Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

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7. CAPITULO VII La primera gran marcha del ejército negro

Aquel valle había quedado atrás, ahora de nuevo aquella tierra muerta le daba otra vez la bienvenida a Nieber quien encadenado de pies y manos iba rodeado por cientos de orcos y Uruks, al frente de la compañía y montado en su bestia iba Eryanor quien lucía diferente a como Nieber lo recordaba, tal vez la maldad que ahora había en su corazón lo hacía un elfo sombrío, con la piel mucho más pálida y un color rojizo en los ojos. Muy en el fondo de su corazón Nieber se preguntaba que le esperaba allá en la ciudad maldita de Agbard, pero fuera lo que fuera sabía muy bien que no era nada bueno ni alentador su panorama. La caminata junto a sus enemigos se le hizo insufrible al rey Elfo, pues además de que había sido herido en la batalla, aquel ejercito negro no se detenía a descansar, ya eran tres días de largas y extenuantes jornadas de caminatas, sin una gota de agua ni asomo de comida alguna, al final del cuarto día de marcha, a la distancia, Nieber alcanzó a divisar la ciudad que sería su destino final. Majestuosa pero horripilante se erguía ante el ejército negro la ciudad maldita de Agbard. Después de que las enormes puertas de la ciudad se abrieron, el ejército de orcos ingresó con el preciado botín. la visión de la ciudad para Nieber era como una pesadilla, miles y miles de orcos estaban en la ciudad, también uruks y trolls, el olor era fétido y a el rey le costaba mucho trabajo respirar, pues el olor a azufre llenaba todo el lugar, además el calor era sofocante ya que la ciudad como se sabía estaba construida muy próxima al volcán Gordolin, todo esto junto con la deshidratación y la falta de comida en días, hizo que el rey elfo cayera desmayado a los pies de sus custodios. Después de descender de su bestia, Eryanor, se dispuso a subir los escalones de la torre de Borag, en poco más de un cuarto de hora llegó al final y entró a una especie de salón en el que estaba dispuesto un trono y en él estaba Miriahn, impaciente por las noticias que traía Eryanor.

–Dime, ¿has hecho lo que te pedí?-. Preguntó el Elohim, con un aire de satisfacción en su rostro.

Eryanor contestó –si mi señor, tal como lo pediste, te lo he traído, aunque tengo que advertirte que está herido-.

-¿pero no se morirá pronto? espero, pues tengo algo preparado para el-. Volvió a hablar Miriahn –.

-no mi amo, de inmediato hago que le limpien las heridas-. Respondió Eryanor.

–Muy bien, que lo lleven a los calabozos-. Fue lo último que dijo el Elohim traicionero.

♦♦♦♦♦

Cuando Nieber abrió los ojos no pudo ver mucho a su alrededor pues tan solo había una pequeña antorcha en la pared que se debatía con la inmensa oscuridad que reinaba en aquel lugar. Como pudo se puso de pie, de inmediato notó que las heridas no le dolían como antes y con sorpresa vio que alguien las había limpiado y vendado. Ahora con más lucidez que antes, avanzó hacia el frente y notó que estaba en una especie de celda, intentó gritar pero de inmediato se dio cuenta que la faltaban las fuerzas, pues no sabía hacia cuantos días había sido su última comida, eso y la falta de agua hicieron que el rey elfo de nuevo optara por acostarse en el piso. Allí en lo profundo de Borag, en aquella oscura y fría celda el rey elfo Nieber lloró, lloró por todos sus soldados elfos asesinados, lloró porque sabía que su final estaba pronto y lloró por no poder vengar la muerte de su padre, pero también lloró porque sabía que ahora que el ejército del reino de los lagos había sido derrotado, el siguiente paso de Miriahn era el de atacar a Aqarad y Escalat y El nada podía hacer para evitarlo, tal vez esto último era lo que más tristeza le daba a el rey elfo del reino de los lagos.

habían pasado muchos días, tantos que Nieber ya había perdido la cuenta, con la oscuridad como única compañera en aquella cárcel siniestra, con pocos alimentos y con una minúscula cantidad de agua diaria, el aspecto del rey dejaba mucho que desear y no solo físicamente sino mentalmente pues diariamente tenía que luchar con la demencia, de pronto se oyeron unos pasos a lo lejos, pero que poco a poco se iban acercando, pensó que eran los orcos guardias quienes le traían la comida, bueno si a eso que le daban se le podía llamar comida, sin embargo esta vez parecía que eran muchos más los que venían y no los dos orcos de costumbre, de pronto y para la sorpresa de Nieber ante sus ojos debilitados por la oscuridad, se hizo la imagen de Eryanor, con odio en su corazón y con la poca razón que le quedaba el rey solo atinó a decir –¿vienes por fin a matarme?-.

Eryanor con suficiencia respondió –no, aun no, como te dije antes esto no será tan fácil para ti-.

-¿entonces a que has venido?, ¿a burlarte de mí?-. Replicó Nieber.

-además de eso, vengo para llevarte a la sorpresa que te prometí, es algo muy especial-. Respondió El elfo traidor.

Los orcos que acompañaban a Eryanor soltaron unas risas macabras, que presagiaban lo que le esperaba a Nieber.

♦♦♦♦♦

ya eran seis meses los que habían pasado desde que el ejército del reino de los lagos en cabeza de Nieber había salido de Aqarad, y no habían tenido noticia alguna de ellos, Ileveter estaba realmente preocupado y mucho más cuando en los últimos días habían llegado algunos de los caballos, entre los cuales se encontraba Crin-veloz el caballo del rey Nieber, por esto Ileveter mandó reunir a todos los elfos miembros del consejo, cuando estaban todos reunidos, Ileveter tomó la palabra y dijo –queridos y respetados miembros de este consejo, los he citado ya que me ronda una preocupación que me está agrietando el corazón. Ya han pasado seis meses desde que nuestro rey Nieber salió con tres mil de nuestros elfos en camino hacia las tierras oscuras del oeste y aún no hemos sabido nada de ellos, ninguna noticia. Para los que no se han enterado, algunos de nuestros caballos que son montados por algunos soldados entre los que se encuentra el caballo de nuestro rey, han regresado solos con un muy mal aspecto, eso creo que es presagio de lo que le pudo haber ocurrido a nuestro rey y a nuestros elfos-.

después de oír esto hubo murmullos entre los asistentes al consejo, después de unos segundos de silencio Ileveter volvió a tomar la palabra –comprendo su consternación porque yo también la comparto, pero esto era algo que nosotros sabíamos que pasaría, incluso creo que el mismo rey Nieber sabía que esto pasaría, por eso nos eligió a nosotros para que dirigiéramos el futuro de nuestro pueblo, creo que ese momento ha llegado, debemos empezar a tomar decisiones que aseguren la paz de nuestra gente-.

-¿qué clase de decisiones quieres que tomemos?-. Preguntó uno de los concejales.

