Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

0Me gustan
0Comentarios
359Vistas
AA

9. CAPITULO IX La calma después de la tormenta.

Con la ayuda y la protección de la armada blanca de Gwangur y del rey Elenor y Arish, Aqarad y Escalat fueron reconstruidas, el concejo del reino fue restablecido. La armada blanca se mantuvo en la ciudad para brindar seguridad. Con la presencia del gran Elohim Arish, el concejo del reino de los lagos se reunió de nuevo y juntos decidieron que era hora de nombrar a un nuevo rey, en una decisión unánime, Rineo, concejal pariente directo del inmolado rey Nieber, fue elegido como rey. En una ceremonia majestuosa en el gran palacio de Aqarad ya reconstruido y presidida por los demás miembros del consejo y por muchos habitantes y por supuesto el Elohim Arish, Rineo fue coronado como nuevo rey del reino de los lagos. Pasaron muchos meses, en los cuales como se dijo antes la armada blanca ayudó con la reconstrucción de las ciudades y brindo seguridad. pero llegó el momento de partir y así se lo comunicó Elenor al consejo y al rey Rineo diciendo estas palabras –vinimos aquí para prestar la ayuda que ustedes mis hermanos nos solicitaron, hemos expulsado las fuerzas de Miriahn, les hemos ayudado a reconstruir sus ciudades, hemos presenciado como han elegido a su nuevo rey, todo lo hemos hecho movidos por el amor y el respeto entre nuestros dos pueblos, pero ha llegado el momento de partir, ya ha pasado casi año y medio desde que salimos de nuestra ciudad Gwangur, extrañamos a nuestras familias, además creo que aquí ya no tenemos nada que hacer-.

El día acordado para la partida finalmente llegó, las gentes de la ciudad se reunieron para despedir a quienes los habían salvado de morir, hubo grandes muestras de afecto y gratitud para quienes se marchaban, allí también se hicieron presentes los miembros del consejo y por supuesto el rey Rineo quien con una ofrenda floral en sus manos dijo –mi amigo-. Dirigiéndose a Elenor. –Mi señor-. Dirigiéndose a Arish. –no hay palabras que expresen el agradecimiento de todos nosotros para con ustedes, solo nos queda decirles que aquí serán bienvenidos cuando quieran regresar, serán tratados como si fueran de nuestro país y no como extranjeros, también les aseguro que si algún día Gwangur requiere de nuestra ayuda, correremos presurosos a ayudarles de eso no tengan dudas-.

Dicho esto y después de que el rey Rineo entregara la ofrenda floral a Arish, la armada blanca se marchó en medio de una calle de honor hecha por los elfos de Aqarad y Escalat. Y así se marchó la armada blanca de Aqarad, asegurando la paz y la tranquilidad de sus hermanos, ahora los esperaba un largo viaje a casa, en donde serían recibidos como lo que eran, héroes.

♦♦♦♦♦

Mientras tanto en Agbard, Miriahn hasta ahora asimilaba la derrota en Escalat, entendió que había subestimado el poder de los elfos, supo que la conquista de la tierra no iba a ser tan fácil como suponía, no hasta que tuviera el otro Timbilis. Entendió que la guerra que él quería empezar, requeriría de muchos, muchos guerreros, muchos más que los que mandó al reino de los lagos. Para eso empezó a convocar de las entrañas de la tierra y del inframundo a  muchos más guerreros, pero esta vez, con la ayuda de sus dos joyas, los hizo más fuertes, resistentes y malignos. Fue así como día tras día en las entrañas del Gordolin, miles de orcos nacieron y estos a la ves salieron de la ciudad y deforestaron los alrededores en donde aún existían algunos árboles que fueron cortados, estos árboles se transportaron hasta Gordolin en donde en una aberración de la naturaleza, nacieron cientos de uruks. Pero Miriahn sabia en su interior que el ejército que tenía que armar debía ser enorme si quería derrotar a la gran armada blanca, también sabía que por el momento debía dejar que las aguas  se calmaran, por lo menos hasta cuando su ejército estuviera listo para lanzar su último ataque, ataque que él tenía la confianza fuera devastador. Los planes de conquista de la tierra por el momento estaban aplazados.

