Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

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8. CAPITULO VIII La armada blanca.

Desde la frontera Noroeste del reino hasta la capital Gwangur, había más o menos una distancia de unos tres o cuatro días de viaje ininterrumpido. El soldado elfo vio la muralla de la ciudad y se alegró, los guardias que vigilaban la gran puerta y que estaban en una torre de vigilancia lo vieron a la distancia y reconocieron sus insignias, supieron que era uno de los suyos así que abrieron las enormes puertas para que entrara, el soldado entró raudo a través de las puertas abiertas, cuando entró inmediatamente después se empezaron a cerrar a espaldas suyas. Siguió cabalgando cuesta arriba, pues Gwangur tenía un diseño especial, la ciudad estaba construida al pie de las montañas rocosas, así que había distintos niveles, estaba la gran muralla alrededor de la ciudad  y de allí para adelante para llegar al gran castillo, había que subir diferentes niveles, pues el gran castillo del rey estaba ubicado en la parte más alta de la montaña. Cuando llegó al gran castillo, bajó del caballo y pidió hablar con el rey a uno de los guardias, luego pasó a los primeros salones del palacio y se sentó fatigado, esperando ser anunciado. Pasaron unos 10 minutos y el joven soldado estaba más descansado, de pronto una gran puerta se abrió y apareció la figura del rey Elenor, elegantemente vestido con un traje azul y blanco de lino y con una espada al cinto.

-me han dicho hermano que me necesitas, habla ahora, te escucho-. Dijo el rey observando al joven soldado.

Este último al ver al rey se paró de su silla e hizo una reverencia y con mucho respeto contestó –traigo algo mi señor que puede ser de su atención-. Estiró la mano y le dio el sobre al rey.

Elenor lo miró y se dio cuenta que tenía el sello real del reino de los lagos, con curiosidad destapó el sobre y en silencio leyó las palabras que estaban escritas en él, luego con  un además de la mano llamó a uno de los guardias presentes y le dijo –ve y llama al gran señor Arish, dile que hay algo que debe ver-.

Al instante el guardia salió presuroso del salón. Luego de ver al guardia salir del salón, Elenor se sentó en una hermosa silla, miró al joven soldado elfo y le dijo –cuéntamelo todo, pero primero…-. Hizo otro ademan de inmediato llegaron dos sirvientes con una vasija de oro y dos tazas color plata, sirvieron en ellas y le dieron una al rey y otra al joven elfo. El elfo se la llevó a la boca y apenas dio el primer sorbo notó el efecto tranquilizador y relajador del agua de rosas, una bebida especial de los elfos de Gwangur. Dio un segundo sorbo, y empezó su relato.

–mi nombre señor es Bastia, soy guardia asignado a la frontera noroeste, la que da al rio Gidli, hace cinco días estábamos con mis demás compañeros haciendo la guardia, como de costumbre todo estaba demasiado tranquilo, de pronto oímos que algo entre los arbustos sonaba, cuando fuimos a ver nos encontramos para nuestra sorpresa con un elfo tirado en el suelo, nos dimos cuenta al instante que llevaba el uniforme del reino de los lagos, estaba sin vida, tenía dos heridas, una en la espalda baja y otra en el muslo izquierdo y todo indicaba que eran resientes, intentamos reanimarlo-. Continuó con su relato el elfo. –pero ya no había nada que hacer, claramente estaba muerto. Cuando intentamos alzarlo para enterrarlo, notamos que algo le cayó de sus ropas, era una carta, esta carta precisamente-. Señalando la carta que Elenor tenía en sus manos. –después de darle un entierro rápido le llevamos la carta a nuestro capitán en jefe y él al mismo tiempo me encomendó la misión de traérsela a usted, mi señor, me dijo que al llevar la carta el sello real del reino de los lagos seguramente el contenido de la misma era de su….-.

El relato del elfo fue interrumpido por la presencia en el salón del Elohim Arish, al verlo el elfo hizo una profunda reverencia y bajó la cabeza sin mirar al Elohim, algo que le causo curiosidad al elfo fue ver que el rey Elenor el más poderoso y sabio entre todos los elfos, también hacia la misma reverencia ante la presencia de Arish.

–aquí me tenéis, ¿para qué me mandáis llamar?-. Preguntó Arish. Elenor respondió al mismo tiempo que le alcanzaba la carta al Elohim –para esto señor-

Todo el gran salón permaneció en silencio mientras Arish seguía con sus ojos las líneas escritas en la carta, cuando terminó de leer dijo.