–creo que lo que ha pasado es un mensaje de advertencia, si nuestro ejército ha sido vencido por las fuerzas de Miriahn, que es lo más probable, eso quiere decir que muy pronto la amenaza del oeste vendrá a estas tierras con ánimo de guerra, para eso debemos estar prevenidos y que el ataque no nos tome por sorpresa, debemos fortalecer nuestras defensas en nuestras dos ciudades y también en la frontera del reino poner un contingente de nuestro ejército para que nos prevenga si las fuerzas de Miriahn quieren invadir esta tierra hermosa que tanto amamos-. Terminó diciendo Ileveter.

Las propuestas de Ileveter fueron bien recibidas y aprobadas por todos los miembros del concejo, quienes veían en Ileveter el líder que en esta época de incertidumbre el reino de los lagos tanto necesitaba.

♦♦♦♦♦

Después de que fue sacado de la celda encadenado de pies y manos, a Nieber se le tapó la cabeza con una funda que olía a inmundicia, luego fue conducido por entre los pasillos de la torre de Borag, obligado a subir escalones, hasta que por fin luego de muchos escalones atrás Eryanor le habló de nuevo a el rey –he aquí la sorpresa que te prometí-.

luego de decir esto, hizo que los orcos descubrieran la cabeza del rey, estos obedecieron al instante y le quitaron la funda, el rey trató de abrir los ojos y mirar de donde venía tal algarabía que escuchaba, pero la luz le lastimó los ojos, más sin embargo hizo un esfuerzo y vio hacia arriba con la esperanza de ver el azul del cielo o al sol, pero no había sol, solo nubes grises y una extraña niebla rojiza que cubría todo el cielo, parecía que en aquel lugar maldito no alumbraba el astro rey; y allí parado en un balcón de Borag el rey Nieber fue testigo del poderío de Miriahn, allá en el valle muerto formados en hileras bien distribuidas, un ejército de miles y miles de orcos Uruks, Trolls y demás criaturas, rugían de rabia y odio.

– ¿qué te parece?-. Se escuchó una voz que interrumpió la mirada fija de Nieber en tal ejército.

El rey se dio vuelta y vio por primera vez en mucho tiempo a su verdugo, imponente, con una armadura negra y una espada al cinto, Miriahn continuó diciendo –nunca jamás esta tierra vio un ejército tan magnifico-. Señalando allá abajo. -solo están esperando una orden mía para marchar, y adivina hacia donde dirigiré esta vez mis queridos soldados-. Soltó una risa maléfica.

Nieber se retorció de la ira, pero con las manos y pies encadenados nada pudo hacer – ¡maldito pagaras por la muerte de mi padre!-. Atinó a decir.

pero Miriahn con suficiencia y casi con desden respondió –mira alrededor, mira donde estas, aun crees que puedes vengarte, No eres más que basura para mí, si aún estas con vida es porque tengo preparado un castigo por osar atacar mis tierras con ese insignificante ejército, después de lo que te haremos aquí, me suplicaras que te mate, pero no será fácil, no será rápido y la muerte no te llegará pronto, morirás lentamente, agonizaras consumido por el dolor, para que recuerdes que yo soy el único amo de este mundo, por ultimo tu sufrimiento será puesto de ejemplo a quienes osen no aceptar mis designios y no me reconozcan como rey y amo de este mundo-.

-estás demente maldito, goza de tu pequeña victoria, tortúrame si es lo que quieres pero habrán quienes se venguen por mí. En Aqarad no te será tan fácil, tampoco en Gwangur, los pueblos libres de la tierra te vencerán eso te lo aseguro, por lo pronto mi venganza puede esperar, pero te lo juro que en esta vida o en la otra tomaré venganza-. Dijo Nieber a la vez que escupía la cara de Miriahn.

Al momento los orcos guardianes golpearon a el rey en el vientre bajo haciéndolo arrodillar del dolor, Miriahn se agachó y al oído del rey le dijo –espero que recuerdes este momento porque será el último en el que veras la luz del día-. Luego les dijo a los orcos. –Ahora es de ustedes, hagan lo que quieran con él-. Los orcos visiblemente regocijados atendiendo las órdenes del Elohim se llevaron a rastras a Nieber.

Después de que vio cómo los orcos sacaban al rey elfo a rastras, Miriahn el Elohim negro o como seria llamado después el señor del dolor, se dispuso a hablarle a la multitud de sus criaturas quienes estaban en el gran valle muerto ansiosos por recibir órdenes para marchar hacia el este. Desde su balcón en la torre Borag se dirigió a sus súbditos malditos con estas palabras –la nueva era que inicia hoy señala que ustedes serán los dueños de la tierra, seguramente tendrán resistencia y tendrán que derramar sangre para ello, pero el horizonte señala la victoria, sin piedad, vayan y reclámenla, muy pronto la era de los elfos habrá llegado a su fin, destruyan, quemen, violen, no tomen prisioneros, que la sangre de los elfos se derrame por la tierra, desde hoy una nueva era inicia, la era del orco-.

se oyó una gran algarabía en todo aquel lúgubre lugar, los orcos, Uruks y trolls desenvainaron las espadas y elevaron las lanzas a la vez que rugían como leones enfurecidos, lo último que escucharon de su señor fue un –¡marchad a la guerra!- a viva voz.

Seguidamente a tan breve pero eficaz discurso, el Elohim traidor le dio las últimas instrucciones a Eryanor que de nuevo seria su general en el campo de batalla, le enseñó por donde dirigir sus tropas y por dónde empezar el ataque a el reino de los lagos, los puntos débiles de la defensa de Aqarad y Escalat, tras escuchar atentamente, Eryanor salió de aquella habitación y se dirigió raudo a montar a su bestia para empezar así a la primera gran marcha del ejercito oscuro.

♦♦♦♦♦

Cuando aquel inmenso ejercito empezó su marcha, a Nieber le pareció que la tierra temblaba, atado de pies y manos y a la merced de aquellos orcos despiadados, en la profundidad de aquella tierra maldita, el rey se sintió impotente, vencido, desesperanzado, y de nuevo lloró, pero aquel momento de reflexión no le duró mucho ya que vio como los orcos regocijados en su maldad se preparaban para su festín. La situación no era para nada esperanzadora, rodeado de enemigos, sin oportunidad de escapar, con el calor sofocante de aquel lugar, atado de pies y manos y a la merced de aquellos malignos verdugos, el rey Nieber optó por cerrar los ojos, y tratar de extraviarse más allá de sus pensamientos, más allá del espacio y el tiempo, recordó el país donde nació, el lago Obelet, recordó que cuando era niño le gustaba navegarlo junto a su padre, vio el castillo, las casas de sus elfos amigos, las mañanas en donde despuntaba el sol y las tardes de su puesta, recordó a su caballo y lo mucho que amaba montarlo, vio a los elfos del reino saludarlo con agrado, haciéndole venias, dándole sonrisas sinceras, los grandes campos cultivados. pero de un momento a otro todo cambió en aquella visión, el cielo se oscureció, vio a las hordas de los orcos destruir todo, grandes incendios que cubrían a toda la ciudad de Aqarad, a los elfos de la ciudad correr de un lado para otro pidiendo auxilio, muchos de ellos yacer en el suelo inmóviles e inertes, aquello fue lo último que vio porque las tinieblas dominaron su mente; el rey ya no era dueño de su cuerpo se encontraba perdido en algún lugar del pensamiento donde no sentía el dolor que le causaban las heridas de las laceraciones provocadas por los orcos en su faena de tortura, aquel cuerpo al que los orcos torturaban ya no le pertenecía al rey, tan solo era una masa de músculos carente de alma al que aún le latía débilmente el corazón.

