvió a hablar – estas ahora en Agbard, haz sido traído aquí, porque esa ha sido mi orden…..quienes te trajeron eran orcos bajo mis órdenes…..-. Miriahn se dio la vuelta y se quitó el yelmo de la cabeza y Harod pudo ver el otrora hermoso rostro y aquellos aterradores ojos. Miriahn siguió –te he traído aquí con el fin de darte un regalo-.

– ¿regalo?.... ¿qué clase de regalo?-. Preguntó Harod aun aturdido.

Miriahn continuó –pronto desataré una guerra contra los elfos del reino de Gwangur y contra mi hermano Arish, mi regalo será darte la posibilidad de ser el comandante de mis ejércitos, iras a la batalla al frente de mi ejército, un ejército tan basto como nunca nadie vio y tú serás el general de todos ellos-.

Harod aun confuso por las palabras de Miriahn intentó forcejear con sus ataduras y dijo –de ninguna manera peleare por ti…primero prefiero morir antes que pelear por ti-.

Miriahn lo miró con superioridad y se notó una leve sonrisa en su ya desfigurado rostro – ¡ho si lo harás! y lo harás porque ya no será tu voluntad la que domine tu cuerpo, a partir de ahora nacerá otra voluntad en ti, pronto dejaras de ser llamado Harod el príncipe de  los humanos, de ahora en adelante serás alguien o algo completamente diferente-. Miriahn se dirigió hacia la mesa donde estaba postrado Harod y movió una palanca, de inmediato la mesa comenzó a levantarse hasta ponerse totalmente vertical, luego el señor del dolor se sacó una daga del cinto y la empuñó en la mano, para sorpresa de Harod, el Elohim se cortó la muñeca de la mano, de la cual como es natural brotó abundante sangre que el Elohim recogió en una copa de plata, cuando la copa estuvo llena, milagrosamente la herida de la mano cerró. El Elohim cerró los ojos y pareció hacer una oración en voz baja, claramente era un conjuro, como se sabía Miriahn era conocedor de las artes oscuras y de la parte oscura del cosmos. Luego miró a Harod y ofreciéndole la copa dijo –toma debes beber esto-.

Harod incrédulo se reusó.  Aquella sangre tenía un color más oscuro de lo normal además que tenía un extraño olor, un olor desagradable. Miriahn entonces lanzó un conjuro sobre el humano. Aquel conjuro paralizó el cuerpo de Harod, no podía mover ningún musculo, excepto los que se requerían para respirar y tragar. Miriahn entonces con fuerza le tomó la mandíbula a Harod y poco a poco fue haciéndole beber del contenido de la copa. Harod indefenso, inmóvil, solo sintió el asqueroso sabor de aquella sangre siniestra que se le deslizaba por su garganta y que al llegar al estómago le produjo nauseas, conjuradas por otra magia de Miriahn. Cuando toda la sangre fue bebida, el señor oscuro quitó el conjuro sobre Harod que lentamente fue recuperando la movilidad. Cuando por fin recuperó la sensibilidad, Harod escupió muchas veces tratando de quitarse aquel mal sabor de la boca. Entonces Miriahn pronunció estas palabras que marcaron el destino del joven príncipe del reino de los humanos: -haz probado mi sangre, en ella está el secreto para la vida eterna, ese es mi regalo para ti. A partir de este momento dejaras de ser quien eres, no tendrás recuerdos, no tendrás pasado, no recordaras nada de tu vida pasada, tus padres, tus súbditos, tu amor, todo se te olvidara, de tu carne y tus huesos renacerá una nueva forma de vida, serás la criatura más poderosa que jamás he creado, bajo el poder de la luna tu fuerza no tendrá comparación, tu hambre solo será saciada con carne, tu sed solo será calmada con sangre. En ti no existirá asomo de moral o de bondad, solo maldad y odio crecerán en tu corazón. Tú serás el primero de tu especie, el que iniciará todo, la fuente de maldad, pero también podrás esparcir tu maldad a través de la mordida y es ese tu primer reto, tendrás que hacerme un ejército de criaturas como tú, tendrás que convertirlas y traerlas a mí, para que formen parte de mi ejército. Ya no eres más Harod, el príncipe de Henaith, de ahora en adelante serás conocido como Harod el señor de los licántropos-. Dicho esto último Miriahn empezó a desatar las ataduras de las manos y pies de Harod.

Este último empezaba a sentir una extraña sensación en todo su cuerpo, después vino dolor mucho dolor. Miriahn entonces abrió una de las ventanas y a través de esta se pudo ver a la luna, cuando sus tenues rayos tocaron el cuerpo de Harod, el joven príncipe sintió mucho más dolor en su interior, sintió como sus huesos y músculos se reubicaban y se expandían, el dolor que estaba experimentando era insoportable, tanto así que Harod cayó de rodillas al piso gritando, pero ya la transformación estaba en proceso y nada podía hacer para detenerla. En efecto la criatura que estaba delante de Miriahn ya no era Harod, nunca más. Aquel animal antropomórfico tenía un blanco pelaje, enormes y afiladas garras, y amenazantes dientes. El licántropo se dirigió a la ventana y miró la luna y aulló, tal aullido se escuchó por toda la ciudad oscura, entonces Miriahn acercándose le puso la mano en el hombro y le dijo –muy bien ahora esto eres tú, mi fiel servidor, mi fiel súbdito, el general de mi ejercito-.

La criatura, ante la mirada de Miriahn volvió de nuevo a su forma humana. Harod estaba de pie completamente desnudo, pero ya no era él, algo en sus ojos era diferente, la voluntad en su interior ahora le pertenecía a Miriahn.

Y así fue como nació el primer licántropo, una criatura de extraordinaria fuerza, sin limitaciones morales, sin amor, sin compasión, solo ira, odio y maldad habitaba en su corazón; el primero de muchos, todo iniciaría con él y con el todo debía terminar.

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