–hay que actuar de prisa, nuestros hermanos nos necesitan-.

♦♦♦♦♦

Ya el primer paso estaba completo, la ciudad de Aqarad estaba en su poder, devastada por la guerra había perdido toda la hermosura de otrora, Eryanor sabía que era hora de comenzar con la segunda fase del plan maligno que Miriahn había trazado, la conquista total del reino de los lagos, pero para ello debía ser tomada también la ciudad de Escalt, pero la pregunta era como, no habían barcos en el muelle para atravesar el gran lago y llegar a la otra ciudad, y si los hubieran se necesitarían un número considerable de los mismos para transportar  al inmenso ejercito negro, esa opción quedo descartada. Eryanor tenía que decidir cuál era el paso a seguir, tenía dos opciones y debía elegir de prisa, en este momento el tiempo era su más terrible enemigo. La primera de las opciones, era bordear al gran lago por el lado éste, una zona peligrosa de grandes valles de pantanos, sería muy arriesgado intentar cruzar por aquellos valles, esa opción no parecía muy buena, la segunda opción era cruzar la montaña de Aduin–nan, una cadena montañosa bastante agreste y con pocos caminos transitables, pero que por lo menos sería más segura que intentar cruzar los valles empantanados. Eryanor supo a través de sus pensamientos que Miriahn también estaba de acuerdo que Aduin-nan era la mejor opción para llegar hasta Escalat. Sin más tiempo para pensar Eryanor tomó la decisión, les comunicó a sus capitanes las nuevas órdenes, también ordenó dejar una compañía completa de orcos en Aqarad, no quería sorpresas. Fue así como el gran ejército negro empezó otra marcha, esta vez en el horizonte estaban las montañas de Aduin-nan y más allá los esperaba Escalat el último escollo en este cruel plan de conquista del reino de los lagos.

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No había mucho que pensar, el reino de los lagos estaba pidiendo ayuda y lo mínimo que podía hacer Gwangur era responder a ese llamado, por ello Arish y Elenor decidieron actuar de prisa, no había tiempo que perder en preparativos, precisamente eso, tiempo, era el enemigo número uno del reino de los lagos y eso Arish lo sabía muy bien. Pero también sabía que a esta hora Aqarad muy seguramente había caído, en la carta Ileveter lo explicaba muy claro, Nieber  había marchado hacia tierras oscuras con un ejército muy grande, los soldados que permanecían en Aqarad y Escalat eran muy pocos y aún más porque un contingente de esos soldados se mandó a custodiar la frontera con el reino muerto, así que el número se redujo mucho más. Arish presentía muy en el fondo de su corazón que la derrota en Aqarad era un hecho, que seguramente el próximo desafío del ejercito negro era llegar hasta Escalat; pero como llegarían esa era la pregunta que se hacia el Elohim, según lo que sabía Arish por medio de mapas regularmente hechos las únicas tres únicas formas de llegar hasta Escalat era cruzando el Obelet, pero seguramente no tendrían barcos suficientes para hacerlo, otra era por los gigantes valles empantanados a través de ellos o rodeándolos lo que les tomaría mucho tiempo o la tercera era ir hacia la montaña de Aduin-nan, que era igualmente demorada pero que le brindaba al ejercito negro seguridad para sus tropas. Con lo anterior en mente Arish se puso en frente del gran Ejército de Gwangur o como seria llamado por todos, la gran armada blanca, a su lado estaba el rey Elenor, majestuoso, imponente, detrás de ellos miles de soldados, dispuestos a liberar a Aqarad y Escalat de la tiranía y devolverle la paz a ese hermano pueblo de elfos.

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El viaje  través de la cadena montañosa de Aduin-nan, era peligrosa y más para un ejército de tal magnitud, cada paso que daba el ejército negro era cuidadosamente preparado por Eryanor, quien se veía en la obligación de elegir el mejor camino para sus tropas. Sin perder nunca la ubicación, la travesía los había llevado muy hacia el noroeste, pero eso no le preocupaba a Eryanor, lo hizo a propósito para evitar pasos que eran imposibles de cruzar, ahora era solo cuestión de rodear la montaña por el norte y tomar camino hacia el este y eso fue lo que hizo, después de rodear la montaña por el norte se encontró de frente con un gran valle y más allá hasta donde le alcanzaba la vista de elfo, con un gran bosque que parecía limitar con la línea que trazaba en el horizonte el cielo. Ahora Eryanor dio la orden de acelerar el paso, no tenía que tener más precaución del terreno, pues lo que tenía en frente era propicio para que su inmenso ejército anduviera veloz y con mucha seguridad, si los cálculos no le fallaban era cuestión de 7 u 8 días a marcha forzada para llegar a Escalat.