♦♦♦♦♦

Habían pasado cerca de 40 días desde que habían salido de Mingart y la travesía del ejército negro por Gordolin había transcurrido sin sobresalto alguno, ahora se encontraban en las fronteras del reino de los lagos, faltaban algunos kilómetros para atravesarla e ingresar a aquel país cuando Eryanor quien iba al frente del grupo ordenó parar, se quedó inmóvil mirando a la lejanía, esto llamó la atención de Kreig, el uruk, quien se le acercó y dijo –¿qué os pasa mi señor?, ¿porque mandais parar la marcha?-.

Eryanor con la mirada puesta en algún lugar del horizonte contestó –ordena que todos descansen, que coman, que beban, pero que se preparen porque esta noche estableceremos batalla-.

Kreig que no notaba nada alrededor, ni indicios de enemigo alguno replicó – ¿batalla mi señor, con quién?, Creo que lo más conveniente es que no nos detengamos y sigamos marchando hasta entrada la noche, entonces ahí podremos descansar un poco-.

Al instante Eryanor dejo de mirar a lontananza y le dio una mirada severa al uruk –no cuestiones mis órdenes y haz lo que te digo-.

Como un perro regañado el uruk bajó la cabeza y se dispuso a acatar las órdenes aun sin entenderlas; lo que no sabía Kreig era que el elfo podía ver más allá que cualquier criatura, como es sabido la vista del elfo es más aguda, esta misma vista que ahora le advertía al elfo Eryanor que más allá en el país de los lagos había un contingente de soldados custodiando la frontera, en un numero para nada despreciable. Bajó de su bestia y llamó a los comandantes de división, Kreig capitán de los Uruks, urdekirnis capitán de los orcos y Telesiek a cargo de la división de los trolls, cuando estuvieron todos reunidos les comentó lo que había visto y juntos tramaron un plan de asalto.

♦♦♦♦♦

La noche era fría, tal vez la más fría desde que habían sido enviados a esta frontera, además había una gruesa y gris niebla que cubría todo el lugar, el centinela de turno apostado en la torre de vigilancia hermosamente construida no podía ver mucho a causa de la susodicha niebla aun con su visión de elfo. Se dispuso a prepararse un té de hierbas para calmar un poco el frio, los demás elfos soldados  dormían inocentes sin saber de la amenaza que los rodeaba, todo estaba preparado para la incursión de los orcos.

♦♦♦♦♦

Los trolls que son evidentemente los más fuertes, eran los encargados de llevar y poner las catapultas en su posición, los orcos las cargaron con grandes rocas y las rociaban con un líquido inflamable, luego procedían a prenderle fuego. Todas las catapultas estaban armadas y listas, los trolls que las impulsaban solo esperaban las órdenes de Eryanor, impacientes los orcos y uruks desenvainaron las espadas y elevaron las lanzas. Eryanor dio la orden y comenzó el ataque, las primeras cargas de las catapultas estallaron sobre las tiendas de campañas de los elfos matando al instante a muchos, otra carga se estrelló en la torre que ardió en llamas al instante, los elfos sobrevivientes aun soñolientos tomaron escudos, espadas y lanzas,  se alistaron para defender la frontera, pero ya era demasiado tarde, cientos, miles de orcos cruzaban corriendo el valle con espadas en las manos gritando y rugiendo en dirección a donde los elfos estaban apostados, estos últimos tomaron posiciones defensivas y sacaron sus carcaj repletos de flechas y sus arcos, con un rapidez admirable y gracias a su visión superior muchas fechas dieron en el blanco matando a muchos enemigos, pero aun así los orcos seguían en su correría, cuando estuvieron demasiado cerca, Lagores el líder de los elfos grito –¡elfos, espadas!-.

De inmediato todos dejaron sus arcos y desenvainaron sus espadas, dieron un paso adelante saliendo de las barricadas y alistándose para frenar a los orcos. La arremetida de los orcos fue tremenda, ellos basan sus ataques en la fuerza bruta, pero eran torpes, situación que aprovecharon los elfos, quienes además de su fuerza que era considerable, eran más inteligentes, más coordinados y más dúctiles con la espada. Durante casi una hora los elfos que se contaban hasta 500 lograron repeler el ataque de los orcos, pero la noche era joven aun, los elfos estaban solos, lejos de casa y lo peor sin posibilidades de recibir refuerzos, mientras al contrario por el ejército negro solo peleaban los orcos, ni los trolls, ni mucho menos los uruks entraban aun a la batalla. Lagores presintiendo la derrota inminente, llamó a uno de sus subalternos que estaba herido en un brazo y le dijo –anda, toma un caballo, ve y alerta a Aqarad-.

El elfo herido respondió –señor yo aún puedo y quiero seguir peleando-.

-yo sé que puedes, pero necesito que lleves este recado al señor Ileveter-. Replicó Lagoles.

–Muy bien señor-. Asintió el elfo herido. – ¿digo que protejan la ciudad y que manden refuerzos?-.

-no refuerzos no, aquí no podremos soportar ya mucho tiempo, además estamos muy lejos de casa, cuando vengan los refuerzos seguramente ya estaremos muertos, los orcos son demasiados, diles que evacúen a quienes vivan en la dirección que seguramente tomaran los orcos, que todos se dirijan a la ciudad, tenemos que proteger a los que más se puedan- .señaló lagoles.

–Pero señor-. Atinó a decir el elfo contrariado.

-no discutas mis órdenes y ve raudo-.

Otra vez las catapultas enemigas dieron en el blanco, matando a muchos elfos, Eryanor quien miraba como se desenvolvía la batalla miro a Kreig y dijo –parece que no necesitaremos de tu gente en esta batalla-.

Kreig rugió de rabia.

–tranquilo amigo cuando lleguemos a la ciudad tus soldados se darán un festín, eso te lo prometo-.

Eryanor tenía razón, la victoria estaba cerca, el daño hecho por las cargas de las catapultas era considerable. Los elfos no podrían seguir resistiendo aquella salvaje embestida, más aún seguían luchando aun sabiendo que las posibilidades de victoria eran nulas.

Ya entrada la media noche, la victoria para el ejército negro estaba consumada, los orcos, uruks y trolls, andaban por el campo de batalla matando a los elfos que heridos suplicaban clemencia, Eryanor proclamó – ¡no tomen prisioneros!-.

