Guerras santas - Las Gemas De Poder

GUERRAS SANTAS - Las gemas de poder, es una narración de fantasía épica, inspirada en grandes obras de literatura fantástica de grandes escritores como J. R. R. Tolkien, Andrzej Sapkowski y George R. R. Martin y también en grandes bandas como Rhapsody, hammerfall, Blind guardian, Dragonland etc. La trama de este cuento es la eterna lucha entre el bien y el mal. Elfos, hombres y enanos luchando juntos contra un enemigo poderoso que quiere apoderarse de la tierra. Los Timbilis son gemas de un poder incomparable e inagotable, Miriahn entabla una guerra contra los pueblos de la tierra para apoderarse de la tercera piedra y así tener un poder ilimitado y gobernar la tierra a su gusto, pero hay quienes están dispuestos a enfrentarse al señor oscuro con valentía y fiereza, dando paso a grandes y épicas batallas por el dominio de la tierra conocida.

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4. CAPITULO IV La creación de las tierras negras.

Cuando la sangre de Thorab llenó el suelo, la tierra se sacudió salvajemente, de los mares se alzaron gigantescas olas que devastaron todas las costas, los volcanes hicieron erupción arrojando lava ardiente, el suelo se agrietó, del cielo y acompañado por salvajes lluvias cayó granizo ardiente, el día que apenas empezaba se oscureció. Cientos de elfos murieron y otros tantos se horrorizaron por estos fenómenos nuevos para ellos. En Gwangur mientras tanto, los elfos sintieron miedo pues esta era la primera vez que experimentaban algo así, todos fueron en busca de la sabiduría del Elohim Arish, quien también estaba un poco preocupado y a la vez pensativo tratando de imaginar que habría ocasionado esta furia de la madre tierra. Los temblores debilitaron la estructura del gran castillo, cientos de casas fueron destruidas pues no resistieron la fuerza de los temblores, los daños fueron cuantiosos no solo en Gwangur sino en todas en todas las ciudades incluyendo Portenense.

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Después de Asesinar a su hermano y sin ningún remordimiento aparente, Miriahn se dirigió a donde Thorab tenía guardado el Timbilis, abrió la pequeña caja de oro y lo tomó, en ese momento y ante el asombro de los demás elfos traidores, Menaih se presentó en presencia de Miriahn, este último al verlo desenfundó de nuevo la espada.

-¿qué harás Miriahn, también me asesinarás de la misma manera como lo hiciste con tu hermano?-. Preguntó Menaih visiblemente afectado.

Miriahn titubeó no sabiendo que decir pero sostuvo la espada esta vez mas amenazante, entonces Menaih hizo un ademan con la mano y de pronto la espada le empezó a pesar mucho a Miriahn tanto así que no pudo sostenerla ni siquiera con las dos manos, también sintió que las heridas de la pelea con Thorab, ahora le dolían más, así que no pudo soportar el dolor y se inclinó. Lo mismo les pasó a todos los demás elfos quienes entraron en un extraño sueño y cayeron al piso.

-lo que hiciste es imperdonable, trajiste el dolor a este mundo, ahora por tu culpa los habitantes de este lugar conocerán el sufrimiento, debería quitarte la vida pues sería lo más justo, pero no es lo más conveniente dar muerte por muerte, además eres hijo mío, por eso y solo por eso te dejo vivir, pero la vida que tendrás estará sumida en el dolor y la oscuridad, día tras día tus pensamientos se perderán en los profundos recodos del infierno que crearás, tu cuerpo se deteriorará a causa de la maldad, las heridas que tienes nunca se cerraran, ¿mataste a tu hermano por el Timbilis?, tu vida se unirá a el destino de esas joyas, cuando las gemas desaparezcan también tu vida dejara de existir-. Esta fue la maldición que Menaih le impuso a Miriahn por su pecado.