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Con el gran estandarte del reino en frente el viaje seguía, Elenor y Arish habían convenido desviarse un poco hacia el este para rodear los grandes pantanos, tanto así que pasaron muy cerca de la frontera con el reino de los hombres de Henaith, el objetivo era evitar los pantanos, sabían que si lo hacían se iban a encontrar con la tierra de las cascadas una región hermosa y poco explorada, además poco hostil y fácil de atravesar, con suerte llegarían a tiempo para defender a Escalat. Mientras cabalgaba, Arish pensaba y reflexionaba del porque Miriahn había atacado primero al reino de los lagos y no a Gwangur, era más lógico que hubiera atacado a Gwangur pues allí y Miriahn lo sabía, estaba el otro Timbilis que le hacía falta, pero pronto entendió que lo que pretendía Miriahn era exterminar a los posibles aliados que pudiera tener Gwangur en la guerra, el objetivo era dejar solo y sin amigos a Gwangur para cuando Miriahn decidiera lanzar el ataque más contundente contra ese reino, ataque que sería devastador. ¿Pero y el reino de los hombres? Se preguntaba Arish, que papel desempeñaría en esta guerra tal pueblo, seria acaso que Miriahn los ignoraba o tendría algo preparado para ellos. Estaban también los enanos, pero a ellos muy seguramente no les importaba lo que estaba pasando en la tierra, las guerras no eran cosas de ellos, solo vivían y disfrutaban de la extracción de oro, otros metales y piedras preciosas de sus minas y les interesaba poco interactuar con los elfos y hombres; en tiempos de guerra, los enanos y hombres muy seguramente no serían aliados, en resumen los elfos tendrían que ir a la guerra y defender la tierra libre ellos solos.

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Cuando vieron llegar los dos barcos desde el Obelet, a los miembros del concejo y las demás habitantes de Escalat, los embargó un sentimiento de tristeza e impotencia. Hubo grandes muestras de dolor pues muchos no vieron bajar de los dos barcos a sus hijos, esposos, hermanos y padres; tampoco vieron bajar a Ileveter, el rey valeroso que había decidido ir a la guerra en vez de refugiarse en Escalat como lo hicieron los demás miembros del consejo. Pero no hubo mucho tiempo para lamentaciones, Lain convenció a los miembros del concejo que debían actuar de prisa, Aqarad había caído pero Escalat tenía que resistir el ataque hasta que llegara ayuda. El consejo en pleno ordenó a los elfos recoger provisiones, abandonar sus casas e ir hacia el gran templo, allí los muros de aquel templo tenían que resistir y mantener a salvo a los elfos. Todos con tristeza obedecieron, llevando solo lo necesario abandonaron sus hogares, las provisiones como alimento y agua fueron llevadas a un gran salón del templo, allí serian bien administradas para que duraran lo necesario. Cuando todos los elfos, que no eran muchos por cierto, estuvieron dentro del templo, que había sido construido para adorar a Menaih, las enormes puertas se cerraron, además se reforzaron con grandes vigas de madera, también se dispusieron refuerzos para todas las ventanas que aun permanecieron abiertas pues solo se cerrarían el día que el ejército negro llegase a la ciudad. Ahora la última esperanza de los elfos del reino de los lagos encerrados en el templo de la ciudad de Escalat, estaba puesta en que la carta enviada hacia Gwangur hubiera llegado a su destino y fuera felizmente respondida.

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Despues de rodear la cadena montañosa de Aduin-nan, cruzar grandes llanuras, atravesar grandes bosques y bordear unos cuantos lagos, por fin el gran ejército negro estaba a las puertas de la ciudad de Escalat, les sorprendió la soledad y el silencio que se respiraba en aquel lugar. Avanzaron un poco y encontraron todas las casas vacías, no parecía haber nadie en aquella ciudad, urdekirnis se acercó a Eryanor y dijo con rabia –esos malditos elfos huyeron, seguramente a las llanuras del este mi señor, si apresuramos el paso quizás los encontremos-.

Eryanor aparentemente tranquilo echó una mirada alrededor, notó en el muelle de la ciudad los barcos que utilizaron los elfos para escapar de Aqarad, luego dirigió la mirada hacia el gran templo que se alzaba y se distinguía de entre las demás casas en el centro de la ciudad, luego dijo al jefe orco –no huyeron, se escondieron allí-. Señalando el gran castillo que se erguía silencioso.