Antes de matar a los elfos heridos, los orcos robaban sus pertenencias, luego apilaron los cadáveres y procedieron a prenderle fuego, cuando las llamas ardieron, hubo una gran algarabía por parte de los orcos, aquellas matanzas les gustaban, les satisfacía causar dolor y muerte al fin y al cabo para eso Miriahn los había sacado de las profundidades de la tierra. Eryanor llamó de nuevo a Kreig y dijo –que descansen un poco, al despuntar el alba continuaremos hacia Aqarad-.

♦♦♦♦♦

Con la rapidez del viento, el elfo herido que se llamaba Reudan, avanzaba montado en su caballo, hacía ya dos días que cabalgaba hacia Aqarad a llevar el mensaje de Lagores, la herida le causaba mucho dolor pero aun así seguía cabalgando, muy pocas veces se detenía a descansar y para que el caballo comiera algo y se hidratara y luego volvía rápido a tomar camino, sabía que no tenía mucho tiempo. Al cabo del 5to día por fin vio a elfos, era un pequeño poblado de unas 10 casas, los habitantes de aquel poblado cuando vieron al elfo le brindaron miradas de desconfianza y era de entender ya que la apariencia del elfo dejaba mucho que desear, Reudan habló y les dijo –apresúrense tomen solo lo necesario y diríjanse a Aqarad, un gran ejercito malvado viene hacia nosotros-Los elfos ignoraron aquellas palabras, pensaban que el pobre elfo había perdido la razón y siguieron en sus quehaceres, Reudan al no notar reacción alguna volvía a decir esta vez con más autoridad –que no me escuchan, deben salvar sus vidas, es orden del rey Ileveter, diríjanse a Aqarad-.

Esta vez uno de los presentes notó en las ropas desgastadas del elfo la insignia del ejercito real del reino –veo que traes el uniforme del ejército, ¿de dónde vienes?- preguntó.

Reudan bastante incomodo respondió –de la frontera del reino, los orcos nos atacaron, son miles y todos se dirigen a Aqarad, es probable que pasen por aquí dentro de 2 o 3 días. Pero ya basta de preguntas, hagan lo que digo si quieren salvar sus vidas, solo tomen lo necesario y sigan el camino a Aqarad-. Y dicho esto último partió de nuevo raudo.

Reudan había perdido la cuenta de cuantos días hacia que cabalgaba, había pasado por muchos poblados del reino regando el mensaje de proteger la vida y dirigirse hacia la capital Aqarad , en muchos lugares fue tomado por loco, en otros le hicieron caso, en otros se apiadaban de él y le daban alimento y agua para él y para su caballo, caballo que no era el mismo en el que había empezado su recorrido, en un caserío había tenido que cambiarlo ya que el pobre animal estaba realmente cansado y se negó a seguir el recorrido, por eso se vio en la necesidad de cambiarlo con alguien que amablemente le ofreció uno de los suyos, en aquel mismo caserío le habían curado amablemente la herida del brazo. Ahora que parecía que por fin la voluntad le desfallecía, sentía que no podía seguir ni un minuto más, hacía ya dos días y medio que se le había acabado el alimento, aunque el agua siempre estaba al alcance de la mano, por la cantidad de manantiales que habían en aquel reino, no era suficiente, veía la necesidad de comer algo sólido, los elfos eran una raza muy resistente, podían durar días tan solo comiendo el famoso pan de lembas, aquel pan se le había acabado casi a los 15 días de cabalgata y en este caso la resistencia al joven elfo pareciese que le llegaba el fin, pero en un momento en que levantó la mirada, de inmediato reconoció aquellos paisajes , estaba cerca de casa, de inmediato le volvió la esperanza, apresuró a su caballo diciéndole –ya estamos cerca amigo, cabalga, cabalga, hemos llegado-.

El caballo por su puesto no le respondió pero entró raudo por las primeras calles empedradas de la gran ciudad de Aqarad, todos los que estaban en la calle miraron al elfo que montaba aquel animal y no lo reconocieron, cuando llegó a las puertas del palacio, desmontó  el caballo, los guardias del palacio ignorando de quien se trataba le cerraron el paso y le preguntaron – ¿quién eres y que es lo que quieres, extraño?-.

–Soy Reudan del segundo regimiento encargado de proteger la frontera, traigo un mensaje para el rey Ileveter de nuestro capitán Lagores que requiere de mucha urgencia-. Respondió Reudan, mostrándoles a los guardias la insignia en su uniforme del ejército real, mientras decía esto el elfo pareció algo agitado.

Los guardias al mirar la insignia se dieron cuenta que el elfo decía la verdad y lo dejaron pasar, luego se llevaron al animal para las caballerizas del palacio. Cuando Reudan llegó al gran salón uno de los guardias le ordenó que se sentara y esperara mientras era anunciado, el elfo de mal aspecto se sentó; habían pasado 15 minutos que al elfo le habían parecido casi una hora, de pronto entró Ileveter, este último le brindo una mirada de curiosidad al elfo y le preguntó – ¿me dices que vienes de la frontera y que traes noticias para mí, no es cierto?-.

Reudan con  las pocas fuerzas que le quedaban, le contó al rey lo que había pasado en la frontera, el ataque de los orcos, la batalla, el mensaje que le había mandado su capitán Lagores, por último el elfo le informo sobre la advertencia que había dado a los habitantes de los pequeños caseríos, de venir a refugiarse a Aqarad.

-hiciste bien muchacho, ahora ve y descansa-. Dijo el rey Ileveter. Luego ordenó a los sirvientes que se encargaran de cuidar al elfo –llévenlo a descansar, cúrenle las heridas, denle alimento, estén atentos de él, este elfo es muy valiente-.

Luego de ver como los sirvientes del palacio se llevaban al elfo, Ileveter mandó llamar de nuevo a los miembros del concejo con la premisa de urgente. El máximo temor de Ileveter se hacía realidad, un ejército basto venía con ánimo de guerra y había llegado el momento de probar su liderazgo defendiendo a las gentes de su pueblo. Rápidamente se reunieron, pues la situación ameritaba acciones rápidas, mientras tanto iban llegando a la ciudad elfos que habitaban en pueblos cercanos y que fueron advertidos por Reudan. La tensión en el consejo era visible, pero Ileveter siempre trató de mantener la calma, reflejando seguridad, él sabía que si proyectaba  tranquilidad y seguridad, los demás miembros del consejo se contagiarían y así llegarían a tomar decisiones más calmadas y asertivas. Lo primero que el concejo decidió fue evacuar la ciudad, las mujeres y los niños de Aqarad debían cruzar el Obelet y refugiarse en Escalat,  mientras tanto todo hombre del reino capaz de sostener una espada debía quedarse a defender la ciudad, la segunda decisión fue poner una gran barricada en la entrada de la ciudad, sabiendo que era la única entrada posible para las fuerzas de Miriahn, allí el ejército real debía resistir la embestida, por último se dictó mandar mensajeros a Gwangur solicitando ayuda, Ileveter sabía que Arish y Elenor vendrían a socorrerlos tan pronto se enteraran de la situación. Ileveter y el concejo sabían que estas acciones se tendrían que ejecutar con premura ya que el ejército negro llegaría dentro de 15 o 20 días, ese el tiempo que precisaban para evacuar la ciudad, montar su defensiva y orar para que los mensajeros llegaran sanos y salvos a Gwangur y este a su vez respondiera, movilizando sus tropas hacia Aqarad. En esto último basaba calladamente Ileveter sus esperanzas de triunfo, entendía que el ejército real había sufrido dos grandes derrotas, sus soldados no eran muchos en número ni en motivación, además no todos eran soldados, muchos eran elfos que serían escogidos y obligados a llevar espadas o lanzas para defender la ciudad. Ileveter sufría en silencio, su pueblo estaba por afrontar una guerra devastadora que seguramente dejaría en ruinas la ciudad de Aqarad y la única esperanza que tenía estaba muchos kilómetros al sur, en Gwangur, rezaba para que cuando llegaran los refuerzos no fuera demasiado tarde.