Cuando despertaron los elfos de aquel extraño sueño, vieron a su líder parado, pensativo tratando de disimular su dolor, no solo por las heridas de la batalla sino por la maldición de Menaih, cuando los vio despertar y pararse, trató de disimular y dijo –los estaba esperando, muévanse rápido pues tenemos que partir lo antes posible, la armada de Gwangur vendrá para acá y a ellos no tendremos como enfrentarlos al menos no por el momento-.

-¿y a dónde iremos?-. Preguntó Eryanor.

–Al occidente-. Solo eso contestó Miriahn.

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Arish se encontraba en el castillo, preparándose para responder las preguntas que seguro tenían los elfos acerca de lo que había pasado, cuando Menaih se materializó en su presencia, al verlo el Elohim se arrodilló.

–Soy portador de malas y oscuras noticias-. Dijo Menaih.

 –eso lo sospechaba-. Contestó un poco confuso Arish. – ¿qué fue lo que produjo esta ira de la madre tierra?-. Preguntó.

El creador respondió con voz severa –Miriahn, llevado por la ambición mató a muchos elfos en Aqarad incluido el rey Tireber y también a tu hermano Thorab-

Al oír esto Arish rompió en llanto, pues amaba en demasía a los elfos y también en igual proporción a su hermano Thorab quien en los primeros días había ayudado al crecimiento de esta raza. -¿pero por qué?, ¿Qué malignos pensamientos llevaron a Miriahn a cometer tal acto de crueldad?-.

En seguida Menaih le contó lo sucedido y el porqué de las acciones del Elohim traidor, le habló de su amor por su Timbilis y de la obsesión con la joya, también le previno y le advirtió que Miriahn no se detendría en su oscuro camino que había empezado a recorrer hasta tener los tres Timbilis juntos, le ordenó que armara a su ejército y que partieran  lo antes posible hacia el reino de los lagos para ayudar  a los elfos sobrevivientes.

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Con el Timbilis de Thorab en su poder, Miriahn partió junto con casi 50 elfos hacia las tierras occidentales, después de muchos días de cabalgata llegaron a un sitio conocido por Miriahn, el cual lo había conocido en su travesía de los primeros días. Mingart esta ves estaba muy diferente de cómo Miriahn recordaba, Gordolin había hecho erupción y había devastado todo a su alrededor, el paisaje que mostraba aquel lugar era lúgubre, riscos impenetrables, cataratas de lava, ninguna señal de arbustos, un olor indescriptible y en el centro del lugar un gran valle muerto, además todo bien resguardado por montañas intransitables y al norte por una gran cadena montañosa de hielo llamada Mitrang. –He aquí el lugar que será de ahora en adelante nuestro hogar-. Le dijo Miriahn a sus acompañantes. Ninguno de ellos objetaron tal decisión pues el Elohim era amo y señor de todos sus pensamientos, veía por sus ojos, escuchaba por sus oídos, respiraba por sus narices, ahora la voluntad de los elfos negros estaba sometida a los caprichos del Elohim maldito.

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Cuando Arish le contó todo lo ocurrido a Elenor, hubo grandes muestras de dolor en toda la ciudad y en las ciudades vecinas de todo el reino se escucharon llantos de dolor, rezos, maldiciones hacia Miriahn, nadie podía creer lo que escuchaban, no entendían como alguien hijo mismo del creador podía ser tan cruel y asesinar a seres indefensos; no tardaron mucho para alistar su ejército y marchar hacia Aqarad, miles de elfos armados con escudos, espadas y lanzas, partieron hacia las tierras orientales incluyendo el rey Elenor, por supuesto también Arish iba en primera fila y con él su Timbilis pues el creador le había ordenado que siempre lo llevara consigo, pues el próximo objetivo de Miriahn seria apoderarse de él. Pasaron largos días de interminables caminatas, cuando por fin vieron el reino de los lagos. La primera impresión fue de asombro por aquella tierra tan hermosa llena de ríos, lagos, cataratas, afluentes de cristalinas aguas por doquier; siguieron caminando un par de días más cuando divisaron el gran lago Obelet y en sus costas la gran ciudad de Aqarad otrora hermosa y radiante, ahora fría y con una gris sepulcral, pocos elfos en las pequeñas viviendas de las afueras de la ciudad, todos con caras de tristeza y aun de miedo; el gran ejercito llegó al centro mismo de la ciudad, a las propias puertas del castillo, el panorama era desolador. Arish junto con el rey Elenor descendieron de los caballos y se dispusieron a entrar al castillo no sin antes el rey dar órdenes a los soldados elfos de su ejército de asegurar la ciudad y de ayudar en todo lo que pudieran necesitar sus hermanos.