♦♦♦♦♦

Pasó cierto tiempo, en donde reinó la paz, las noticias de guerra parecían hechos demasiado lejanos, nadie quería recordar aquellos difíciles días. En el reino de los lagos la tranquilidad reinaba, bajo el liderazgo del rey Rineo y las sabias recomendaciones del consejo, las dos ciudades florecían prosperas. Aquel pueblo elfico que tuvo que enfrentar una invasión devastadora, ahora parecía que había renacido de entre las cenizas, sus dos ciudades estaban más hermosas que antes, hermosas y prosperas.

Por otro lado el reino de Gwangur era más esplendido que nunca. La hermosura de sus ciudades solo se comparada con la bondad de sus gentes. Se respiraba un aire de tranquilidad y de paz, por el momento los elfos no se preocuparon por guerras ni invasiones, solo se dedicaron a fortalecer relaciones con sus pueblos amigos, no solo con los elfos del norte, si no con los enanos, con los cuales tenían excelentes relaciones comerciales. Pero también el reino elfico de Gwangur comenzó a mirar también hacia el oriente, más allá del bosque de Othis, al reino de los hombres, conocido como el reino oriental de Henaith. Para estrechar relaciones de todo tipo con el reino de los hombres, una comitiva elfa fue mandada hacia la ciudad de Eroth, capital del reino de Henaith. Cruzaron el hermoso y misterioso bosque de Othis, más allá de aquel bosque se extendían unas hermosas y bastas llanuras de verde y dorado pasto, hogar de los caballos salvajes y de los Mumak gigantes. Cuando llegaron a la ciudad de Eroth, los elfos quedaron sorprendidos con el progreso y la belleza de aquella ciudad, por las calles empedradas siguieron en dirección a la casa de los reyes mientras los habitantes de la ciudad los miraban, algunos con desconfianza, otros con asombro, pues nunca en su vida habían visto en persona a los elfos, la única información que tenían databa de los antiguos manuscritos, hechos por los primeros hombres. Algunos niños y otra gente los siguieron, iban detrás de los caballos que transportaban a los elfos, estos últimos no hacían más que mirar de un lado a otro contemplando la belleza de las casas, de los balcones colgaban hermosos arreglos florales, algunas pintadas de alegres colores. Al cabo llegaron  a la casa de los reyes, sitio destinado a ser el hogar del rey del reino, allí los recibió Arestes, el tercer rey de los hombres, hijo de Blastar hijo de Elnor el primer rey humano. Los elfos le entregaron al rey Arestes el mensaje enviado por el rey elfo Elenor. En aquel mensaje el rey Elenor saludaba al rey Arestes, y lo convidaba a ir a la ciudad de Gwangur para que así los dos pueblos estrecharan relaciones. Arestes que era un muy buen rey, amado por su pueblo, un rey bondadoso y justo, también era un hombre duro, él siempre había creído que su pueblo podía crecer solo sin la ayuda de los elfos, apreciaba el amor, cuidado y enseñanza de los elfos en los primeros días de los hombres, pero sabía, al igual que su abuelo, el primer rey Elnor, que los hombres debían forjar su camino solos. También sabia de las guerras entre los elfos y Miriahn y no le interesaba en lo más mínimo participar ni de un lado ni del otro, él creía que su pueblo era demasiado joven para entrar a una guerra que no era suya. Terminó de leer el mensaje, miró con seriedad pero con bondad a los elfos mensajeros y les dijo –díganle a su rey que, Arestes rey del reino de Henaith, agradece a su invitación y que ahí estaremos el día señalado, ahora deben marcharse, hay una regla clara que dice que ningún forastero puede pasar la noche en nuestra ciudad-

El día tan esperado para la visita de los hombres llegó. La ciudad de Gwangur fue preparada para la ocasión, los elfos se vistieron con hermosos vestidos y el gran palacio fue adornado con hermosos arreglos florales, en aquel día la ciudad lucía esplendida, en lo alto de un cielo azul brillaba alegre el astro rey, los elfos creían que era Menaih el que a través del sol reía al ver a sus hijos tan alegres, todos a la espera del rey de los hombres, Arestes.