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Quemando todo a su paso, así machaba el gran ejército negro, siguiendo las órdenes de Eryanor, este último se mostraba sorprendido porque en los pequeños caseríos que se habían topado, no habían visto a casi ningún elfo, pereciera que se hubieran marchado de prisa, en las casas aun había algunos enseres, alimentos y demás. Pronto se dio cuenta que habían sido advertidos de la presencia del ejército negro y habían huido a refugiarse a la ciudad de Aqarad, pero esto no le preocupaba a Eryanor pues en su opinión todos morirían en esa ciudad, tenía mucha confianza de su ejército, era basto, desalmado, cruel, asesino, resistente y lo mejor de todo seguían las ordenes sin chistar. Una derrota del ejército negro no estaba en sus planes, sabía que si eso pasaba era su vida la que corría peligro, pero ahora no le preocupaba eso, es más le satisfacía volver a Aqarad, Miriahn le había prometido que si la conquistaba seria elevado a la categoría de rey del reino de los lagos y tan solo tendría que darle cuantas a Miriahn, sería el amo y señor de aquella ciudad en la que mucho tiempo atrás tuvo que salir de prisa y que ahora lo vería como su rey, un rey malvado y cruel, esto llenaba de emoción el frio y oscuro corazón del elfo negro. Así marchaba el ejército negro en camino a Aqarad y Escalat, marchaban hacia la guerra, marchaban hacia un infierno.

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Tal como lo dispuso el concejo, los habitantes de la ciudad, mujeres, niños y ancianos, fueron evacuados, en barcos hermosos cruzaron el Obelet en dirección a Escalat, allí fueron bien recibidos, también se transportaron  alimentos, pues eran conscientes que la arremetida del ejército negro se mantendría durante días, quizá semanas, y de todo corazón esperaban que no durara meses. Los hombres capaces de empuñar un arma fueron rápidamente instruidos, alistados y puestos a trabajar, plantaron una gran barricada en la entrada de la ciudad, se distribuyeron posiciones estratégicas en las casas abandonadas, los sitios más altos fueron designados para los elfos con mayor rapidez y puntería en el manejo del arco y la flecha, las catapultas se cargaron con rocas sacadas del fondo del Obelet y otras con bolas hechas de trapo empapadas con líquidos inflamables, listas para ser prendidas y arrojadas; solo quedaba una cosa por hacer, escoger al portador de las noticias que viajaría a Gwangur. Ileveter y el concejo redactaron una carta en fino papel, la sellaron con el sello real del reino de los lagos y se dispusieron a salir a buscar al portador, en ese momento entró Reudan, ya recuperado del extenuante viaje ahora lucia más fortalecido, y sin más palabras se ofreció a llevar la encomienda hasta Gwangur, los presentes vieron con buenos ojos este gesto, y así fue como Reudan se alistó para hacer otro viaje, este quizá más largo, más extenuante, pero diferente, ya que lo haría a través de barco, navegaría por el rio Gidli hasta Gwangur, pero no iría solo, lo acompañaría otros elfos. El día del embarque llegó, llenaron el barco de víveres, estos elfos fueron despedidos como héroes, llevaban consigo la esperanza de todo un pueblo, el pueblo elfico del reino de los lagos, aquel viaje les llevaría semanas antes de desembarcar en Gwangur, pero aun así llevaban en su corazón la emoción y la esperanza de que sus defensas resistieran el ataque del ejército negro hasta cuando ellos volvieran a casa con refuerzos.

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En lo más alto de la torre de Borag, en una habitación llena de la oscuridad constante que reinaba en aquel lugar donde nunca brillaba el sol, Miriahn lo veía todo, gracias al poder de sus dos joyas, había conocido las oscuras artes del inframundo, podía mirar más allá de los muros de su ciudad, miraba a través de los ojos de Eryanor, capitán de sus tropas y su más leal servidor. incluso podía ver que ocurría en otros lugares, a través de los ojos de los cuervos negros que el mismo había mandado a espiar a todos los rincones de la tierra, se enteró de la evacuación de la ciudad de Aqarad y también de los mensajeros mandados a través del rio Gidli hacia Gwangur, no se demoró mucho en darse cuenta que eran mandados muy seguramente a pedir ayuda, esto no eran muy buenas noticias para él, así que a través de los pensamientos le ordenó a Eryanor que mandara un contingente de orcos para interceptar  la embarcación con los elfos mensajeros, la orden destruir el barco y asesinar a los tripulantes antes que pasaran la frontera con Gwangur. Efectivamente Eryanor escogió un contingente de al menos 100 de los más fuertes orcos y les ordenó desviarse hacia el sureste para interceptar el barco, debían hacerlo antes que la embarcación cruzara la frontera del reino de los lagos y se adentrara en el reino de Gwangur. Sin ninguna objeción los orcos se separaron de la tropa que marchaba hacia Aqarad y tomaron camino hacia el sureste, su misión interceptar el barco elfo, no debían fallar.