Aquel castillo era realmente hermoso, construido con gran maestría, decorado con igual dedicación, mientras Arish y Elenor lo caminaban en dirección al gran salón conducido por uno de los elfos locales sobrevivientes, ambos miraban asombrados la majestuosidad de aquella construcción, al fin después de recorrer hermosas habitaciones y pasillos llegaron al gran salón, en el centro del mismo estaba un gran cuadro gigantesco en dónde se apreciaba al rey Tireber y postrado ante él estaba Nieber, su hijo, quien lo lloraba desconsoladamente. Con mucha tristeza Arish y Elenor se acercaron al joven príncipe elfo y le dijeron -compartimos tu dolor, estamos contigo, todo Gwangur está contigo-.

Al principio el joven pareció no advertir la presencia de los dos visitantes y no hizo caso de las palabras que le dijeron, pero luego de un rato  salió de su aturdimiento y aun con lágrimas en los ojos respondió – ¿dónde estaba Gwangur cuando esto pasó?, ¿dónde estaban ustedes cuando mi padre fue asesinado?, ¿dónde estaban cuando los asesinos se fueron de la ciudad sin ningún obstáculo?-.

Elenor entendiendo el dolor del joven príncipe lo abrazó con fuerza y mientras lo hacía le dijo –te prometo que esto no se quedará así, la muerte del rey será vengada, Miriahn pagará por lo que hizo-.

Nieber se aferró con fuerza al rey Elenor, pero Arish también dijo –sé que esto es duro pero tienes que ser fuerte porque tu pueblo te necesita, la esperanza y el futuro de tu gente ahora depende ti, tú eres el heredero al trono, tienes el deber de ser el líder de tu pueblo, debes levantarte de estos momentos trágicos y mirar hacia delante-.

El muchacho como entendiendo lo que le decía Arish, se levantó y empezó a dar órdenes a los elfos presentes. Los siguientes días no fueron menos tristes, Nieber les contó como su padre había sido despedido: se había mandado anclar un gran bote en la costa del lago Obelet, cuando todo estuvo listo se habían puesto en el bote los cadáveres de todos los elfos, también el cuerpo del Rey Tireber y del Elohim Thorab quienes habían sido acompañados en un solemne y multitudinario cortejo fúnebre desde el palacio hasta las costas de la ciudad, cuando todos los cuerpos estuvieron en el bote, se le prendió fuego y se desancló, el bote llevado por la corriente fue en dirección al centro del gran lago mientras las llamas se avivaban, luego de un minuto todo el bote ardió en llamas y en cuestión de minutos se redujo a cenizas. Ese fue el día más triste que hasta ese momento se había conocido en estas tierras; según contó Nieber.

Después de varios días en el que el ejército de Gwangur permaneció como guardián de la ciudad de Aqarad  y el joven Nieber fuera coronado como nuevo soberano del reino de los lagos, llegó el momento de partir, Arish y el rey Elenor se despidieron del joven rey, le dieron consejos para su reinado, consejos que fueron bien recibidos por el nuevo rey, este último con mucha tristeza despidió a sus amigos no sin antes decirles –nunca olvidaré lo que ustedes mis amigos han hecho, les juro que algún día se los pagaré-.

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