La comitiva del rey Arestes estaba conformada por su guardia real, un grupo de 20 hombres bien armados e impecablemente vestidos con finas y pulcras ropas, iba también su esposa Pernea y su único hijo y heredero al trono, el príncipe Harod, un joven hermoso y valiente, por el que el rey profesaba un amor infinito y un orgullo incomparable. Como es sabido los hombres son mortales, pero en aquellos días eran más longevos, podían vivir en promedio cerca de los 150 años, incluso el primer rey Elnor murió a los 162 años, después de llevar a su pueblo a las tierras orientales y construir la ciudad de Eroth, su hijo el rey Blastar, vivió hasta los 157 años, Arestes contaba con 116 años y su hijo Harod con 33 años, edad en la que ya podía elegir esposa. Su padre, el rey, lo animaba para que escogiera entre muchas opciones a la mujer indicada, pero aun el joven príncipe sentía que ninguna de sus pretendientes lo llenaba del todo, aunque todas eran hermosas. El joven príncipe aún estaba esperando a la mujer indicada. El príncipe estaba emocionado por este viaje, conocer la ciudad de los elfos había sido su sueño por mucho tiempo. Cabalgaba emocionado al lado de su padre, esperando por fin ver la ciudad hermosa de la que había leído en los antiguos manuscritos, lo que no sabía el joven príncipe era que su destino iba a estar ligado a esa ciudad de los elfos, y que allí se iban a desencadenar hechos imposibles de detener que afectarían la vida de todos y la suya misma.

Los antiguos manuscritos escritos por los primeros hombres y que hablaban de los primeros días de los hombres en la tierra, de la protección y el cuidado de los elfos y que describían la hermosura de la ciudad de Gwangur, quedaban cortos ante la visión de la ciudad que brillaba hermosa ante los ojos del rey Arestes y su comitiva. Las expectativas que tenían de ver a una ciudad hermosa quedaron cortas, porque la belleza de la ciudad que tenían en frente no se podía expresar en palabras, no había ninguna palabra en lengua común que reflejara la magnificencia de aquella ciudad elfa. Desde el camino que salía del Bosque de Othis hasta la ciudad, la armada blanca hizo una calle de honor para los visitantes, todos los soldados elfos impecablemente formados y vestidos con resplandecientes armaduras color plata grisáceo. El rey Arestes y sus acompañantes transitaron el largo trayecto que lleva de la salida del bosque a las puertas de la ciudad en las cuales colgaba un estandarte que decía “Bienvenido Arestes, rey de los hombres”. Cuando cruzaron las puertas y cuando el rey creía que no podía sorprenderse más, se equivocó, porque la ciudad que se erguía detrás de esas murallas era mucho más hermosa que la vista de sí misma desde afuera. Harod no podía ocultar su fascinación, dejó la formación de la marcha y se adelantó. Después de casi 15 minutos subiendo escalones y calles hermosamente construidas y decoradas en honor a los visitantes, por fin llegaron al gran palacio que esta vez como era necesario estaba más esplendido que nunca, en la puerta estaba el rey Elenor y el gran Elohim Arish. Arestes bajó de su caballo, lo mismo hicieron su esposa y su hijo.

–es un honor tenerte aquí, Arestes, rey de los hombres, nos honras a todo el reino con tu presencia-. Dijo Elenor, poniéndole una mano en el hombro al rey Arestes, que hizo el mismo gesto y respondió –el honor es mío de estar en esta hermosa ciudad-.

Luego miró al Elohim e hizo una reverencia que imitó toda su comitiva, a lo que Arish expresó –no es necesario hijo mío, me alegra que hayas aceptado la invitación y que estés aquí con tu gente-.

Luego de esto Elenor expresó –seguid para dentro del castillo tenemos preparado algo para homenajearte, seguid todos inclusive ustedes-. Mirando a la guardia del rey Arestes. –Pero entended que debéis dejar todas sus armas afuera, está prohibido llevar armas en el castillo-.

Los soldados se miraron entre sí, bastó un gesto de Arestes para que su guardia accediera a entregar las armas.

Join MovellasFind out what all the buzz is about. Join now to start sharing your creativity and passion
Loading ...