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14 días después que Reudan llegara con las malas noticias, aquella ciudad estaba silenciosa, nada parecida a la Aqarad de antes, deshabitada la ciudad lucia inerte, lúgubre, el cielo otrora azul, traía esa tarde los vientos desde lugares remotos y con ellos las nubes grises, la tarde caía, el sol ya se escondía detrás de la nubes y el reinado de la luna era inminente, los guerreros elfos esperaban, ansiosos, esperaban detrás de las barricadas o en los lugares altos con sus arcos y ballestas y sus carcaj llenos de flechas y otros nerviosos con las catapultas, así esperaban al ejercito negro que a medida que se acercaba hacia que la tierra temblara, a lo lejos se escuchaban los tambores de guerra que anunciaban la proximidad de tales bestias, también los canticos infernales que salían de sus asquerosas bocas, eran como himnos de batalla, los cantaban en una extraña lengua, la lengua del infierno. Oscurecía, más y más se acercaba la hora de la guerra, por un lado el ejército real del reino dispuestos a proteger la ciudad a toda costa y por el otro el inmenso ejercito negro que los doblaba en número, venían y vivían con un solo propósito, dar por terminada la era de los pueblos libres de la tierra, y aquella ciudad, Aqarad, era el primer obstáculo en su diabólica meta.

esta noche en particular era cálida, alumbrada por la luna que en lo más alto del cielo  irradiaba su alegre y tenue luz, el firmamento estaba despejado, las estrellas brillaban mostrando toda su belleza, quien podía creer que en una noche tan hermosa estaba por derramarse sangre; a una distancia prudente el gran ejercito negro a la cabeza de Eryanor se detuvo, estas bestias horribles rugían y esos rugidos llegaron a los oídos agudos de los elfos que con valentía no se movieron de las posiciones, con una rapidez asombrosa se formaron, era una lucha no física, por un lado el ejército negro mostrando todo su poderío, sus miles de orcos y uruks aplastando sus lanzas contra el piso, chasqueando sus espadas, golpeando sus escudos todo esto junto con rugidos que los hacia parecer como animales feroces, por otro lado los elfos dispuestos a proteger la ciudad, inmóviles, serenos. De pronto Eryanor le dio la orden a urdekirnis y este a su vez hizo sonar un gran cuerno de guerra y empezó la movilización de los orcos hacia adelante, cientos de ellos, con espadas en las manos, rugiendo de rabia y odio, corrían en dirección a la ciudad. Ileveter quien se encontraba junto al capitán de los elfos, Lain, detrás de la barricada que media más o menos unos tres metros de alto, hizo una señal. De inmediato los elfos apostados en las edificaciones altas con una coordinación admirable elevaron sus ballestas y arcos esperando la señal para disparar la primera ráfaga de flechas, la orden no se hizo esperar, hasta cuando los orcos habían avanzado. Cuando estuvieron al alcance de las flechas se dio la orden. Las flechas viajaron en el aire haciendo una parábola primero ascendente y luego en un descenso vertiginoso y mortal, muchas dieron en el blanco, acrecentando más la rabia de los orcos que veían como muchos de los suyos caían muertos por el efecto de las certeras flechas. Con la velocidad que los caracteriza los elfos dispararon dos, tres, cuatro, cinco ráfagas en una fracción muy corta de tiempo, causando otras tantas muchas bajas a los orcos, Eryanor consiente del daño que los arqueros elfos estaban haciendo a sus tropas, ordenó a Telesiek, capitán de la división de los trolls, que dispusiera las catapultas todas que apuntaran a donde se apostaban los arqueros, Telesiek actuó de inmediato haciendo que los trolls cargaran las catapultas con  pesadas piedras, cuando estuvieron cargadas, les dieron dirección y las dispararon. Las rocas gigantes volaron por el cielo, raudas se estrellaron en muchas edificaciones de la ciudad, derribando casas, algunas de ellas dieron en blancos certeros pues derribaron edificaciones en donde se encontraban apostados los arqueros elfos. Al mismo tiempo las catapultas de los elfos también entraron en acción, Las cargas de las catapultas volaban de un lado a otro dando en el blanco y causando muchas bajas de un lado como del otro. Mientras esto pasaba, los orcos iban avanzando, muchos caían ante la incesante ráfaga de flechas elfas, pero muchos otros lograron avanzar lo suficiente como para amenazar la posición de los elfos, quienes aún estaban atrás de las barricadas puestas en la entrada de la ciudad. A pesar de la incesante lluvia de flechas, y que muchas de ellas daban en el blanco, muchos orcos seguían avanzando a tal punto que estaban próximos a estrellarse contra la gran barricada con la misma fuerza con la que se estrella el agua del mar con la roca costera. De pronto y al darse cuenta de la proximidad de los enemigos, Lain, ahora capitán del ejército real, gritó – ¡elfos, desenvainen sus espadas y adelante!-.

Al unísono todos lo obedecieron, y saltaron hacia adelante, cortándole el paso a los orcos que enfurecidos corrían como estampida de búfalos salvajes. Allí empezó la batalla real, se oyeron como estruendos los choques de las espadas, los gemidos, los lamentos empezaron a escucharse también. La muerte esa noche también haría su festín.

La primera luz del segundo día de guerra se empezaba a divisar, la mañana era fría, los primeros rayos del sol estaban pronto a calentar el ambiente, la niebla que venia del lago cubría todo el campo de batalla. La lucha se había extendido por dos noches seguidas. La batalla era pareja, Ileveter y Lain aun lideraban a los elfos que resistían valientemente la arremetida del ejército negro, que impotentes veían como sus hordas de orcos se estrellaban contra las firmes defensas elfas, era una batalla con mucho fragor e intensidad, de un lado y del otro se planteaban estrategias para la victoria. Eryanor que no se esperaba que las defensas de la ciudad fueran tan fuertes sabía que si lograban derrotar a las primeras defensas elfas en las barricadas de la entrada de la ciudad, les sería mucho más fácil tomarse la ciudad y derrotar al enemigo, así que ordenó un ataque a todo por el todo contra estas defensas, les ordenó a los suyos que las  catapultas esta vez apuntaran a la gran barricada. Decenas de rocas volaron por el aire y se estrellaron en el objetivo previsto, matando a muchos elfos a su paso, esto acompañado por una arremetida aún más violenta de orcos y uruks, pero el contraataque de los elfos no se hizo esperar, esta vez los arqueros apuntaron mucho más lejos, a los trolls, estaban a mucha distancia pero aun así muchas flechas dieron en el blanco, pero se necesitaban por lo menos una decena de ellas para matar a los trolls, más aun muchos de estas criaturas cayeron inertes al piso, también las catapultas elfas fueron dirigidas para desactivas las catapultas enemigas que tanto daño hacían cada vez que disparaban sus cargas, las bolas de fuego intenso salieron disparadas de las catapultas elfas y fueron certeras, muchas de ellas llegaron a su destino.