–Se esconden como ratas, ataquemos mi señor-. Rugió el orco.

–sí, pero primero debemos descansar un poco, coman, beban, saqueen las casas, si lo piensas bien ellos no tienen a donde ir.

El orco asintió y compartió las órdenes con los demás orcos y uruks. En efecto, todas las casas de la ciudad fueron saqueadas, luego se les prendió fuego. Momentáneamente las calles de la ciudad se convirtieron en campamento para el ejército negro. Los elfos en la seguridad del templo, escuchaban como los orcos destruían sus viviendas y como más y más los rodeaban, si bien las puertas fueron bien reforzadas, sabían que no iban a resistir mucho, pero como solo había una entrada al templo y esa era por la puerta principal que no era muy ancha, los pocos soldados elfos que habían, se contaban más o menos en unos 150 se apostaron en una especie de barricada el frente de las puertas y detrás de unos muros, para cuando los orcos las derribaran y entraran, se encontraran con una lluvia de flechas, mientras los otros habitantes llenaban el gran salón, todos a la espera del inicio del ataque. Ya viendo a sus soldados un poco descansados, Eryanor dio la orden para que iniciara el asedio al gran templo, como solo había una puerta de entrada y ningún otro lugar para entrar, a los trolls se les dio la orden de derribar las grandes puertas. Desde adentro del templo se escuchaban fuertes golpes que en las puertas que se sacudían con cada uno de ellos y que retumbaban en todo el templo llegando a los oídos de los elfos en el gran salón, llenándolos de miedo. Golpe tras golpe las puertas empezaron a ceder más pronto de los que los elfos esperaban. Lain intentando mantener la calma gritó a los soldados – ¡permanezcan tranquilos elfos, alisten sus arcos!-

De pronto se escuchó un gran estruendo, las puertas finalmente fueron derribadas, cayeron al suelo destrozadas haciendo un gran ruido y levantando una cantidad considerable de polvo que nubló todo el lugar, por un momento corto nadie cruzó ni entró al templo.

–sea lo que sea que cruce por esa puerta hay que resistir….-. Dijo Lain.

Cuando el polvo empezaba a asentarse un poco y los elfos esperaban ansiosos la entrada de los orcos, les sorprendió lo que entró por las puertas, gigantescos trolls vestidos con armaduras y llevando en sus manos enormes mazos; las flechas de los elfos se estallaron inútilmente en las armaduras de los trolls que seguían avanzando torpemente agitando los grandes mazos a diestra y siniestra en dirección a donde estaban los elfos y nada parecía detenerlos, detrás de ellos entraron los orcos con arcos disparando a discreción y detrás de esa lluvia de flechas si entraron los orcos y uruks con espadas. Los 150 soldados fueron fácilmente derrotados, sin casi ninguna baja en las filas de los orcos solo un troll y unos cuantos orcos. Los elfos que pudieron, entre ellos Lain, corrieron al gran salón y cuando estuvieron a salvo, cerraron las puertas de entrada al lugar, estas a diferencia de las de entrada al templo, eran de hierro sólido, en teoría debían resistir un poco más, además desde adentro con otras grandes vigas se reforzaron. Eryanor entró al gran templo, era la primera vez que entraba a ese lugar, recorrió todo el lugar, vio a los elfos inertes tirados en el suelo, llegó a donde estaban los demás, se hizo paso entre la multitud de orcos y vio a los trolls dando fuertes golpes a las puertas con sus mazos, uno de los orcos le dijo con una voz desagradable –se esconden detrás de las puertas mi señor-.

Eryanor dijo -muy bien que los trolls sigan hasta que derrumben las puertas, los demás aseguren el lugar, registren las habitaciones, aquí seguramente hay muchas cosas de valor-.

En efecto los trolls se quedaron solos en frente de las puertas y se turnaron para golpearlas, los orcos y uruks fueron a registrar las habitaciones y en verdad como lo dijo Eryanor encontraron muchas joyas, ropas caras y demás cosas. Detrás de los orcos que saqueaban las habitaciones iba uno con una gran antorcha, cuando terminaban de inspeccionar cada habitación el orco de la antorcha le prendía fuego en un ritual ya conocido de estas criaturas.