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Era el quinto día de viaje a través del rio Gidli, Reudan y los otros elfos tripulantes de la embarcación estaban a casi 3 kilómetros de traspasar la frontera y adentrarse a Gwangur, el viaje había sido normal, el rio estaba bastante tranquilo. Durante todo el trayecto habían visto muchas criaturas vivas en la rivera del rio, muchos peses, aves, caballos salvajes, pero lo que más llamó la atención e inquietó a Reudan fue que durante un día completo, los había estado siguiendo una grupo de pájaros negros, que a la distancia allá arriba parecían como cuervos, esto le preocupó a Reudan pues había oído que el señor oscuro tenía muchos espías y además podía ver a través de los ojos de cualquier criatura de corazón negro. Eso había pasado hace ya dos días, ahora el sol estaba en lo alto del cielo, un cielo azul totalmente despejado, Reudan se preguntaba y lo mismo hacían los demás elfos acompañantes, como estarían sus hermanos en Aqarad. Ahora que estaban a punto de cruzar la frontera, Reudan sabía que debían apresurarse si querían llegar con la ayudada tiempo. Navegaban por un sector cuyos ambos lados de la rivera del rio estaban sembrados pinos y otros árboles, no parecía que en aquel lugar habitara ninguna criatura, pues no se oía mucho ruido, ni la densa vegetación dejaba ver algo que estuviera allí entre los arbustos. Y precisamente entre los arbustos esperando agazapados, estaban los orcos, habían viajado sin descansar día y noche acortando camino, tomando atajos y trochas, pero finalmente habían llegado muy cerca de la frontera como había sido la orden de Eryanor. La misión era sorprender a los elfos navegantes desde la espesura de la selva, con flechas prendidas en fuego, se alistaban para el asalto sorpresa. De pronto vieron a la embarcación que se acercaba, con sigilo tomaron pociones, prendieron fuego a sus flechas, apuntaron con sus arcos y esperaron que pasaran muy cerca. Mientras tanto en la embarcación los elfos eran inocentes de lo que estaba pasando entre los arbustos, jamás se imaginaron que los orcos sabían de este viaje y menos aún que los habían perseguido en silencio y que ahora estaban entre la vegetación. La frontera estaba muy cerca y los orcos sabían eso, tenían que actuar de prisa, asesinar a los elfos, destruir la embarcación y no dejar rastro ni evidencia de nada, pues si dejaban algo que los guardias de la frontera de Gwangur pudieran reconocer, su misión habría fracasado y su vida peligraría, pues el señor oscuro no toleraba errores y aquel que los cometiera pagaría con su vida. Cuando el bote pasó lo suficientemente cerca, el que parecía ser el líder de los orcos dio la orden y empezó la lluvia de flechas en llamas contra el bote elfo, tomados por sorpresa, los elfos solo atinaron a protegerse de las flechas, hubo una gran zozobra, en medio de la confusión no veían a sus enemigos ni sabían desde donde venía el ataque. La lluvia no paraba, una tras otra las flechas en llamas se estrellaban contra la embarcación, como es normal el fuego de las flechas al chocar contra la madera del bote, inicio un fuego, al instante el bote empezó a arder. Sin dejar que el pánico lo dominara, Reudan dio órdenes para que los elfos ayudaran a apagar el fuego que se estaba propagando por toda la embarcación, pero ya era demasiado tarde, algunos de los elfos yacían en el suelo, atravesados por flechas orcas, los pocos sobrevivientes optaron por dejar el barco y lanzarse al agua, el fuego del barco ya era incontrolable. Reudan sabía que también tenía que abandonar la nave, pero antes tomó la carta sellada, la guardo con cuidado y se lanzó a las aguas del rio. En ese momento los orcos salieron de los arbustos y se adentraron un poco en la orilla del rio la cual era poco profunda, pero esta vez apuntaron sus flechas no al barco sino a los elfos que fatigados nadaban hacia la orilla opuesta. Muchas flechas dieron en el blanco. Mientras se acercaba a la orilla, Reudan veía como el agua cristalina del rio se mesclaba con el rojo de la sangre de los elfos que habían fracasado en su intento de llegar a la orilla y que ahora yacían agonizantes en el rio luchando con sus últimas fuerzas para no ser arrastrados por la corriente, mientras el veneno impreso en las flechas hacia su trabajo mortal de paralizarlos y finalmente matarlos, vio también como el barco ardiendo en llamas se desvió del cauce y fue directo a la orilla del rio y se estancó en la arena mientras era consumido por el fuego. Como pudo Reudan llegó a la orilla, tratando de esquivar las flechas que venían desde el otro lado del rio, sabía que aún no estaba a salvo, pero el cansancio lo dominaba. Acostado sobre la orilla tomaba respiraciones muy profundas, al cabo supo que tenía que moverse de prisa, como pudo se arrastró hacia los arbustos. Desde la otra orilla el jefe de esta compañía de orcos rugía histérico dando órdenes para que asesinaran al elfo sobreviviente. Mientras algunos de los orcos se sumergían al agua sacando los cuerpos de los elfos muertos. Otra lluvia de flechas disparada desde los arcos orcos, irrumpió el cielo y se dirigió a donde con dificultad Reudan se arrastraba. Ya casi llegaba a los arbustos que lo protegerían cuando sintió dos punzadas que lo embargaron de dolor, una flecha se le clavó en la espalda baja, otra en el muslo izquierdo, aquella sensación de dolor nunca jamás la había experimentado. Antes que el veneno hiciera efecto, Reudan sabía que tenía que sacar las flechas, se sacó la primera, la de la espalda y dio un grito de dolor que seguramente se escuchó por  todo el lugar, luego con mucha valentía retiró la segunda flecha, esta vez el dolor fue mayor, tanto así que se tambaleo, sintió como un hilo de sangre cálida se deslizaba por su muslo y espalda, pero aun así tomó camino hacia la frontera, sabía que según los planes de navegación, estaría a dos kilómetros de la frontera, allí estaría a salvo. Mientras caminaba escuchaba a sus espaldas como los orcos eufóricos celebraban, lo creían muerto y como no, si dos flechas habían dado en el blanco. El veneno impreso en esas flechas era mortal así que al elfo ninguna medicina conocida podía curarlo, si no había muerto aun, era cuestión de minutos para que el veneno se dispersara por todo el cuerpo y llegara al corazón causándole la muerte.

Reudan llevaba caminando cerca de 30 minutos, pero sentía que no podía ir más allá, el dolor de las heridas era insoportable, se sentía débil, había perdido mucha sangre, se recostó sobre un pino, el dolor no era tanto como la frustración de no poder regresar a casa con ayuda. Mientras yacía de espaldas sobre aquel pino y sentía que el conocimiento se le escapaba, creyó escuchar voces que venían de un lugar que no estaba muy lejos de allí, como pudo se levantó tambaleándose y teniéndose de la vegetación, avanzó unos cuantos pasos hacia donde provenían las voces que ahora se escuchaban cada vez más y más claras, con esperanza intentó lanzar una voz de auxilio para advertir que estaba allí, pero fue inútil se dio cuenta que le faltaban las fuerzas necesarias para gritar, también sintió que se le iba el conocimiento, dejó de caminar, cayó sobre el piso boca abajo. Sentía como el veneno fluía por su sangre, cada vez más le costaba respirar, la vista se le nubló, su hora final estaba cerca. Allí tendido, impotente, moribundo, lejos de casa, Reudan con la última fuerza de su cuerpo y con el ultimo asomo de razón en su mente tomó un pequeño palo que estaba junto a él en el suelo y lo golpeó contra un árbol cerca de él, dio unos cinco o seis golpes y no más, la vida se le fue del cuerpo, el corazón dejo de latir, cerró los ojos por última vez, nunca jamás los volvió a abrir.