Pasó el segundo día de asedio, y las grandes puertas de hierro parecían no querer ceder, los trolls estaban ya cansados de gar golpes y golpes y aunque eran muchos y se turnaban, sus golpes no tenían aparentemente un gran efecto en las puertas. Telesiek informo de la situación a Eryanor que visiblemente enfadado expresó –solo unas puertas nos separan de los elfos que se esconden y tus trolls no son capaces de derribarlas…anda y diles que regresen los necesito aquí para otra misión, si no podemos entrar por las puertas entraremos por otro lado-.

–Pero no hay ninguna otra entrada mi señor-. Respondió confuso Telesiek.

–si la hay, ahora apresúrate ve por los trolls-. Dijo por ultimo Eryanor que ya tenía un plan para acabar con los últimos sobrevivientes de Escalat.

De pronto los golpes en la puerta que se habían extendido por casi dos días, cesaron. La zozobra se apoderó de los elfos que se preguntaron el porqué del fin del intento por entrar por las puertas. Lo siguiente que escucharon fueron grandes estruendos en el techo que se estremeció haciendo que el polvo cayera sobre las cabezas de los elfos, una y otra vez se escucharon estos impactos. En efecto Eryanor parecía tener otro plan, si no podía entrar, podía derrumbar el templo con los elfos adentro y a su vez incendiarlo; ordenó a los trolls que apuntaran las catapultas hacia el techo del templo, luego mandó cargarlas con grandes y pesada rocas unas y otras con enormes bolas de caucho encendidas en fuego. Las rocas y bolas de fuego volaron por el aire impactando en el techo de la edificación causando en apariencia el daño que Eryanor esperaba, una tras otra las cargas de las catapultas se dispararon, los orcos y uruks miraron con una mórbida felicidad como el techo del templo poco a poco, golpe tras golpe de las cargas parecía ceder, el fuego se propago rápidamente, era cuestión de minutos para que ardiera todo el lugar y si a eso le sumamos las pesadas rocas que caían sobre el techo, era inminente la caída del mismo sepultando a los elfos.

Al interior del gran salón el humo se filtraba por las gritas que hicieron los impactos de las rocas arrojadas por las catapultas, la histeria y el descontrol se apoderó de todos los elfos, no sabían que hacer, si salían del salón los estaban esperando el ejército negro y si se quedaban adentro en cuestión de minutos el techo se les caería encima. De pronto en medio de la algarabía Lain pareció escuchar algo, gritó – ¡un momento, escuchen!-.

Así lo hicieron, hubo silencio y todos atentos a escuchar algo, en efecto el sonido que había escuchado Lain se repitió, pero esta vez no solo lo escuchó el sino también los otros elfos que no sabían que era ni mucho menos de dónde provenía ese sonido, era un sonido real pero lejano. El sonido aquel que pertenecía a una trompeta rudimentaria se escuchó por tercera vez, pero en esta oportunidad llegó claro, nítido a los oídos del elfo negro Eryanor que estaba incrédulo ante la visión que tenía en ese momento, se preguntaba el cómo había llegado tan rápido tal basto ejército. Tal ejercito enorme, en cuyo estandarte que portaba un elfo montado en un caballo de blanca y larga crin, se podía ver una águila de oro devorando ferozmente a una serpiente negra; estaba formado impecablemente y en el frente de aquella formación estaban el Rey Elenor y el gran Elohim Arish; la visión triste de aquella hermosa ciudad ahora destruida y envuelta en llamas con sus calles llenas de orcos, llenó de rabia a Elenor que saltó de la formación y se puso en frente de la misma, sacó su enorme espada agitándola al viento y dijo –hermanos, hemos visto la barbarie del enemigo que sin misericordia y piedad a destruido y asesinado a muchos inocentes todo para llevar a cabo sus sucios y malvados planes, ha llegado hasta aquí sin que nada les ofreciera resistencia, ha profanado esta tierra bendita con sangre y lágrimas, pero no más, no más mis hermanos, hoy es el día en que todo ese odio llegue a su fin, hoy aquí lucharemos por el amor y la hermandad. ¡Hoy aquí, gran ejercito de Gwangur; ellos caerán ante el filo de nuestras espadas!-.

Hubo una gran algarabía de respaldo ante aquellas palabras del rey. Todos los elfos del ejército alzaron sus espadas y lanzas al cielo azul. Elenor montando a su caballo fue recorriendo toda la formación de la gran armada blanca, con la espada en sus manos gritaba – ¡valor, valor, valor, a la victoria, a la victoria!-.