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El horror de la guerra era visible, el caluroso día avanzaba, en el campo de batalla el polvo se mezclaba con el olor a sangre derramada. Los cuervos tenían su festín con la cantidad de cadáveres que yacían en el suelo, ellos preferían la carne elfa, era más blanda, por lo tanto a los cadáveres de los orcos los dejaban intactos. Era el cuarto día de guerra, cada vez más el ejército negro avanzaba, ya la entrada de la ciudad había sido tomada, los elfos la habían defendido con valentía pero el poder destructor de aquel ejercito maligno era imparable y esto Ileveter lo sabía muy bien. Lain aun capitaneaba el ejército real e intentaba que los elfos defendieran la ciudad e impedir que los enemigos llegaran hasta el palacio imperial, si es preciso Lain estaba dispuesto a defenderlo con su vida. Por el otro bando Eryanor miraba con agrado como su ejército desequilibraba la balanza de la batalla, veía como las filas enemigas se debilitaban, era solo cuestión de tiempo para que la ciudad fuera toda suya. Desde su bestia impartía órdenes a sus compañías de orcos, trolls y uruks, todo parecía ir bien, si sus cálculos eran correctos al amanecer del día siguiente, las ultimas defensas elfas serían derrotadas, por eso alentaba cada vez más a sus tropas.

Lain e Ileveter veían como el asedio se volvía cada vez más intenso, el número de sus combatientes había disminuido dramáticamente, durante la noche anterior el enemigo había avanzado mucho, ya casi dominaban 3 cuartas partes de la ciudad, ahora que amanecía el quinto día de batalla, con dolor en el corazón  pero con la certeza de que era lo mejor para salvar la vida de los elfos que aun combatían, Ileveter decidió que era hora de abandonar la ciudad, ir hacia los puertos y tomar los barcos allí dispuestos y cruzar el Obelet, sabía que en Escalat podrían resistir unos cuantos días más hasta cuando llegara la ayuda, ayuda que aún era incierta. Lain compartió la decisión del rey, así que los elfos dejaron sus posiciones defensivas y corrieron hacia los barcos, dejando atrás la ciudad que habían jurado defender. Eryanor se dio cuenta al instante lo que pretendían hacer los elfos así que dio órdenes a todos sus soldados de no dejar llegar a los elfos a sus barcos. Los orcos arqueros hicieron que una lluvia de flechas cayera sobre los elfos que corrían hacia el puerto, muchos alcanzaron a llegar y desde allí respondían con flechas certeras haciendo las veces de cubrir a los que aún no habían llegado a los barcos. El primer barco en poco tiempo estuvo lleno, se elevó el ancla y partió hacia Escalat. Ahora era el tiempo del segundo barco, por causa de las flechas y lanzas que lanzaban los orcos y uruks, muchos elfos no habían podido llegar al segundo barco, incluso algunos habían sido alcanzados por los enemigos y asesinados, entre los que aún no llegaban estaba Ileveter quien con arco en mano intentaba cubrir a sus elfos para que llegaran sanos y seguros al barco. Ya faltaban pocos los que tenían que llegar a abordar el barco, pero los orcos y uruks estaban ya muy cerca, era cuestión de minutos para que el ejército negro llegara a el puerto, en ese momento Ileveter decidió correr hacia el barco, no podía hacer nada por salvar la vida de los demás elfos que faltaban, ellos ya estaban muertos. Corría como nunca antes en su vida, sentía como las flechas le pasaban rosando la cabeza, de pronto y cuando estaba a punto de llegar al barco sintió como una flecha se le clavó en la espalda, cayó de rodillas por el impacto, intentó pararse y correr de nuevo, estaba tan cerca, pero cuando avanzó unos cuantos pasos otra flecha dio en el blanco y otra más. En su cara se dibujó una clara expresión de dolor, de rodillas sobre el tablado del muelle sentía como la sangre le fluía de las heridas, oía a lo lejos, aunque en realidad estaban muy cerca, como los elfos lo animaban para que corriera hacia ellos, vio como Lain daba órdenes para que tres elfos fueran a auxiliarlo, pero sabiendo que no quedaba tiempo pues los orcos estaban demasiado cerca, ya sentía las pisadas muy próximas, gritó a viva voz –¡márchense, de prisa, defiendan a Escalat, es una orden!-.

Los elfos con dolor le hicieron caso, Lain mandó elevar las anclas, cuando estuvieron elevadas, el barco empezó a moverse en dirección a Escalat, ninguno de los tripulantes sobrevivientes apartó la mirada del Valiente rey elfo que yacía de rodillas en el entablillado piso del puerto, miraron como los orcos lo rodearon, mientras los demás rugían furiosos mirando al barco y otros intentaban en vano disparar sus flechas al mismo.

Rodeado de orcos, de rodillas en el suelo el rey Ileveter vio como uno de los uruks desenvainó una espada de hoja ancha y de un color grisáceo que terminaba en curva, se dirigió hacia él y cuando estuvo cerca para dar el golpe final, se oyó una voz. De pronto todos los orcos y uruks abrieron paso en el círculo que habían dibujado, en medio de ellos apareció una vez más Eryanor. Bajó de su bestia, caminó hacia Ileveter y mirando al uruk que amenazaba con la espada al rey, dijo –detente, de este me encargo yo-.

El uruk hizo caso a la orden de mala gana y se retiró rugiendo de rabia.

-ya vez que para el ejército negro no hay nada imposible-. Declaró Eryanor mirando a Ileveter, luego siguió –tu gente cree que cruzando este lago y yendo a Escalat estarán a salvo, ja ja ja-. Rió con una risa siniestra, prosiguió –no les servirá de nada, solo vivirán un par de días más, cuando lleguemos allá no habrá nada que los pueda salvar, ya no tendrán lugar para esconderse, estarán solos-.

Con las pocas fuerzas que le sobraban y de manera fatigosa Ileveter respondió –no…….no estaremos solos…pronto….vendrá ayuda-.

Con una sonrisa malévola en su rostro Eryanor replicó –esa ayuda de que tanto hablas, la que viaja a través del Gidli, ¿estás seguro de que llegará a su destino?, si fuera tú, no pondría mis esperanzas en eso, a estas alturas tus mensajeros ya estarán en la otra vida-.

La noticia que Eryanor supiera de los mensajeros que habían enviado hacia Gwangur, sorprendió a Ileveter que intentó decir algo más, pero supo que ya no era necesario, además ya no tenía la facultad necesaria para articular alguna palabra o frase con sentido, sintió como un frio le helaba el cuerpo y como una niebla le nublaba la vista.

–Es hora que termine contigo-.

Fue lo último que los oídos de Ileveter escucharon, esas palabras venían de la boca del que antes había sido un elfo y que ahora era el más leal y ferviente servidor del señor oscuro. Eryanor tomó un arco de uno de los orcos, tomó dos flecha, rodeó al rey hasta que estuvo detrás, alzó el arco con las dos flechas y apuntó a la parte baja de la cabeza del rey Ileveter que yacía de rodillas, disparó y terminó con la vida del rey que cayó de bruces sobre el suelo.

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