Dicho esto último comenzó la arremetida de la gran armada blanca contra las fuerzas del mal. En los ojos de los orcos por primera vez se notaba miedo, miraban con estupor como aquel inmenso ejército se dirigía raudo a través de la planicie que daba a la ciudad hacia ellos. Eryanor moviéndose con rapidez dio órdenes a viva voz para que su ejército hiciera una formación defensiva con el interés de soportar la envestida, en efecto la formación en poco tiempo estuvo lista, todos con las lanzas hacia adelante formando en apariencia una sólida pared de lanzas.

La gran armada blanca seguía su camino raudo hacia la gran pared de lanzas que formaban los orcos y adelante de todos, en frente de batalla estaba el rey Elenor y el gran Elohim Arish y detrás de ellos cientos, miles de elfos, todos con una sola misión, liberar al reino de los lagos de la tiranía y el odio. La arremetida fue terrible, la defensa de los orcos que a primera vista parecía sólida, fue fácilmente destruida por los caballistas de la gran armada blanca, muchos es cierto murieron por las lanzas, pero esas bajas fueron pocas en comparación a las del ejercito negro. Luego de la arremetida de los caballistas vino la lucha con espada en mano y allí se consumó la victoria contra las fuerzas del mal, nadie era rival para el rey elfo Elenor ni para el gran Elohim Arish. En cuestión de un par de horas, el ejército negro fue exterminado, el número y la fuerza de los elfos aplastó a los orcos que murieron bajo las espadas y lanzas de la gran armada blanca, muchos otros con miedo corrieron tratando de alejarse de la batalla, muchos de estos fueron alcanzados por las flechas de los elfos. Mientras tanto Eryanor viendo que la derrota era aplastante decidió que era hora de dejar el campo de batalla y huir para salvar su vida, esquivó velozmente a quienes trataron de impedirle la huida y se encaminó en dirección por donde había llegado el ejército negro a la ciudad. Uno de los elfos gritó con desesperación – ¡se escapa, se escapa!-.

Muchos elfos montaron sus caballos para perseguir al elfo traidor, pero entonces se escuchó a Arish decir –no, deténganse, dejadlo ir, no vale la pena, ya le llegará su hora. Hay que asegurar la ciudad, atender a nuestros heridos y ustedes-. Dirigiéndose a un grupo de elfos –vengan conmigo, tenemos que auxiliar a nuestros hermanos, el templo es un lugar peligroso-.

En efecto, la estructura del templo había sufrido grandes daños por el fuego y por las cargas de las catapultas orcas, no era seguro que los elfos aun siguieran allí adentro. Tan de prisa como era necesario, la armada blanca se abrió paso por entre los escombros, llegó al templo que aún se mantenía en pie aunque ardía  y entró en él. Lo que había dentro de la edificación no era una visión agradable, el lugar estaba destruido, además en el suelo yacían inertes los cuerpos de los elfos, los últimos defensores del templo. Como pudieron se abrieron paso por entre los cuerpos sin vida y por entre escombros hasta llegar a las puertas que daban al gran salón, el silencio dominaba el lugar, Elenor entonces habló en alta voz –Soy Elenor, rey del reino libre de Gwangur, he llegado con más de mil elfos hasta su ciudad, también me acompaña el gran Elohim Arish, os pido que abráis la puerta-.

De pronto se empezaron a escuchar sonidos detrás de las puertas, vigas que daban en el suelo, cerrojos abriéndose, murmullos, conversaciones, risas, llanto. Con la rapidez que ameritaba la situación, Lain y otros elfos, se apresuraron a abrir las puertas desde adentro, mientras los demás elfos no podían resistir la emoción de saber que sus plegarias habían sido escuchadas y respondidas. Cuando se abrieron las puertas Elenor estaba al frente de ellas y lo primero que dijo al ver a sus hermanos fue –salid, no hay peligro, las fuerzas del mal han sido expulsadas- .

Las muestras de afecto y agradecimiento no se hicieron esperar, todos y cada uno de los elfos salieron del gran salón que los había protegido y había sido su hogar durante aquellos días tristes. Y vieron la luz del día, era la primera vez que la veían en dos semanas, pero cuando dirigieron la mirada hacia su ciudad que ahora estaba en ruinas hubo tristeza y llanto y no era para menos, los orcos la habían destruido por completo, solo unas cuantas casas aún se mantenían en pie, mas sin embargo el salir con vida de aquella invasión les bastó a los elfos para mirar el futuro con esperanzas y más si como ahora tenían el apoyo y la protección de sus hermanos de Gwangur.

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